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6 mar 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (XI): FIN DEL DOMINIO CARTAGINÉS EN HISPANIA

La conquista relámpago de la capital de la Hispania cartaginesa constituyó un durísimo golpe para el prestigio de los enemigos de Roma. En manos de Escipión el Africano cayeron ingentes cantidades de víveres, armas y provisiones de todo tipo; los almacenes, el arsenal bélico cartaginés, los astilleros, los rehenes.... todo pasó en cuestión de dos días a manos de Roma. Escipión aprovechó hábilmente la situación para atraer a su lado a los régulos que hasta entonces habían estado de parte del enemigo y se presentó ante ellos como un libertador. Así, Indíbil, de los ilergetes, y su hermano Mandonio, jefe de los ilercavones, o Edecón, caudillo de los edetanos, a quien los cartagineses habían tomado como rehenes a su mujer y a sus hijos.
Durante todo este tiempo, los cartagineses se hallaban enfrascados en la tarea de reclutar por la fuerza un nuevo ejército destinado a marchar hacia Italia en apoyo de Aníbal. Sobre la suerte de dicho ejército y el triste final de su comandante Asdrúbal no entraremos, pues es ésta una bitácora destinada a hablar de la historia de España.
Baste decir que los días del dominio cartaginés en Hispania estaban contados. Escipión venció al ejército que Asdrúbal había dejado en manos de Magón y Giscón en la batalla de Ilipa (Alcalá del Río). Magón se refugió en Cádiz mientras Escipión se dedicaba a controlar el valle del Guadalquivir. Desde Cádiz, Magón hizo un infructuoso intento de recuperar Cartago Nova por mar, pero fracasó estrepitosamente. A su regreso, tampoco pudo desembarcar de nuevo en Cádiz, pues la ciudad ya había entrado en negociaciones con Escipión, por lo que tuvo que hacerse de nuevo a la mar, rumbo a las islas Baleares. Sí: los romanos entraban triunfalmente en la ciudad en la que 21 años antes desembarcara Amílcar Barca con el sueño de destruir al enemigo romano.
El año 206 a. de C. marca, así, el final del dominio cartaginés en la Península, pero al mismo tiempo es el punto de partida de un nuevo conflicto. Hubo poblaciones que, bien por adhesión a Cartago, bien por recelo hacia los romanos, no dudaron en ofrecer la más decidida resistencia.

A partir de la próxima entrada nos centraremos ya en el estudio de las fases de la conquista romana de Hispania y damos por zanjado el tema de la Segunda Guerra Púnica, cuyo desenlace final es de sobra conocido y tuvo lugar en las tierras italianas.

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5 mar 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (X): ESCIPIÓN LLEGA A EMPORION

A pesar de que el espontáneo candidato no había tenido tiempo para hacer la carrera de cargos necesaria para que se le pudiera entregar el mando de un ejército, el pueblo le apoyó calurosamente y el Senado tuvo el acierto de aceptar y confirmar su designación como comandante supremo con el rango de procónsul. Así fue enviad a Hispania al frente de las legiones que debían completar los efectivos que todavía se resistían al norte del Ebro.
En otoño del 210 llegó a Emporion el hijo del general que había muerto abrasado en una torre vigía. A partir de ahora lo llamaremos - para no confundir - Escipión el Africano, título que sus contemporáneos le dedicaron tras su victoria sobre Cartago.
El Africano llegó con el propretor Marco Julio Silano. Con ellos desembarcaron 16.000 hombres que, unidos a los que ya había en Hispania y a los auxiliares ibéricos, conformaron un ejército de 35.000 hombres.
Entretanto, los cartagineses tenían sus fuerzas dispersas por el país, bien por la rebeldía de los indígenas, bien porque confiaban en que los romanos tardarían en levantar cabeza tras el último descalabro.... pero los cartagineses estaban muy equivocados: Escipión el Africano venía con ganas de venganza.
Tras concentrar sus tropas en Tarraco, dedicó el invierno a entrenarlas cara a la próxima campaña rimaveral. En el 209, el ejército romano atravesó el Ebro y en 7 días llegaron a Cartago Nova. Fue una marcha increíble, de más de 70 km diarios con jornadas de 16 horas a pie de avance ininterrumpido. Al mismo tiempo, la flota comandada por Cayo Lelio, avanzaba paralela por la costa.
Finalmente Escipión dio la orden de atacar Cartago Nova por la muralla que miraba a tierra. Mientras los cartagineses concentraban sus tropas en aquel sector, la flota, aprovechando la bajamar, descargó sus efectivos por el lado desguarnecido de la ciudad. Escipión había contado a sus soldados que Neptuno le había mostrado, en sueños, la forma de hacerse con la plaza. Y así fue...


(CONTINUARÁ)

4 mar 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (IX): APARECE ESCIPIÓN EL AFRICANO EN ESCENA

No es mi intención extenderme "ad infinitum" con la Segunda Guerra Púnica, pero sin ella no se explicaría todo lo que pasó después en esto que llamamos España.
La guerra en Italia, a la muerte de los Escipiones, había tomado un rumbo favorable a las armas romanas. Aníbal trataba de multiplicarse tratando de atraer aliados a sus filas entre los pueblos del sur de Italia, los macedonios, etc... pero los romanos habían conseguido a su vez rehacerse de los desastres sufridos merced a su extraordinaria energía y capacidad.
Cuando Terencio, derrotado en Cannas, regresó a Roma, el pueblo y el gobierno en masa salieron a recibirle y a agradecerle su confianza en la República. Las luchas partidistas entre aristócratas y demócratas habían pasado al olvido. Paralelamente, se estimularon los sentimientos religiosos del pueblo, tratando de hacer de la lucha contra los cartagineses una especie de "cruzada". Se envió al santuario de Delfos una misión encargada de consultar con el divino Apolo, se realizaron bárbaros sacrificios humanos destinados a calmar el supersticioso terror que se había apoderado del pueblo. Las calamidades siempre exaltaron las devociones, eso es un hecho.
Después de haber fracasado todos los medios humanos, no cabía esperar sino que los dioses enviasen un salvador - ¿os suena la "idea"? -, y Roma lo encontró en aquel muchacho de diecisiete años que, en la batalla de Tricinio, había logrado salvar a su padre de una muerte segura.
El joven héroe se había hecho muy popular entre sus conciudadanos, que admiraban en él su varonil belleza y su profunda religiosidad, que casi llegaba a misticismo. Se contaba que solía pasar las horas muertas encerrado en los templos, como si conversara con los dioses, y que era favorecido por éstos en sueños y apariciones. Polibio, que estuvo muy relacionado con su familia, atribuía su buena fortuna a su clarividente razón y a la confianza que tenía en su propio criterio. Tito Livio y Apiano, sin embargo, prefieren hacernos creer que el muchacho era el predilecto de los dioses, idea a la que el mismo héroe se aferraría después de sus incomparables éxitos.
Cuenta Apiano que el día señalado para elegir un general para Hispania nadie se presentó como voluntario, lo cual aumentó la consternación de los romanos. Pero por fin se ofreció aquel joven que pasaría a la historia como Escipión el Africano.

(CONTINUARÁ)

3 mar 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (VIII): LA MUERTE DE LOS ESCIPIONES

Volvamos a los campamentos de Cneo Cornelio Escipión, al norte del Ebro. Una vez ocupada Cissa, Cneo no hizo en Hispania, como dice Apiano, nada digno de ser mencionado hasta la llegada de su hermano Publio. A pesar de que en Italia la situación era verdaderamente grave, el Senado consiguió enviarlo a nuestra Península con refuerzos. Romanos y cartagineses forcejearon en la región del Ebro inferior hasta que en el 215, una victoria de los romanos impidió a Asdrúbal enviar refuerzos a Italia y abrió a los romanos el camino a Sagunto.
Al año siguiente estalló en África la rebelión de Sifax, rey de Numidia, contra Cartago. Asdrúbal tuvo que marchar allá con sus tropas, donde precisó de 3 años para sofocar la revuelta. Este plazo de tiempo jugó a favor de los romanos, que gozaron de cierta libertad de movimientos en Hispania. Al mismo tiempo, los celtíberos comenzaron a preferir a los romanos, a quienes, desde ahora, se unieron como mercenarios.
En consecuencia, los Escipiones conquistaron Sagunto y Alicante. Desde allí penetraron por el valle del Guadalquivir, en territorio turdetano. Cástulo e Iliturgis también abandonaron a los cartagineses y se unieron a los romanos.
Pero en el 212 Asdrúbal regresó de África acompañado de su hermano Magón y de otro general llamado Giscón. Hábilmente logró separar Asdrúbal a los dos Escipiones. Publio fue derrotado y muerto junto a Cástulo, por Giscón y Magón. Cneo, también vencido, se refugió con un pelotón de soldados en una de aquellas torres de vigía que eran tan frecuentes en el país. Los cartagineses prendieron fuego a la torre y allí pereció el general romano con sus soldados.
Después de este desastre, los romanos perdieron casi todo lo que habían ganado en seis años de contienda. Los restos de sus tropas, reagrupados por Tito Fonteyo, se replegaron a sus bases del norte del Ebro, dominando una estrecha cinta del litoral entre el Ebro y los Pirineos.

(CONTINUARÁ)

2 mar 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (VII): LA BATALLA DE CANNAS

Mientras Varrón (en la imagen) y su colega diseñaban nuevas tácticas de defensa, Aníbal andaba por la costa adriática de la península italiana ocupado en almacenar víveres y en entrenar a las nuevas tropas que había ido reclutando sobre la marcha. Allí fueron a buscarle los cónsules con un ejército que, de creer a Polibio, superaba al cartaginés en una proporción de dos a uno. Aníbal dispuso sus tropas de espaldas al viento, de modo que las nubes de polvo que levantaban los cartagineses fuesen a dar contra la cara de los romanos. Ordenó a su infantería en forma de media luna, con la parte convexa mirando al enemigo. En el centro colocó a los mercenarios galos e íberos y en los extremos a los líbicos - sobra hacer alusión a las similitudes con ejércitos contemporáneos como, por ejemplo en la guerra de Vietnam. La caballería númida se colocó en el ala derecha y la ibérica en la izquierda.
Los romanos lanzaron el grueso de sus tropas contra el centro de formación cartaginesa, que cedió poco a poco hasta pasar de su forma convexa inicial a la cóncava. Antes de que el frente cartaginés fuese roto por la cuña romana, los libios de los extremos atacaron a los romanos de costado. La caballería cartaginesa realizó un movimiento envolvente a espaldas de los romanos y éstos quedaron cercados por completo.
De los 80.000 romanos que habían entrado en batalla, unos 70.000 perecieron. El resto cayó prisionero, menos un pequeño grupo en el que iba el único cónsul superviviente, Terencio.

Los cartagineses esperaban que Aníbal diese la orden de marchar sobre Roma, pero no lo hizo. Era mucho más importante para él aprovechar la victoria para separar de Roma a sus aliados.
Tras el desastre de Cannas, que no de otro hemos hablado hasta ahora, el mando romano comprendió que la única forma de vencer a Aníbal era seguir los métodos del vilipendiado Fabio Máximo, quien pasó de ser un cobarde a un estadista. Al mismo tiempo, era necesario enviar urgentemente tropas a Hispania para cortar las comunicaciones entre Aníbal y sus bases en Hispania y el norte de África.

(CONTINUARÁ)

1 mar 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (VI): EL TERROR CONTADO POR TITO LIVIO

Así nos cuenta el historiador romano la reacción de pánico que vivió la ciudad ante los avances de Aníbal en la península italiana:

"En Roma, a la primera noticia de estas derrotas, el pueblo, sobrecogido de terror, se reunió tumultuosamente en el Foro. Las mujeres corrían por las calles preguntando a cuantos encontraban acerca del ruor que acababa de extenderse sobre la suerte del ejército. La multitud, tan numerosa como en la asmablea general, se había dirigido al comicio y a la curia, llamando a los magistrados. Por fin, poco antes de ponerse el sol, presentóse el pretor M. Pomponio y dijo "Hemos perdido una gran batalla". Nadie conocía lo que podía esperar ni lo que tenía que temer. A la mañana siguiente y muchos días después una multitud, especialmente de mujeres, se estacionó a las puertas de la ciudad esperando a algún pariente o noticias de los suyos; se amontonaban alrededor de los que iban llegando, preguntándoles acerca de lo sucedido, y si eran personas conocidas, no les dejaban hasta que habían referido la catástrofe con todo detalle. En seguida se notaba en el semblante de los que se alejaban expresiones muy diferentes, según hubieran recibido buenas o malas noticcias, y regresaban a sus casas rodeados de amigos que les felicitaban o consolaban. Las mujeres, especialmente, eran las que daban rienda suelta a su dolor o a sus alegrías; habiendo visto una de ellas a su hijo inesperadamente, se cuenta que murió en el acto a las mismas puertas de su casa; otra, a quien falsamente se le había dado la noticia de la muerte del suyo, al verle regresar sano y salvo, murió por causa de la intensidad de su alegría. Durante muchos días los pretores se mantuvieron reunidos en el Senado desde la salida hasta la puesta del sol para deliberar acerca del general y tropas que podrían oponer a los cartagineses victoriosos..."

Y fue entonces cuando se le dieron poderes dictatoriales a Quinto Fabio Máximo, el mismo que había declarado la guerra ante el Senado cartaginés. Su plan consistía en molestar a los cartagineses sin dar la cara, en entorpecer hasta el máximo sus operaciones, pero sin presentar batalla en campo abierto. Los romanos, que nada deseaban más que destruir a su enemigo, no comprendían las tácticas dictadas por Quinto Fabio; les desesperaba lo que, en realidad, era su única esperanza: paralizar a Aníbal. Fabio recibió de sus conciudadanos el ofensivo apelativo de "cunctator", es decir, "indeciso".
Pero Fabio, consciente de la superioridad de la caballería cartaginesa, no cambió de táctica por más que se le criticó. Lo que él pretendía era prolongar la guerra, desgastar a Aníbal y desmoralizar a sus mercenarios ante un enemigo que no se dejaba ver. Y así logró evitar nuevos desastres. Cuando se cumplieron seis meses de su mandato dictatorial, Fabio entregó el mando a los cónsules y se retiró. En las elecciones del 216 salieron elegidos Lucio Emilio Paulo y arco Terencio Varrón. Las tácticas de Fabio se olvidaron y la cosa cambió...

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28 feb 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (V): LA BATALLA DEL RÍO TREBIA

Los galos, a quienes Aníbal había imaginado esperándole con los brazos abiertos, no acababan de decidirse a marchar contra Roma del lado de los cartagineses. Esto fue lo que decidió a Aníbal a ocupar por la fuerza la capital de los taurinos (Turín); el espanto producido entre los galos por el trato que dio a la ciudad provocó la adhesión inmediata de los indecisos y así, con las tropas y caballos que recibió, el general cartaginés pudo avanzar hacia el sur.
Publio Cornelio Escipión salió a su encuentro. Junto al Ticino, afluente del Po, se trabó un combate en el que los romanos llevaron las de perder (recordemos que jamás se habían visto elefantes en aquella zona y la impresión debió ser muy desmoralizante para los ya poco aleccionados defensores de Roma). El mismo Escipión, gravemente herido, se salvó gracias a la ayuda que le prestó un hijo suyo de 17 años, del que no tardaremos en ocuparnos extensamente.
Los romanos, a duras penas, pudieron reagruparse en Trebia, un lugar escarpado junto al río del mismo nombre, donde podrían esperar refuerzos que, mandados por el cónsul Tiberio Sempronio, ya se acercaban a marchas forzadas. Cuando al fin apareció Sempronio, la moral de los romanos se elevó. Escipión era partidario de evitar el choque abierto con Aníbal. En su opinión era preferible dar largas, ganar tiempo hasta que llegara el invierno, y con él, la paralización de la guerra. Sólo así sería posible adiestrar debidamente a sus tropas y poner a prueba la moral de los mercenarios de Aníbal así como la fidelidad de los galos que luchaban en su bando que, dada su inconstancia y versatilidad, le abandonarían en cuanto viesen que la guerra se prolongaba demasiado.
Sempronio, por el contrario, prefería atacar de inmediato, sin dar reposo al enemigo. Como además, él era el único jefe mientras Escipión permaneciera imposibilitado por sus heridas, su criterio fue el que se impuso.
La batalla se dio sobre el río Trebia. En un gélido amanecer, Aníbal, astutamente, provocó al imprudente Sempronio. Los romanos, medio dormidos y hambrientos, salieron a toda prisa hacia el río en persecución de los destacamentos que Aníbal había enviado para atraer al enemigo. Seguros del éxito, los soldados fueron pasando las heladas aguas del río, que les llegaban a medio cuerpo. Empapados y ateridos, no pudieron defenderse cuando Aníbal descargó sobre ellos toda la potencia de sus guerreros.
El año 217 también fue desastroso para Roma. En menos de tres horas, Aníbal destrozó otro ejército romano después de bloquearlo en las orillas del lago Trasimeno. El cónsul Flaminio pereció en la batalla y su colega Servilio fue vencido poco después en otro encuentro en el que la mitad de sus soldados fueron exterminados y la otra mitad hechos prisioneros.

En la siguiente entrada referiremos, a través de la pluma de Tito Livio, hasta qué punto Roma se desmoralizó ante tanta derrota y cómo cundió el terror entre la población.

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27 feb 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (IV): ROMA DESEMBARCA EN HISPANIA

En agosto del 218 a. de C., el ejército romano, dirigido por Cneo Cornelio Escipión, desembarcó en el puerto de Emporion, procedente de Massalia. Por primera vez las legiones romanas ponían sus pies en la Península Ibérica. A su llegada, el país era un enorme campo erizado de poblados fortificados, habitado por gentes que empezaban a levantar la mirada por encima de las bardas de sus rediles y de los setos de sus huertos, para asomarse a un mundo superior. Los ojos se los habían abierto los cartagineses, que estaban haciendo guerreros de sus bandidos y generales de sus reyezuelos; ellos los habían puesto en contacto con otros hombres y otras tierras y les habían dado la primera noción de lo que era un Estado organizado, una comunidad superior.
Sólo cuando, seis siglos más tarde, el poder de Roma deje de sentirse en España el país volverá de nuevo a ser un campo sembraddo de ciudades amuralladas y oprimidas por el terror que inspiraban los invasores bárbaros. Pero ya llegaremos a eso.
Entre esos dos momentos que he descrito, los pueblos peninsulares vivieron una de las más extraordinarias experiencias de su historia. Por obra de Roma, los pueblos peninsulares se incorporaron plenamente a la vida estatal, la economía hispánica se integró en el mecanismo económico mediterráneo, la cultura clásica abrió nuevos horizontes a su desarrollo espiritual... en definitiva, todo se vería influído por el fecundo encuentro con el pueblo romano.
Sin embargo, cuando los augures que acompañaban a las tropas romanas examinaron el vuelo de las aves y las entrañas de las víctimas, en aquel agosto del 218 para predecir el futuro que les esperaba, ni ellos mismos podían aventurar lo que les iba a ocurrir. Aquella empresa no parecía tener para ellos otro objetivo que el de cortar el paso a los refuerzos y provisiones que, desde Hispania, podían serle enviados a Aníbal. Y con esa única idea, el jefe de las fuerzas dio a sus tropas la orden de avanzar hacia el Ebro.
Roma necesitaba ampliar su cabeza de puente ampuritana con una franja que abarcase el litoral levantino desde el Ebro a los Pirineos. Es de suponer que las ciudades coloniales costeras se pusiesen de inmediato del lado romano para sacudirse el yugo cartaginés. Pero hubo otras que también se resistieron, y los romanos tuvieron que tomarlas por la fuerza. Entre ellas estaba Cissa (tal vez Tarragona). Mientras los romanos se preparaban para tomarla, se presentaron las tropas cartaginesas que Aníbal había dejado en la zona catalana a las órdenes de Annón. Los ilergetes, con su rey Indibil al frente, también se les habían unido. La victoria de aquel primer enfrentamiento fue romana y, resultado de la misma, Escipión se hizo con todo lo que los soldados que había partido hacia los Alpes habían dejado allí en depósito para que no les estorbase durante su marcha. Con la llegada del invierno, las operaciones militares se paralizaron y ambos contendientes se dedicaron a preparar la próxima campaña.
... pero Aníbal, entretanto, y a pesar de lo avanzado de la estación, acometia temerariamente el paso de los Alpes a finales del mes de septiembre en una marcha cada vez más lenta y peligrosa cuyos problemas se vieron acentuados por el hostigamiento de las tribus alpinas. La falta de pastos para los elefantes hicieron que algunos de ellos muriesen durante la peligrosa travesía. Y, en definitiva, el ejército sufrió tales pérdidas que, cuando llegaron al valle del Po, sus efectivos se habían visto reducidos en casi un cincuenta por ciento.


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26 feb 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (III)

Al penetrar en los desfiladeros alpinos desertaron 3000 carpetanos. Aníbal, para no desmoralizar al ejército, fingió que los había despedido él mismo. Además licenció a otros 7000 cuyo entusiasmo había decaído ante una operación de semejante envergadura.
En Hispania, Aníbal había dejado a su hermano Asdrúbal, con la flota y con un ejército formado en su mayor parte por mercenarios africanos. En África quedaba otra fuerte guarnición integrada curiosamente por mercenarios íberos. Así, según nos dice Tito Livio, "los africanos debían servir en Hispania y los hispanos en África, con tanto mayor celo cuanto que, hallándose lejos de su país, unos y otros serían, en cierto modo, rehenes respectivos". Para mantener en paz las tierras conquistadas al norte del Ebro, Aníbal dejó a Annón al frente de otro nutrido cuerpo del ejército. En Sagunto, convertida en ciudad-prisión, quedaban los hijos de los caudillos ibéricos, como rehenes destinados a asegurar la fidelidad de los suyos. Aníbal, con unos 50.000 hombres y 9.000 jinetes, prosiguió su marcha por las Galias. Con diplomacia adobada de ricos presentes, se ganó las voluntades de los jefes galos, que le dejaron el paso libre por sus territorios, hasta llegar al Ródano, donde encontró el primer obstáculo serio. Un ejército de galos, posiblemente instigados por Massalia, esperaba a Aníbal apostado en la ribera opuesta del caudaloso río.
Por entonces ya había llegado a Roma la alarmante noticia del paso del Ebro. El Senado dio orden al cónsul Tiberio Sempronio de regresar a Italia. Pubio Cornelio Escipión se dirigió a la Massalia con 60 naves, pensando en cortarle el paso al general cartaginés cuando pasara el Pirineo, pero de repente se enteró de que Aníbal ya estaba cruzando el Ródano.
En efecto, durante la noche, Aníbal había enviado río arriba una división de caballería que atravesó la corriente y descendió por la orilla opuesta hasta situarse detr´s de los galos, que quedaban así entre el río y ellos. Cuando los enviados avisaron a Aníbal, mediante señales de fuego convenidas de antemano, que todo estaba dispuesto, el grueso del ejército cartaginés recibió la orden de cruar el río, ante la euforia de los galos, que esperaban ir matando soldados sin darles siquiera tiempo a salir del agua. En este preciso momento, la caballería cartaginesa los atacó por la retaguardia e incendió su campamento. Los galos huyeron en desbandada y Aníbal cruzó el río sin más contratiempos.
Cuando Publio Cornelio Escipión llegó al lugar donde esperaba encontrar a Aníbal, sólo halló las trinchers vacías y las cenizas de las hogueras del campamento. El cartaginés, con varios días de ventaja sobre los romanos, avanzaba derecho hacia los Alpes. Y fue entonces cuando Escipión comprendió los planes del cartaginés. En consecuencia, entregó a su herano Cneo el mando de una gran parte del ejército y lo envió a Hispania, cuya importancia como base de abastecimiento del ejército cartaginés saltaba a la vista. Él volvió a Italia con el resto de sus tropas, para salirle al paso a Aníbal tan pronto como éste apareciera por los puentes alpinos.

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25 feb 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (II)

Roma comenzó a organizar su ejército y su escuadra de naves. Se hicieron rogativas públicas a los dioses para que les fuesen propicios en el conflicto y les concedieran el triunfo en aquella guerra que emprendían. Una vez más - y no sería la última - se pretendía hacer a la divinidad cómplice de las violencias humanas.
Cada uno de los cónsules tomo el mando de un ejército. Tiberio Sempronio, con 160 quinquerremes, partió para Sicilia y ocupó la isla de Malta, bases desde donde se coordinaría el asalto a la costa africana - muy parecido a las actuales maniobras de la OTAN en su intervención contra Libia-. Publio Cornelio Escipión debería desembarcar en España. Así, la tenaza romanaapresaría a Cartago en ambos flancos. Sin embargo, cuando estaba a punto de zarpar el segundo ejército, llegó la noticia de que los galos del norte de Italia se habían rebelado y Escipión no tuvo más remedio que acudir a apaciguarlos, retrasando así su partida.
Entretanto, nadie había pensado en Aníbal, que acababa de cruzar el Ebro con un ejército de 90.000 infantes, 12.000 jinetes y 35 elefantes, con un destino concreto: atravesar los Alpes y caer sobre Italia, sorprendiendo a los romanos por la espalda. Su plan era perfectamente lógico: dada la inferioridad naval de Cartago, la guerra sólo podría tener éxito por tierra.
Aníbal contaba con el factor sorpresa y, además, tenía la seguridad de que los galos le ayudarían contra los romanos sin pensárselo dos veces. Es más, se creía que la liga itálica, capitaneada por Roma, se disolvería en cuanto él pusiera los pies en tierras de Italia. Más todavía: estaba convencido de que sería posible formar una gran coalición mediterránea contra Roma, en la que entrarían gustosamente algunos poderosos monarcas griegos.
Así pues, pasando el Ebro, Aníbal se abrió paso hacia los Pirineos tratando de evitar el litoral, donde las colonias griegas podían movilizar contra él las tribus vecinas y dar acogida en sus puertos a la flota romana. Por eso, sometiendo en su camino a ilergetes, bergistanos, ausetanos, andosinos y airenosos, que opusieron resistencia, atravesó el Pirineo y entró en la Galia por el actual paso del Perthús.

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24 feb 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA

En Roma, la caída de Sagunto produjo en la opinión pública el efecto que era de prever. Aquel invierno de 219-218 fue trascendental para el futuro de Roma, pues en él se decidió su expansión hacia occidente.
En el senado se enfrentaron dos tendencias contrapuestas. El partido aislacionista contaba con el apoyo de las ciudades marítimas aliadas del sur de Italia, cuyos negocios con Cartago peligrarían si la guerra era declarada. Igualmente, la plebe optaba por la paz, ya que en realidad a ella correspondía realizar el auténtico esfuerzo humano que requería la contienda - sin participar después de los beneficios de la victoria. Los grandes propietarios patricios, por el contrario, seguían al partido intervencionsita y militarista, es decir, preferían la conquista de nuevas propiedades y la debilitación del sector plebeyo. Y esta línea fue la que se impuso. Sin embargo, Roma no quería tomar la iniciativa en la declaración de guerra. es por esto que se envió una embajada a Cartago, dirigida por Quinto Fabio Máximo, para exigir al senado cartaginés la entrega de Aníbal y su estado mayor. Evidentemente, el Senado cartaginés, que había aconsejado a Aníbal actuar según le pareciera oportuno en el caso de Sagunto, no podía ahora desautorizar a su general "estrella" y menos aún entregarlo inerme al enemigo. Por eso, cuando Quinto Flabio Máximo presentó su ultimátum, la respuesta fue la más tajante negativa.
Cartago, que había ganado la batalla de la legalidad - pues Roma había actuado de mala fe violando el tratado del Ebro - ganaba ahora la diplomática al obligar a Roma a ser ella quien declarase la guerra. Luego la Roma vencedora sería quien declarase a los Bárquidas únicos culpables de lo sucedido - lo que yo digo siempre: que la historia la borran los vencedores.
Dejaremos a un lado las sutilezas jurídicas con las que distintos historiadores romanos trataron de justificar la guerra que acabaron por declarar y abordaremos cómo una legación romana se personó en la Península Ibérica, para visitar las poblaciones sometidas por los cartagineses y alentar en ellas cualquier posible descontento contra la dominación púnica. Y esto nos lleva de nuevo a Tito Livio, quien nos cuenta la respuesta que un anciano de aquellas tribus le dio a los legados romanos:

"¿Cómo os atrevéis, romanos, a venir con la pretensión de que sacrifiquemos la amistad con los cartagineses en beneficio de la vuestra, cuando los saguntinos, que confiaron en vosotros, han experimentado por vuestra parte una traición mucho más cruel que la venganza de su enemigo? Buscad aliados en los que se ignore la desgracia de Sagunto pues, para los pueblos ibéricos, las ruinas de esa ciudad serán una enseñanza triste sobre la confianza que merece la palabra de Roma".
No le faltaba razón al sabio anciano y tiene mérito que Livio reflejase semejante respuesta que humillaba la supuesta "buena voluntad" de Roma.
Después de recorrer inútilmente la Península, pasaron los legados a las Galias, donde la humillación no fue menor:

"Fueron tales las carcajadas que estallaron, según se dice, y tales los murmullos, que costó mucho trabajo a los magistrados y a los demás ancianos poder calmar a los jóvenes; tan imprudente y necia les parecía la proposición romana".
De nuevo Tito Livio ejerce de historiador y cuenta las cosas objetivamente o, al menos, con relativa objetividad.

(CONTINUARÁ)

23 feb 2014

ANIBAL (III): SAGUNTO

Para asegurar definitivamente su retaguardia antes de marchar contra Roma, sólo quedaba un punto débil. La economía estaba consolidada: las cecas de Cartago Nova acuñaban continuamente emisiones de monedas de plata, las relaciones con los régulos ibéricos eran excelentes - prueba de ello era que Aníbal, sigiendo el ejemplo de su difunto cuñado, había contraído matrimonio con Himilce, la hija del rey de Castulo. Sin embargo quedaba en pie el problema planteado por Sagunto que, desde el momento en que había pedido ayuda a Roma y ésta se la había concedido, había sido infringido el tratado del Ebro.
La antigua ciudad de Sagunto estaba situada en territorio de los edetanos. Su nombre original era Arse, que luego, por influencia céltica, pudo haber derivado en Zaqanta o Sagunto. Su población era predominantemente indígena, aunque también albergaba una importante colonia griega.
Ocupaba Sagunto un cerro escarpado, accesible únicamente por el lado oeste. Su emplazamiento se prestaba magníficamente a la defensa, al mismo tiempo que constituía un excelente puesto de vigilancia sobre la vía que discurría junto a la costa y los caminos que enlazaban el levante con la meseta de Teruel a través del valle del río Palancia y la sierra del Toro.
Precisamente entre los saguntinos y los habitantes de la región turolense, los turboletas, había pleitos cuya naturaleza nos es desconocida, pero de suficiente envergadura como para provocar frecuentes luchas entre éstos y aquéllos. Los saguntinos, además, envalentonados por su alianza con Roma, caían repetidamente sobre los turboletas, aun a sabiendas de que éstos eran aliados de Cartago. En la última razzia habían logrado arrebatarles un importante botín. Es obvio que todos estos incidentes eran para Aníbal un casus belli manifiesto que justificaba la intervención.
La situación se agravó todavía más en el 220 a. C. cuando los saguntinos enviaron de nuevo embajadores a Roma solicitando ayuda ante un posible ataque cartaginés y culpando a los turboletas de los conflictos existentes. Roma, que ya había liquidado victoriosamente su conflicto con los galos, se sintió con la suficiente capacidad como para enviar legados a Aníbal para advertirle que no intentara atacar Sagunto, ya que la ciudad se había acogido a la protección de Roma. El general cartaginés no sólo rechazó las pretensiones romanas, sino que, a su vez, acusó a Roma de haber violado el tratado del Ebro y de haber intervenido en asuntos internos de Sagunto, favoreciendo el acceso al gobierno de la ciudad del partido anticartaginés. En Cartago, otros legados romanos obtuvieron idéntica respuesta.
En la primavera del 219 a. de C., Aníbal puso sitio a Sagunto, exigiendo a sus habitantes, como primera condición para la paz, que diesen completa satisfacción a los turboletas. Sagunto, confiada en que Roma no tardaría en acudir en su ayuda, resistió valerosamente. Pero los romanos, bien por la habitual lentitud con que el Senado solía tomar sus decisiones, bien por carecer de información suficiente sobre la situación real en la Península y las intenciones de Aníbal, o bien por estar en aquellos momentos ocupada en las guerras Ilíricas (241-218), que pusieron en sus manos las antiguas tierras de lo que un día sería Yugoslavia, optó por sacrificar Sagunto con el fin de justificar una futura declaración de guerra. Dicho de otro modo: ni un sólo romano se movió para cumplir los compromisos adquiridos con los saguntinos años atrás.
Tras ocho meses de asedio, durante los cuales los de Sagunto se defendieron con desesperación, la ciudad fue tomada al asalto y sin compasión por las tropas de Aníbal.
Al acercarse el invierno del 219, Aníbal concedió a sus mercenarios unos meses de permiso para que pudieran ir a descansar al lado de sus familias. Todos dieron su palabra de concentrarse de nuevo en sus cuarteles en los primeros días de la primavera siguiente. Mientras tanto, el general cartaginés aprovechó para recuperarse de las heridas que había sufrido durante el sitio de Sagunto y perfilar sus planes para acometer el definitivo desafío de atacar Roma, su ansiado proyecto.


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22 feb 2014

ANIBAL (II)

La elección de Aníbal como jefe del ejército marcó una vuelta a los métodos de Amílcar, a quien su hijo se parecía, no sólo en el carácter, sino también en el físico. Y de nuevo Tito Livio nos dice así:
"Los veteranos creyeron ver a Amílcar en su juventud, puesto que su rostro tenía la misma expresión de energía, el mismo brillo en la mirada, la misma expresión de boca y sus mismas facciones. Muy pronto dejó de necesitar el recuerdo de su padre para granjearse simpatías..."Pues sí. La política de persuasión propugnada por Asdrúbal dejó paso a los procedimientos más rápidos y expeditivos de Aníbal. En el verano del 221 a. de C., las tropas cartaginesas penetraron en el territorio de los olcades. Bastó a Aníbal tomar al asalto su capital para que se rindiese la tribu entera. En el verano siguiente partió de Cartago Nova con la intención de penetrar profundamente en los territorios de la meseta central. Según parece, avanzó siguiendo la antigua ruta que después sería conocida como Vía de la Plata. Helmántica (Salamanca) y Arbukada (Toro) fueron ocupadas. Cada una de estas ciudades debió pagar sendos tributos que, en el caso de Helmántica, fueron 300 talentos de plata. Aníbal tomó además numerosos rehenes antes de iniciar su regreso a Cartago Nova.
Al parecer, la ruta de vuelta fue distinta de la de ida. Pasando por Ávila o Segovia, cruzó la cordillera del Guadarrama. Luego, por las llanuras de Madrid y Toledo, llegó hasta el Tajo, siguiendo, posiblemente, el valle del Alberche. En las ruinas de algunos de los castros vetónicos de la región, como Cogotas y Osera, se han encontrado restos arqueológicos que corroboran esta hipótesis.
Pero a la altura del Tajo, el ejército cartaginés , cargado con su botín, fue atacado por una coalición de carpetanos, vacceos y olcades en las riberas del río, probablemente en algún punto entre Aranjuez y Talavera de la Reina. De haber aceptado la batalla inmediatamente, mal habría terminado la experiencia para las tropas de Aníbal. Pero éste obró con la mayor prudencia. Acababa de plantar su campamento al sur del Tajo cuando se percató de la presencia del ejército enemigo frente a él. La cercanía de la noche impidió que se trabase batalla. En cuanto Aníbal comprendió que todo el mundo dormía en el campamento enemigo, rebasó el Tajo con sus soldados y colocó el campamento en la ribera norte, a suficiente distancia como para atacar al enemigo cuando pasara en la dirección equívoca a su campamento. Al llegar la batalla fueron muchos los enemigos que perecieron en el río, arrastrados por la corriente que los llevaba hasta la altura del campamento de Aníbal donde sus elefantes los esperaban para aplastarlos. Muchos buscaron refugio en la orilla opuesta, pero Aníbal había formado en cuadro a sus soldados y se enfrentó a ellos devastando sin piedad su territorio.
Y fue de este modo como el dominio cartaginés, que ya llegaba por el norte al Ebro y se extendía por todo el Levante, comenzó definitivamente a alcanzar la costa atlántica de la Península. El prestigio alcanzado tras la batalla del Tajo dejó pocas ganas de resistencia entre las tribus autóctonas, que acabaron por incorporarse como mercenarios a las tropas cartaginesas. En cuanto al paso del Guadarrama, no podemos por menos que considerarlo una especie de entrenamiento o prueba previa a lo que no mucho después sería el "paso de los Alpes" que llevaría a cabo el obstinado general.

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21 feb 2014

ANÍBAL

A pesar de su juventud, Aníbal había adquirido gran experiencia, primero junto a su padre Amílcar, y luego junto a su cuñado, Asdrúbal. Se cuenta que este último, partidario como era de la diplomacia, cuando tenía que actuar con dureza solía encomendar a Aníbal las misiones de castigo. Ambos se habían educado en el odio a los romanos y sobra decir que el discípulo no quedó a la zaga de los maestros.
La figura de Aníbal apareció incluso a los ojos de los romanos como la de un genio de la guerra y un maestro de la política. Los retratos literarios que nos han llegado de él son obra de romanos, pero, en verdad, al leerlos no se sabe si admirar más a la figura del retratado o la caballerosidad de los que trazaron tan encomiástica semblanza del hombre que, durante 40 años, fue la pesadilla del pueblo romano.
Veamos, a modo de ejemplo, lo que nos cuenta Tito Livio:
"Nunca el espíritu humano se adaptó de tal modo a dos deberes tan diversos: mandar y obedecer. Por eso resulta difícil saber quién lo amaba más, si el comandante supremo o los soldados. A nadie estaba Asdrúbal tan dispuesto a nombrar jefe de un grupo que debía cumplir una misión cualquiera que requiriese firmeza y audacia; pero tampoco al mando de ningún otro se mostraban los soldados tan valerosos y seguros de sí mismos. Era tan audaz para enfrentarse al peligro como cauto al encontrarse en él. Nada le cansaba físicamente ni le desmoralizaba. Con igual estoicismo soportaba el hielo y el calor sofocante; comía y bebía sólo lo necesario y no por placer; pasaba su tiempo entre la vigilia y el sueño, sin preocuparse por el día o por la noche, concediéndose reposo nada más que en aquellas horas que le quedaban libres del trabajo. No usaba camas cómodas ni buscaba la calma para adormecerse; muchas veces se le veía envuelto en un capote militar, durmiendo entre sus centinelas. Su uniforme en nada se diferenciaba del de los otros hombres de su edad; sólo era reconocible por su armamento. Anduviera a caballo o a pie, siempre dejaba atrás a los demás porque era el primero en lanzarse al tumulto y el último en abandonar el campo de batalla".Hoy día esta descripción nos evocaría a Napoleón Bonaparte, sin lugar a dudas. Pero veamos lo que nos dice el no menos admirado Polibio, historiador íntimamente relacionado con la familia de los Escipiones, de la que salieron los futuros vencedores de la definitiva guerra contra Cartago:

"¿Es acaso posible dejar de maravillarse del arte estratégico de Aníbal, de su valor y de su capacidad para llevar la vida de campamento, cuando uno arroja su mirada sobre este período en toda su duración: cuando se detiene atentamente en todas las batallas, pequeñas y grandes, en los sitios de las ciudades, en las dificultades que tuvo que resolver; si se consideran, en fin, todas las grandezas de su empresa? En dieciséis años de guerra con los romanos en Italia, Aníbal no cedió el campo ni una sola vez. Como hábil timonel, siempre mantuvo en obediencia a las tropas numerosas y heterogéneas que comandó; supo alejarlas de motines contra jefes y discordias internas. Entre sus tropas había libios, iberos, ligures, celtas, fenicios, ítalos, helenos... pueblos que no tenían nada en común, ni por su origen ni por sus leyes, ni por sus costumbres ni por su idioma. Sin embargo, la sabiduría del jefe enseñó a nacionalidades tan distintas y numerosas seguir un orden único, a someterse a una sola voluntad, en cualquier situación o circunstancia, fuese favorable o adversa".No obstante, tampoco faltaron en estos historiadores, ciertos ecos de lo que Aníbal era para la imaginación de los romanos. Volvamos a Tito Livio:

"Pero a sus altas cualidades, se unían en igual medida sus espantosos vicios. Su crueldad era inhumana y su perfidia superaba grandemente la famosa perfidia cartaginesa. Desconocía tanto la verdad como el bien; no temía a los dioses, incumplía sus juramentos y no respetaba las cosas sagradas".Pero Polibio, mucho más moderado, reconoce que no se puede esperar un juicio justo y objetivo sobre un hombre tan aborrecido por sus contemporáneos, máxime siendo consciente de que sus prácticas no eran mucho mejores que las de los propios romanos - como veremos más adelante -. Por ello decía al respecto:

"Por lo que se refiere a Aníbal y también a otros hombres de estado, no es, en general, fácil pronunciar un juicio justo (...). Sobre él influían tanto el círculo de amigos como la fuerza de las circunstancias. Baste decir que entre los cartagineses tenía fama de codicioso y que nosotros mismos lo considerábamos cruel"A mi juicio, aparte de lo que pueda deducirse de cualquier juicio literario, la figura de Aníbal se define muchísimo mejor por lo que significó, en conjunto, su agitada existencia. Toda ella fue un constante esfuerzo de su titánica voluntad por llevar a cabo la idea que impregnaba todo su ser: destruir a los romanos. Esto es lo que, según cuenta el mismo Livio, había jurado cuando todavía era un niño. Es por ello que no se me antoja muy coherente lo que afirma éste sobre su desprecio a los juramentos ante los dioses. Por otra parte no hemos de olvidar que Aníbal era un hombre cultísimo, capaz de hablar varios idiomas, entre ellos el latín. Un amigo suyo, Sosilo de Esparta, le había enseñado a escribir el griego con una corrección exquisita. Incluso aprendió, durante sus campañas en Italia, algunos dialectos de las poblaciones itálicas con las que mantuvo relaciones.

20 feb 2014

CARTAGO CONTROLA IBERIA 2

El camino del Ebro queda despejado por fin para los cartagineses. A sus espaldas queda Sagunto, cuyos habitantes buscaron una alianza con Roma. Aceptarla significaba para los romanos violar el reciete tratado con Cartago, ya que Sagunto estaba bajo su influencia... pero a pesar de todo tal pacto se formalizó. De este modo, Roma siempre podría disponer de una valiosa cabeza de puente en caso de que Cartago llevase sus pretensiones demasiado lejos (¡ay!, la diplomacia...).
En el año 221 Asdrúbal muere asesinado. Se cuenta que lo apuñalaron de noche y Tito Livio nos cuenta pormenorizadamente lo que le sucedió al magnicida, un celta mercenario que vengó en Asdrúbal la muerte de su propio caudillo, un tal Tago.
Pero a la muerte de Asdrúbal, los cartagineses ya eran dueños de todo el sur de la Península y del levante, hasta el golfo de Valencia, siendo más que probable que también controlasen el área de los oretanos. Aquel mismo año, el ejército eligió a su nuevo general: Aníbal, que a la sazón contaba con 25 años de edad.
Y fue así como empezó todo lo que vamos a contar en las próximas entradas. Eso sí, tras las vacaciones de Semana Santa.

19 feb 2014

CARTAGO CONTROLA IBERIA

Tras una campaña de 9 años, Amílcar había conseguido para Cartago la plata y los mercenarios de Iberia. Más que eso: consiguió que Cartago recuperase la confianza en sí misma y el prestigio político y militar que había perdido tras su derrota de la Primera Guerra Púnica.
A su muerte, el general dejó tres hijos: Aníbal, Asdrúbal (que no hay que confundir con el otro Asdrúbal, yerno de Amílcar) y Magón. Como eran menores de edad a ninguno de ellos les fue posible hacerse cargo de la dirección del ejército. El único hombre capaz de hacerlo era, en aquel momento, el yerno del difunto Amílcar, Asdrúbal, el almirante que había conducido hasta Gadir la escuadra de desembarco. Los Barca habían conseguido de la asamblea cartaginesa una ley según la cual la elección del jefe del ejército de operaciones pertenecía a los cidadanos cartagineses que figuraban en el mismo. De esta forma, la continuidad en el mando no estaba supeditada a los vientos políticos que soplaran en la metrópoli al producirse el relevo. En consecuencia, Asdrúbal fue elegido por sus hombres e, inmediatamente, se puso "manos a la obra" para continuar la obra de Amílcar.
Asdrúbal aseguró las conquistas realizadas, pero sustituyó los métodos más violentos por actos pacíficos fruto de la diplomacia. Sus dotes de persuasión le ganaron amigos entre los reyes ibéricos, con los que estrechó lazos de hospitalidad. Como culminación de su política de alianzas, Asdrúbal contrajo matrimonio con la hija de uno de aquellos reyes ibéricos. Al decir del historiador Diodoro, parece que, desde luego, exagerar algo en este punto, aquel acto valió a Asdrúbal la adhersión de los iberos que, según él, le proclamaron general.
Otro de sus mayores aciertos fue fundar, en el mismo lugar donde existía desde antiguo la ciudad de Mastia, una ciudad nueva a la que dio el mismo nombre de la metrópoli, Kart-Hadast, si bien los romanos la designarían con el de Cartago Nova (la actual Cartagena).
La elección fue genial. La amplia y segura bahía, la riqueza en plata de sus alrededores; su proximidad a las costas del norte de África; su emplazamiento dentro del límite de los tratados con Roma; la riqueza salina de sus playas cercanas (tan necesarias para las manufacturas de salazones); los amplios campos de esparto de su trascosta, tan útiles como imprescindibles para la fabricación de cordajes para los navíos...
Cuenta Tito Livio que Asdrúbal, con aquel maravilloso arte que tenía para atraerse a las naciones y hacerlas entrar en sus intereses, indujo a los romanos a que renovasen con é el tratado de alianza, según el cual, ambos imperios deberían tener, como límite, el río Ebro.
Efectivamente, en el año 226, una nueva embajada romana se presentó ante Asdrúbal. Por aquellos días Roma se encontraba en tensión, haciendo preparativos febriles porque esperaba que de un momento a otro los galos que habitaban la llanura del Po desencadenaran una ofensiva que se preveía calamitosa, como de hecho ocurrió al año siguiente. En estas circunstancias, a Roma le interesaba asegurarse las espaldas comprando la neutralidad de Cartago al precio que fuese necesario, pues, de aliarse con los galos y los cartagineses, el final de Roma habría sido un hecho. Así pues, Roma no dudó en aceptar el tratado del Ebro como límite para las respectivas zonas de influencia, aunque ello suponía traicionar a las colonias griegas que ahora quedaban en territorio cartaginés.

Para saber más puedes leer HISTORIA ANTIGUA DE LAS ESPAÑAS siguiendo este ENLACE (zona euro) o en este otro ENLACE para el resto del Mundo.

18 feb 2014

EL DESQUITE DE CARTAGO

Ilustrados por la recreación del puerto de Cartago, que sin duda debió haber sido una de las Maravillas del Mundo Antiguo, volvamos a nuestros amigos, los cartagineses, para analizar cómo se prepararon para desquitarse de los agravios padecidos bajo el liderazgo de Amílcar Barca.
Amílcar acababa de desembarcar con su ejército en el puerto de Gadir, dispuesto a crear en la Península un nuevo imperio colonial para su pueblo que a la vez sirviese como base de operaciones contra Roma.
Los primeros en recibir el choque de las tropas cartaginesas fueron los habitantes de la cuenca del Betis. Ante la embestida del ejército, los reyezuelos de la región cerraron filas en torno a uno de ellos, llamado Istolacio. Cada cual envió a los mercenarios celtas que tenía a su servicio y, a las fuerzas de resistencia, se les unió un grupo de tropas lusitanas bajo el mando de Indortes. Pero Amílcar los derrotó, batalla tras batalla, llegando incluso a incorporar a sus filas a más de 3.000 desertores. Los jefes de la resistencia que eran apresados recibían castigos inclementes: les sacaban los ojos antes de crucificarlos.
Uno tras otro, los reyezuelos fueron entregándose por la fuerza, por el miedo o por la diplomacia, y sus tropas se fueron agregando al ejército cartaginés. Así fue como muy pronto Amílcar pudo controlar la región minera de Cástulo, donde se hicieron nuevas prospecciones que sirvieron para que la abundante plata del lugar llenase las arcas cartaginesas: la conquista estaba siendo rentable.
Avanzando hacia el este, los cartagineses llegaron hasta Mastia y la rebasaron, sometiendo a su paso a las ciudades ibéricas que iban encontrando. La mayor parte de las colonias griegas también se fueron entregando al poderío de Amílcar. Pero simultáneamente, numerosas quejas habían ido llegando a Roma. Amilcar había violado el pacto firmado con Roma en el 348 a. de C. en el que se fijaba la zona límite de influencia cartaginesa en la ciudad de Mastia, que ahora le quedaba muy a sus espaldas. Los romanos, aliados de los focenses, ya frecuentaban la Península desde hacía tiempo, como demuestran las abundantes piezas de cerámica campaniense halladas en las rutas que conducían desde Levante hasta Cástulo.
Sin embargo, la reacción inicial de Roma se limitó a enviar una embajada en el año 231 para protestar contra la política expansionista cartaginesa. Amílcar los recibió amablemente y, por toda respuesta, alegó que los cartagineses estaban involucrados en aquella empresa para poder saldar las deudas contraídas con Roma. He aquí un curioso juego de intereses políticos, económicos y diplomáticos que podrían evocar ciertas situaciones mucho más contemporáneas de nuestra Historia.

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10 feb 2014

AMILCAR BARCA Y SU CAMPAÑA

En el año 237 a. de C., solamente un año desués de haber terminado la "guerra inexpiable", como se la llamó, Amílcar salió de Cartago con un numeroso ejército. Avanzando hacia el oeste, atravesó las actuales tierras de Argelia y Marruecos, sometiendo a su paso a las tribus mauritanas. Su yerno Asdrúbal, personaje de gran influencia en el partido democrático, avanzaba paralelamente con su escuadra por la costa africana. Al llegar al Estrecho de Gibraltar las tropas fueron embarcadas y, tras una breve travesía, tomaron tierra en el puerto de Cádiz, única plaza que Cartago había conservado en nuestra Península.
Con Amílcar viajaba un niño de nueve años, hijo del general y de nombre Aníbal. Veamos lo que cuenta Tito Livio del muchacho:
"Se cuenta que Aníbal, cuando apenas tenía los nueve años de edad, suplicó a su padre con mil zalamerías infantiles que lo llevase a Hispania. Amílcar, después de haber terminado la guerra de África, estaba preprando con mil sacrificios un ejército que pensaba trasladar a este país. Entonces llevó al niño ante el altar, haciendo que con sus pequeñas manos tocase las ofrendas, y le obligó a que jurase hacerse enemigo del pueblo romano lo m´s pronto que pudiera".Pero ¿qué pueblo era éste, al que el hijo de Amílcar juraba eterno odio?
CONTINUARÁ

7 feb 2014

AMILCAR BARCA Y "LA GRAN IDEA"

Pues sí, Amílcar se convirtió de la noche a la mañana enel centro de todas las miradas, el hombre providencial llamado a vengar las humillaciones a que Cartago había sido sometida y, por supuesto, a satisfacer los intereses de cada uno de los sectores de la población.
La pérdida de las grandes islas mediterráneas y de la franja libio-fenicia en la Península Ibérica perjudicaban especialmente a la clase comerciante. Los agricultores, que veían en Amílcar a su salvador, estaban dispuestos a seguirle hasta el fin del mundo. La plebe de marineros y artesanos y la burguesía en general temía que la contracción de los negocios que seguiría al aislamiento cartaginés les obligara a dejar la ciudad y a labrar de nuevo las tierras de los grandes señores en sustitución de los esclavos en quienes ya no había motivos para confiar. Los intereses de todo el pueblo convergían, pues, en una misma dirección, y Amílcar supo dar con la mejor de las soluciones.
No sabemos con certeza de qué mente surgió la brillante idea. El hecho es que cuando se dio a conocer el grandioso programa de Amílcar, todo el mundo en Cartago lo apoyo entusiasmado. Se trataba de conquistar la Península Ibérica, al menos las regiones costeras. El balance de las ventajas era tentador. En primer lugar se compensarían ampliamente las pérdidas territoriales sufridas en Sicilia y Cerdeña. La Península Ibérica ofrecía además sus fabulosas riquezas mineras, la fecundidad de sus campos y la laboriosidad de sus habitantes. Para colmo, en ella e podía encontrar una incontable cantera de mercenarios, cuyo valor había sido ya demostrado en las anteriores guerras. En una palabra: la Península Ibérica era el futuro, la base desde donde los Barca podrían lanzarse como rayos (lo que eran) contra Roma, buscando el desquite de los anteriores desastres.

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6 feb 2014

AMÍLCAR BARCA

El nombre "Barca" significaba "rayo", y lo cierto es que los Barca hicieron siempre honor a su apellido. Amílcar era un militar brillante y un político habilísimo sostenido por el partido militarista de los comerciantes e industriales, frente a la oposición del artido agrario, capitaneado por Anón.
La derrota del 241 supuso la quiebra del partido de Amílcar, y éste, en consecuencia, se vio obligado a presentar su dimisión como general, al mismo tiempo que Cartago se rendía ante la superioridad bélica romana.
Las tropas ciudadanas dirigidas por Anón fueron derrotadas vergonzosamente en su primer encuentro con los mercenarios. La oligarquía agraria no tuvo entonces más remedio que suplicar a Amílcar que salvara la ciudad. Aunque éste se resistió, pues no le agradaba luchar contra los mismos hombres que había dirigido en sus campañas, no es difícil intuir que le interesaba ante todo elevar su prestigio y lograr un apoyo más decidido por parte de sus adversarios políticos. Al fin, cuando supo que los rebeldes habían enterrado vivos a 700 cartagineses y cortado las manos y machacado las piernas a su colega Giscon, se decidió a actuar sin contemplaciones.
Con sólo 10.000 hombres, reunidos a duras penas entre la población sitiada y adiestrados aceleradamente, Amílcar se enfrentó a los 50.000 hombres que le asediaban. El cerco se rompió; los mercenarios fueron atrapados por el astuto general en un desfiladero que taponó por ambos lados y se sentó a esperar que muriesen de hambre. Efectivamente, los desgraciados comenzaron comiéndose sus caballos, echando luego mano de sus esclavos y prisioneros. Finalmente, cuando estaban a punto de devorarse los unos a los otros, los jefes de los rebeldes estuvieron dispuestos a llegar a un acuerdo con Amílcar, pero éste apresó a los parlamentarios, los hizo crucificar y lanzó a sus tropas y sus elefantes contra los soldados que, privados de jefes, perecieron en la espantosa carnicería que le siguió. De este modo comenzó el desmoronamiento de los rebeldes: era el año 238 a. de C. Posidonio calificó aquélla como "la guerra más cruel y salvaje de cuantas en la Historia se habían conocido". Finalmente Cartago organizó un fastuoso desfile de la victoria en el que los jefes de los rebeldes que habían sobrevivido fueron torturados con el mayor sadismo, siendo finalmente ejecutados a latigazos hasta la muerte.
Cuando roma vio que Cartago volvía a levantar cabeza su actitud dio un giro de 180 grados. Los rebeldes de Cerdeña volvieron a pedir ayuda a Roma, convencidos de que Cartago, con las manos libres en África, no tardaría en caer sobre ellos. De inmediato, un ejército expedicionario romano desembarcó en la isla y Cartago protestó enérgicamente, a lo que el Senado de Roma respondió declarándole nuevamente la guerra a Cartago.
Es obvio que Cartago no estaba en condiciones de aceptar el reto, por lo que tuvo que renunciar a sus posesiones en Cerdeña e incluso pagarle a Roma un tributo suplementario de 1200 talentos sobre lo que ya debía de la primera guerra.
La pérfida conducta de Roma provocó que Cartago explotase de odio, olvidase todas sus rencillas internas y tomase relevancia un partido militarista que se convirtió, de la noche a la mañana, en el ideal pragmático de la nación entera. Y tras él estaba, cómo no, Amílcar Barca.

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