28 abr. 2017

LA PRIMERA CONSULTA AL PAÍS (II)

Respecto a la Constitución, las respuestas apuntaban a una legalidad constitucional violada por el absolutismo monárquico y el despotismo ministerial.  No se aclaran al definir la Constitución histórica española, no saben qué leyes la componen, existe un tremendo desorden a la hora de calificar algunas leyes de fundamentales y a otras de positivas.  Pero bien acudiendo a la tradición legal española, bien a la razón, cuenta más su querer actual que el decir del Fuero Juzgo o de las Partidas, y en la voluntad general hay un deseo de una monarquía constitucional, templada, moderada..., en la que se pongan unos límites al ejercicio del poder por parte del rey.
Será en los problemas económicos y sociales -los realmente determinantes- donde la tradición reformista alcanzará resultados trascendentales.  La nobleza "inútil" y el clero "ignorante" han sido barridos por el hombre "honesto" (no en lo religioso, sino en los social).  En estos momentos triunfa el concepto de un nuevo hombre con un nombre nuevo: ciudadano.  Carece de las virtudes heroicas que acreditaron al noble y de las trascendentales del clérigo, pero, en cambio, es productivo, ilustrado, tolerante, y sus idea se ponen por encima de cualesquiera otras.  Esta cualidad de ciudadano hace a todos iguales ante la ley, sin negar por ello las diferencias personales, que no pueden, y las económicas, que no quieren nivelar.  Los privilegiados de las personas del antiguo régimen no se pueden sostener porque carecen de servicios, y el ciudadano arremeterá contra todo lo que signifique privilegio sin función.
Al lado de esto, la Guerra de la Independencia producirá unos efectos catastróficos: 500.000 soldados esquilmando todo el país durante seis largos años, desórdenes en la recaudación dentro de unas provincias ocupadas por los franceses.  El país carecerá de recursos para financiar la guerra y emprender una política económica duradera.  No se puede recurrir al crédito, pues los vales reales llegan a cotizare en 1809 con un 72% de pérdida.  Las respuestas sobre el futuro de las rentas apuntan tres soluciones, basadas en principios revolucionarios:

-Universalidad contributiva, que amenaza a estamentos y reinos privilegiados.
-Sustitución de las contribuciones indirectas por otras directas.
-Proporcionalidad, convirtiendo en los mayores contribuyentes a los privilegiados, ya que eran los máximos propietarios.

En orden a una mayor productividad que cubra las necesidades nacionales y aguante la competencia internacional, los ilustrados descubren el interés y la propiedad individual.  El derecho natural racionalista, invocado por estos hombres de 1808, atacará sin desmayo las tierras comunes, los mayorazgos y las manos muertas.
En relación con este punto, y siguiendo la línea de las leyes justas para todas las personas, todos están de acuerdo en devolver a los municipios su representación y al Estado la libre designación para los empleos, ya que en siglos anteriores eran muchos los que se habían hecho propietarios de cargos de la administración pública y sus atribuciones las traducían en beneficios materiales.
Ya hemos dicho que la mitad de España estaba sometida al señorío jurisdiccional de nobles y eclesiásticos.  Éstos nombraban jueces en sus señoríos a capricho.  Dicho punto sale a relucir, y es objeto de severas críticas y de la necesidad de reformarlo.
Los ataques a la Iglesia demuestran que los atacantes no son unos hombres místicos.  La Iglesia debe ser despojada de todo, ya que se ha caracterizado por ser contraria a la utilidad pública.  La iglesia y sus eclesiásticos deben ser útiles a la sociedad.  Por ello, sólo el sacerdote secular, el párroco, el "cura" de las almas, es el único miembro salvable, e incluso exaltado, por sus elevadas funciones.  Si al cura se le considera víctima de una estamentación eclesiástica y con unos ingresos insuficientes, al religioso regular se le ataca por su ignorancia y falta de vocación.  Lujo y laxitud disciplinaria hacen que los ricos monasterios carezcan de defensores.  Llegan a concluir que los regulares deberán someterse a la dependencia de la jerarquía secular.
De la autenticidad, originalidad y vital importancia de estas respuestas, definidoras de la posición ideológica de los españoles de1809 podríamos concluir en primer lugar la trascendencia de la crisis del año ocho tiene en la evolución histórica de nuestro país.  El derrumbamiento de la estructura político-social del Antiguo Régimen revela hasta qué punto estaba carcomido el edificio, y el gobierno personal de Fernando VII servirá para ilustrar la radical incapacidad del viejo mecanismo para hacer frente a las nuevas situaciones.  Destaquemos, por otra parte, la extensión y madurez de una opinión pública que pedirá en sus respuestas muchas de las trascendentales reformas que el liberalismo tendría la habilidad de cubrir bajo su bandera, y que dista mucho de poder identificarse con la tan clásica como errónea imagen que reduce el número de los reformistas a unos cuantos alborotadores gaditanos, inspirados únicamente en el ejemplo francés, interpretación que impide ver la gravedad de la crisis institucional preexistente y lo acuciante de la necesidad de renovar unos esquemas que desde mucho tiempo atrás venían coartando las posibilidades de desenvolvimiento de la sociedad no sólo española, sino europea.
Señalemos, finalmente, la importancia decisiva de la aportación doctrinal de la Ilustración, que salvo en lo que se refiere a los puntos concernientes a las cuestiones políticas, había legado a sus epígonos liberales la mayor parte de su programa económico y social, programa que surge en muchos de sus puntos, incluso en las páginas de los que no aceptan el programa político de los primeros.  La amplitud de los temas que se tratan en las respuestas revela la importancia de la obra doctrinal de la Ilustración, definidora de un nuevo orden social que los hombres de 1809 no hicieron otra cosa que adoptar.

27 abr. 2017

LA PRIMERA CONSULTA AL PAÍS (I)

"Todos los sabios españoles que hayan meditado sobre proyectos de reforma -anuncia Quintana-  así en cuanto a la Constitución del reino en general como sobre los ramos particulares de la Administración pública, son convidados por la Junta a que le comuniquen sus ideas con toda libertad y según crean que corresponda mejor al bien de la patria."

Esta idea de llamar a los hombres entendidos a una discusión pública por escrito había salido de Jovellanos.  Son múltiples las autoridades consultados a lo largo y ancho de la geografía española y de la más variada gama social.  Es una simple representatividad, ajena a la parcialidad o al partidismo.
Todo el país estará de acuerdo con la necesidad de unas reformas.  El consenso era general al definir la época de Carlos III como época de prosperidad, y la de Carlos IV como oprobiosa.  La opinión nacional en 1809 y 1810 era de absoluta condena a Carlos IV, María Luisa, Godoy y, sobre todo, de sus sistema de gobierno.
La mayoría del país quiere reformas sociales, jurídicas, económicas y, por añadidura, políticas.  Las preguntas claves del cuestionario eran éstas:

1.-Medios de asegurar la observancia de las leyes fundamentales del reino.
2.-Medios de mejorar nuestra legislación, desterrando los abusos introducidos y facilitando su perfeccionamiento.
3.-Recaudación, administración y distribución de las rentas del Estado.
4.-Reformas necesarias en el sistema de instrucción y educación pública.

respecto al problema de la soberanía, hay quienes piensan en su origen carismático, y  por ello no se plantean el asunto, ya que la continuidad dinástica es una indiscutible realidad.  Otros están de acuerdo con el democratismo que propugnaba Rousseau, proponiendo una división de poderes y limitando la conducta del titular del gobierno.
En cuanto al problema de la ley, la mayoría es partidario de poner trabas a la capacidad legislativa del rey, bien por medio de las Cortes o consejos o por una efectiva separación de poderes.  También son defensores de la unificación legal de la nación, y se declaran contrarios a la existencia de fueros regionales.  Se muestran aún más cálidos adversarios de los fueros personales y de las jurisdicciones particulares de los diversos miembros.  Estos privilegios -dirán- son un atentado contra la igualdad civil y una vejación para el estado general, esto es, hay unanimidad a a favor de reformas radicales, como la uniformidad nacional, universalidad de la ley y formación de un código orgánico.
Son muchos los que piensan que, por el hecho de no haber participado los reyes y estamentos privilegiados que habían perdido su legitimidad, y, por tanto, tenían que someterse a la nueva legalidad nacida de la guerra.  Para unos es un derecho y para otros una recompensa la legitimidad adquirida en el levantamiento.
Hay comunidad de opiniones en la urgencia de la composición y organización de Cortes.  En cuanto al número y calidad de miembros y en lo referente a la duración, atribuciones y organización, las soluciones son múltiples y caprichosas.  Frente a los partidarios de la elección en el grupo social, están los que proponen el principio revolucionario de la proporcionalidad de diputados y la población.  En contra de los estamentalistas están los revolucionarios, que exponen coherentemente el derecho universal a ser representado.  Entendamos que no son partidarios del sufragio universal, sino del sistema censitario: representación proporcional a la población, despreciando el estado a que se pertenezca, pero recalcando la cultura y el dinero de los elegidos.  Flórez Estrada comentará la idea de que el hombre se convierte en ciudadano cuando tiene propiedad y cultura; el pobre y el ignorante son ajenos a la sociedad.  Está claro: la burguesía tratará de alejar del gobierno a los no propietarios, aunque se valga de ellos para luchar contra la nobleza y el clero.

26 abr. 2017

LA CONVOCATORIA DE CORTES

Salvo algún reaccionario empedernido, todo el mundo deseaba la convocatoria de unas Cortes.  La deseaban Jovellanos, el Consejo de Castilla, los embajadores ingleses, las juntas provinciales, la Junta Central y la opinión pública desde los comienzos del levantamiento.
Empieza el debate.  Los conservadores piensan en unas Cortes como las de la época de los Austrias y Borbones, con unas instituciones limitadísimas.  Para ellas las leyes e instituciones antiguas representaban la única Constitución válida.  Cuando los revolucionarios piden Cortes, piensan regenerar España con nuevas leyes.  La nación, "que lo había hecho todo", asumiría los poderes constituyentes.  Pedían, por tanto, unas Cortes representativas, elegidas según criterios de proporcionalidad y con una clara finalidad reformista y de freno al poder real.  Los soldados, que habían luchado contra una invasión no provocada por ellos, sino por el "despotismos ministerial", debían ser recompensados como ciudadanos.  La independencia era vital para ellos ; pero aún lo era más la reforma de los abusos.
Calvo de Rozas y Quintana son los más dispuestos a animar a la Junta Central para que ponga en marcha el complicado mecanismo de reunir las Cortes.  Pronto se constituía la comisión de Cortes que trabajaría en la preparación de la consulta al país y el texto constitucional que había de ser sometido a la aprobación de las mismas.  Estaba formada por Jovellanos, Riquelme, Caro, Castañedo y el arzobispo de Laodicea.
Posteriormente se van creando una serie de juntas para que estudien y preparen un programa en cada una de sus especialidades: Junta para resumir lo esencial de los informes de la consulta del país, Junta de Medios y Recursos Extraordinarios, Junta de Hacienda y Legislación, Junta de Materias Eclesiásticas, Junta de Ceremonial de Cortes y junta de Instrucción Pública. Cada una de ellas contaba con un presidente, secretario y vocales.
El alma de estas juntas auxiliares es Gaspar Melchor de Jovellanos, quien las dota de unas instrucciones que constituyen la mejor prueba de la excepcional talla política del asturiano, así como de la coherencia y solidez del programa de reforma de la Ilustración.  Revela asimismo la amplitud de miras de su autor, quien delinea un programa que no es sólo el de la guerra, sino también el de la paz, un programa en cuya realización habían de sucederse las generaciones.  En las instrucciones hallamos el testamento de la Ilustración, que, haciendo abstracción de las circunstancias del momento, proyecta ante los ojos de sus lectores la tarea de realizar una España nueva.  Sería prolijo enumerar estas instrucciones dadas a las juntas de Hacienda, Legislación e Inspección Pública.
La actuación de estas juntas auxiliares y preparatorias es mal conocida, mas refleja una clara tendencia revolucionaria.  Esta comisión preparatoria de las Cortes dejó de redactar un proyecto de Constitución.  Esto será vital, pues las Cortes de Cádiz tenían que haberse limitado a aprobar un texto elaborado de antemano; pero, al no estar hecho, las propias Cortes de Cádiz lo llevaron a cabo con una más marcada tendencia revolucionaria.
Mientras tanto, la propia Junta Central estudiaba la forma de convocar unas Cortes realmente representativas.  La composición de éstas será un problema debatidísimo, y seguirá discutiéndose con posterioridad a la disolución de la Junta Central.
Jovellanos y algunos otros miembros dirán que de la misma suerte que la soberanía no corresponde ni al rey ni al pueblo aisladamente, sino a la conjunción del rey y las Cortes, entienden a éstas como el conjunto de los tres estamentos (nobleza, clero y estado llano) que integran el cuerpo vivo de la nación.
Jovellanos, inspirado por el patrón inglés, cree encontrar la solución al dualismo nobleza-estado llano (los miembros del clero pertenecen, de facto, a ambos grupos) mediante la reunión de una asamblea con dos cámaras.  De esta forma, la Cámara Alta (de los Lores) frenaría la marcha hacia la democracia, que se presagiaba arrolladora como única cámara.
Esta Cámara de los Lores a la española parecía una artificial pieza de museo en un país que no había gozado de vida constitucional desde el siglo XVI, y en el que la aristocracia era sospechosa de ser indiferente a la cuestión patriótica (¿había habido algún grande de España que liberara una sola aldea?).
Otros miembros, por contrapartida, influidos por la clasista y antinobiliaria Revolución Francesa, son partidarios de una cámara única, en la que indistintamente concurran todos los representantes de la nación.  Los discursos en torno a la convocatoria por estamentos y a la preferencia por la cámara única reflejan un problema escueto, pero agudo: hay que buscar unas defensas para que los privilegiados no sean arrollados por el estado general, o montar un dispositivo para que el estamento popular no sea burlado en sus pretensiones.  De todas formas, la mayoría piensa que no se puede dar un paso sin pisar privilegios y derechos de la nobleza, del clero y de la dignidad real.
Las opiniones serán muy diversas; mas en todos estos acontecimientos de finales de 1809, y, por tanto, en vísperas de la extinción de la Junta Central, se nota la influencia de Jovellanos.  Sigue siendo un Jovellanos reformista, pero que intenta contener los avances revolucionarios.  Trabajaba a marchas forzadas para dejar sentadas las bases de un gobierno moderado y poner cortapisas a unas exigencias democráticas y a un torrente revolucionario que ya estaba en marcha.

25 abr. 2017

LA JUNTA SUPREMA CENTRAL (II)

La actuación de la Junta Central en los dos años de su existencia nos deja ver claro el espíritu que la mueve.  Deja ver su doble finalidad: independencia y libertad.  Es básica la defensa del reino contra los franceses, pero no es menos básica su preocupación -más difusora e ideológica que real- por todo tipo de reformas: alteración de las antiguas leyes; reformas de códigos civil, criminal y mercantil; mejoras en la educación pública; arreglos económicos para una distribución de las rentas públicas; libertad de prensa; reforma agraria; nuevas Cortes y distintas de las reunidas por el antiguo régimen; ataca el celibato, vínculos, mayorazgos...
La junta esbozó el programa a desarrollar por las futuras Cortes de Cádiz.  Sin embargo, preocupada por la guerra, hizo pocas innovaciones de carácter político, y apenas legisló en algunos asuntos económicos o religiosos.  Algunas de sus decisiones se caracterizan por su reacia moderación: suspensión de la enajenación de bienes de manos muertas, permiso para volver a los jesuitas.  Otros aspectos entran en el campo de las reformas: abolición de alcabalas, reconocimiento de la deuda pública y aprobación de una libertad de imprenta, en la práctica ya existente.
Decididamente, la Junta Central tenía mala fama. Estaban en su contra el Consejo de Castilla, los embajadores ingleses, deseosos de una mayor centralización, la pretensión de las juntas provinciales de ser representantes directos del pueblo soberano, los conservadores y nobles por el viso reformista que tomaba la situación, los militares, cuyo creciente poder les hacía intrigar demasiado en lo político y anunciaban los futuros pronunciamientos.  Por si fuera poco, algunos de los actos de la junta resultaron poco populares, como el tratamiento de majestad que se dio a sí misma, de alteza al presidente, o el sueldo de 120.000 reales señalado a cada miembro.  También fueron mal recibidos algunos párrafos dirigidos a los americanos, llamándoles a la libertad y acelerando así el proceso de emancipación de sus propias colonias.
El consejo, aferrado al antiguo régimen, negará capacidad a las juntas para formar un gobierno y se opondrá a la existencia de la central, mostrándose terco en su programa: regencia, extinción de juntas provinciales y Cortes.  Por otra parte, la Junta Central ya había permitido que las juntas provinciales fueran desobedecidas por los tribunales, dependientes del consejo, precedente que terminará con la propia junta.
La insistencia inglesa tendrá un enorme peso.  A los ingleses lo único que les preocupa es un gobierno fuerte para llevar la dirección de la guerra.  Los embajadores ingleses incidirán en un Consejo de Regencia, en una rápida reunión de las cortes y en todo aquello que sirva para no distraer a los españoles de la empresa de arrojar a los ejércitos franceses.
Todos estos obstáculos forman la primera reacción del siglo XIX, y unidos a la adversa situación militar, determinarán la disolución de la Junta Central.  Tras la tremenda derrota de Ocaña se hizo imprescindible una concentración de gobierno.  Al compás de su retirada geográfica -Aranjuez, Sevilla, Cádiz-, la junta desacreditada, era ofendida e incluso calumniada.  Sus miembros llegaron a ser insultados por los patriotas de Cádiz.
Ante esta repulsa, la junta designaba la conservadora regencia de los cinco, presidida por el obispo de Orense y sus adláteres Saavedra, Escaño, Castaños y Fernández de León.  Ésta, como las sucesivas regencias, fueron gobierno débiles, aprisionados entre el democratismo urbano de Cádiz y el obstruccionismo anticuado de los consejos.  Después estarán sometidas a las Cortes y sólo apoyadas por las tropas británicas, pese a su falta de energía y decisión en la dirección de la Guerra.
La Junta Central revolucionaria acababa de ser castrada; pero antes había dejado el germen de un vástago de trascendentales consecuencias: la reunión de Cortes.

23 abr. 2017

LA JUNTA SUPREMA CENTRAL (I)

En tres meses, España ha decidido la constitución de un gobierno, y revolucionariamente se ha divorciado de las viejas instituciones.  En lo militar, Bailén, Zaragoza y el Bruch, triunfos de todo un pueblo enarmas, avalaban esta escisión.
Los ingleses también presionaban para construir una autoridad central, ya que de un federalismo sólo podían resultar inconvenientes militares.
Pese a no haber unidad de criterios respecto a la composición de este gobierno central, triunfa la tesis de la soberanía depositada por el pueblo en las juntas.  Como depositarias de la soberanía popular elegirán a aquellos miembros que quieran para, de esta forma, componer el gobierno supremo.
También frente a los criterios de representatividad por el censo demográfico o por las ciudades de voto en Cortes, triunfa el siguiente parecer: cada junta provincial delegará su poder en dos vocales.  De esta forma, el espíritu de la Junta Central (o Junta Suprema Central) será el de las juntas provinciales, y continuará ejerciendo un poder revolucionario, heredero del hecho del levantamiento.
La adhesión de la junta de Sevilla, prácticamente la capital durante los primeros meses y envalentonada por la victoria de Bailén, será decisiva.
En septiembre de 1808, los delegados de las juntas provinciales se reunieron en Aranjuez, constituyendo la Junta Central, pese a los que insistían en la creación de una regencia (Jovellanos) o a los qu querían, como el reaccionario general Cuesta, entregar el poder civil al Consejo de Castilla y quedarse él, Castaños e Infantado con el supremo mando militar.
En Aranjuez triunfaba de nuevo la línea revolucionaria.  Surge así un nuevo Estado español, cuyas premisas fundamentales son la nacionalidad y el carácter innovador.  Nótese:

-Su origen es el poder popular delegado.
-Su forma, treinta y cinco miembros iguales entre sí.
-Sus fines: asumir la totalidad de los poderes soberanos.

Puede ser significativo señalar que de los 35 miembros, más de la mitad pertenecían al estamento nobiliario: cinco grandes de España, diez aristócratas, cuatro hidalgos, ocho juristas (algunos también nobles), seis eclesiásticos, uno, dos o tres miembros del estado general.
Sólo algunas personas conocidas: Floridablanca, Jovellanos, Valdés.  El resto son desconocidos en las tareas de gobierno e imposibles de encasillar en uno u otro partido.  Los hay avanzados, como el plebeyo Calvo de Rozas, y ancianizados, como Palafox y el marqués de la Romana.  Floridablanca, elegido presidente, no pasa de ser un anciano "gruñón", y Jovellanos será utilizado por los que profesan ideas más radicales que las del asturiano.
Estos miembros representan a la nación entera y se arrogan poderes totales.  Entre ellos se crean cinco secciones, correspondientes a otros tantos ministerios.  Que esta Junta Central no se contentaba con ejercer el poder ejecutivo, sino que pretendía ir más lejos en sus innovaciones revolucionarias, está fuera de toda duda.  El propio Jovellanos negará a la junta su carácter nacional y querrá limitar la actuación de la central a preparar futuras Cortes.  Síntoma del marchamo revolucionario es el ataque de Jovellanos ante la Junta Central y a las juntas provinciales, al decir: "Ellas no fueron erigidas para alterar la Constitución del reino, ni para derogar sus leyes fundamentales, ni para alterar la jerarquía civil, militar y económica del reino".

20 abr. 2017

LAS JUNTAS PROVINCIALES (II)

El consejo tuvo que aguantar las duras oposiciones populares, que lo tachaban de taidor, diciendo: "Vuestra voz no debe ser oída de la nación".  Irritado por el estado de postergación en que se hallaba, el consejo plegará velas o lanzará explosiones de orgullo, tachando a los miembros de las juntas, ridiculiza su actuación y, en contrapartida, expone su programa de formar un gobierno central, un ejército y convocar Cortes.
Fácilmente se puede comprender el radical divorcio existente entre antiguo y nuevo régimen, entre las juntas y el consejo. Los principales políticos en que fundaban sus poderes eran opuestos; éste buscaba la normalidad jurídica, en tanto que las juntas aspiran a crear una nueva legalidad.  Tensión constante, guerra sorda, en la que aquél saldrá mal parado y se verá obligado a renunciar a sus pretensiones de gobernar, para recobrar sus funciones administrativas, económicas y judiciales.
Pero el proceso revolucionario hacía caso omiso de todo lo que olí a antiguo régimen, y el consejo no tendrá otro remedio sino abrazar el partido de la oposición.
Originariamente, la base revolucionaria estaba constituida por las juntas ciudadanas, elegidas popularmente.  Éstas, a su vez, habían designado a los miembros de las juntas provinciales.  También éstas aspiraban a un gobierno central, teniendo su situación por transitoria.  Salimos así al paso de los que han visto en las juntas el resurgimiento de tendencias liberalistas.  Son cientos de testimonios los que apuntan una conciencia de Estado nacional y prueban el levantamiento de la nación española frente al invasor., pese a la aparición de las juntas provinciales.
La tendencia a la homogeneidad es un hecho desde los primeros momentos.  Galicia envía representantes a Aragón, Andalucía y Valencia, urgiendo sobre la necesidad de una unión nacional.  Asturias aspira a reunir Cortes, invitando a las provincias más cercanas.  Murcia publica la famosa "Circular" sobre la necesidad de reunirse las autoridades de las provincias en un Gobierno Central.
La voluntad de unificación es sincrónica al levantamiento , y en todos hay un deseo implícito de superar esta situación de interinidad.  La anarquía, desolación, el federalismo, no caben en el sentir de ninguna junta. todas se expresan, esencialmente, de la misma manera. Por no citar ejemplos reiterativos, veamos el ejemplo de la junta de Valencia:

"...ya es indispensable dar mayor extensión a nuestras ideas para formar una sola Nación, una autoridad suprema que en nombre del soberano reúna la dirección de todos los ramos de la administración pública; en una palabra, es preciso juntar las Cortes o formar un cuerpo supremo compuesto de los diputados de las provincias en quien resida la regencia del reino, la autoridad suprema gubernativa y la representación nacional."

19 abr. 2017

LAS JUNTAS PROVINCIALES (I)

La explosión popular del levantamiento es un hecho espontáneo, sin precedentes, y obra exclusiva del bajo pueblo.  Los hombres de 1808: propietarios locales, clérigos, oficiales y funcionarios se unirán posteriormente a la causa patriótica y serán los que den una dirección adecuada al levantamiento.  Por ello, en las dieciocho juntas provinciales, el elemento popular estará escasamente representado.
El pueblo es consciente de su debilidad para dar al movimiento una dirección determinada.  No es extraño que autoridades derrocadas, demagogos e incluso reaccionarios se pongan al frente de las juntas; sin embargo, la nueva política y la gestión de estos gobernantes en nada se parecerá a la de los antiguos, y adoptarán un sentido radicalmente opuesto; lo avala un escrito de 1808:

"Todo lo has hecho tú, Pueblo magnánimo y sublime, aunque oscurecido, aunque despreciado, aunque abrumado por tantos años de horrible opresión.  Todo lo has hecho tú.  Las letras enmudecían, las armas se estaban quietas; tus jefes, o vendidos labraban infamemente tu ruina y eran los primeros a perderte, o acobardados tardaban en decidirse; pocos ministros del altar, animados de un valor evangélico, osaron alzar el grito.  Todos los medios, en fin, de donde podías esperar tu salud se te habían negado o se habían convertido en obstáculos...  Semejante tú a un torrente inmenso, vencedor de los diques que te atajaban, te has derramado arrastrando contigo a otras clases, a los jefes y a los mismos esotrbos y haciéndoles ir a donde quisiste, has caminado por ti solo y por la fuerzqa de tu carácter a la alta empresa de la salvación del Estado."

Las juntas provinciales tendrán un carácter revolucionario y asumirán poderes revolucionarios.  Para ejecutar su soberanía se basaron en su origen, pues ha sido la voluntad popular la que las ha creado.  Su actuación revestirá un enfrentamiento radical con todo aquello que represente al antiguo régimen.  La mayoría de las juntas repiten hasta la saciedad que el pueblo reasumió el poder y que, por ende, la única autoridad reside en las juntas.  Las audiencias y demás cargos provinciales se plegarán a la voluntad de los nuevos organismos.  Si hubo algunas resistencias terminaron sometiéndose cuando el Consejo de Castilla, último representante de la antigua legalidad, fue derrotado.
Se creaban, en conclusión, unas juntas capaces de gobernar con plenitud de poderes.  El Consejo de Castilla estaba totalmente desacreditado por su supuesta sumisión a Murat, y las juntas provinciales trataban sus órdenes con desprecio.  "Un pueblo libre no quiere perecer": este grito democrático había achicado a los viejos abogados del Consejo de Castilla, quienes, con sus no menos viejos alegatos, intentaban demostrar ser la única autoridad legalmente constituida.
El Consejo de Castilla intentaba ganarse a las juntas enviándoles un escrito para que se animaran a conferenciar y a arreglar las cosas unánimemente.  Pero las juntas, o no contestaron, o calificaron su conducta de infame y de antipatriótica condescendencia.
El consejo, no contento con esta humillación, intenta ganarse la opinión pública.  Ésta era, sin duda, un arma de doble filo, pues lo único que hacía el consejo al adoptar esta medida era demostrar que la única fuerza capaz de dirimir legítimamente la cuestión residía en la voluntad popular y nacional.
El consejo tuvo que aguantar las duras oposiciones populares, que lo tachaban de traidor, diciendo: "Vuestra voz no debe ser oída de la nación".
Irritado por el estado de postergación en que se hallaba, el consejo plegará velas o lanzará explosiones de orgullo, tachando a los miembros de las juntas de "espíritus superficiales, ignorantes, malévolos y revolucionarios"; niega la legitimidad de las juntas, ridiculiza su actuación y, en contrapartida, expone su programa de formar un gobierno central, un ejército y convocar Cortes.

18 abr. 2017

LA REVOLUCIÓN Y LAS CORTES DE CÁDIZ (I)

La revolución liberal burguesa se lleva a cabo en España a través de tres fases.  La primera corresponde a la labor de las Cortes de Cádiz (1810-1814); la segunda, al "trienio liberal" (1820-1823); en la tercera fase (1832-1840), los imperativos económicos, ideológicos y políticos de la burguesía se asentarán definitivamente, dando lugar a la implantación en España de un Estado liberal.
Sincrónicamente con la Guerra de la Independencia discurrirá una revolución política, formando parte del engranaje de la "revolución burguesa".
Las transformaciones económicas y sociales habían avanzado rápidamente, mientras la situación política quedaba retrasada  y desfasada. Era una necesidad generalmente sentida reformar el Estado y la administración.  La burguesía española (escasos burgueses más el sector ilustrado de las clases medias) se incrustará en las grietas producidas por las crisis políticas de la Guerra de la Independencia.
Las reformas no se podían dejar al arbitrio de un rey absoluto, quien podía manifestarse inepto, como era el caso de Carlos IV.  Había que descartar las reformas desde arriba y lanzarse a la conquista del poder político para luego imponer sus criterios acerca de la organización de la sociedad.
Fernando VII estaba ausente y formalmente era el primer afrancesado al haber abdicado en José Bonaparte.  Unas juntas surgidas espontáneamente en todo el territorio español asumirían la soberanía, para convertirse en el motor de la revolución burguesa.
El pueblo no acepta las renuncias de Bayona, y ante la paralización total de las viejas instituciones, reasume la soberanía.  Las juntas serán la clara expresión de una situación revolucionaria.  La única legitimidad descansará en el pueblo y, por ende, sólo serán legítimas aquellas autoridades creadas por el pueblo o por sus representantes.  El poder de las juntas es nuevo y enmarcado en un levantamiento.

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17 abr. 2017

EL GOBIERNO DE JOSÉ BONAPARTE (y II)

Los antagonismos se recrudecen cuando los afrancesados intenten llevar a cabo una política de mediación con la Junta Central.  Napoleón es enemigo de las mediaciones, y vendrá a España, según él, para "coronar con la ayuda de Dios en Madrid al rey de España, y plantar mis águilas sobre las fortalezas de Lisboa".  Napoleón -era evidente- deseaba un sistema político común entre Francia y España, opinión no compartida por los afrancesados.  Napoleón, borracho de su propia gloria, no estaba dispuesto a volver a empezar la historia de Felipe V, según sus propias palabras.  Obraba con desprecio de su hermano y de su gobierno, hasta el punto de que el propio José pidió la renuncia a reinar sobre los españoles.  El emperador cedió en favor de su hermano la corona española, que decía pertenecerle por derecho de conquista.
El gobierno josefino tiene una cortapisa de vital importancia: los mariscales, auténticos virreyes, que consideran la Península como un país conquistado; no obedecen la autoridad real, la limitan y controlan las actividades del gobierno español.  Lo único que atienden son las instrucciones imperiales.  El rey José se quejará repetidamente de estos generales, arruinadores de un país que él debe gobernar.  Pero por más que el rey de España solicite de Napoleón un poder efectivo y eficaz, la situación española y la política imperial invalidan sus propósitos.
Ante estas circunstancias, unidas a la determinante crisis financiera, chocarán los intentos de reformas políticas y administrativas.
José I y su gobierno intentan un acercamiento hacia los sublevados españoles.  Reiteradamente se estrellará su deseo de mediar con la Junta Central, ante la firme resolución de los rebeldes.  Las negociaciones de los embajadores españoles en París, el empleo del ascendiente ante Napoleón de la reina Julia, la visita del propio rey José a la capital de Francia para hablar a su hermano de la real situación española, todo fracasa. Sus peticiones se pueden resumir en lo de siempre: dinero, soldados, integridad territorial, independencia nacional y poder efectivo del rey español.
En los últimos años contemplamos a un rey desmoralizado, vencido, intentando renunciar a un trono que su vanidad no le permite llevar a cabo.  Sus intentos de convocar unas Cortes nacionales nunca pasaron del proyecto.
La situación de rey José era cada día más crítica.  Carece de la fuerza necesaria para empuñar el cetro.  Los afrancesados volverán a su programa nacional; pero todos se verán anegados por la derrota.  Prácticamente, después de la derrota de Arapiles, el gobierno afrancesado desaparece y todo el interés se concentra en el ejército francés, en las maniobras militares y en las malas noticias llegadas de Rusia.
José Bonaparte es hecho a última hora general en jefe de los ejércitos imperiales, suplantando su cargo de rey de España.  No le queda otra solución que preparar unos pesados y ricos equipajes y tomar el camino de Francia. En Vitoria, derrotado, perdía parte de éstos.  El emperador le ordenaba retirarse a Montfontaine.

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15 abr. 2017

EL GOBIERNO DE JOSÉ BONAPARTE (I)

La gestión gubernamental de José I y sus colaboradores en los cinco años pasados en España no podía ser muy brillante, si tenemos en cuenta una injerencia extranjera y un pueblo en armas.  La monarquía josefina, excesivamente subordinada a París y a Napoleón, nunca pudo resolver sus problemas acuciantes.  El problema financiero era insostenible; no había dinero, y Napoleón tampoco lo mandaba; ante esta carencia monetaria, cualquier actividad estaba hundida de antemano.  Los otros problemas eran el de la integración territorial y el de la independencia política.  Ninguno de ellos fue resuelto, ya que Napoleón anexionó a Francia la parte norte del Ebro y los generales napoleónicos se comportaron en España como auténticos virreyes , obedeciendo sólo al emperador y no permitiendo injerencias ni de José I ni de los afrancesados.
España fue una espina en la carrera napoleónica.  El emperador jamás quiso comprender sus problemas; intentó olvidar una realidad que terminó hundiéndole.  Para comenzar, la acogida dispensada al rey José fue decepcionante.  José Bonaparte escribirá a su hermano el emperador, comunicándole que el pueblo español no le era adicto, llegando a predecirle: "Vuestra gloria se hundirá en España".  Esta carta está fechada el 24 de julio de 1808.  Hacía sólo cuatro días que José había llegado a Madrid.
Los primeros meses de su reinado se caracterizarán por los intentos de captar, atraerse y apaciguar a los españoles.  Es una política conciliatoria a través de la cual intenta convencer a la masa de la población de las ventajas del cambio de dinastía.  Los ministros del rey -Urquijo, Pedro Ceballos, Cabarrús, Azanza, Mazarredo, O'Farril, Piñuela- promueven una campaña propagandística por medio de periódicos, folletos y enviados especiales a las provincias.  Posteriormente, y afrancesados los métodos conciliatorios, se pasará a exigir un juramento de fidelidad, lo que arrojó una cifra de unos dos millones de "juramentados", carentes de motivación política.  Los propios ministros afrancesados intentan persuadir a sus amigos intelectuales en favor de la convivencia e integridad nacional, reformas, etc.  Seleccionemos a modo de ejemplo estas breves palabras de Urquijo:

"Antes de la mitad de octubre se encontrarán en España 300.000 hombres que la arrasarán y someterán a la fuerza.  Hoy se trata de escoger entre la guerra y la paz (motivo de conveniencia nacional), entre la conquista y la constitución (motivo político), entre las Indias y España (motivo histórico), pues hay que suponer que las perderemos, y, por fin,entre un rey justo y bueno y la anarquía."

Podemos suponer el esquilmamiento de un país en guerra permanente durante seis años y aguantando el peso de 500.000 soldados.  La situación económica y financiera  era caótica.  Madrid moría de hambre.  Es sintomático que cuando Wellington entra en la capital de España, el patriotismo madrileño gritará: "Viva el pan de a peseta".
La administración josefina acudirá a impuestos, empréstitos y confiscaciones, de los que debían responder los obispos, cabildos, monasterios y las personas más acomodadas de cada provincia.  Cuando fracase este sistema, solicitará dinero de su hermano; mas Napoleón, carente de los efectos que pudiera acarrear una ayuda económica, se negará rotundamente, diciendo que "la guerra debe alimentar a la guerra".
Las numerosas cartas que José escribe al emperador tienen un solo denominador común; hombres y dinero.  Necesitamos dinero.  Hacen falta medios enormes.  Sin dinero no puedo hacer frente a los múltiples obstáculos.  Las provincias son pobres.  La penuria es total.  No entra nada en las Cajas reales...
Mientras, los generales napoleónicos se dedican a saquear España.
El antagonismo es evidente: para Napoleón el gobierno español son sus ejércitos; para los afrancesados, todo el poder debe residir en el rey José I y sus ministros.  Rechazar la decisiva intervención de lo francés en la administración nacional y, al tiempo, pedir dinero y soldados a Napoleón: he ahí la esencial contradicción de la política afrancesada.

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14 abr. 2017

LOS AFRANCESADOS Y EL REINADO DE JOSÉ BONAPARTE (III)

Evitar el peligro de desmembración territorial de España y de emancipación de América era otro quebradero de cabeza de los afrancesados.  Aparentemente ellos representaban la continuidad de la orientación tradicional de la política exterior española: alianza con Francia para defenderse frente a Inglaterra.
Por el hecho de aceptar los afrancesados el cambio de dinastía serán objeto del odio de los absolutistas y de Fernando VII.  Para los absolutistas, equivocando conscientemente las cosas, en la Guerra de la Independencia no había triunfado la patria, sino el absolutismo.  Aplicando su equívoco, los absolutistas culparán a los afrancesados de traidores por ser demasiado avanzados y aceptar ideas revolucionarias contrarias al rey y al Estado.
Y por aceptar los afrancesados una monarquía ilustrada, reformista desde arriba, incurrirán en las iras de los liberales, más avanzados y partidarios de un nuevo Estado nacional.
Para los afrancesados, el liberalismo, las juntas provinciales, la Junta Central, las Cortes de Cádiz, representan el mayor de todos los males, la anarquía, el terrorismo, el desprecio al imperio de las leyes.  Los afrancesados son monárquicos.  Odian el sistema casi republicano que representan los liberales.  Podríamos, de hecho, reducir los principios doctrinales de los afrancesados a estos tres puntos:

-Monarquismo: adhesión a la forma monárquica, pero no a una dinastía determinada.
-Oposición a los avances revolucionarios: monarquía constitucional, sí; anarquía, no.
-Necesidad de reformas políticas y sociales, de acuerdo con las tendencias de la época.

Es claro concluir que el abrazo de estas premisas enfrenta a los afrancesados tanto con los absolutistas como con los liberales.  Lo mismo unos que otros se enfrentarán con el invasor.  Lo que ocurre es que sus concepciones estatales difieren, y, por ello,  su reacción ante el invasor será también diferente.
El papel de los afrancesados es de mediadores, no de colaboradores.  Aceptan una nueva dinastía, pero jamás reconciliarán la desmembración del país ni la injerencia extranjera.  
La situación española en estos momentos se prestaba a ser gobernada, dominada o desmembrada por Francia.  Los afrancesados escogieron ser gobernados por un miembro de la dinastía que reinaba en el país vecino.  ¿No supone esta postura un sentimiento nacional más arraigado que el de los absolutistas, a principios de 1808, dispuestos a ceder a Napoleón en norte de España?
El meollo de la postura de los afrancesados consistía en la mediación, y no en la resistencia, para proteger de este modo la independencia nacional.  España se libraba así del gobierno directo de París y de la desmembración del reino por derecho de conquista.  De aquí que aboguen por el cese de la rebelión patriótica, evitando una guerra innecesaria y que dejaría muy maltrecho al país.  Eran enemigos de la guerra. Podíamos preguntarles a los afrancesados: ¿Sin guerra, hubiera mantenido España su independencia absoluta con relación a la política imperial?
La realidad, en los años de guerra, dirá que la política de José I y sus partidarios españoles no podía nada contra Napoleón y sus generales, quienes no conocían más ley que la de la necesidad militar.  Por otra parte, el gobierno español estaba empobrecido, y no hacía sino pedir fondos a Francia.  De esta forma tampoco podían mantener la independencia nacional.  Quedaba claro que los buenos deseos de José Bonaparte se desvanecían y la política de los afrancesados estaba en quiebra.
Admitida la buena fe y desinterés de la mayoría de los afrancesados por Moratín, Meléndez Valdés, Amorós, Urquijo, Cabarrús, Ceballos, Piñuela, Mazarredo..., su posición quedaba en absoluto sin base ética desde el momento en que la inmensa mayoría del pueblo español manifestaba, a costa de sus sobrehumanos sacrificios, su repulsa a la invasión gala y a las instituciones políticas emanadas de la misma.  Con razón pudo Jovellanos referirse a los afrancesados como "cismáticos de la patria".
Las acrobacias intelectuales de los afrancesados para justificarse a sí mismos dejan fuera de duda que tanto José I como sus colaboradores sintiesen un reformismo auténtico, como lo demuestra la regenerada Constitución de Bayona, primera de nuestras constituciones: un nuevo sistema de educación, un código moderno, reducción de monasterios, abolición de la Inquisición, supresión de aduanas provinciales y de los derechos feudales, construcción de un teatro nacional y diversos planes científicos, culturales, urbanísticos...
Pero la mayoría de estos decretos tuvieron más un valor programático que real, ya que su escasa o nula aplicación no produjeron efectos en la vida política y administrativa ni modificaron apenas la estructura socio-económica.
Los burócratas españoles admiraban muchas de las obras de José I.  Influirán decisivamente en la posterior reconstrucción administrativa de España.  De aquí mamará el burócrata y administrativo Javier de Burgos.

13 abr. 2017

LOS AFRANCESADOS Y EL REINADO DE JOSÉ BONAPARTE (II)

Está muy claro que mientras los afrancesados están enmarcados en una monarquía ilustrada, lo liberales son partidarios de un régimen constitucional basado en al soberanía nacional.  Quienes equiparan liberales y afrancesados pasan por alto una diferencia esencial.  Los liberales fueron demócratas, mientras que los afrancesados creyeron en una reforma desde arriba. El liberalismo implicaba la soberanía de la nación , y no simplemente una España dividida en provincias "racionales", libres de frailes y de la Inquisición.
Al hablar del siglo XVIII, ahondábamos en la crisis del Antiguo Régimen y en la sustitución de la sociedad estamental por la sociedad clasista.  Los ilustrados son partidarios del progreso económico y social, sin tocar el político, aspecto que será insostenible.  Pues bien, mientras los "absolutistas" están anclados en la sociedad estamental del antiguo régimen, los "afrancesados" seguirán aferrados a la Ilustración y sus reformas, sin importarles quién sea el rey.  Más allá se encuentran los "liberales", quienes no confían en las disposiciones evolutivas de los monarcas (como era el caso de Carlos IV y será el de Fernando VII).  Los liberales quieren reformas; pero para ello necesitan conquistar el poder político, y todo ello les lleva a la lucha revolucionaria.  Se diría que los afrancesados y liberales piensan igual en cuanto al montaje de una sociedad, pero discrepan básicamente en la organización política.
Lo que ocurre es que cuando el liberalismo se divide en "moderados" y "progresistas", los afrancesados, lo mismo que otros grupos, se adherirán a los moderados.  Exagerando las notas, un carlista afiliado a los "moderados" nunca habrá sido un liberal, demócrata y revolucionario.  Éste es el fenómeno del afrancesado.
Las abdicaciones de Bayona había que aceptarlas o no.  Los afrancesados las aceptan como un simple cambio de dinastía.  Las renuncias hacían formalmente válido el advenimiento de los Bonaparte.  El cambio de dinastía había sido formalmente aceptado por Fernando VII, Carlos IV, la familia real española, el Consejo de Castilla y otras autoridades.
Los afrancesados contaban con buenas razones para este cambio de dinastía, entre ellas el deseo de implantar pacíficamente reformas políticas y sociales.  Para la burguesía ilustrada del Despotismo Ilustrado, un cambio de dinastía no era un cambio sustancial.  Para ellos, lo importante era la integridad y buen funcionamiento del Estado.  Además, no hacía mucho que los Austrias habían sido sustituidos por los Borbones.  ¿Qué había de malo en que los Borbones fueran ahora sustituidos por los Bonaparte?  Por si fuera poco, los Bonaparte habían dictado una constitución escrita en 1808 -Constitución de Bayona- que ofrecía garantías reformistas a fondo, al tiempo que el despotismo ministerial quedaba constitucionalmente eliminado.  Para los afrancesados, estas razones suponían una evolución sobre el recordado reinado de Carlos III.
Había asimismo razones de conveniencia nacional: evitar la irremediable postración interna que había de producir una guerra con Francia.  A la altura de 1808, el prestigio de Napoleón era enorme.  El emperador era el milagro del siglo.  Los burgueses veían en él al firme consolidador de los logros revolucionarios, y para el clero y la nobleza representaba la restauración del orden y la paz de los espíritus.

8 abr. 2017

LOS AFRANCESADOS Y EL REINADO DE JOSÉ BONAPARTE (I)

El 4 de junio de 1808, José Bonaparte era rey de España y sus Indias por la gracia de su hermano Napoleón I.  Por las mismas fechas, y aun antes, los españoles no reconocían a este nuevo soberano, y como prueba de su resistencia a admitir la nueva situación, asesinaban a numerosas autoridades, prudentes según ellas mismas, traidoras según el sentir de casi toda la nación.  El 8 de julio, los comisionados españoles prestaban juramento al nuevo monarca, que se hacía llamar:

"Don José, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córega, de Córdoba, de Murcia, de Santiago, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, de las Islas y Tierra Firme, del Océano, archiduque de Austria, duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, conde de Habsburgo, Tirol y Barcelona, señor de Vizcaya y de Molina."

El grupo que le presta sumisión formará el núcleo originario de los afrancesados.  Son éstos, efectivamente, los que juraron fidelidad a José Bonaparte y los que de una u otra forma y con unos u otros fines colaboraron con los franceses.
Existe un grupo de afrancesados carentes de interés desde el punto de vista político: son los empleados (quienes se nieguen a jurar fidelidad, perderán sus cargos), pequeños propietarios, funcionarios que aceptaron las órdenes de José I sin discutirlas.  En parte eran cómodos, temerosos de que si no aceptaban la nueva legalidad serían víctimas de represalias.  A este sector influyente y numeroso de la población se les llamó entonces "los juramentados".  Muchos también prestaron juramento al rey francés por razones geográficas, al haber quedado en zona ocupada por el gobierno de José I.  Como en la Guerra Civil de 1936, la fidelidad fue una cuestión de geografía en multitud de ocasiones.  Se calcula que eran unos dos millones de españoles.  Incluso muchos de los que se levantaron el 2 de mayo firmaron en los libros de registro, puestos por el gobierno afrancesado.  Sin duda temían las injerencias directas de Napoleón en los asuntos españoles, y por ello consideraban a José I como un mal menor.
Existen, por otra parte, los afrancesados convencidos, cuyo número se cifra en unos 12.000.  Éstos serán, poco más o menos, los que saldrán exiliados cuando José I se vea obligado a abandonar España.
En un principio, "afrancesado" significa colaborador del rey José.  Y para los que luchan contra la invasión napoleónica, el afrancesado es el que hace el juego a la ocupación y conquista de España por una potencia extranjera. Luego, el término "afrancesado" adquirirá el sentido de imitador de lo francés, equívoco que aprovecharán como arma política los absolutistas, y más recientemente los conservadores.  En la lucha planteada entre la revolución y el antiguo régimen, los liberales, a quienes no se podía acusar de falta de patriotismo, fueron tachados de imitadores de las fórmulas enciclopedistas  y revolucionarias de Francia, con la intención de desprestigiar un programa revolucionario, fomentando una reacción emocional que justificase su condena sin tener que entrar en discutirlo.

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6 abr. 2017

FIN DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (y III)

La situación estratégica general había resuelto la batalla de Vitoria, en la que las pérdidas fueron escasas, peses a la enorme concentración de efectivos.  Consecuencia inmediata de la batalla de Vitoria fue que la frontera occidental quedaba descubierta.  El ejército del centro, mandado por Clausel, no pudo intervenir en Vitoria, y, acosado por Mina, tuvo que marchar de Logroño a Tudela y Zaragoza.  La guarnición y las fuerzas de Guipúzcoa, continuamente acosadas, iban retrocediendo de Villafranca y de Tolosa hasta Andoain y Hernani, y reforzaban las guarniciones de San Sebastián y Pasajes.
Los ejércitos que habían combatido en Vitoria se retiraban a través de Roncesvalles o se fortalecían en Pamplona y valle de Baztán.
Wellington presionaba cada vez más, y ya sólo quedaban en esta región de España as guarniciones francesas de Pamplona y San Sebastián.  El ataque a San Sebastián resultó infructuoso, teniendo que reembarcar la artillería en Pasajes ante la noticia de un ataque de Soult.
Sabedor Napoleón de estos desastres continuados, ordenó que José I abandonase España y mandó reorganizar todas las fuerzas francesas en un solo ejército, al mando de Soult.  el objetivo ya no era establecer a José I en España, sino defender el territorio nacional francés.  Napoleón decía que "harto tiempo he comprometido mis negocios por imbéciles".
Aún había a las órdenes de Soult 117.789 hombres, con los que intentó liberar las guarniciones de San Sebastián y Pamplona.  Sin embargo, las tropas aliadas se apuntaron éxitos en Roncesvalles, Maya y Echalar, obligando a los franceses a replegarse al propio tiempo que el bloqueo de San Sebastián se hacía cada vez más insistente, hasta que los aliados entraron en la plaza, incendiándola y arrasándola en su totalidad. Las tropas asaltantes trataron a la población civil de una manera injustificable.
Simultáneamente, el ataque francés en San Marcial fracasaba y se convertía en derrota.  Sólo faltaba Pamplona, que no tardaría en caer.  Mientras, Wellington cruzaba la frontera y demostraba al mundo la invasión del suelo francés.
Napoleón, en estos momentos, perdía lo mejor de su ejército en Leipzig.
Después de la capitulación de Pamplona, Auchet aún se mantenía en Cataluña y levante.  pero carente de contactos y en una situación estratégica insostenible, se verá obligado a abandonar esta zona. Retrocede, dejando guarniciones en Denia, Sagunto, Peñíscola, Morella, tortosa, Lérida, Mequinenza, Monzón y Barcelona.  Todas estas plazas irán cayendo por el avance español o por negociaciones con Napoleón.
Jaca caerá en manos de Espoz y Mina.  Figueras y Gerona seguirán la misma suerte. En estos momentos, Wellington, en la parte occidental, avanzaba por el sur de Francia, y las tropas aliadas entraban por el norte de París.  Napoleón abdicaba.  La Guera de la Independencia había terminado.

Esta guerra moldeará la historia posterior de la propia España.  Una secuela de la Guerra de la Independencia fue el surgir de un nacionalismo español, emocionalmente reflejado en todas las manifestaciones. El hecho de haber resistido a Napoleón creará un mito fuerte, utilizado tanto por radoicales como por tradicionalistas.  Al contar este nacionalismo con gruesas gotas de emoción, se exaltará y se le comprometerá en campañas irrealizables durante el sigo XIX, que, al terminar en fracasos, trajo como contrapartida la desilusión generalizada.
Otra secuela de la Guerra de la Independencia la dejaron las mismas guerras de guerrillas con sus matices de guerra social y aproximación al bandolerismo.  Acostumbrando al guerrillero a vivir fuera dela legalidad, rechazando normas de vida social, dando carta de naturaleza a la insubordinación, manteniendo por encima de todo su propia personalidad y convirtiendo la revolución en una manifestación del romanticismo.
Muchos de estos aspectos enredarán la vida política española durante el siglo XIX, y a ellos acudirán radicales y carlistas calzándose las alpargatas y empuñando el fusil.  Otra influencia de la Guerra de la Independencia -por cierto, muy duradera- fue la pretensión de los militares de inmiscuirse y dirigir el poder. Varios militares se muestran reacios a admitir la actuación revolucionaria de varias juntas provinciales y de la propia Junta Central.  Los militares se autoconsideran salvadores y encarnadores de la voluntad nacional.  Cuesta y, sobre todo, Palafox, Romana y otros desprestigian a los políticos civiles haciéndoles impopulares. Su deseo es dar un golpe de mano militar y empuñar las riendas de la contrarrevolución, a la que confundían con la salvación del país.  Esta secuela será heredada por muchos generales durante el siglo XIX y parte del XX.  
El marqués de Santa Cruz, convencido durante la Guerra de la Independencia de que España estaba gobernada por militares, se quejaba y presagiaba con acierto:

"¿Y cómo puedo dejar de ver que es éste el tipo de gobierno que amenaza a mis nietos?"

4 abr. 2017

LAS GUERRAS DE ITALIA (II)

Carlos invadió Nápoles. Alfonso II abdicó en su hijo Ferrante II, conocido popularmente como Ferrantino. El ejército napolitano se desmoronó. Los soldados se dispersaron, los generales abandonaron a Ferrantino. Los campesinos y el populacho napolitano aprovecharon la confusión para saquear la ciudad. El nuevo rey e retiró a Sicilia, después de asegurarse una cabeza de puente en el extremo meridional del reino, en espera de que llegasen pronto las tropas de España. Los franceses entraron en Nápoles el 20 de enero de 1495.
A los cuatro días Djem murió. Se dijo que Bayaceto había llegado a un acuerdo con el Papa. en vez de los 45.000 ducados anuales, le ofreció 300.000, a condición de que Djem muriese envenenado (según se dijo). La verdad no se sabe pero se intuye. En todo caso, la muerte de Djem suponía para Carlos VIII la pérdida de una de sus mejores bazas en la cruzada que proyectaba hacer y, tal vez, también fue la razón que le hizo perder en Nápoles un tiempo precioso. Sus soldados se entregaron a toda clase de abusos y liviandades.
Con la generalización del vicio se extendió una enfermedad desconocida hasta entonces. Lo franceses creían que se la contagiaban los italianos. Éstos pensaban que la habían traído los franceses. Le dieron el nombre de "morbo francés" (morbus gallicus). Se trataba de la sífilis, enfermedad que, al parecer, ya se conocía en el viejo continente desde antiguo, pero que solía parecerse a otras que presentaban síntomas parecidos. Su recrudecimiento en esta época hizo creer que hassta entonces era desconocida y que los españoles la importaron de América (recuérdese lo dicho sobre Martín Alonso Pinzón). Según esto, el contagio habría pasado de España a Italia y, desde allí, al resto de Europa. Se sabe que padecieron esta enfermedad muchos ilustres personajes de la época, enre ellos Ascanio Sforza y Juliano della Rovere, el mismo que ocupó el trono pontificio con el nombre de Julio II. César Borja también se contagió, si bien es cierto que su fortaleza física le permitió curarse. Su médico, Gaspar Torelle, en su obra La Pudendagra, dedicada al estudio de este mal, afirmaba que César era un bienhechor de la humnidad, porque su caso había ayudado a los médicos a luchar contra el "morbo gálico".
Carlos VIII impidió al Papa que le concediese la investidura del reino de Nápoles. El Sumo Pontífice se negó. Fernando el Católico había declarado la guerra a Carlos. No estaba dispuesto a permitir que la presencia francesa al otro lado del estrecho de Mesina hiciese peligrar la seguridad de las posiciones aragonesas en Sicilia. Así pues, la maquinaria bélica y diplomática del aragonés entró en acción.
El ejército expedicionario estaba formado en su mayor parte por veteranos de la guerra de Granada. como en todas las posguerras, uno de los muchos y graves problemas que se ofrecen a los gobernantes es el de reintegrar a la vida civil a gentes que durante el conflicto habían adquirido hábitos de violencia. En este caso, al encauzar hacia los campos de batalla de Italia a los excombatientes de Granada permitía eliminar del cuerpo de la sociedad española a unos elementos que, por su inquietud, podían ser caus de trastornos de todo tipo. Pero al mismo tiempo ofrecía la ocasión de desplegar a gran escala las técnicas militares aprendidas en la guerra granadina. La premura con que se había llevado a cabo su preparación no había permitido disciplinar debidamente las tropas a las que se unieron gentes reclutdas en Galicia y Asturias. Pero a pesar de estas deficiencias poseían una valiosa experiencia y una gran combatividad.
El ejército francés, nacido de la Guerra de los Cien Años, era tenido por el más poderoso de Europa, sobre todo desde el momento en que se habían enseñoreado de Nápoles. Los franceses, en sus luchas contra los arqueros ingleses, habían desarrollado su unidad táctica fundamental, la lanza, grupo formado por seis guerreros pesadamente armados. La dirección de cada lanza pertenecía al caballero. La completaban un escudero, dos ballesteros, un paje y un garzón encagadode transmitir las órdenes del caballero.
La efectividad del ejército de lanzas se evienciaba sobre todo en el choque, en el cua eran incontenibles. Sin embargo carecían de capacidad de maniobra.
Completando las lanzas habían organizado también cuadros de infantería pesada, reclutados, generalmente, en Suiza. La infantería suiza se organizaba en compañías de piqueros, armados de lanzas de hasta cinco metros de longitud. Solúan colocar las lanzas inclinadas, de modo que la punta quedase a la altura de los caballos y el regatón clavado en el suelo. De este modo formaban un muro erizado contra el que rebotaban las más duras embestidas de la caballería. Pero al igual que las lanzas, la infantería pesada carecía de maniobrabilidad , aunque era superior en el choque.
El capitán de las tropas españolas, Gonzalo Fernández de Córdoba, disponía de un ejército en el que predominaba la infantería. Cada unidad gozaba de gran autonomía. Sus reglamentos se habían tomado, adoptándolos, de los que habían hecho famosa a la infantería suiza. Pero la compañía española constaba de dos secciones. Una constituía el elemento de tiro, formada por ballesteros y espingarderos, y otra, el de choque, integrado por piqueros.
Las técnicas de guerrilla, el golpe de mano, la emboscada y la escaramuzza las dominaban perfectamente. Por su potencia de tiro, que se aumentó al añadir espirganderos a los ballesteros, y por su movilidad, era muy superior a la francesa. La caballería, formada por jinetes entrenados en las tácticas de los musulmanes, era inferior en el choque a la francesa, pero extraordinariamente rápida y maniobrera.
Su capitán, hombre curtido en la guerra de Granada, poseía una sangre fría capaz de permitirle dominar cualquier situación por peligrosa que fuera y una adaptabilidad que le posibilitó asimilar las lecciones que le dieron sus propios fraasos o los aciertos de cualquiera de los excelentes ilitares que por entoncces poseía Italia. Así pues en 1495 comienza, sin duda, una nueva época en la historia militar del mundo. Lo que en Atella, Ceriñola y el Garellano se funda estará vigente en la práctica siglo y medio hasta el desastre español en Rocroi. En Italia nacen y se hacen, en efecto, los "invencibles" tercios españoles.
La artillería de ambos ejércitos era igualmente inútil en el campo de batalla, si bien resultaba eficaz en loso asedios, para batir los muros.
Por lo que a la acción diplomática se refiere, Fernando desplegó todos los recursos de su maestría. Pocas gestiones se habrán llevado a cabo con la reserva y el secreto que rodearon las que los embajadores del Rey Católico realizaron ante las cortes de Europa. Así, en un tiempo récord logró organizar un auténtico cordón sanitario en torno a Francia, que se conoce con el nombre de Liga Santa. La santidad de su nombre le venía del último fin que se le atribuía, el de organizar la cruzada contra el turco. Para llevarla a cabo era necesario que reinase la paz en la cristiandad, paz que Francia era la única en alterar, especialmente desde el momento en que había alterado el equilibrio italiano. Por esto, el objetivo inmediato de aquella alianza era obligar a Francia a retirarse, de modo que, restablecido el equilibrio, fuera posible la cruzada.
Entre los firmantes estaba Ludovico el Moro, que, después de alcanzar el deseado ducado de Milán, veía en los franceses, más que una ayuda, una amenaza. Venecia, el Papa, el emperador Maximilano I y España también figuraban en la liga. Génova se adhirió y, al mismo tiempo, Fernando estrechó lazos con el ducado de Borgoña y con Inglaterra y logró la neutralidad de Navarra. En un momento determinado, Francia podía ser atacada simultáneamente por cuatro frentes: Nápoles, Milán, el Rosellón y Borgoña.

2 abr. 2017

FIN DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (II)

Wellington, apoyado por el ejército de Galicia, ocupa Valladolid y se dispone a emprender la marcha sobre Madrid.  Esta decisión era más política que militar, ya que suponía no aprovechar el éxito conseguido en Arapiles persiguiendo a Clausel y Marmont, que vuelven a recuperar Valladolid.
Wellington era aclamado en Madrid el 12 de agosto, lo mismo que el Empecinado, quien a los pocos días ocupaba Guadalajara y Toledo.  Wellington se encontraba dueño de la iniciativa, que no sabrá utiliza.  Los tres meses que siguieron a Arapiles no fueron aprovechados militarmente.  El mediocre resultado militar que supone liberar Madrid demuestra una falta de decisión, comprensible sólo como reflejo de la carencia de una concepción estratégica general. El talento de Wellington para la maniobra decisiva y para frenar las acometidas francesas no tiene equivalente en la realización de los movimientos ofensivos.
Por otra parte, Wellington tuvo que dividir su ejército, dejando 40.000 hombres en Madrid.  Él quiso explotar el éxito de Arapiles con 30.000 efectivos.  Esto tendrá graves consecuencias.  Para comenzar, el ejército inglés se vio frenado en el castillo de Burgos, donde tres asaltos fueron rechazados por una guarnición francesa de 2.000 hombres.
La inmovilización de las fuerzas aliadas, careciendo de objetivos estratégicos, dará lugar a la contraofensiva francesa.  En el norte se concentraban las fuerzas imperiales, para lanzar un ataque contra las tropas que cubrían Burgos.  Mientras tanto se producía la conjunción de los ejércitos de levante, centro y sur (Andalucía había sido evacuada) para iniciar la marcha sobre Madrid.
Los ejércitos anglo-españoles tienen que abandonar el territorio conquistado, retirándose, perdiendo combatividad y descendiendo su moral.  Wellington se repliega a sus plazas fronterizas hispano-portuguesas.
Ante esta situación, vuelven los franceses a verse obligados a mantener un sistema defensivo para conservar la región norte y las comunicaciones con Madrid, ahora también acosado por el ejército de Andalucía, que ocupará la región del Tajo.  El rey José había vuelto a Madrid.
Napoleón había fracasado en Rusia, y se veía obligado a levantar otro ejército, reduciendo la atención prestada a la guerra peninsular y sacando nuevos efectivos de España.  Las órdenes eran formar una línea concéntrica en torno a la frontera francesa y mantener así una línea de comunicación más corta.  Incluso estas misiones tan limitadas eran ya difíciles de cumplir.  José, obedeciendo órdenes de su hermano, abandonaba Madrid.
Mas la situación francesa era invariable, por cuanto la reducción del territorio a ocupar era compensada por la reducción de los efectivos y por la intensificación de las guerrillas, mucho más activas en esta mitad norte de la Península.
En mayo de 1813 puso Wellington en movimiento sus tropas, presentándose frente a Salamanca, paraluego reunirse en Villalpando con los ejércitos de Galicia y Asturias.  El rey José estaba desorientado y ordenaba a todo trance reunir mayores elementos de combate.  Madrid se vio libre de franceses, y los convoyes de la corte salieron escoltados rumbo a Valladolid.  José ordenaba también la evacuación de esta ciudad, incapaz de defenderse con un ejército equivalente a la mitad del de Wellington.
El repliegue se centra en burgos, y de aquí en Miranda de Ebro y Vitoria, hacia donde salen los inmensos convoyes con las obra de artes, documentos y demás objetos de valor.
Todo el ejército aliado le persigue incesantemente, no permitiendo que se le junten refuerzos.  Wellington precipita el ataque acosando por todos los flancos e intentando cortar la retirada.  La derrota francesa se hizo general, tras dejar abierto el paso a la progresión aliada.
En la retirada perdieron toda la impedimenta del ejército y el riquísimo bagaje.  El equipaje del rey José se convertía en el símbolo de una política de latrocinios individuales, del saqueo de la riqueza nacional, realizado de manera sistemática por sus ocupantes.

30 mar. 2017

EL FIN DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (I)

El año 1812 comienza con la repatriación de varias unidades efectivas para la campaña napoleónica de Rusia.  Los 30.000 hombres que salen afectan al ejército del norte, a la vez que debilitan las posibilidades francesas de resistencia, sobre todo en la frontera hispano-portuguesa.
Wellington tomará la iniciativa y formalizará el sitio de Ciudad Rodrigo, al que sigue la conquista y saqueo sistemático a que someten los ingleses las ciudades españolas.
el próximo objetivo fue Badajoz.  La defensa era sólida; pero en ningún momento los asaltantes se vieron perturbados por la presencia o refuerzos enemigos.  Tras duro asalto, la guarnición francesa quedó prisionera.  A la conquista siguió un sistemático saqueo, típico de los ingleses e imposible de justificar.  La realidad estaba demostrando que la dispersión de mandos y recursos franceses era bien aprovechada por Wellington, y los imperiales se daban cuenta de que mientras sus ejércitos continuasen ocupando las provincias oficialmente sometidas era utópico recurrir a cualquier maniobra ofensiva.
Hacer frente simultáneamente a estos dos objetivos era imposible, y mas en unos momentos en que Rusia ocupaba el primer plano en los proyectos napoleónicos.  La solución, de no variar su dispositivo operativo, era la de víctimas de un asalto por parte de las fuerzas aliadas, usando a Portugal como plataforma de lanzamiento.
Sin embargo, Wellington sigue cauto, y en vez de decidirse por aprovechar al máximo su superioridad estratégica y lanzarse al camino de Madrid, toma precauciones y gasta el tiempo en operaciones de diversión táctica.  De hecho, antes de asaltar Salamanca, ordena un dispositivo general de toda la Península, para evitar que los franceses reciban refuerzos en su zona: dos flotas desembarcarían en el Cantábrico y levante; se agudizaría la presión sobre Andalucía; los gallegos atacarían Astorga y la guerra de guerrillas sometería a los franceses a un constante hostigamiento.
En estas circunstancias, Wellington emprendía la ofensiva.  El francés Marmont abandona Salamanc y concentra sus fuerzas.  En tal situación se daba la batalla de Arapiles (22 de julio de 1812), en la que las pérdidas francesas -de unos 14.000 hombres- debilitaron ostensiblemente al ejército de Portugal.  Esta derrota suponía una amenaza inmediata de la carretera de Madrid y de la propia capital.  Otra consecuencia sería que, debido a esta situación, los franceses acabarían evacuando la mitad de la Península.

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29 mar. 2017

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA: GUERRA DE GUERRILLAS (V)

Debemos valorar en su justa medida la importancia trascendental de los guerrilleros españoles en la Guerra de la Independencia.  No sólo fueron unos sujetos novelescos y de altura humana, sino sobre todo hombres eficaces y de una acción constante, que resultó decisiva.  La Guerra de la Independencia no se ganó en las grandes batallas, como se ha venido diciendo.  La situación la habían madurado unos guerrilleros, y los frutos desprendidos de esta coyuntura crítica a la que se sometió la guerra de guerrillas a los franceses se desprendió en esas batallas de Arapiles, Vitoria y San Marcial.
Podemos preguntar por quiénes fijaron los ejércitos franceses.  Para ello volvemos a recordar que durante los seis años de ocupación, los franceses contaron con un promedio de fuerzas en la Península de 300.000 hombres.  Los españoles y anglo-portugueses como máximo término medio dispusieron de 200.000, incluidos los guerrilleros.
En una confrontación táctica en campo abierto, los resultados eran presumibles.  Recordemos aún otras cifras: los efectivos franceses en las más importantes batallas siempre fueron de 20.000 a 50.000 y, sólo en Vitoria, de 65.000 hombres.  La consecuencia era aplastante: las otras cuatro quintas partes de las fuerzas francesas estaban fijadas, inmovilizadas, en la ocupación del país y preocupadas por mantener las comunicaciones abiertas.  Podíamos preguntarnos: ¿qué no hubiera hecho Massena en Portugal si Espoz y Mina no hubiera entretenido durante tres meses a 38.000 franceses y si los guerrilleros de Castilla no hubieran fijado una cifra superior que estuvo permanentemente custodiando la ruta de Madrid a Bayona?
Cuanto más se extiende el dominio francés por la Península, menores son sus posibilidades de acción.  La conquista de Galicia quedó en intento; la fragilidad de la conquista de Andalucía tuvo el mismo final.  Esto, en gran parte, era obra de las guerras de guerrillas, que practicaban el principio inverso: mantienen un dominio permeable, sin verse obligados a defender el terreno, sin acudir a guarniciones y sin tener que acudir a cubrir y sostener una línea de frente.  Mientras las tropas sólo son dueñas del terreno que pisan, las guerrillas son dueñas de todo el terreno, menos el que pisan los franceses.
Las comunicaciones son un problema determinante en una guerra.  Controlarlas supone el éxito; perderlas supone dejar la iniciativa al adversario, privarse de la táctica, morir ciego y de hambre.  Si el camino es información, refuerzos, abastecimientos... los ejércitos franceses se autodestruyeron al no contar, o no dejarles contar los guerrilleros, con las comunicaciones.
Solucionar estos problemas a precios costosos fue la postura adoptada por los invasores.  A  veces no bastaba un batallón para escoltar una carta.  Hay órdenes de París que tardan cuarenta días en llegar a Madrid.  Recordemos que excepcionalmente la distancia de Bayona a Madrid -sin guerrilleros- se podía cubrir en dos días.
Los propios franceses hablan de convoyes que tardaban en llegar de la frontera a Madrid más de un mes y al alto precio de ir escoltados por 3.000 o más soldados.  Cuando un francés diga que "cruzar España entonces era una operación militar", por debajo se está refiriendo a la efectividad trascendental de la guerra de guerrillas.
La erosión de los efectivos enemigos provocó más víctimas a los franceses que si hubieran tenido que luchar constantemente en batalla campal.  Sintetizando, y para los que en las cifras vemos exponentes cualitativos, las guerrillas dejaron muertos en España, en cinco años, 180.000 franceses, mientras que los guerrilleros perdieron 25.000 hombres.  Wellington infligió a los franceses pérdidas de 45.000, entre muertos, heridos y prisioneros.  No caben dudas a la hora de la interpretación sobre la eficacia de las intervenciones de las guerrillas.
Concluyendo en la importancia trascendental de la guerra de guerrillas, diremos que fueron éstas las que modificaron la situación internacional e inutilizaron la "Grande Armée" de Napoleón.  Guerrear en España suponía imposibilidad de mantener otro frente en Europa.  Retirar hombres del frente español era crearse situaciones insostenibles, evacuar territorios y abrirse ellos mismos la retirada, la huida y, a la postre, la derrota.

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27 mar. 2017

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA: GUERRA DE GUERRILLAS (IV)

Los guerrilleros nos ofrecen testimonios coloristas de la aplicación de sus principios estratégicos.  Juan Martín Díaz, el Empecinado, pasa con justicia por arquetipo de los guerrilleros españoles.  Antes del 2 de mayo ya detenía a los correos franceses.  Recorría las provincias de Soria, Segovia y Burgos, por donde no podía cruzar convoy ni destacamento sin encontrarse con él.  Interceptaba pliegos franceses, que entregaba a los generales; hacía prisioneros; tomaba parte en batallas y misiones importantes, hasta el punto de ser nombrado brigadier en 1810.
Francisco Espoz y Mina, el "rey chico de Navarra", era el terror de los franceses.  Los generales Dorsenne, Clausel, Harispe, Panetier, etc..., se desacreditaron en su persecución.  Fueron numerosas sus acciones, escapando en el Roncal de la persecución de 40.000 hombr3es.  En abril de 1814 el gobierno le nombraba mariscal.
Jerónimo Merino, cura de Villoviado, fue arrancado del altar.  Su venganza fue larga y terrible.  Por cada individuo de la Junta de Burgos condenado a muerte por los franceses fusiló 16 prisioneros enemigos.  Burlaba a generales, sorprendía convoyes, etc.
En Salamanca destacaba Julián Sánchez, con amplio currículum de guerrillero; causante de gran parte del aislamiento de Massena en la campaña de Portugal, era admirado por Wellington.
Antonio Franch Manso, el barón de Eroles y Robira, Palarea, Porlier, Jáuregui, Longa, Renovales,Villacampa, Miláns, Llauder, Starsfield, el Capuchino, el Fraile, Chaleco, el Bolsero, el Viejo de Seseña, Francisquete, el Molinero, Zamarrilla, Camisilla, Caracol, Dos Pelos y cien más fueron héroes y autores de terribles represalias.
La guerra de guerrillas supone vivir inmersos en la guerra, despreocupándose del resultado adverso de los combates y estar convencido de que el resultado último será favorable.  Cuentan en esta lucha prolongada con el tiempo para desgastar y minar la capacidad ofensiva del enemigo.  Los guerrilleros españoles practican otro principio usado en el siglo XX por sus sucesores.  Consiste en buscar la destrucción del enemigo mediante una estrategia de objetivos limitados, ya que se basa en no aceptar un combate siempre que no se cumplan estos principios tácticos: superioridad de fuerzas en el campo de batalla, rapidez del combate y garantía de éxito.
Para esto no se necesitaban ni muchas armas ni muchas municiones; por una parte estorban, y por otra hay que ser ahorrativos.  Así se explica que los guerrilleros repartieran dos cartuchos por cada individuo de la guerrilla, aun en encuentros de envergadura.  
Asimismo se abastecían de las armas y municiones que arrancaban de los enemigos.  Hasta vestían prendas de uniformes, según el principio revolucionario de la "utilización del armamento arrancado al enemigo".  Todo lo dicho anteriormente imponía una movilidad que sorprendía, irritaba y admiraba a los franceses.  Los guerrilleros lograron siempre zafarse ante cualquier persecución, citar a sus hombres en un punto y asestar un contragolpe a las pocas horas, a diez o más leguas del punto en que habían desaparecido.

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26 mar. 2017

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. GUERRA DE GUERRILLAS (III)

En la guerra de guerrillas no había pausa.  Luchaba todo el mundo y en todo momento.  En estas guerras todos son beligerantes: el niño y el anciano, las majas y los bailadores, las prostitutas, los chisperos y las manolas.  Se lucha durante el día y por la noche, y lo mismo con pistolones que con palos, cuchillos, piedras, navajas o líquidos hirviendo.  Los hombres ocupados en las faenas del campo, tomaban el fusil oculto en la tierra si veían pasar un francés solo, y en cambio para el destacamento que cruzaba por su terreno no eran más que pacíficos agricultores.
La tradición ha hecho correr de boca en boca numerosos ejemplos de este tipo, y todavía hoy se oye comentar que un soldado francés se quedó dormido en un pajar en un pueblo burgalés; cuando despertó, fue objeto del ocio de los vecinos hasta quedar estrangulado en la plaza.
Dentro de la estrategia de la guerrilla es fundamental la rapidez de movimientos, principio que se consigue mediante contingentes poco numerosos, incapaces de aventurarse a un solo campal.  El guerrillero, para pasar inadvertido se confundirá con los labradores, evitando así ser descubierto.
Un ejército invisible, pues, se extendió sobre casi toda España como una red de la cual no se escapaba ningún soldado francés que se alejara de su columna o guarnición.  Sin uniforme y en apariencia sin armas, los guerrilleros escapaban fácilmente a las columnas que les perseguían y muchas veces las tropas que iban a combatirles pasaban por medio de ellos sin saberlo.
Era una guerra de desgaste que evitaba el enfrentamiento y con él, la posible derrota a la que se exponían los soldados regulares en campo abierto.  Con las guerrillas no había combates de duración limitada; era una lucha continua, sin descanso ni interrupción; no perdían la ocasión de asechanza o emboscada, aprovechando todas las horas, todos los lugares y acababan siempre por perseguir a los que les habían perseguido.  Las guerrillas no mataban nunca muchos hombres de una vez; mas como renovaban incesantemente los golpes, los franceses concluyeron por gastar, sin resultado alguno, un ejército escogido que tanto les interesaba conservar.


25 mar. 2017

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA: GUERRA DE GUERRILLAS (II)

Generalmente los guerrilleros han sido soldados, y la mayoría de ellos surgen cuando los ejércitos han sido destruidos por los franceses.  Tal es el caso de Espoz y Mina, su sobrino Javier Mina, el brigadier Villacampa, el coronel Gayán, el Empecinado, el cura Merino, Julián Sánchez, Mina el Mozo, fray Lucas Rafael, Porlier el Marquesito, Longa, Jáuregui el Pastor... Incluso los somatenes catalanes -fórmula del levantamiento general- serán sustituidos o se convertirán en guerrilleros.  Tal es el´caso de Miláns del Bosch, Manso y Solá, Franch y Estalella...
Ya hemos dicho que la propia Junta Central reglamentará y alentará a este nuevo tipo de combatientes y de guerra revolucionaria.  La Junta Central hará responsables a los franceses del incumplimiento de las leyes de la guerra y de saqueos de ciudades ocupadas, por lo que dejará vía libre a los guerrilleros.  Ellos introdujeron en la Historia el concepto de "guerra total", resultando lícito todo aquello que de algún modo cause daño al enemigo: cavar zanjas en un camino, envenenar a los caballos, huir de un poblado sin dejar una miga de pan a los invasores... Todo ello entraba en el objeto de la "instrucción" del Reglamento de partidas y cuadrillas:

"Evitar la llegada de subsistencias, hacerles difícil vivir en el país, destruir o apoderarse de su ganado, interrumpir sus correos, observar el movimiento de sus ejércitos, destruir sus depósitos, fatigarles con alarmas continuas, sugerir toda clase de rumores contrario, en fin, hacerles todo el mal posible."

Esta doctrina, seguida de su actuación, servirá de prólogo fundamental a un tipo de guerra que, en nuestros días, se conocerá como "guerra revolucionaria".  La guerra de guerrilleros surge sobre el hecho inicial de una inferioridad militar, que no permite mantener posiciones frente al enemigo.  Tal es el caso español frente a los 300.000 franceses de la "Grande Armée" de Napoleón y es el caso repetido de las ulteriores campañas revolucionarias e independentistas que llegaremos a conocer incluso en el siglo XX.
Una segunda condición para la guerra de guerrillas requiere que la mayoría del país se defina como beligerante frente al enemigo.  El guerrillero, para sostener su actividad combativa, necesita el apoyo popular.  Alcanzando una guerra carácter nacional, el pueblo colabora plenamente con el guerrillero y evita que el enemigo lo aniquile.  El pueblo le abastece, le oculta, le informa y se hace cargo de sus enfermos.  La guerra de guerrillas debe crearse esta "beligerancia universal", sobre todo teniendo en cuenta que la Guerra de la Independencia y toda guerra revolucionaria tienen varios años de duración.
Toda política pacificadora implica una acción policíaca represiva y desemboca  con gran facilidad en una serie de violencias, que sirven para incrementar la hostilidad entre el ejército enemigo y la población, hasta convertirse en un odio implacable entre ambos grupos, con lo que se destruye la pretendida labor de pacificación.  Hasta el 2 de mayo, el ejército francés había sido bien acogido y estaban dispuestos a acoger a Napoleón con arcos de triunfo. Pero a partir de esta fecha, la beligerancia se extendió a todas las capas de la población.  Todo esto lo confirman los propios contemporáneos franceses al hablar de los pirómanos soldados franceses, de sus brutalidades, asesinatos, saqueos de pueblos...  Pero estas medidas, en vez de acallar al pueblo español, le enfurecieron más, y cuando un soldado francés se quedaba dormido o rezagado los pueblos, ávidos de venganza, lo solían degollar.
El que quiera comprender esto mejor, contemple los fusilamientos de la Montaña del Príncipe Pío pintados por Goya como símbolo de una política represiva, mientras "Los desastres de la Guerra", del mismo autor, muestran la reacción y la conciencia beligerante.
Éste y no otro era el clima.  Aprovecharlo por medio de una adecuada propaganda costaba muy poco.  Es ésta sin duda, la más importante actividad que el clero español prestó en los años de la guerra.  Sus desaforados sermones y escritos, habitualmente mal interpretados, en que llegaron a afirmar que los franceses no eran seres humanos y, por tanto, asesinarlos no constituía delito ni pecado, resultan por lo remoto un sorprendente ejemplo de la utilización de la propaganda al servicio de la causa política.