19/05/2013

LA LEYENDA DE LA CAMPANA DE HUESCA

Hasta que un día pensó en consultar al que años atrás había sido su maestro y director espiritual, el que ahora estaba de abad en San Juan de la Peña.
-Nadie como él -se dijo el rey- podrá darme el consejo apropiado para resolver la grave situación en que me encuentro.
Y una noche, con gran sigilo, envió el monarca un mensajero de su confianza al abad.
-Explícale -le dijo Ramiro II- que traman algo contra mí varios señores principales. Dile que necesito urgentemente su consejo. El abad no te responderá, porque la regla le prohíbe hablar. Sin embargo, él se valdrá de algún medio para indicarte qué es lo que debo hacer.
Unas horas después el mensajero se hallaba ante el abad, que era un hombre alto, imponente en su hábito negro. Llevaba puesta la capucha, y en su recatado rostro destacaban su espesa barba y unos ojos negros e inquisitivos.
Cuando el emisario le explicó el objeto de su visita, el abad meditó un instante y luego le indicó con un gesto que le siguiera. Salieron a un huerto. En aquel momento precisamente amanecía y el aire de la mañana hacía ondear suavemente las maduras espigas de un sembrado próximo.
El abad tomó una afilada hoz en su mano y, tras mostrársela un momento al mensajero, fue cortando todas las espigas que sobresalían.  Sus tajos eran seguros, contundentes, pero suaves, sin ruido.
Una vez terminada su tarea, se volvió al emisario real y se quedó mirándole fijamente con sus ojos brillantes.
-¡He comprendido! -dijo el emisario mirando las espigas decapitadas que había esparcidas por el suelo.
Y tras despedirse del abad, emprendió rápidamente el regreso a la corte para informar de su embajada a Ramiro II.
A los pocos días se anunció que el monarca aragonés deseaba construir una campana enorme. Tanto que su sonido alcanzaría del Pirineo al Ebro y del Sobrarbe hasta Navarra.  Mientras las gentes hacían cábalas sobre cómo sería posible hacer una campana semejante, cierto día, el rey hizo saber que ya estaba fundida, en un lugar de su palacio.
-Espero a todos los nobles para mostrársela -dijo.
Toda la nobleza, devorada por una curiosidad irrefrenable, acudió para ver aquella campana tan renombrada. Y el rey, después de agasajarlos con una comida abundante y exquisita, les rogó que le siguieran a una espaciosa habitación del palacio.
Cuando los nobles vieron lo que allí había quedaron en silencio, consternados. Alguno hubo que no pudo reprimir un grito de espanto. Y no era para menos, ya que en el centro de la estancia había quince cabezas de hombres, puestas en círculo en el suelo.
-¿Qué os parece esta campana? -preguntó el rey -. Y esto es el badajo.
Y señaló una cuerda que pendía del techo, al final de la cual, otra cabeza, la del obispo conspirador, se balanceaba levemente, como un péndulo siniestro.
Allí estaban las cabezas de todos los que hasta entonces habían conspirado más abiertamente contra Ramiro II. Los nobles allí presentes reconocieron perfectamente aquellos rostros grotescos y trágicos. Y al pensar en que podían correr una suerte igual, no faltó quien se estremeció involuntariamente y sintió erizarse sus cabellos.
A todo esto se había hecho un silencio impresionante. El rey habló así entonces:
-¿No es cierto, señores, que esta campana de Huesca es la más famosa de todos los tiempos? Yo os digo que sonará magnífica y terrible hasta para vuestros hijos e incluso para los nietos de ellos.
Hizo una breve pausa y agregó:
-Y recordad vosotros, nunca se os olvide, que oiréis su terrible sonido cuantas veces os tiente la idea de insubordinaros o de conspirar contra mi.
Y dando media vuelta, Ramiro II el Monje salió de la habitación dejando en ella aterrados y silenciosos a todos los nobles aragoneses.

18/05/2013

RAMIRO II EL MONJE

Cuando llamaron a Ramiro para que acompañara el cadáver de su hermano, Alfonso I, a su última morada en el monasterio de Montearagón, llevaba ya algunos años ejerciendo el cargo de prior en San Pedro el Viejo de Huesca.
Antes había sido abad de San Juan de la Peña y de Sahagún, obispo de Burgos y de Pamplona.  
Ramiro II (1134-1137) coaccionado por la nobleza y movido por la necesidad del pueblo y no por la ambición ni la "concupiscencia", como él mismo manifestó, no sólo aceptó el reino y comenzó a intitularse rey de Aragón, sino que, dispensado de sus votos monásticos, contrajo matrimonio con doña Inés de Potiers, con el fin de tener descendencia.
el enlace fue fructífero y antes de terminar el año 1135 nació una niña, a la que se puso el nombre de Petronila.
Sobre ella se resolverá más tarde la cuestión sucesoria y aun se especulará a su alrededor para llegar a una alianza con Castilla o con Barcelona.
Efectivamente, las cuestiones suscitadas en torno a Zaragoza y sus territorios, sobre los cuales reivindicaba derechos Alfonso VII motivaron un pacto entre este monarca y Ramiro II, el cual retenía en su poder Zaragoza, pero prestaba por estos territorios, juramento de vasallaje a Alfonso de Castilla.
Además, se convino en que la niña Petronila casase con el hijo del Emperador, Sancho, niño también. De esta manera se volvía a intentar la anexión, mejor dicho, la unión de Aragón con Castilla, que había fracasado en manos de los ascendientes de estos dos infantes.
Mas, por otra parte, la cuestiónd e derecho de la sucesión del Batallador estaba aún pendiente, y la Iglesia, que representaba los intereses de las Órdenes Militares, medinte un legado papal, trató de buscar una fórmula que permitiera, en cierto modo, el cumplimiento del testamento de Alfonso el Batallador y por otra, salvara los derechos que ya asistían a la hija de Ramiro Ii.
El caso era que ahora muchos de aquellos que habían ensalzado a Ramiro el Monje hasta elevarlo al trono, tramaban contra el. Y lo malo era que todos ellos tenían fuerza, sólidos castillos y viejos títulos de nobleza.  Incluso había entre los conspiradores y enemigos un abad y un obispo. Y a muchos de ellos los tenía cerca, en su propio palacio.
Ramiro II sentía la presión de los grandes del reino que le menospreciaban y zaherían llamándole "Rey Cogulla". Pero, estando en el trono, reconocía que no le quedaba sino luchar por la unidad, la integridad y el bien de su pueblo.
¿Cómo podía dejarlo en manos de la díscola nobleza o permitir que el reino quedara a merced de un poder anónimo y caótico como el de las Órdenes Militares, a las que por un exceso de celo, se lo había dejado en herencia su hermano Alfonso? ¿Y cómo podía consentir que Aragón cayera en manos del rey de León, que aspiraba a toda costa a poseer Zaragoza?
Ramiro II no era ducho en intrigas y por eso dudaba en aplicar ciertos métodos... Sin embargo, reconocía que no bastaba ser virtuoso, de recta intención, querer sólo el bien y la justicia.
-Hay que tener a punto la decisión salvadora -le dijo un día uno de sus consejeros-, saberla improvisar en un segundo para ejecutarla en el siguiente.
Y mientras el rey Ramiro II se paseaba, completamente sólo, por el jardín, por los pasillos o por la habitación de su palacio, se repetía a menudo: "¿Qué hacer, Señor, qué hacer?"

17/05/2013

EL REINO DE ARAGÓN

El pequeño reino aragonés comenzó a existir como nación independiente a la muerte de Sancho III el Grande, en 1035, que dejó el territorio de Aragón a su hijo Ramiro I (1035-1065).
Por entonces este reino estaba reducido al espacio que media entre los valles del Roncal y de Gistaín, regado por el río Aragón, que dio nombre al reino.
No tardó el rey Ramiro I, por muerte de su hermano Gonzalo, en heredar los condados de Sobrarbe y Ribagorza. Quiso después adelantar la Rconquista, pero al intentar apoderarse de la plaza de Graus, cerca de Huesca, fue derrotado y muerto por los moros.  El reinado de Ramiro I es también memorable por la celebración del Concilio de Jaca.
Heredó la corona de Aragón su hijo Sancho Ramírez (1065-1094), que otorgó el célebre fuero de Jaca.  Merece destacarse que, aparte del discutido Fuero de Sobrarbe, el de Jaca es el más antiguo de Aragón.  Y era tan rico en derechos que, según escribió Alfonso II, orgulloso de haber adicionado dicho Fuero en 1187, "de Castilla, Navarra y otras tierras solían ir a Jaca para aprender sus usos y costumbres".
Durante el reinado de Sancho Ramírez se verificó en Aragón el cambio del rito gótico por el romano.  Y este monarca sucumbió gloriosamente en el sitio de Huesca, dejando su reino engrandecido con la anexión voluntaria de Navarra, que no quiso dar la corona al asesino de su rey Sancho IV el Despeñado.
A la muerte de Sancho Ramírez heredó el trono de Aragón su hijo Pedro I (1094-1104), que conquistó la ciudad de Huesca y otras muchas plazas.  Como no dejó hijos al morir, subió al trono su hermano Alfonso I (1104-1134), que alcanzó luego el renombre de "Batallador" por las muchas guerras que sostuvo contra los moros.
Aragón fue, durante el reinado de Alfonso I el Batallador, el más importante de todos los reinos cristianos del oriente de España.  La gran conquista de este monarca fue la ciudad de Zaragoza, situada a orillas del Ebro, a la que en 1118 hizo capital de su reino.
Este rey aragonés tuvo el ambicioso proyecto de unir en uno solo todos los reinos cristianos de España y acabar así la Reconquista. Para ello contrajo matrimonio con doña Urraca, reina de Castilla. Pero la conducta poco ejemplar de ésta y la severidad del rey de Aragón malograron este matrimonio, que en lugar de grandezas trajo como resultado multitud de querellas y guerras, hasta que al fin fue anulado por el Papa. 
Los asuntos de su matrimonio distrajeron al Batallador de la guerra contra los moros. Pero a pesar de este desgraciado suceso, Alfonso I siguió la lucha, haciendo incursiones en busca de botín hasta Andalucía y Valencia, donde libertó del poder de los almorávides a gran número de mozárabes.
Luego continuó sus conquistas a lo largo del valle del Ebro y se apoderó de Mequinenza, poniendo después sitio a la plaza de Fraga, donde encontró la muerte.
A la muerte de Alfonso I el Batallador, el reino quedó sin heredero, puesto que el rey no había tenido descendencia de su único matrimonio, el celebrado con la altanera y voluble doña Urrraca. Dejó, pues, la corona a las órdenes militares del Temple y de San juan, estableciendo una rara sucesión que, por otra parte, no podía cumplirse de ningún modo.
Estas famosas Órdenes fueron creadas en Palestina con motivo de las Cruzadas. La del Temple vino a España bajo los auspicios de Alfonso I el Batallador, y la de San Juan para recoger la parte de herencia legada por dicho monarca aragonés.
Y, aunque no se les dio el reino, según aquél dispuso, recibieron en compensación copiosas mercedes, tierras y castillos, pasando también a Castilla.  Los aragoneses, sin obedecer a su rey, nombraron como heredero a don Ramiro, monje benedictino y hermano del Batallador; pero los navarros, no conformes con este nombramiento, se separaron nuevamente de Aragón y designaron por rey a García Ramírez, hijo del infante Ramiro de Navarra, nieto del Cid y biznieto de Sancho el Mayor.

16/05/2013

LOS PAYESES DE REMENSA

La guerra contra el francés de Anjou no tardó en cambiar de aspecto al verse apoyado el rey don juan por los payeses de remensa, capitulando al fin Barcelona, en 1472, y recobrándose los dominios del Rosellón y la Cerdaña, ocupados por los franceses durante la lucha. Los llamados payeses de remensa, palabra derivada delas latinas payenses redemptionis, constituían la clase popular más vejada por los nobles, o sea, eran una especie de parias. Y el rey don Juan, en agradecimiento a la adhesión de estos desgraciados payeses, ennobleció a su jefe Verntallat, haciéndole vizconde.
Pero envalentonados los payeses con la protección del monarca, cometieron desmanes y produjeron desórdenes, que se prolongaron hasta el reinado de Fernando el Católico.
en efecto, fue el príncipe aragonés quien puso término a tal situación con la sentencia arbitral de Guadalupe, por la cual nobles y payeses quedaron sujetos a su omnímoda autoridad, que era el fin perseguido por aquel astuto monarca con su hábil política.
También merece destacarse el sitio puesto por los franceses a Perpiñán, capital del Rosellón, donde el año 1474 se produjo el trágico suceso que dos siglos antes presenció Tarifa. Sucedió que, habiendo caído en poder de los sitiadores un hijo de Juan Blancas, defensor de una de las puertas de la plaza, quisieron obligarle a que se la franqueara con la amenaza de dar muerte a su hijo ante dicha plaza.
El heroico y fiel Juan Blancas dio la misma respuesta que en 1294 había dado Guzmán el Bueno, arrojando también su cuchillo al campo enemigo, donde se consumó igualmente a la vista del infeliz padre el asesinato del infante.
Unos años después, en 1479, bajaba al sepulcro el rey don Juan, a quien la historia da el título de "Grande", a pesar de que la voz general lo acusa de parricida.  Le sucedió en el reino de Navarra su hija predilecta doña Leonor, que falleció a los pocos días de ceñir aquella corona, por la cual llegó tal vez hasta el fratricidio.
Subió al trono su nieto Francisco Febo (1479-1481), y éste transmitió la corona a su hermana Catalina (1481-1512), casada con Juan de Albrit o Labril, con quienes acaba acaban los reyes privativos de Navarra. Efectivamente, estos monarcas fueron destronados por Fernando el Católico, quedando el reino de navarra incorporado al de Castilla.

15/05/2013

EL PRÍNCIPE DE VIANA

Al morir Carlos III el Noble heredó la corona de Navarra su hija doña Blanca I (1425-1479), que casó en segundas nupcias con el infante don Juan, hijo de Fernando de Antequera, rey de Aragón, por lo cual adquirió el título de rey de Navarra con el nombre de Juan I.  Pero este monarca miró al principio con cierto desvío los asuntos del reino navarro, interesándose tan sólo e los de Castilla, pues fue el alma de todos aquellos partidos que se formaron en la corte de don Juan II para derrocar de poder a don Álvaro de Luna, el privado que murió en el patíbulo.
Entretanto falleció la reina doña Blanca dejando por heredero del trono a su hijo don Carlos, Príncipe de Viana, aunque rogándole que no empuñara el cetro hasta la muerte de su padre, tomando solo el título de lugarteniente del rey.  Las cosas, sin embargo, salieron de otro modo, porque el odio que siempre le mostró Juan I, avivado luego por su segunda esposa, doña Juana Enríquez, fue causa de que, haciéndose incompatibles padre e hijo, la nación se dividiera en dos partidos, designados con los nombres de agramonteses y beamonteses, defensores los primeros del rey don Juan y adictos los segundos al príncipe de Viana.  Estos nombres habían designado hasta entonces a los partidarios de dos familias poderosas y rivales,, los Agramont y los Beamont, que de antiguo venían agitando el país por competencias de mando.
No tardó en estallar pues, la guerra civil siendo contraria la fortuna del príncipe de Viaja, que, derrotado unas veces, prisionero otras, emigrado a Nápoles al lado de su tío Alfonso V, y errante por otros países mucho tiempo, pactó al fin con su padre un convenio, que aquél rompió por sutiles motivos, aprisionando de nuevo a su hijo, el infeliz príncipe.
Esto colmó ya la paciencia de los catalanes, que eran acérrimos partidarios del joven de Viana. Y sublevándose todo el país, obligó al rey don juan a poner en libertad al príncipe Carlos, que fue recibido en Barcelona con inmenso júbilo.
Pero en aquellos días murió el desgraciado príncipe, de enfermedad tan extraña y breve, que hizo sospechar si fue producida por un envenenamiento.
La memoria del príncipe de Viana fue durante mucho tiempo objeto de veneración para los catalanes, que hicieron de él casi un santo, pues decían que su sepulcro obraba milagros, como también una de sus manos, conservada en el monasterio de Poblet, la cual sanaba toda clase de granos malignos que tocara.
Y en las efemérides de la Diputación General de Cataluña se inscribió lo siguiente en la fecha correspondiente al día de su fallecimiento:

"San Carlos, primogénito de Aragón y de Sicilia.  Este príncipe, cuya corte era un Parnaso, fue también cultivador de letras y dejó, entre otros trabajos estimables, una crónica de los reyes de Navarra, una traducción de la "Ética" de Aristóteles y "Cartas e requestas poéticas" (SIC)."

También compuso, en los largos encarcelamientos que sufrió, multitud de trovas que él mismo cantaba acompañado de su laúd, para desahogar las penas que le embargaban.
A su hermana doña Blanca le cupo igual suerte que a él, pues no tardó en morir también; señalando algunos como autor o instigador de tales muertes al desnaturalizado padre de las víctimas y a su hermana Leonor. Los catalanes se alzaron entonces en armas y declararon que no volverían a la obediencia del rey don Juan.  Acto seguido ofrecieron sucesivamente la soberanía del Principado a Enrique IV de CAstilla, a un infante de Portugal y a Renato Anjou, príncipe de Anjou, príncipe francés, que mandando a España numerosas fuerzas hizo sumamente comprometida la situación del monarca navarro.
Lo peor para don Juan, sin embargo, era que se hallaba a la sazón privado de vista por habérsele formado cataratas, que por cierto le fueron batidas por un médico judío de Lleida llamado Ibarúm.  Dicho médico batió las cataratas al monarca navarro por el método llamado "reclinamiento", según se cree; pues el de la extracción no fue empleado hasta mediados del siglo XVIII por el célebre oculista llamado Daviel, quien retomó las prácticas médicas del antiguo Egipto.
Como quiera que fuese, es lo cierto que don Juan II recobró la vista en virtud de aquella operación, célebre en la historia de la medicina.  Y en acción de gracias por tal suceso, fundó en Zaragoza el convento de Santa Engracia, que tanta celebridad alcanzó durante el sitio de aquella ciudad por los franceses en la guerra de la Independencia.

14/05/2013

LA CASA DE EVREUX

A García Ramírez le sucedieron Sancho VI el Sabio (1150-1194), que para terminar la guerra con Castilla, tuvo que ceer a este reino una parte el suelo riojano, y Sancho VII el Fuerte (1194-1224), que tomó parte decisiva en la batalla de las Navas de Tolosa.
De esta forma, Sancho el Fuerte lavó la mancha que antes había echado sobre su nombre; pues para defenderse de aragoneses y castellanos, unidos contra él, solicitó la alianza de los almohades, pasando con este fin a tierra musulmana y regresando con grandes presentes de Miramamolín.
este hecho originó la leyenda de amores del navarro con una princesa almohade, aunque esta fábula ha sido refutada en diversas ocasiones.
Al morir Sancho el Fuerte sin sucesión, heredó la corona su sobrino Teobaldo I, conde de Champaña (1224-1253), que tomó parte en la sexta Cruzada.
Este monarca fue llamado "el Trovador" por su afición a la poesía. Y además ha sido muy celebrado en lanovela y en el drama por su amor platónico hacia doña Blanca de Castilla, reina de Francia y madre de San Luis.
También su hijo Teobaldo II (1253-1270), que casó con una hija de San Lus, acompañó a éste a la última Cruzada que se emprendió. No teniendo hijos, heredó la corona de Navarra su hermano Enrique I (1270-1274), que reinó en Navarra sólo cuatro años.
Le sucedió en el trono su hija Juana I (1274-1305), que tuvo una tempestuosa minoridad, hasta que su madre la puso bajo la tutela del rey de Francia, elipe III el Atrevido, que la desposó con su hijo y sucesor Felipe IV el Hermoso.
Fue así como Navarra entró a formar parte de la monarquía francesa, permaneciendo de esta forma bajo los reinados de los tres hijos del monarca francés Felipe el Hermoso.
Estos fueron ; LuisX el Hutin, Felipe V el Largo y Carlos IV el Hermoso; los cuales, y su padre Felipe IV, figuran por esto, aunque con otros ordinales, en la nómina de reyes de Navarra.
El primero de ellos, Luis X de Htin casó en 1305 con la tristemente célebre Margarita de Borgoña, cuya desarreglada conducta dio origen a la leyenda de la Torre Nesle, tan utilizada por la literatura.
Esta indigna mujer fue encerrada en una prisión, donde murió estrangulada por orden de su marido en 1315. De este matrimonio nació la que había de ser Juana II, casada con Felipe de Evreux.
Navarra recobró su independencia con Juana II (1328-1349), y e su reinado se reformó la legislación del país con el célebre fuero denominado "Amejoramiento".
Esta casa de Evreux dio dos príncipes, Carlos II (1328-1349), y  Carlos III (1387-1427). Al primer Carlos de éstos se le apellida el Malo por la perversidad de su carácter, pues fue tirano para los suyos y desleal para los extraños. Aunque pariente de los reyes de Francia, no se puso de su parte, sino del lado de los ingleses en la guerra de los Cien Años. También intervino en los asuntos de astilla fingiéndose amigo de su rey don Pedro, al mismo tiempo que favorecía a los partidarios de don Enrique el Fratricida.
Carlos el Malo tenía, sin embargo, felices disposiciones para el gobierno, pues dio al reino una acertada organización administrativa y creó, para regularizar la Hacienda, un tribunal de cuentas con el nombre de "Cámara de Comptos", que sirvió de base y fundamento al Real Consejo de Navarra.
Su reinado es asimismo memorable por una caballeresca expedición de navarros a Oriente. La verdad es que la iniciativa de esta audacísima marcha, que constituye la "epopeya navarra", se debió a Luis de Evreux, hermano de Carlos el Malo, el cual contribuyó a ella con buen golpe de suerte.
El príncipe Luis estaba casado con Juana de Sicicila, a cuya familia había pertenecido Albania. Y con pretexto de recuperar este territorio, organizó en 1376 una hueste de aventureros que, dirigiéndose a Italia, se apoderaron de Tareto y de Corfú, invadiendo luego Greca Central y arrebatando a los aragoneses y catalanes los Estados que en ella tenían.
A Carlos III se le llama "el Noble" por la rectitud de su carácter que le valió ser elegido como árbitro de sus querellas por los otros reyes vecinos.

13/05/2013

UNIÓN DE NAVARRA Y ARAGÓN

Heredó luego la corona de Navarra García Sánchez II, "el Trémulo" (994-1000). Y tras éste recogió el cetro Sancho III el Mayor o el Grande (1000-1035), que tomó parte en las luchas contra Almanzor y ensanchó notablemente sus Estados, agregando a ellos el condado de Castilla por su matrimonio con doña Mayor, hija del conde Sancho García.
Sancho III el Mayor hizo así de Navarra el reino cristiano más importante de España. Pero al morir lo desmembró, por adjudicar territorios a todos sus hijos, dejando a su primogénito García, Navarra; a Fernando, Castilla; a Ramiro, Aragón, que ahora se erigió en reino independiente; y a Gonzalo, los condados de Sobrarbe y Ribagorza.
La muerte de Sancho III el Mayor ha sido muy discutida. Según unos, le acometió una dolencia mortal en las proximidades de Oviedo, cuando se dirigía como peregrino a visitar la Cámara Santa de dicha ciudad. Y, según otros, fue asesinado en Campomanes, al pie de las montañas de Pajares, por un padre o esposo ofendidos.
Como quiera que fuese, la fecha de su muerte es importantísima, pues a partir de ella (1035) comienzan a existir los dos reinos de Castilla y Aragón, que iban a servir de núcleo a la unidad nacional, y al mismo tiempo, se verificaba la desmembración del califato de Córdoba, que dividió la España árabe en pequeños reinos de taifas.
En el trono de Navarra quedó, pues, García IV (1035-1054), que deseando reconstituir la unidad del reino desmembrado por su padre, invadió las tierras de Castilla para destronar a su hermano Fernando; pero sucumbió en la batalla de Atapuerca, en 1054.
García IV fue enterrado en el monasterio de Santa María la Real de Nájera, fundado por este príncipe para servir de panteón a los reyes de Navarra.  Dicha fundación se relaciona con la poética leyenda de la "Virgen y la Lámpara" halladas por don García en una gruta, donde se había refugiado una perdiz acosada por el halcón del rey, que andaba cazando por aquellos contornos.
Su hijo Sancho IV (1054-1076) fue muerto por un hermanastro bastardo, que le precipitó por el derrumbadero de Peñalén, por el cual se le denomina Sancho el Despeñado.
El hermanastro asesino se llamaba Ramón, y le ayudó a cometer su crimen otra hermana natural, llamada Ermisinda. El derrumbadero de Peñalén está entre los ríos Arga y Aragón; pero el pueblo de aquel nombre, que se hallaba situado entre los de Funes, Marcilla y Villafranca, ya no existe.
Resulta curioso observar que no ciñó la corona el asesino y bastardo Ramón, ni tampoco dos hijos pequeños de la víctima. Y todo fue porque los navarros, no queriendo tener por rey a un fratricida ni correr los riesgos de una minoridad, ofrecieron el trono de Navarra al rey de Aragón, Sancho Ramírez.
De esta suerte, los reinos de Navarra y Aragón, que habían nacido en la misma cuna y se separaron a la muerte de Sancho III el Mayor, volvieron ahora a unirse y continuaron formando una sola monarquía por espacio de medio siglo.
Volvieron a separarse estos dos reinos cuando los aragoneses, negándose a cumplir el testamento de Alfonso I el Batallador, que entregaba el reino a los Templarios y Hospitalarios, nombraron rey a Ramiro II el Monje.  Entonces los navarros no se conformaron con este acuerdo, y se declararon independientes  de Aragón, eligiendo por monarca a García Ramírez IV (1134-1150), nieto de Sancho el Despeñado.
Semejante elección provocó amenazadoras protestas entre los aragoneses, al mismo tiempo que las armas de Castilla invadían la Rioja, dando origen a una guerra.  Para tomar los navarros el acuerdo de elegir como rey a García Ramírez IV se reunieron en las Cortes de Pamplona, que fueron las primeras de existencia indudable, en sus primeros tiempos, que no volvieron a reunirse hasta después de sesenta años (1194), tardándose cuarenta en celebrar otras (en 1234).
Sólo desde mediados del siglo XIV se juntaron en las Cortes normalmente cada dos años.

12/05/2013

NACIMIENTO DEL REINO DE NAVARRA

Aunque está fuera de duda que los árabes llegasen a dominar todos los pasos de los montes Pirineos, en los altos valles situados entre aquellas montañas se refugiaron, como en Asturias, en los primeros tiempos de la invasión musulmana, diversos grupos cristianos, que fueron el origen de varios Estados independientes, entre los cuales alcanzaron mayor importancia Navarra, Aragón, Cataluña y el País Vasco.
La historia de estos pueblos en los primeros siglos de la Reconquista no es bien conocida, y este vacío ha sido llenado por leyendas, algunas de ellas muy populares y tenidas como ciertas hasta tiempos recientes.  Por lo que se refier al origen de los reinos de Navarra y Aragón, parece como si una nebulosa lo envolviera. La tradición refiere que, reunidos varios guerreros aragoneses y navarros en el territorio de Sobrarbe, con ocasión de enterrar a un santo ermitaño llamado Juan, que habitaba en una gruta, denominada hoy San Juan de la Peña, se comprometieron a luchar contra los invasores árabes.
Y para organizar esta lucha eligieron por caudillo a Garci Jiménez, a quien hicieron jurar el fuero de Sobrarbe.
San Juan de la Peña recibió este nombre porque el ermitaño se llamaba Juan de Atarés. La gruta se convirtió pronto en un suntuoso monasterio y liego en panteón de los monarcas aragoneses. Comenzó a labrarle Garci Jiménez, que allí fue alzado sobre el pavés, y Pedro I terminó la iglesia. Carlos III hizo restaurar el monumento.
Se dice que por aquel entonces las montañas de Jaca y Navarra eran una misma nación: no había aragoneses y navarros. Todos eran vascones, y los moros les daban el dictado de "cristianos de los montes de Afranc".
Por tanto, poco importa que el nacimiento de esta monarquía navarro-aragonesa tuviera lugar en una gruta del monte Uruel o en el valle de Borunda.  El primer rey de esta monarquía fue Íñigo Arista o Aritza, y la ocupación de Pamplona fue la primera piedra del edificio monárquico de Navarra.  Todo lo demás que narra la leyenda, y la historia ha solido repetir con poca crítica, no tiene otro valor que el de fábulas más o menos poéticas.
A Íñigo Arista le sucedieron otros reyes de dudosos nombres, insegura cronología y escasa importancia, entre los que cabe citar a García Íñiguez (?-882), Fortún Garcés (882-905), Sancho Garcés I (905-925) y García Sánchez (925-970).
Después de todos éstos aparece Sancho II Abarca (970-994) titulándose ya rey de Navarra y dando a este país considerable extensión.

11/05/2013

MUERTES DE ENRIQUE IV Y LA REINA DOÑA JUANA

No tardó en llegar la última hora de Enrique IV.  Un fuerte dolor de costado le condujo al sepulcro la tarde del 11 de diciembre del año 1474.  En lamentable estado dejó el reino de Castilla don Enrique: con la perspectiva de una guerra civil entre su hija doña Juana "la Beltraneja" y su hermana doña Isabel, la cual estaba destinada a llevar sobre su frente la diadema de dos mundos.
La reina doña Juana había insistido en sus costumbres libres y formas descocadas, y al fin se la apartó de su hija evitando a la niña perniciosos ejemplos.
Juana "la Beltraneja" tenía ya doce años, y residía en Madrid guardada por el hijo del maestre de Santiago, ya marqués de Villena.
En Segovia, el 13 de diciembre de 1474, celebró doña Isabel el funeral de su hermano el rey Enrique IV; y después de cambiar sus vestidos de luto por las ropas de corte, se ciñó la corona en la Iglesia Mayor con una ceremonia solemne.
La nobleza presente la prestó juramento, y en fechas inmediatas llegaron otros grandes que juraron también la acostumbrada fórmula. Entre ellos estaba Beltrán de la Cueva, quien jurando a Isabel, rechazaba a esa hija cuya paternidad, según algunos, le habían atribuido con manifiesto  error.
Pero ¿era hija legítima doña Juana? Los historiadores modernos todavía no se han puesto de acuerdo sobre esta cuestión, pues mientras unos afirman otros niegan la legitimidad de la llamada Beltraneja.
En cuanto a su casquivana madre, la reina doña Juana, fue enviada a un monasterio donde falleció en 1475 a los treinta y seis años de edad, posiblemente a consecuencia de un parto o un aborto.
Otros dicen que quizá murió por haberle dado "hierbas" por orden de su hermano el rey de Portugal para que cesaran sus liviandades.  Es curioso observar que la hermosa mujer tuvo un rasgo de coquetería póstuma. Recomendó, poco antes de morir:
-Que me sepulten "en hueco" para que la tierra no caiga sobre mi cuerpo.

10/05/2013

DEFENESTRACIÓN DE LA BELTRANEJA Y EL GUARDAINFANTES

El fallecimiento repentino del príncipe Alfnso dejó a los rebeldes sin jefe y sin bandera. Recurrieron entonces a la infanta Isabel, residente por entonces en Ávila. Mas cuando llegaron el arzobispo Carrillo y los nobles que le secundaban para ofrecer la corona a la joven princesa, ésta tenía trazada su línea de conducta:

-Agradezco vuestra oferta en lo mucho que vale -les dijo-. Sin embargo yo no puedo ni debo aceptar tan elevado puesto. Vive mi hermano Enrique, que es el legítimo rey de Castilloa, y yo no he de contribuir a perjudicarle lo más mínimo.

Los grandes se miraron consternados ante tan irreductible actitud. Al despedirlos, la infanta Isabel añadió:

- Si mi hermano don Enrique reconoce pública y solemnemente que "la Beltraneja" no es hija suya y me nombra a mí para sucederle, entonces volved en mi busca, que no he de desairaros.

Tales manifestaciones agradaron mucho a Enrique IV, que transigio de nuevo con los sediciosos, designando a su hermana Isabel por heredera del trono y suscribiendo la correspondiente declaración en el sitio llamado "Toros de Guisando".
Y aquí fue donde el rey do Enrique IV despojó a "la Beltraneja" del título de heredera al trono, jurando ante Dios y los hombres que aquella doncella no era hija suya, sino fruto de ilícitas relaciones de su adúltera esposa doña Juana.
Después de la lectura del documento real, ambos hermanos -Enrique IV e Isabel-, de hinojos, con la diestra sobre la cruz trazada en el pergamino de la estipulación, juraron cumplirla en todas sus partes para bien de Castilla.  Entretanto, el rey había cursado la siguiente orden bajo apercibimiento de que fuese cumplida inmediatamente.
"Que mi esposa doña Juana sea entregada al arzobispo de Sevilla, que bajo su guarda y responsabilidad debe tenerla".
Así se hizo. Sin pérdida de tiempo el mitrado sevillano condujo a la reina al castillo de Alaejos, provincia de Valladolid, donde permaneció varios años "tascando el freno". Se dice, sin embargo, que la hermosa y desaprensiva doña Juana no perdió en tiempo.
En efecto, tenía el arzobispo un sobrino, llamado don Pedro de astilla, a quien apellidaban "el Mozo", para no confundirle con su bisabuelo y homónimo, don Pedro I el Cruel, que desde el primer momento mostróse muy rendido galán con la reina. Las consecuenciasde su trato no son difíciles de suponer.
Durante el tiempo que permaneció en Valladolid, la ardiente doña Juana tuvo dos hijos con el apuesto galán, llamados don Apóstol y don Pedro.
Mas sucedió que Enrique IV, en una de sus regias ventoleras, disgustado de que su hermana Isabel hubiese contraído matrimonio con el infante don Fernando de Aragón, revocó el pacto firmado en "Toros de Guisando" y reconoció de nuevo por heredera del trono, a doña Juana "la Beltraneja". Además no se le ocurrió más que traer junto a si a su mujer, tantos años olvidada en Valladolid.
Doña Juana se hallaba entonces en período muy avanzado de una de sus gestaciones, y calculó, no sin razón, que al verla su esposo de tal guisa después de tanto tiempo de alejamiento, pudiera molestarse.  Por de pronto, entretuvo a los emisarios enviados en su busca con frases de sumisión a los deseos del monarca.
Y sin pérdida de tiempo preparó un indumento adecuado al disimulo de su ya indisimulable embarazo. Usó para ello un amplísimo vestido con superabundancia de madera y hierro, cosidos a la parte interior, formando una especie de jaula, cosidos a la parte inferior, que recibió desde el primer momento el nombre de guardainfantes.
Justo es reconocer que este modelo, ideado por doña Juana en 1467, pronto lo copiaron todas las damas dela corte, y más tarde por las "meninas"del siglo XVIIIa quienes se atribuye injustamente la fama de innovadoras de la moda.
En pleno siglo XIX la emperatriz Eugenia de Montijo resucitó el guardainfantes con la aparición del miriñaque, par disimular el embarazo del príncipe imperial.
Nada se sabe de lo que dijo don Enrique IV al ver de nuevo a su embarazada esposa. Pero, en cambio, sí que se conoce el comentario que hizo el apuesto don Beltrán de la Cueva al ver a su antigua amante:
-Ya no me gusta doña Juana. Siempre me pareció que tiene las piernas demasiado flacas.
Romanticismo al poder.

09/05/2013

JUANA LA BELTRANEJA Y LOS DOS REYES DE CASTILLA

Muchos nobles se negaron a jurar a la Beltraneja como heredera del trono de Castilla y formaron una liga facciosa. Atemorizado el rey Enrique IV ante tal actitud, firmó su propia deshonra, reconociendo heredero del trono a su hermano Alfonso; lo que implicaba la ilegitimidad de la princesa y la infidelidad de la reina.
Se cuenta que cuando en marzo de 1462, tras un laborioso parto, la reina doña Juana dio a luz la niña a la que muchos llamaban ahora "intrusa" y la "Beltraneja", el rey se sintió muy defraudado por no ser varón el tan anhelado hijo. Y más aún lo enfadó ver que la criaturita era lindísima, de facciones perfectas.  Al parecer se quejó de su belleza y de lo poco que se le parecía, reclamando que, como mínimo, había de ser chata de nariz como él.
Poco después de reconocer a su hermano Alfonso como heredero al trono, el rey don Enrique IV declaró nulo todo lo pactado. Y, en consecuencia, la Beltraneja volvía a ser, de nuevo, la sucesora a la corona de Castilla.
Más los nobles confabulados se mofaron del monarca y de sus decisiones. Y como tenían en su poder al infante don Alfonso, determinaron destituir al monarca de la manera más afrentosa.
En un llano próximo a la ciudad de Ávila levantaron un tablado en el que se colocó el trono, ocupado por un maniquí, contrafigura de don Enrique IV, que ostentaba todos los atributos de la realeza. Poniéndose junto al figurón,, un pregonero dio lectura al manifiesto en el cual se declaraba al soberano depuesto del trono, con pérdida del título y de la dignidad reales.
Acto seguido, el turbulento arzobispo de Toledo, don Alfonso Carrillo, le quitó la corona, el conde de Plasencia le arrebató el estoque, el de Benavente le despojó del cetro, y don Diego López de Zúñiga derribó de un fuerte empellón el exonerado monigote.
Después, sentaron al infante don Alfonso en el trono vacío y proclamaron con estruendo de atabales y trompetas un "¡Castilla, por el rey don Alfonso XII!".
Fue una jornada memorable que pudo abrir cauces nuevos a la Historia de las Españas, la del 5 de junio de 1465. Pero al conocer la ignominiosa noticia, don Enrique IV exclamó desalentado, rememorando al bíblico Job:
-Desudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a la tierra.
La noticia de la grotesca ceremonia y la de la proclamación del infante don Alfonso indignó a muchos pueblos.  Una de las ciudades que con más ahínco tomó partido por don Enrique IV fue simancas, donde replicaron a la farsa en Ávila con otra ceremonia semejante, en sentido inverso, en la que quemaron, bajo el nombre del traidor don Oppas, a un figurón que remedaba al arzobispo don Alfonso Carrillo.
Como dos reyes en un mismo reino resultaban incompatibles, Enrique IV, dando oídos al clamor general, salió en busca de los rebeldes, a los que venció en los campos de Olmedo, los mismos donde años antes venciera don Juan II a los infantes de Aragón.
A pesar del resultado de la batalla no se vislumbraba solución al horrible desbarajuste del reino. Hasta que sobrevino lo imprevisto. en la villa de Cerdeñosa, a dos leguas de Ávila, el infante don Alfonso enfermó de tal manera que falleció a poco, sin que los médicos hallasen remedio a su dolencia.
Muchas voces atribuyeron el suceso a una trucha empanada que podría contener ponzoña por adobo. Sea como fuere, el hecho es que ya no había dos reyes en Castilla.

08/05/2013

ENRIQUE IV Y DOÑA JUANA DE PORTUGAL

La Corte pasó el invierno en Madrid, donde hubo, como de costumbre, derroche de fiestas venatorias y torneos, junto con orgías sardanapalaciegas y convites pantagruélicos, para acallar a fuerza de diversiones, vino y mujeres, las protestas populares y cortesanas mtivadas por la ineptitud real.
Cierto día, en un alarde de franqueza, un noble le dijo al monarca:

-Señor, sois valeroso para cazar jabalíes; pero no los sois para matar moros.  Os place holgaros con descocadas ribaldas; mas nunca os decidís a buscar una dama honesta con quien compartir el trono para que os dé el sucesor que todos deseamos.

Enrique IV se mordió los labios, porque comprendió que el noble tenía razón. Y dispuesto a matrimoniar nuevamente, solicitó la mano de doña Juana de Portugal, hermana del rey portugués Alfonso V.
Era doña Juana una mujer hermosa, morena y se dice que ardiente, que constituía el encanto de la corte lusa y esperaba serlo también de la castellana. Y a Córdoba, donde el rey se hallaba, fue conducida la novia, a quien no hizo buena impresión el hombre que iba a ser su marido.
No es de extraña, puesto que era "Enrique IV de Castilla chato hasta la exageración, rostro asimétrico, frente deprimida y orejas despegadas; feo en suma. Desgarbado de cuerpo y tosco de maneras, más hecho a galopar en monterías que a murmurar endechar al oído de una hermosa dama" (SIC).
Las bodas se celebraron en Córdoba. Si bien, como la costumbre delatora de las "sábanas nupciales" no se practicaba en Andalucía sino en Castilla, la curiosidad del público y de los cortesanos no pudo quedar satisfecha. Sin embargo, el comadreo de las camaristas resultaba bastante elocuente.
-El rey no sirve para el caso -decían burlonamente.
La reina doña Juana nada comentó. No obstante su gesto, desabrido y triste, la delataba también como esposa insatisfecha. Pero al trasladarse los reyes a Sevilla los comentarios murieron en flor, para ceder el paso a los festejos y banquetes.
Y con el tráfago y la alegría dejó de pensarse en el escabroso tema tan importante para el futuro del reino.
Para celebrar las bodas, y como demostración de la ostentación y galantería de la época, se refiere que Don Alfonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla, obsequió a toa la corte con un portentoso banquete en el que, al servirse los postres, y como "un postre más", ofreció a la reina y sus damas unas grandes bandejas llenas de joyas de oro y pedrería, para que cada cual tomara las que fueran de su agrado.
De Andalucía pasaron los reyes a Madrid y Segovia, donde prosiguieron los festejos. Pero nada lograba disimular que la desunión del regio matrimonio era evidente, sobre todo a causa de la infidelidad del rey, quien hacía públicamente el amor a una dama de la reina llamada doña Guimar de Castro.
tan sin recato llevaban las ilícitas relaciones que eran el escándalo y la comidilla dela corte, al extremo de que doña Juana hubo de enterarse. Y, montando en cólera, arrancó el moño a su competidora, obsequiándola, además, con unos zapatos, diciéndole:
-Toma, para que aprendas a llevarle lo que no es tuyo.
Y se cuenta que añadió con despecho:
-Aunque a mí, maldito para lo que me sirve don Enrique.
Conviene añadir que el rey no cedió ante la actitud de la ofendida esposa. Lejos de ello, se limitó a apartar de la corte a doña Guiomar, poniéndole cobijo a  dos leguas de Madrid, donde la visitaba con frecuencia.
también anteriormente había tenido "pendencia de amores" con doña Catalina de Sandovl, a quien nombró luego abadesa de un convento.
Entonces cabe preguntar: ¿Era impotente o no don Enrique IV de Castilla?
Pero mientras el rey se dedicaba a cortejar a doña Guiomar, la reina doña Juana se "dejaba" seducir asiduamente por uno de los caballeros más gallardos y apuestos de la corte, llamado don Beltrán de la Cueva.  Se trataba de un andaluz, de Úbeda, prócer del reino de Jaén.  De paje de lanza y "continuo" de la Guardia Real se había elevado a mayordomo mayor (algo similar a lo que muchos siglos después ocurriría con Godoy), y todos veían en él un personaje cada día más encumbrado.
Un día, el bizarro caballero don Beltrán, emulando a Suero de Quiñones, sostuvo a las puertas de Madrid (en lo que hoy conocemos como Puerta de Hierro), un "paso de armas", manteniendo la belleza sin par de la incógnita dama de sus pensamientos, la cual, según rumores de los cortesanos, no era otra que la propia reina doña Juana.
Poco después, Enrique IV de Castilla, tras felicitar, efusivo, al triunfador, apoyó su regia mano en el hombro del galán, y le preguntó cínicamente:
-Qué, Beltrán, ¿os gusta mi esposa doña Juana?
Ante una pregunta tan inesperada, Beltrán de la Cueva quedó suspenso. Nunca había sido pusilánime, sino todo lo contrario; sin embargo, la intención de la pregunta encerraba tantas incógnitas que escasamente pudo balbucir:
-Perdonadme, señor... No he entendido vuestras palabras.
-Pues son muy claras -dijo el rey-. Contéstame: ¿estás dispuesto a servirme en algo que me interesa?
-Obedeceros en todo es mi obligación. Soy vuestro vasallo y os debo absoluto acatamineto. Disponed de mí, señor.
Tras una pausa embarazosa, habló así el rey:
-Por razones de enfermedad, no me es dable tener descendencia. He aquí, en dos palabras, lo que de ti deseo. Se que galanteas a la reina y parece que ella no te rechaza. Yo necesito tener un hijo que herede la corona y satisfaga las apetencias de mis súbditos. Te concedo libertad de acción, contando, es preciso, con que todo se haga discretamente. ¿Puedo contar para ello contigo?
Don Beltrán de la Cueva, que no salía de su asombro, se inclinó rendidamente y respondió:
-Repito, señor, que estoy dispuesto a serviros como dispongáis. Y honradísimo por ello.
Nueve meses después la reina doña Juana daba a luz una niña, que se llamó como su madre; si bien fue llamada con el sobrenombre de "la Beltraneja", por suponérsela hija de don Beltrán de la Cueva.

Lo que de esta historia haya de leyenda negra, urbana o mentidero poco sabemos en realidad, pero así ha sido transmitida la anécdota dentro de nuestra historia.

07/05/2013

ENRIQUE IV EL IMPOTENTE

A la muerte de Juan II subió al trono de Castilla su hijo Enrique IV "el Impotente" (1454-1474), último rey castellano en la Edad Media y hombre indolente y huraño que tenía las más extrañas costumbres. Su reinado fue un triste periodo de anarquía, inmoralidad y decadencia.
Poco antes de empuñar el cetro, tuvo efecto el matrimonio del joven don Enrique con doña Blanca de Navarra, con la cual, en temprana edad, se había desposado.
Llegó la infanta a Valladolid y se celebraron las bodas, sucediéndole magníficas fiestas. Sin embargo, el acaecimiento epitalámico se frustró en el instante del débito conyugal.
Sabido es que era obligada costumbre de la época exhibir, a la mañana siguiente a las bodas reales y principescas, las sábanas nupciales teñidas con los resultados del himeneo, para que ante tal prueba el pueblo (congregado frente a los balcones) tuviera evidencia de la doncellez y virginidad de la novia y de que el matrimonio había sido consumado.
Lo funesto es que en la mencionada ocasión el populacho de Valladolid aguardó en vano. Las "sábanas pregoneras" no asomaron a los balcones, que se mantuvieron herméticamente cerrados.
Un halo de tristeza envolvió a la población, y no tardó el chismorreo en propalar "en secreto", la triste idea de que la princesa doña Blanca había salido del tálamo igual que entró a él (a nadie se le ocurrió pensar que pudiese haber entrado no doncella, claro, pues tal idea no está nunca en la mente de una sociedad judeocristiana de marcado carácter machista).
Justo es resaltar que el protocolo también señalaba la obligación de realizar las intimidades de la noche nupcial en presencia de un notario y varios testigos, levantándose acta acreditativa del coito (por lo que otra posibilidad sería achacable a la falta de concentración de uno o ambos contrayentes).   Pero tales eran las costumbres y formalismos de aquellos tiempos absurdos. Lo cierto es que el futuro rey de Castilla no logró satisfacer sus obligaciones, lo cual creó la sensación de que tal vez ni siquiera lo intentase (al menos esa misma cultura machista no le echaba la culpa a la contrayente por el desmán).
Se cuenta que el rey don Juan II tuvo una violenta escena con su hijo, para inquirir la verdad de las habladurías que circulaban por la Corte. No negó don Enrique el hecho, después de todo fácilmente comprobable. Y al lamentarse el soberano, revolvióse el príncipe contra su reverendo padre, reprochándole:
-Vos tenéis la culpa por haberme inducido al matrimonio sin tener yo para el mismo inclinación ni aptitud.
Ahí queda eso y que cada cual entienda lo que quiera. El caso es que Don Enrique no volvió a acercarse a su esposa doña Blanca, repudiándola como si de algo ella hubiera sido culpable. Resignada, la desdichada retornó a Navarra, donde permaneció en la triste indecisión de su estado: ni soltera, ni casada, ni viuda.
Hasta que se entabló el proceso de nulidad matrimonial, siendo el mismo don Enrique quien alegó su propia impotencia "debida a hechizos y sortilegios de mis enemigos y de mi propia mujer", según manifestó.
Doña Blanca, por su parte, replicó, achacando la culpa a su marido, que "aficionado a tratos ilícitos y malos, no tenía el debido apetito, ni aún la fuerza para lo que le era lícito, especialmente con doncellas".
El asunto del repudio de doña Blanca de Navarra dejó malparado a don Enrique IV, quien inauguró su reinado con acertadas medidas de gobierno y llevó sus armas a tierra de moros, recuperando Gibraltar.
Mas siendo de carácter poco belicoso, hizo cesar bien pronto la guerra. Únicamente se limitó a tomar la plaza de Jimena, y ello sólo para vengar a Garcilaso de la Vega, muerto por los moros en una escaramuza. Por toda razón de aquellas sinrazones, el rey contestaba a los nobles disgustados:
-La vida de mis súbditos vale tanto para mí, que no quiero exponerla en los combates.
¿Un rey pacifista?
A raíz de la llegada de unos emisarios que visitaron a Enrique IV, en representación de los sublevados en Burgos, el anciano obispo de Cuenca aconsejó al joven monarca que presentara batalla a los rebeldes.
-Los que no habéis de pelear -repuso el rey- sois muy pródigos de las vidas ajenas.
A lo que el obispo, enfadado, le contestó:
-De aquí en adelante, se os dirá que sois el más inepto monarca que España conoció jamás.  Y os arrepentiréis de esto, señor, cuando sea demasiado tarde.

06/05/2013

LA MUERTE DE DON ÁLVARO DE LUNA

La muerte de don Álvaro de Luna estaba decidida desde que se dio preso.  Pero aunque el rey vacilaba en echarse más lodo con el asesinato, ante la presión de su esposa Isabel, decidió degollar al cautivo, pagándole con la más cobarde ingratitud los servicios prestados a lo largo de muchos años.
El único delito que se le imputó a don Álvaro fue el de haber dado muerte a Alonso Pérez de Vivero, tesorero mayor del reino y hechura de privado, que le había sacado de la nada, elevándole de "zapato a lazo", como dice la crónica, y que, correspondiendo a su protector también con la más negra ingratitud, era el que más trabajaba contra él para acelerar su caída.
Los letrados del Consejo Real de Castilla le impusieron a don Álvaro la pena de muerte, la cual debía ejecutarse en el patíbulo levantado en la Plaza Mayor de Valladolid.
A este propósito se cuenta que un astrólogo, a quien don Álvaro pidió su horóscopo, le anunció que moriría "en cadalso".  Pero el Condestable contestó riendo:

-Bien puedo creerlo, porque Cadalso es uno de los pueblos mejores de mis señoríos, y en él suelo pasar algunas temporadas.

Parece, no obstante, que desde entonces esquivaba el detenerse en dicho lugar, que hoy se llama Cadalso de los Vidrios.
La mañana del 2 de julio de 1453, don Álvaro de Luna se encaminó al patíbulo sin mostrar emoción alguna. Ni altanería ni miedo.  Le importaban ya muy poco las cosas de este mundo, y entre esas cosas contaban su poderío pasado, la ingratitud del monarca, su hundimiento presente y su misma existencia.
Se cuenta en la crónica que el pregonero empezó a vocear:
"Esta es la justicia que manda hacer el rey nuestro señor a este cruel tirano, usurpador de la corona real.  En pena de sus maldades y de los "servicios" que hizo al rey, mándale degollar por ello".
Pero la voz del pregonero tuvo un error feliz y anunció la verdad al pronunciar "servicios" en vez de "deservicios".  El jefe de la escolta le afeó el trabucamiento, pero don Álvaro, al darse cuenta de la frase, aportó al incidente este comentario:

-Dices verdad, pregonero, que por muchos servicios que hice al rey me manda degollar.

Un macabro cortejo desfilaba por la calle mientras cuatro pregoneros abrían la marcha vociferando el pregón anterior.  El reo marchaba detrás, sobre una mula engualdrapada del mismo color negro, con hopa y coroza negras también.  Al descabalgar, a pesar de sus sesenta y tres años, subió con paso firme las gradas de madera del patíbulo.  El ancho tablado estaba asimismo cubierto de peldaños negros, sostenía el tajo pintado de bermellón, y un largo madero en cuya extremidad relucía un agudo garfio de acero.
Desde el patíbulo don Álvaro de Luna contempló la multitud que llenaba la plaza y, sonriendo, pidió al verdugo que afilase bien el hacha para concluir pronto.
La cabeza del ajusticiado permaneció nueve días expuesta en el garfio del patíbulo.  El cuerpo permaneció tres sin recibir sepultura.  Luego fue enterrado en la iglesia de San Andrés, donde se enterraba a los malhechores tradicionalmente.
Los restos de don Álvaro yacen hoy en el marmóreo sepulcro de una capilla de la catedral de Toledo, con un epitafio que califica la sentencia de "injusta" y a Juan II de "tirano".  Esto se debe a que la familia del gran condestable logró más adelante rehabilitar su memoria por una declaración del Consejo de Castilla.

03/05/2013

LOS INFANTES DE ARAGÓN ENTRAN EN ESCENA

Como en otras ocasiones en que la monarquía ha caído en distintas parcialidades, los más temibles eran los próximos parientes del rey.  Y en el caso que nos ocupa los primos del monarca don Juan II, especialmente don Enriqu y don Juan, hijos de Fernando de Antequera, a quienes, con otros hermanos, la Historia conoce con el nombre de "los Infantes de Aragón".
Don Enrique, titulado impropiamente marqués de Villena, pues no llegó a obtener tal dignidad, y don Juan, luego rey de Navarra, habían venido a Castilla acompañando a su hermana María de Aragón, primera mujer de Juan II, debiendo a esto la influencia que ejercieron en la corte castellana.
Los muchos y poderosos enemigos de don Álvaro de Luna consiguieron que el rey le desterrara de la corte, no sin haberse visto el monarca y su privado detenidos por la nobleza en Tordesillas y sufrido otros muchos desacatos de los magnates.
Don Pedro Fernández de Velasco -a quien sus contemporáneos llamaban "El Buen Conde de Haro"- escribió con el título de "Seguro de Tordesillas" una relación de los sucesos ocurridos en aquella villa y de las conferencias y pactos que celebraron el rey, don Álvaro y los nobles.
Y era tal la confianza que unos y otros tenían en el "Buen Conde", que le confirieron una especie de arbitraje para resolver el conflicto.
El resultado fue obtener el infante don Enrique la mano de doña Catalina, hermana del rey, llevándole en dote el marquesado de Villena.  Y éste fue el primer título de Marqués dado en Castilla.
Ocurrió otro día que habiéndose confabulado los magnates para dar muerte al rey don Juan I, libróle de ella el conde de Ribadeo, que, disfrazándose con las vestiduras del monarca, se entregó a los conjurados, quienes le cosieron a puñaladas...
En recuerdo de este trágico suceso, los reyes de España regalaban todos los años a los descendientes del conde de Ribadeo (luego duques de Hijar), el traje que vestían aquéllos el día de la Epifanía, que fue el de la inmolación voluntaria del generoso y leal magnate que dio su vida por salvar la voluble de don Juan II.
En vista de que los enemigos de Álvaro de Luna no se entendían, el rey llamó de nuevo al privado, cogiendo otra vez las riendas del poder y ganó a los moros la célebre batalla de la Higera o Sierra Elvira.
Dicha batalla se llamó así por una pequeña higuera que había en el lugar del combate y que sobrevivió al destrozo causado por los combatientes.  El condestable demostró en esta ocasión que sabía también manejar la espada y acaudillar ejércitos.  Pero esto mismo despertó más la envidia de los cortesanos, que otra vez consiguieron del débil Juan II nuevas órdenes, luego derrocadas, de destierro contra don Álvaro.
La privanza continuaba y durante años y años don Álvaro de Luna y no el rey Juan II gobernaba los Estados de Castilla y León.  Las intrigas, no obstante, proseguían y después de escaramuzas y traiciones, de deslealtades y levantamientos se arrancaba del monarca orden de un nuevo destierro contra el privado.
Por cuarta vez tornó don Álvaro de Luna a gobernar, y venció a los nobles levantiscos en el célebre combate de Olmedo.  Poco después, sin embargo, el rey Juan II, viudo de su primera mujer doña María de Aragón, pasado luego a segundas nupcias con doña Isabel, infanta de Portugal, "reina cruel y malvada e indigna engendradora de Isabel la Católica", a instancias de esta señora ordenó prisión contra el favorito.

02/05/2013

EL PRIVADO DON ÁLVARO DE LUNA

Cuando Enrique III el Doliente bajó al sepulcro aún no había cumplido dos años su hijo Juan II (1406-1454).  Se preparaba Castilla, por tanto, para otra minoridad.
Podía vaticinarse que iba a ser turbulenta, porque precisamente las turbulencias habían sido habituales en otras minorías.  Pero la de Juan II no lo fue gracias a la regencia de su tío don Fernando de Antequera, llamado así por haber conquistado la ciudad de ese nombre, quien llevó con acierto singular las riendas del gobierno algo más de cinco años.
En efecto, esta regencia de don Fernando ofrece el raro fenómeno de que en ella hubo paz interior y engrandecimiento exterior.  Y la gran calamidad para el rey y sus súbditos comenzará cuando Juan II gobierne, sin regente, en un caos vergonzoso, que se prolongará tanto como su vida y se empalmará luego con su hijo Enrique IV.
Por aquel entonces Juan II era el monarca del reino más extenso de la Península. Abarcaba ambas Castillas, León, Santander, Asturias, Galicia, Vizcaya, Álava, Guipúzcoa, Extremadura y toda Andalucía, excepto el reino musulmán de Granada.
Lástima que el reinado de Juan II fuese tan turbulento como tranquila había sido su minoría de edad.  El nuevo rey era más aficionado a la literatura que a las cosas de gobierno.  Así lo reconoció él mismo, cuando a la hora de morir dijo a su médico:
-¡Naciera yo mejor hijo de un obrero, e hubiera sido fraile del Abrojo e non rey de Castilla!
Don Juan II era débil de carácter y bien pronto, al darse cuenta de los abusos que comenzaban a realizar los nobles, buscó el apoyo de un cortesano con el que había compartido él sus juegos de niño, hombre de mucho temperamento, hábiles maneras y conversación fácil: Don Álvaro de Luna.
Tras nombrarlo consejero y privado, elevó su rango al de Condestable de Castilla.  Esta privanza, no obstante, causó gran disgusto entre los magnates.
Don Álvaro de Luna había nacido en el año 1390.  Era hijo bastardo de otro Álvaro de Luna, señor de Cañete, que le había tenido de una mujer de humilde condición y no muy limpia fama, en el pueblo de Cañete, y en el año 1388.
Cuenta uno de los biógrafos de don Álvaro de Luna que en 1406 llegó éste a Guadalajara, donde estaba la corte, en la que ocupó un puesto bajo la protección de su tío, el arzobispo, primado de Toledo y hermano de su padre.  Don Álvaro tenía entonces dieciocho añños; quince más que el rey don Juan II.  Su pericia en luchas y juegos, así como su don de gentes le hicieron ganarse pronto en la corte sinceras simpatías tanto de hombres como de mujeres.  Las damas le miraban con agrado, y ello le deparó numerosas aventuras amorosas.    Pero justo es reconocer que el afortunado galán, aunque halagado por ello, jamás alardeó de sus éxitos amorosos, ni menos presumió de ellos.
El rey Juan II comenzó a tomar a don Álvaro un cariño de absorbencia infantil.  Exigía su presencia con tales entusiasmos y quedaba tan triste en las ausencias del favorito, que no cejó hasta convertirle en su consejero y privado, además de nombrarle, como antes se dijo, condestable de Castilla.
La palabra "condestable" viene de las latinas "comes stábuli" significando por consiguiente "conde de la caballería", o Caballerizo Mayor.  Luego pasó a designar la más alta dignidad de la milicia.
El condestable de Castilla era el oficial superior de los ejércitos del rey tenía las llaves de la población donde estuviese el monarca, y los bandos que se echaban tenían este encabezamiento:
"Manda el Rey y el Condestable..."
Don Álvaro de Luna fue el cuarto de los condestables de Castilla.  Pero la preponderancia alcanzad por don Álvaro fue tal que en realidad sustituyó al soberano.  Además, el privado concibió alto nivel de la realeza tratando de elevarla hacia la monarquía absoluta y con ello chocó violentamente con la nobleza.

01/05/2013

LA CONQUISTA DE LAS ISLAS CANARIAS, TAMERLÁN Y EL PAPA LUNA

Don Enrique III el Doliente afrontó muchos problemas en su breve reinado.  Lástima que su hijo Juan II no tratara luego de imitarle afrontando los suyos.
En 1397 recuperó Badajoz, que había sido tomada anteriormente por Juan de Portugal en ataque arbitrario, puesto que asestó el golpe contra todo derecho, sin que existiese guerra entre ambas naciones.
Desde hacía bastante tiempo los moros de África partían de Tetuán a saquear las costas peninsulares, y el año 1400, don Enrique resolvió extirpar esa plaga de las piraterías.  Mandó, pues, una escuadra con orden de arrasar Tetuán, y con su destrucción respiraron tranquilos los pueblos españoles del litoral sur.
Con la gravísima crisis del Cisma de Occidente, la Iglesia padecía una etapa muy turbia.  Reinando Juan I, Castilla se adhirió al Papa de Aviñón contra el de Roma.  Pero Enrique III decidió ser neutral y no quiso reconocer al Papa Luna, Benedicto XIII, a pesar de ser un cardenal español al que habían elegido los prelados franceses opuestos al romano, Bonifacio IX.
En 1402 el rey enrique III el Doliente ayudó al aventurero francés Juan de Bethencourt en su obra de conquista delas islas Canarias, cuyos derechos sobre aquel archipiélago estaban ya reconocidos desde los días de Alfonso XI.
Grande fue la resistencia que opusieron los naturales de dicho archipiélago, señaladamente los de Lanzarote, cuyo valeroso rey Tiguafayas fue hecho prisionero y llevado a Castilla con su esposa y algunos jefes de su ejército.
Durante el reinado de Enrique III vivieron Bayaceto I, sultán de Turquía, y Tamerlán, el tártaro terrible.  Ambos representaban para los europeos la estampa del terror.
En 1396, Bayaceto aplastó a las tropas cristianas, y, a su vez, Tamerlán deshizo a Bayaceto en 1402.  Las victorias del Tártaro en Persia, en la India, en Turquía y en Egipto hacían temblar al mundo.
Don Enrique III sostuvo relaciones con Tamerlán, emperador de los tártaros. Al efecto le envió el rey de astilla una embajada compuesta de dos nobles, Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez Palazuelos, quienes después de asistir a la famosa batalla de Angora, en que Bayaceto, emperador de los turcos, fue vencido por Tamerlán, regresaron agasajados por éste, que a su vez envió embajadores a España.
entonces Enrique III despachó una nueva embajada, de la cual formaba parte Ruiz González Clavijo, el cual, después de visitar Samarcanda, corte del conquistador tártaro, y Teherán, capital de Persia, regresó a Castilla justo antes del fallecimiento del rey.
González Clavijo escribió luego, con el título de "Vida del gran Tamerlán", una curiosísima narración de su viaje, que fue dada a la estampa en 1582 por Argote de Molina.
Merece destacarse el hecho de que tres de lso españoles que acompañaron a Clavijo en esta famosa embajada a la corte de Tamerlán y cuyos apellidos eran Pérez, Fernández y Jiménez, se quedaron en Samarcanda, presos en las amorosas redes de tres bellas mujeres de aquella fastuosa ciudad.  Y aquellos patronímicos tan netamente castellanos, se conservaron por mucho tiempo en la Tartaria, unidos a los de otras familias mongólicas.
En los primeros meses de 1405 doña Catalina, esposa de Enrique III dio a luz un hijo, Juan de Trastamara y Lancaster, que pronto iba a heredar el trono de Castilla, pues Enrique el Doliente expiraba en diciembre de 1406, precisamente el día de Navidad.  Entre el vulgo corrió la voz de que el rey había sido envenenado por un médico judío (la mayoría de los galenos de la época eran hebreos), lo que motivó que estallasen tumultos por doquier.
También fue memorable el reinado de Enrique III por la protección en él dispensada a la Universidad de Salamanca ampliando sus antiguos fueros y estudios, y por haber comenzado en 1403 la erección de la suntuosa catedral de Sevilla y la admirable Cartuja de Miraflores.

30/04/2013

ENRIQUE III "EL DOLIENTE" Y "MARI CASTAÑA"

A la muerte de Juan I de Castilla quedó su hijo Enrique III "el Doliente" (1390-1400) en una minoría de edad que, por fortuna, fue muy breve, pues despertó en muchos nobles ambiciones dormidas, no tardando en surgir las rivalidades y las envidias.
En el gobierno de Castilla se sucedieron tutores torpes, pero hábiles en cuidar sus medros personales.  La armonía de la nobleza, entretanto, se quebraba por cien lados en banderías hostiles, promoviendo querellas en las que se derramaba sin cesar sangre de castellanos.
Tan anárquico carácter adquirió la sociedad de entonces que en 1391 comenzó Sevilla a asesinar judíos sin ninguna razón y sólo por desahogo de una ira inmotivada contra gente indefensa.  Corría el año 1392 cuando se formó una tutela en donde el autoritario don Pedro Tenorio, prelado de Toledo, llevaba la voz cantante.  Esta regencia sirvió para aquietar un tanto las ansias de dominio en otros grupos díscolos, pero la verdad es que continuó actuando en su propio provecho, y con desatención al bienestar del rey.
Tanto es así, que mientras el joven Enrique III se hallaba próximo a la miseria, viviendo con gran estrechez, el arzobispo Pedro Tenorio gastaba grandes sumas en banquetes y fiestas, rodeado de otros nobles que se habían enriquecido usurpando las rentas de la corona de Castilla.
De pronto, en 1393, don Enrique, al cumplir catorce años, se declaró mayor de edad, anunció que asumía el gobierno del reino, y celebró la boda con su prima lejana Catalina de Lancaster.
Como es sabido, ambos cónyuges eran bisnietos de don Alfonso XI y serían luego los padres de don Juan I, y, en consecuencia, abuelos de Enrique IV el Impotente y de Isabel la Católica.
Don Enrique III tenía dos hermanos más pequeños, llamados doña LEonor y don Fernando.  Este último desempeñaría luego un papel notable.  Al joven Don Enrique le llamaban "El Doliente" porque era delicado, enfermizo y endeble.  Pero su debilidad no le impedía poseer un ánimo sereno y un corazón templado que para sí quisieran otros cuerpos robustos de salud exuberante.
Enrique III trató de extirpar de todos los pueblos el caciquismo.  En Sevilla hizo ejemplares castigos con los partidarios del conde de Niebla y de don Pedro Ponce, que alteraban el sosiego público por competencias de mando, y quitó a unos y otros las alcaldías y veinticuatrías.
En Murcia hizo lo propio con los famosos bandos de Fajardos y Manueles, que mantenían aquella tierra en continuas turbulencias y agitaciones.  Comisionó para ello a Ruy López Dávalos, hombre de gran energía, que, llamando al jefe de los Manueles para celebrar una entrevista, le mató y cortó la cabeza, arrojándola por el balcón a sus parciales, amenazando hacer lo mismo con todos los revoltosos que desobedecieran al rey, turbando la paz pública.  Surtió efecto.
Por esta misma época había en Lugo un partido popular que alteraba el orden resistiendo el pago de los tributos.  A su cabeza figuraba, con su marido y dos hermanos, la varonil "Mari-Castaña", cuyo nombre se hizo famoso, conservándolo la tradición popular para indicar tiempos remotos y de vaga determinación cronológica.

29/04/2013

EL ORIGEN DEL TÍTULO DE PRÍNCIPE DE ASTURIAS Y "LOS FARFANES"

Tres años habían transcurrido cuando el duque de Lancaster volvió a sus pretensiones de reinar en Castilla, y, aliado con Juan I de Avis, penetró por Galicia.
Merece resaltarse el hecho de que el duque de Lancaster, en su calidad de prócer inglés, había negociado anteriormente la alianza de Inglaterra y Portugal contra España.  Y es curioso observar que desde entonces hasta la invasión francesa en nuestro país siempre ha existido esta enemistad.
La guerra entre Lancaster y el rey de Castilla concluyó bien pronto al ponerse de acuerdo el pretendiente inglés y el monarca castellano en que se casaran el heredero de éste, Enrique, y la hija de Lancaster, llamada Catalina.
Recordemos que el abuelo de Enrique fue Don Enrique de Trastámara, y el de Catalina Don Pedro I el Cruel.  Pero el nuevo matrimonio relegaba al olvido las terribles peleas de Pedro y su hermanastro, y daba la corona de modo decisivo a la rama bastarda, unida a la legítima por parte de la esposa.
Aunque los novios no estaban en edad de casarse, recibieron no obstante el título de Príncipes de Asturias, que usaron desde entonces los hijos primogénitos de los reyes de España.
Las mujeres no llevaban antiguamente este título.  La primera en usarlo fue Doña Isabel II.  Durante el otoño de 1390 salió Don Juan I de Castilla a mostrar en Toledo sus dotes de jinete.  Pero tropezó el caballo con tan mala fortuna que rodó por el suelo arrastrando al monarca, el cual murió de ese accidente a los treinta y dos años.
Su hijo y sucesor, don Enrique III, acababa de cumplir once años.  Tres años después se realizó su casamiento con su prima Catalina de Lancaster.  La influencia del estado llano se hizo prepotente en el reinado de Juan I de Castilla; pero el monarca reunió muchas veces las Cortes y publicó leyes y acuerdo de gran relevancia, entre los cuales se cuentan la creación de un Consejo en el que entraron cuatro representantes del estado llano para asesorar al rey.
En las Cortes reunidas en Segovia en el año 1383 se acordó, siguiendo el ejemplo dado por Aragón en 1350, variar el cómputo cronológico abandonando la Era Hispánica y adoptando la Vulgar o Cristiana, que rige desde entonces.
Por estas fechas se fijó también en España la actitud frente al Gran Cisma de Occidente, prestando obediencia al Papa Clemente VII; asimismo volvieron a nuestro país los farfanes, caballeros cristianos que estaban al servicio del rey de Marruecos.
Hemos de recordar que desde los primeros tiempos de la conquista de España por los árabes, fue muy frecuente que aventureros cristianos, por móviles más o menos respetables o beocios, se pusieran al servicio de los reyes moros, sin abjurar de su religión ni obligarse a guerrear contra los príncipes cristianos de la Península.
Así, el Cid Campeador se alistó en las filas del régulo de Zaragoza, y Guzmán el Bueno, el mártir de la lealtad, se estableció en África al servicio de los benimerines.  Fueron, pues, farfanes estos gloriosos héroes  populares, y lo fue también el rey de Navarra, Sancho VII, que, enredado en ciertos amores, figuró por algún tiempo como soldado del mismo emperador de los almohades a quien luego combatiría en las Navas de Tolosa.
Los farfanes que reclamaron la intervención de Don Juan I de Castilla para que el soberano marroquí les desligara de sus compromisos eran cincuenta.  Y fue precisamente presenciando sus ejércitos a la jineta morisca, cuando Juan I se cayó del caballo y se mató.
Por entonces fue acogido en Castilla un rey de destronado de Armenia, a quien el monarca castellano regaló varias poblaciones, entre ellas Andújar y Madrid.  El soberano armenio a quien Juan I hizo tal regalo, fue León V de Lusignán, vencido y reducido a la esclavitud por el Soldán de Babilonia, y que recobró su libertad por la generosa intervención del rey de Castilla.
Las donaciones de villas y ciudades pertenecientes a la corona eran muy frecuentes en esta época.  Quien más abusó de esta práctica fue Enrique II el Fratricida para atraerse partidarios en sus guerras contra su hermanastro don Pedro I el Cruel.
Finalmente, a Juan I de Castilla se deben la fundación del Paular, famoso monasterio de Cartujos, y la Orden de Caballería del "Collar de Oro" o del "Espíritu Santo", que han desaparecido, y cuyo distintivo era una paloma blanca pendiente de un collar.

28/04/2013

LA BATALLA DE ALJUBARROTA

En 1379, al subir al trono Juan I (1379-1390) siguió fielmente los consejos paternos, mas, al ratificar la anterior alianza con Francia, el duque de Lancaster reincidió en su demanda al trono de Castilla.
Y con el fin de reforzar su petición se alió con Portugal.  En 1381 se iniciaba la guerra, que terminó en seguida al concertar la boda de la infanta Doña Beatriz, hija y única heredera del rey portugués Don Fernando I, con el primogénito de Juan I, muy niño todavía.
Ocurrió sin embargo que Doña Leonor de Aragón, la mujer del rey castellano, murió en 1382, a los veinticuatro años de edad, cuando dio a luz la hija que llevaría su nombre.  Viudo Juan I de Castilla, y en consideración a la edad de su hijo, novio de Beatriz, le sustituyó el padre, y en 1383 casó en segundas nupcias con la heredera de Portugal.
Finalizaba ese año cuando murió don Fernando I y pasaba a Beatriz el trono portugués, quedando así fusionados Castilla y Portugal.  Pero como los lusitanos no querían en su pueblo a un monarca extranjero proclamaron rey a un hijo natural de Pedro I, maestre de la Orden de Avís, que se llamaba Juan.
La Orden de Avís se había fundado en Portugal a mediados del siglo XII, y tomó este nombre de la ciudad de Avís, que Alfonso I dio a los caballeros de dicha orden.  En la lucha entablada combatieron los dos Juanes y avanzó el de Castilla en marchas victoriosas hasta alcanzar Lisboa. Y ya se creía vencedor cuando vino una peste a cebarse con su ejército.  En vista de que no podía combatir con tan fuerte adversario, ordenó retirar sus tropas en el mes de septiembre de 1384.
Pero once meses después Juan I de Castilla invadía nuevamente las tierras portuguesas, mas en Aljubarrota, población situada a veinticinco leguas al norte de Lisboa le infligió Juan I de Portugal un revés desastroso que le hizo renunciar a unir las dos coronas.
El desdichado combate de Aljubarrota se libró el 15 de agosto de 1385 y fue de muy corta duración, pues el ejército castellano llegó cansadísimo al lugar de la acción y al primer encuentro se vio arrollado y puesto en fuga.  Don Juan I de Castilla estuvo a punto de caer prisionero, por haber perdido su caballo. Pero le prestó el suyo, para que huyera, el ilustre hijo de Guadalajara don Pedro González de Mendoza, señor de Hita y de Buitrago, que hizo el sacrificio de su vida por salvar la del monarca castellano.
También pereció en tal combate con toda su gente soriana el capitán Yáñez de Barnuevo, no habiendo quedado con vida más que un joven que, al regresar a Soria, fue muerto por su mismo padre, afrentado de que no hubiera sucumbido con los demás.
En el sitio donde se  cometió el parricidio se colocó una lápida con la siguiente inscripción: "Aquí mató el padre a su hijo que trajo la mala nueva de Aljubarrota."
Entre los próceres castellanos que cayeron prisioneros figuraba el canciller López de Ayala, que peleó bravamente al lado del rey Don Juan, y que luego obtuvo la libertado por medio de un cuantioso rescate.
Los portugueses tuvieron en Aljubarrota una heroína, llamada Brites de Almeida, panadera de oficio, que con una pala de hierro mató a siete castellanos e hirió a muchos más. En el pueblo donde tuvo lugar la batalla se conserva todavía la famosa pala con que aquella animosa y forzuda mujer realizó tal hazaña.
Después, durante medio siglo reinaría en Portugal don Juan I, el primer soberano de la dinastía de Avis, familia que iba a ser justamente célebre por sus exploraciones y descubrimientos en los mares remotos.

27/04/2013

DON ENRIQUE EL BASTARDO, FRATRICIDA Y "EL DE LAS MERCEDES"

A pesar de todos los peligros que le acosaban, D.Enrique el Fratricida logró conjurarlos atrayéndose ala nobleza por medio de liberalidades, gracias y mercedes, que le dieron el sobrenombre de "el de las Mercedes".
En efecto, al título nobiliario de Conde, único que hasta entonces había habido en Castilla, agregó este monarca el de Duque. El primer ducado que creó fue el de Benavente.
También instituyó luego su hijo Juan I la dignidad de Condestable, importada de Francia. El primer condestable de Castilla fue Alonso de Aragón, marqués de Villena.
Enrique II el Bastardo halagó asimismo al estado llano con disposiciones favorables a sus intereses. Entre las concesiones dadas al magisterio de instrucción primaria para dignificar a tan respetable clase estaban la de poder usar toda clase de armas y tener caballos de guerra "como los han tienen los fijos-dalgos", pudiendo además llevar "lacayos o esclavos con espada"; la exención del servicio militar y la prohibición de ser encarcelados por ningún motivo, pues aún en caso de homicidio se les daría por cárcel su propia asa, la cual se les facilitaba gratis por los pueblos y villas.
Igualmente disfrutaban la prelación del despacho de sus litigios por los tribunales de justicia, a cuyos funcionarios se encarga "que salgan a recibir a los maestros y les den asiento". Y el ennoblecimiento de los que hubieren enseñado por espacio de cuarenta años, pues en tal caso debían gozar "de cuantas gracias y privilegios gozan los Duques y Condes", y de una pensión decorosa para el resto de sus días. Y todo esto ocurría en el siglo XIV.
Son también muy notables los siguientes consejos que, entre otros, dio Enrique II a su hijo Juan I:

"Haz atención a que tienes en tu reino tres géneros de gentes: unos, que constantemente siguieron mi partido; otros, que con la misma constancia se declararon por el de Don Pedro; y otros, que hicieron profesión de indeferentes, por aprovecharse con igualdad de las dos parcialidades.  Mantén a los primeros en los empleos y honores que yo les concedí, pero sin contar demasiado con su fidelidad.  Adelanta cuanto pudieres a los segundos, confiándoles ciegamente los empleos de mayor importancia; porque la lealtad que conservaron en su fortuna próspera y adversa, es la prenda más segura de la que te profesarán  ti en tus fortunas.  En cuanto a los terceros, o sean los indiferentes, no hagas caso, ni para el castigo ni para el premio, teniéndolos solamente en la memoria para el desprecio.  Sería grande imprudencia fiar los cargos que se dirigen al bien público, a unos hombres que nunca adoraron a otro ídolo que su interés personal."

26/04/2013

LA CASA DE TRASTÁMARA

Con Enrique II el Fratricida (1369-1379) comienza a reinar en Castilla la Casa de Trastámara, en cuyo tiempo la gran obra nacional de la Reconquista queda casi interrumpida por completo.
No faltaron, sin embargo, hombres fieles a la causa de la legitimidad, como D. Martín López de Córdoba, que se hizo fuerte en Carmona con dos hijos de D. Pedro I el Cruel. Se llamaban Don Sancho y Don Diego, y los había tenido el rey con una dueña de su casa, natural de Almazán y llamada doña Isabel, que había sido nodriza de uno de los hijos de Doña María de Padilla. Además, el monarca, había dejado en Sevilla, según Ayala, "otros fijos que oviera de otras dueñas".
Con no menos brío que Carmona se resistió Zamora.  Y en ella se repitió la heroicidad de Guzmán el Bueno, aunque no ha sido tan divulgada por la tradición.
Ocurrió que los sitiadores de Zamora cogieron a tres hijos de Alfonso López de Tejada, uno de los principales defensores de dicha plaza. Y, habiéndole amenazado con darles muerte si no la entregaba, se negó a ello con inquebrantable resolución.  En vista de ello, los tres niños fueron bárbaramente degollados.
D. Martín López de Córdoba, defensor de Carmona, se rindió bajo ciertas condiciones, que luego no cumplió el nuevo rey, Don Enrique II el Bastardo; pues le hizo matar en Sevilla tras sufrir salvaje martirio.
A este respecto dice secamente la Crónica:

"El lunes, doce días del mes de julio de 1371, arrastraron a Martín López por toda Sevilla, e le cortaron pies e manos en la plaza de San Francisco, e le quemaron".

Se cuenta que, al ser arrastrado por las calles, le encontró Du Guesclin, que no pudo contener una exclamación de lástima, a lo que el martirizado le contestó que más valía morir leal, que vivir como un traidor.
La misma crueldad mostró Enrique II con los judíos de Toledo por haber permanecido fieles al rey don Pedro I: 12.000 de ellos fueron inmolados.  La corona, sin embargo, no la tenía muy segura el Fratricida, porque el rey de Portugal alegaba derechos al cetro de Castilla, y el Duque de Lancaster, que estaba casado con una hija de Don Pedro I el Cruel reclamaba en nombre de su mujer el usurpado trono.
En la guerra suscitada con tal motivo, habiendo invadido los castellanos el territorio portugués, hicieron prisionero en un combate al noble lusitano Nuño González, alcaide del castillo de Faria, el cual, temeroso de que los invasores intentaran rendir la fortaleza cuya custodia había confiado a un hijo suyo amenazándole con dar muerte al padre si no la entregaba, pidió que le llevaran a la puerta del castillo para ordenar a su hijo que se rindiera.
Mas, cuando fue puesto al habla con su hijo le ordenó:

-So pena de maldición no te entregues aunque a mí me martiricen y me den muerte ante tus ojos.

Todos quedaron asombrados de tanto valoro y lealtad; pero esto no impidió que efectivamente le quitaran la vida ante los muros del castillo de Faria.  Así era el espíritu de aquellos tiempos, el cual se revela también en el siguiente suceso ocurrido al comienzo de la misma guerra.
Habiendo sitiado Benavente los ingleses y portugueses, hallándose dentro de la plaza el entonces joven Ruy López Dávalos, que luego fue tercer Condestable de Castilla, y mereció que se le llamara "el Buen Condestable", éste, para evitar la efusión de sangre entre sitiadores y sitiados, propuso:

-Me batiré en singular combate con otro caballero cualquiera del campo enemigo. Pero pongo por condición que, de ser éste vencido, los suyos levantarán el cerco, y si lo soy yo, la plaza se rendirá.

Aceptado el reto y verificado el desafío, la victoria fue del animoso joven castellano López Dávalos.