29 sept. 2016

LA OCUPACIÓN INGLESA DE LAS ISLAS MALVINAS

En 1768 una expedición inglesa ocupa una de las islas Malvinas, fortifica el puerto de Egmonot y exige la evacuación de las demás islas.  El gobierno español reclama, se prepara para la guerra y ordena al gobernador de Buenos Aires que expulse a los ingleses, como lo hizo.  O'Reilly, Gálvez y Aranda son partidarios de la guerra, al darse cuenta de la importancia de las islas, sin las cuales se interrumpía la ruta del cabo de Hornos y se desquiciaba el sistema estratégico de Sudamérica.  Pero Francia, contra lo acordado, no apoya.  Los ingleses abandonan las posiciones en 1774, sinedo éstas nuevamente ocupadas por los españoles.
Ya hemos visto que España, por el Tratado de París, devolvía la colonia de Sacramento a Portugal.  Sin embargo, el hecho de no respetarse los tratados, obliga al virrey de La Plata, Pedro Ceballos, a reconquistarla de nuevo.  Mas la reina viuda de Portugal, María Victoria, era hermana de Carlos III, y se piensa en negociar.  Por la Paz de San Ildefonso (1777), Portugal reconocía a España la posesión de las orillas del Plata y de Uruguay, y ésta devolvía la isla y colonia de Sacramento y las provincias de Río Grande y Santa Catalina.  Portugal cedía a España las islas de Fernando Poo y Annobón, en el golfo de Guinea.  Esta paz hispano-portuguesa era muy conveniente para España, ante la inminencia de una nueva guerra con Inglaterra.
Hay que tener en cuenta que hasta 1763la atención española parecía localizada en el foco antillano.  Las coordenadas son sencillas.  De las Antillas venían parte de las principales producciones, y allí radicaba también la tensión político-militar.  Sin embargo, después de la Paz de París, el centro de gravedad americana se desplazó hacia el sur.  La producción agrícola y ganadera de la zona del Plata supera a la europea en cantidad y baratura.  A este interés económico siguió la atención política con la creación del virreinato, y a ésta siguió la tensión militar.  Así nos podemos explicar más fáclmente las fricciones de España con Inglaterra y Portugal en los problemas de las Malvinas, de la colonia de Sacramento, etc.

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28 sept. 2016

POLÍTICA EXTERIOR DE CARLOS III (IV)

Después de la Paz de París comienza el período de la alianza franco-española, que, por su intimidad, se ha llamado "luna de miel".  Esta amistad se vio perturbada por razones económicas, ya que Choiseul era partidario del libre cambio en las relaciones comerciales con España; Carlos III, por el contrario, era proteccionista, porque así convenía al resurgir de la economía española.  Pensó, pues, en mermar los privilegios de los comerciantes franceses.  Sobre una base más igualitaria y a fuerza de imponerse la poítica económica de Carlos III, se firmaron unos convenios en 1768 y 1769.
Esta razónn y el que ni Parma ni Nápoles -Tanucci era neutralista- accedieran al Pacto de Familia, demuestra que se llamó de familia pero nunca lo fue, y mucho menos un asunto de cariño, un "affaire de coeur", como se había repetido muchas veces.  No era ni siquiera un "pacto de familia" lo que se negociaba entre Francia y España, sino una verdadera alianza entre las dos coronas para declararla guerra a Inglaterra, humillar sus ambiciones y contener por la fuerza sus ventajas en América, que fue lo que principalmente preocupó a Carlos III ante las verdaderas insolencias de los ingleses.
El Pacto de Familia ha sido crititcado y slenciado por los españoles, tanto coetáneos como posteriores.  Esto, sin duda, no se debe al espíritu con que se concibió en el año 1761, sino a consecuencias desastrosas.  Si la guerra hubiera sido favorable, el pacto, cabe pensar, se juzgaría de una forma bien distinta.  El pacto era la única forma lógica de política exterior de Espaa, dadas las cirtunstancias del momento.  Por una parte, garantizaba la tranquilidad terrestre de España en Europa; por otra, la obligaba a mirar al mar, pudiendo consagrarse al rearme naval.  Así lo expone el entendido en estas cuestiones, Pedro Atard, quien culpa a la decantada neutralidad de Fernando VI por desatender el problema del equilibrio americano, colocando a España en un despreocuado aislamiento.
La alianza francesa, en su vigencia real y efectiva, duró hasta 1770, cuando, con motivo de la agresión inglesa a las islas Malvinas, España no encontró el apoyo que solicitó de Francia.  Sin embargo, durará hasta 1793, año que en que España declara la guerra a la Convención.  Pero, como dice Palacio Atard, "después de 1770, el Pacto de Familia era como una vieja escopeta colgada en la habitación de un cazador anciano, que sirve de adorno y evoca recuerdos de otros tiempos".


27 sept. 2016

POLÍTICA EXTERIOR DE CARLOS III (III)

Pitt quiso declarar la guerra a Carlos III y lanzarse al ataque sin darle tiempo a acabar sus preparativos.   Pero los elementos moderados del Consejo, junto con Jorge III, se le opusieron.  Tras unos tímidos intentos de evitar lo inevitable, a primeros de enero se cruzaban las declaraciones de guerra.
El plan franco-español era ir sobre Jamaica y ocupar las plazas marítimas de Portugal, de acuerdo o violentamente, si los portugueses se oponían a sustraer sus puertos a los ingleses.
Las cosas ocurren de manera muy distinta.  Antes de llegar la escuadra francesa a las Antillas, la escuadra inglesa había tomado la Martinica, para después desembarcar y ocupar La Habana.  Otro tanto ocurría en Manila.
Al revés sucedían las cosas en la colonia portuguesa de Sacramento, donde los ingleses y portugueses eran desalojados por tierra y mar.  En la Península, Aranda, como general en jefe, ocupaba diversas zonas y ciudades de Portugal.
Poco después de declarada la guerra, ya se hablaba de paz.  Comienzan las negociaciones y los intercambios.  La pérdida de La Habana debilita la posición española.  La Paz de París (marzo de 1763) no se presentaba ventajosa para España, tras una guerra breve, pero desgraciada.  Para Francia era humillante, y representaba la casi liquidación del Imperio colonial francés en América. Sin embargo, la alianza española les había permitido pactar en mejores condicioes a como lo hubieran hecho dos años antes.  La paz fue considerada porlos componentes del Pacto de Familia como una tregua para preparar la revancha y cortar la expansión inglesa en América.
El Tratado de París determinaba que los pleitos referentes a presas hechas a los españoles en época de paz se verían ante los tribunales del Almirantazgo inglés; los ingleses devolverían sus fortificaciones en Honduras; pero se les permitía cortar, cargar y transportar el palo de tinte o campeche.  Inglaterra devolvía a España sus conquistas en Cuba y Filipinas; pero España cedía la Florida, coon el fuerte de San Agustín, y la bahía de Pensacola.  En contrapartida, Francia prometía a Carlos III Louisiana, aunque la cesión no se hizo hasta 1764, siendo necesario ocuparla por las armas en 1769.  España, por su parte, devolvía a Portugal la colonia de Sacramento y las plazas ocupadas en tierra portuguesa.

26 sept. 2016

EL TERCER PACTO DE FAMILIA

Se imponía elegir un nuevo sistema frente a los de Gran Bretaña. La alianza con Francia no podía hacerse esperar.  Mientras el embajador Fuentes daba largas a las negociaciones, tal como hacía Pitt, Grimaldi marchaba a París para negociar.  Grimaldi llevaba órdenes de no comprometer a España en una acción bélica inmediata.  Los previos sondeos arrojaban una alianza defensiva, garantizándose los dominios ultramrinos.  Francia, caso de entrar en guerra España, entregaría en depósito la isla de Menorca, y los franceses no harían paz por separado sin antes arreglarse las diferencias hispano-inglesas.  Pitt, viendo discurrir así los acontecimientos, espetó al embajador español: "Antes cederé la Torre de Londres que la pesca en Terranova. Si no quieren ustedes reconocer las leyes del Almirantazgo inglés, los cañones de sus escuadras se encargarán de imponérselas".
La consecuencia fue que los acontecimientos se precipitaron, y el 15 de agosto de 1761 se firmaban en París el tratado y la convención. De este pacto quedaban muy satisfechos Carlos III y Grimaldi y Luis XV y Choiseul. En este "Pacto de Familia", comose le llamó, no hay que rastrear recuerdos dulces y pretéritos, ya que fue la situación internacional de aquel momentola que impulsó al rey de España a tal decisión.  Tampoco, comose ha afirmado, tiene nada que ver con el origen de esta alianza francesa la muerte, en ese año, de la reina Amalia, lo que dejaba vía libre a la política filofrancesa.
El texto del Pacto de Familia lo componen 28 artículos.  En la imposibilidad de reproducirlos, extraemos su contenido: los dos reyes mirarán como enemigos al que lo sea de una de las dos coronas; se conceden garantías sobre todos sus dominios, extendiéndose incluso a Sicilia y Parma; en caso de guerra, una potencia pondrá al servicio de la reguiriente navíos, fragatas, infantería, caballería y otros socorros (se estipulan números); no firmarán la paz por separado; es un pacto basado en el parentesco, en la sangre y en la amistad de ambos reyes, que extienden a los súbditos respectivos, a los que conceden un trato ventajoso en cuestiones comerciales y civiles.
Atados estos cabos, tras presionar a Portugal a que se mantuviera neutral y Francia prometer Menorca a España, Carlos III estaba resuelto a la guerra; pero quería diferir la ruptura hasta tener a punto el dispositivo marítimo y terrestre.

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20 sept. 2016

POLÍTCA EXTERIOR DE CARLOS III (II)

El comercio español, durante la guerra colonial anglo-francesa, estaba sufriendo serios perjuicios.  España reclamó por estos ataques a su marina mercante.  El gobierno francés atendió estas quejas; no así el inglés, quien se mostraba deliberadamente tolerante con sus corsarios.
La declaración de que el pabellón cubre la mercancía, para eliminar la disculpa que los corsarios solían aducir de que los barcos españoles transportaban géneros franceses, era ineficaz.
Más grave era que los ingleses violasen la neutralidad del rey de España, capturando barcos franceses en aguas peninsulares, o dando muerte a merineros españoles a manos de corsarios ingleses, como ocurrió varias veces.  El ministro inglés Pitt reconoció las reclamaciones españolas, ante la pasividad de los tribunales de Inglaterra; pero no puso los medios para evitar que los atropellos siguieran y aumentaran durante el reinado de Carlos III.
Enumerando quejas, podemos señalar que España era desplazada de la pesquerías de Terranova, donde tenía derechos de pesca.  El bacalao allí pescado era necesario para el consumo nacional; además era una buena escuela de prácticas para los marinos españoles.  Pese a no renunciar a este derecho, los baros del Cantábrico eran apresados y les impedían violentamente el ejercicio de dicho derecho, reconocido en 1721.
Otro motivo de roce era el establecimiento inglés en el golfo de Honduras, donde se habían refugiado los corsarios de palo de tinte o campeche, sirviéndose de los indios mosquitos, rebeldes a las autoridades españolas.  Los ingleses habían prometido abandonar estas posesiones, ante un peligro bélico, en 1752; mas lo que hicieron fue construir fortalezas y artillarlas.  Las argucias de Pitt indignaron a Fernando VI.
En 1759 y 1760 los ingleses seguían haciendo presas de barcos españoles, y no sólo sus corsarios, sino también la propia marina real.  Francia, cabe suponer, trataba de irritar al gobierno español, presentándole estos enojos y el peligro inglés.
Carlos III envía a Londres al embajador conde de Fuentes para que arregle estas diferencias territoriales y comerciales y, si no, para que amenace con la entrada de España en la guerra.  Pitt no parecía temer a España; alarga las conversaciones, y no cede en nada.  El peligro inglés en Centroamérica era grave, y se estaba demostrando que el atónico aislamiento de Fernando VI no daba buenos resultados frente al imperialismo británico.  el sentir oficial español a finales de 1760 era éste: "Acabadas las palabras, quedaba únicamente el recurso de las obras".

18 sept. 2016

POLÍTICA EXTERIOR DE CARLOS III (I)

La época de Carlos III es una continua apertura a la política mundial.  El comienzo y final de su reinado se ve marcado por sendas guerras contra Inglaterra.  La política estará dirigida bajo un signo defensivo: sobrellevar y vigilar a los ingleses, hacer durar la paz todo lo posible, guarnecer y abastecer las plazas y puertos de las Indias, llevar miras largas a Jamaica, Menorca y Gibraltar y aumentar el poder de la escuadra.  Muchos de estos puntos determinarán, en realidad, una alianza con Francia.  Todo lo anterior va unido a la obsesión económica de fomento de la producción ultramarina, del tráfico y de la libertad de comercio.
Desde 1756 el mundo se hallaba en guerra.  Las potencias europeas ventilaban cuestiones de supremacía colonial o continental.  Austria, Prusia y Rusia luchan en el continente por la supremacía europea.  Inglaterra y Franca sostenian una guerra propiamente marítima y colonal.  Los objetivos políticos y militares de ambas guerras nada tenían en común.
Ya sabemos que en la Guerra de los Siete Años Fernando VI habá seguido manteniendo la neutralidad como sistema, con las ventajas y perjuicios que ello significaba.  En los últimos días de Fernando VI, Inglaterra y Francia maquinaban cerca de España para obtener su alianza.  Aunque Francia estaba en condiciones de forjarse mejores ilusiones, la fórmula era la política exterior, en 1758, seguía fiel al sistema de neutralidad.  Tanucci transmitía así el pensamiento inicial de Carlos III:

"El rey tiene bien firme la máxima de no hacer la guerra si no es necesaria, y esto en el último extremo, esto es, cuando no quede otro campo en el que defender sus derechos."

Mientras tanto, la marina inglesa quedaba dueña del Atlántico septentrional y las tropas inglesas alcanzaban resonantes victorias en Canadá, las Antillas y la India.  En tal situación, Luis XV intenta maniobrar cerca de Carlos III para sacarle de su neutralidad y atraerlo a la causa gala.  Le hace ver el peligro que corre la América española, al romperse el equilibrio entre el poderío francés e inglés en América.
Isabel Farnesio, reina madre, mientras llegaba su hijo Carlos III de Nápoles, había mandado al embajador español en Londres, Félix de Abren, que redactara un memorial de los agravios inferidos en el mar por los ingleses al comercio y la navegacón de los españoles.  Esta lectura pesaría en el ánimo del nuevo monarca.
Los acontecimientos se precipitan. Los ingleses toman Quebec. Carlos III encarga a Abren que felicite a Jorge II, pero haciéndole considerar que sus conquistas rompían el equilibrio en el Nuevo Mundo.  Los ingleses están resueltos a aprovecharse de sus triunfos obtendos en su lucha contra Francia, sin temor a los riesgos que su resolución implica.
La actitud de Luis XV era muy distinta respecto a la mediación española, y nada más lógico, puesto que se había adelantado a solicitarla. Los planes de Choiseul, ministro de Negocios Extranjeros de Luis XV, son los de salvar a Prusia, frente a Rusia y Austria.  Hace ver a Carlos III que una alianza austro-inglesa perjudicaría los intereses del rey de España en Italia y en América.  Pero, de momento, la actuación del miistro español, Ricardo Wall, deja a Francia desairada.
Carlos III, deseoso de la paz, había fracasado en su papel de mediador. Por ello, envía como observador a La Haya al hábl diplomático marqués de Grimaldi.  Su misión consistía en estadr al acecho de cuanto se discuiera, pues era difícil que Francia e Inglaterra se reconciliaran sin rozar los intereses españoles en América.  Cuando Grimaldi llega a La Haya, las relaciones están cortadas.  Choiseul ansiaba la paz a su manera.  Carlos III rearmaba a España artillando las principales plazas en América, reorganizando el ejército y aumentando el número de navíos.

16 sept. 2016

HECHOS DE LA EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS

Tras el motín de Esquilache surge la compañía antijesuítica dirigida o consentida por todos los miembros del gobierno: Campomanes, Aranda, Floridablanca, Tanucci, Grimaldi, Múzquiz, Fuentes, Ventura, Figueroa, Agustín de Llano, Arriaga, Ceballos...  Es una campaña bien preparada.  Monseñor Vicenti refleja bien estos momentos anteriores a la expulsión:

"Contra los jesuitas se oye ahora más que nunca hablar con entera libertad.  Se sigue tratando de imputarles delitos enormes; se les da por autores de mil sátiras y escritos sediciosos aquí publicados contra la rigurosa prohibición que los vedaba y se da por argumento de ello que los tales papeles no salen, ya ahora, después de su expulsión.  Se dice también que si ésta se hubiera diferido algo más y se hubiese esperado a que los jesuitas llegasen a sospecharla, se habría visto entonces arder todo el reino en una gran conflagración."

Se puede afirmar que el rey y los ministros no son unos imprudentes.  Por supuesto, tampoco obran por odio contra la Iglesia católica.  Esto miso se puede decir de los obispos de Palencia, Barcelona, Salamanca, Ávila, Córdoba de Tucumán, Tarazona y Albarracín, que, como participantes del Consejo Pleno, votan la expulsión y se felicitan por ello.
En 1769 se consultó a 56 obispos sobre el caso de la expulsión; 42 eran partidarios de ella; seis se abstuvieron y ocho votaron en contra.  Esta votación queda más clara si decimos que de 40 obispos estudiados, 15 lo eran ya antes de Carlos III y 25 lo fueron después.  De los 15 anteriores, 12 aplauden la expulsión y tres son contrarios.  De los 25 posteriores, 20 la aplauden y cinco se oponen.
Vemos, pues, que las proporciones son parecidas entre los obispos nombrados anterior y posteriormente a Carlos III.
Hay que subrayar que votan la expulsión personajes de ideas y en situaciones muy heterogéneas, lo que prueba la opinión unánime en torno al problema debase: al lado de los generales de los agustinos y dominicos, padres Valdés y Boizadors, y de los inteligentes y virtuosos obispos de Barcelona y Salamanca, José Climent y Felipe Bertrán, tenemos a Campomanes, Aranda, Moñino, Roda...
Hasta el prudentísimo padre Flórez escrique en aquellos momentos su "Delación de la Docrtirna de los intitulados jesuitas contra el dogma y la moral".
El privncial de los escolapios de Aragón escribirá que los jesuitas se dedicaban a propagar la sedición en sus penitentes, como pretexto de dirigirles sus conciencias.
El agustino Font de Lugo calificó a la Compañía de Jesús de "árbol podrido"; a sus miembros, de "maestros de moralidad perniciosa y máximas engañosas", y a sus colegios, de "Catedrales de pestilencia".
El citado padre Vázquez les llamará "enjambre de abejas infernales" y colaborará en la extinción de la más equeña semilla de esa "raza perniciosa".
En el opúsculo titulado "Retrato de los jesuitas", el autor se pregunta: "¿Se conoce acaso cosa alguna más relajada, más corrompida y más horrible que la moralidad de estos padres?"  Esta moral jesuítica separa en una misma persona al hombre del cristiano.  Y concluye: "¿Quiénes de los jesuitas, Lutero o Calvino han causado más daño a la Iglesia cristiana?".
Todo esto demuestra dos cosas.  En primer lugar el conflicto estudiantil entre "colegiales" y "manteístas" se soluciona con la victoria de éstos últimos.  Hay una victoria también del regalismo sobre el ultramontanismo, y de la plebe y baja nobleza sobre la aristocracia hacendada.  En segundo lugar, toda esta corriente unánime en contra de la Compañía de Jesús lleva a Carlos III a pedir a Roma la extinción de raíz de la orden.  La petición es hecha por los obispos de Burgos, Zaragoza, Tarazona, Orihuela y Albarracín, como miembros del Consejo Pleno, en 1768.  La machacona presión diplomática obligó al Papa a declarar extinguida la Compañía de Jesús en 1773.
¿Cuántos salieron?  El total de expulsados pasaba de 5.000; de éstos, más de 3.000 eran sacerdotes jesuitas.  Entre los émulos de Ignacio de Loyola y Francisco Javier figuraban algunos misioneros virtuosos y hombres de prestigio cultural, como Burriel, Masdeu, Eximeno, Arteaga e Isla, autor del famoso "Fray Gerundio", obra significativa para entender algunos aspectos del problema.

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13 sept. 2016

JESUITAS,REGALISMO Y ESQUILACHE

Historiadores jesuitas, lógicamente afectados por el problema, han estudiado el fenómeno de su expulsión.  Para los padres Eguía y Olaechea, el fondo de todo el asunto está en el regalismo.  Esta palabra, como ya hemos apuntado, significa independencia frente a Roma en el control de los asuntos eclesiásticos por parte de los Estados.  Es una lógica pretensión de los gobiernos de los países católicos y un fenómeno típico de la política del Despotismo Ilustrado.  La ideología de los ministros de Carlos III va a participar de esta tensión, que, por otra parte, no es localista.  La corriente circula de Portugal a Austria.  De Portugal serán expulsados los jesuitas en el año 1759 y de Francia en 1762.  Esto es, ocho y cinco años antes que en España.
¿Son antirregalistas los jesuitas españoles?  Por una parte, el cuarto voto de la Compañía de Jesús consiste en obediencia y fidelidad al Papa; esto puede suponer un apoyo a Roma, en contra de su gobierno.  Hay, sin embargo, pruebas concluyentes para hablar del regalismo de jesuitas españoles, más adictos, por tanto, al gobierno patrio que a la Curia Romana (pueden citarse, entre otros, a jesuitas regalistas como Rábago, Burriel, López, Lefèvre, Robinet...).
Cabe preguntarse también si la participación de los jesuitas en el motín de Esquilache fue la causa o el pretexto de su expulsión.
El motín de Esquilache es un atentado contra las reformas y puntos de gobierno de los reformadores y "manteístas".  Si los aristócratas y jesuitas organizaban y participaban en echar abajo estas reformas, es lógico que los miembros del gobierno lo consideraran como un atentado contra sus más sagrados principios.  En este caso, la expulsión de los jesuitas significará una advertencia a los aristócratas, quienes, como ya se ha dicho aquí, se educaban en los colegios de la Compañía.  Serían sacrificados los jesuitas en lugar de los aristócratas.  Esa era la idea.
Aunque estos factores son de tener en cuenta, es simplificar el problema.  Hubiera bastado con castigar a los pocos que participaron en el motín, si es que la situación no hubiera sido más compleja de lo que se adujo.  Tanto el regalismo como el motín de Esquilache son explicaciones parciales, que hay que verlas en función del binomio expuesto anteriormente.

11 sept. 2016

LOS JESUITAS COMO GRUPO DE PRESIÓN

Se justifica la expulsión de los jesuitas de España porque lo deseaba la mayoría del país; la querían los prelados, los ministros, el propio rey Carlos III.  La opinión es unánime.  Sin embargo, el problema merece una explicación.
Los hijos de San Ignacio de Loyola se habían extendido por todo el mundo; tenían gran influencia doctrinal y política; monopolizaban la enseñanza de las clases altas; controlaban la juventud y los cargos del Estado; su control llegaba hasta el confesionario regio, lo cual era muy importante y peligroso.  Los jesuitas formaban la conciencia del monarca, de sus ministros y de la "élite" del país (algo muy parecido a lo que supuso el Opus Dei en el Tardofranquismo).  Era, en suma, un grupo de presión en toda regla.
La opinión general de los españoles en el momento de la expulsión se puede resumir así:

"Era creencia muy común en el siglo XVIII que la compañía de Jesús había puesto demasiado empeño en engrandecerse a los ojos del mundo; que había sido muy solícita defensora de su propia estima y gloria humana; que la hacía odiosa su exclusivismo; que la cegaba el brillo de su esplendor, y que su principal verdugo había de ser el peso de su grandeza y poderío."

Cuentan con 112 colegios aristocráticos, donde los nobles educan a sus hijos.  Los jesuitas les enseñan que no tengan amistad ni trato familiar cn muchachos de bajo nacimiento, que con sus criados tengan las relaciones indispensables exigidas por el servicio; que su comportamiento no dañe el prestigio del colegio.  Les enseñan mucha urbanidad; montan los famosos exámenes públicos y toda una gama que se ha hecho clásica con el nombre de "educación jesuítica".
De los colegios salen los cargos y dirigentes, y éstos apoyan desde el poder a los colegios.  Estamos ane un círculo de apoyo mutuo y recíproco que garantiza una educación clasista.  Recordemos que estos colegios se habían autorizado en el siglo XVI para educar a estudiantes necesitados; pero esta finalidad había sido tergiversada por los propios jesuitas y los aristócratass.
Estos colegios -hoy los llamaríamos "universidades privadas"- desprecian a los universitarios pobres que estudian en las universidades del Estado.  Universidades estatales que decaen sobre todo por la competencia, porque tienen menos medios y porque los colegios les quitan las salidas profesionales.  Estos universitarios estatales se llamarán "manteístas" (se les obligaba a llevar manteo).  De entre ellos va a escoger Carlos III sus hombres de gobierno.  Vemos que la rivalidad entre colegiales y manteístas tiene un fondo ideológico y social.
El choque se había de producir y se produjo por el contacto inevitable de dos fuerzas poderosas.  Por ello la expulsión se apoyó principalmente en las ideas, en la política, en el espíritu de la Compañía de Jesús.  Por ello el monarca español se reservó en su real ánimo las causas de la expulsión.  Por ello sostenemos que sólo la inspiró un cambio esencial de política, una verdadera razón de Estado.
Cuando el Papa, dolido por la expulsión, escriba a Carlos III su famosa carta "Tu quoque fili mi", el rey de España le contestará diciendo que "son superabundantes las pruebas para expulsar para siempre de los dominios de España todo el cuerpo de dichos regulares (jesuitas)".
Forman una facción, un grupo de alta presión, un estado dentro del Estado mismo.  No son individuos aislados; Tanucci, consejero del monarca, lo subraya al decir que no comprende que un "padre" sea el director espiritual de un rey.
El consejo, al dictar la expulsión de los jesuitas, dirá que la Compañía encierra espíritu de fanatismo y de sedición, falsa doctrina e intolerable orgullo, nocivo al reino y a la prosperidad, y que contribuye al engrandecimiento de Roma.  Y el consejero afirmará:

"Es incompatible toda facción dentro de cualquier Estado con la subsistencia y conservación del Estado mismo: de suerte que o el gobierno civil ha de sucumbir y perecer o ha de expeler esta mortífera sociedad como una verdadera enfermedad política y de las más agudas que se han conocido en esta clase."

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10 sept. 2016

REGALISMO JANSENISTA EN ESPAÑA (y III)

El asunto del "Monitorio de Parma" tuvo resonancia europea.  El duque de Parma había mandado que los beneficios eclesiásticos no confirieran sino a los naturales de su país y que las bulas y breves del Papa no se publicaran sin su aprobación.  El Papa le contesta declarando ilegítimo el gobierno de Parma y anatemizando las resoluciones del gobierno y a quienes se sometieran a ellas.  Los Borbones presionan de palabra y por las armas.  En España, el asunto se lleva al Consejo de Castilla.  Es el momento que aprovecha el hábil Floridablanca para lanzar su "Juicio Imparcial", obra que encierra todos los argumentos en que se basa el regalismo y nodriza de los suesivos ataques a la Santa Sede.  El rey aprobó el "Juicio Imparcial", dejando claro con ello los derechos del trono frente a los del altar.
El conflicto con el papado parece resuelto.  Por si no quedaba claro que Carlos III obraba con firmeza en la expulsión de los jesuitas, más preocupados por la grandeza de Roma que por la del reino, habían aparecido y aparecerían obras que remachan el problema del regalismo.
En 1765 la Imprenta Real publicó el "Tratado de Regalía de amortización", obra del fiscal del Consejo de Castilla, Pedro Rodríguez de Campomanes, en la que se demostraba "el uso constante de la autoridad civil para impedir las ilimitadas enajenaciones de bienes raíces en iglesias, comunidades y otras manos muertas".
Esta obra, de repercusión internacional, que tenía por objeto refutar la pretensión de la Iglesia de poder acaparar bienes raíces sin limitaciones, tendrá honda repercusión en el siglo XIX.  Si la victoria real sobre el Papa fue efectiva, los que tenían que acusar el golpe eran también los jesuitas, ya que gozaban de la reputación de ser soldados del Santo Padre.
Si a todo lo dicho sumamos la dudosa lealtad de los jesuitas a la Corona en las colonias americanas, su alianza con la aristocracia y su clasismo universitario protegiendo al clan cerrado de los "colegiales", veremos que, a la altura de los acontecimientos, la fuerza de los jesuitas tenía que ser quebrada.
Carlos III era un hombre piadoso, pero su obligación de rey le obligó a limitar el poder de la Iglesia y a reformarla en sus dominios.  La política regalista de los Borbones y el nombramiento de hombres de ideas jansenistas para los altos cargos de la jerarquía eclesiástica en la última mitad del siglo XVIII, destruyeron la independencia y la autoridad de la Iglesia española.  El efecto más inmediato que el jansenismo y el regalismo combinados produjeron en España fue un absolutismo real semejante al de Luis XIV.  Al mismo tiempo, empero, socavaron la muralla más recia que se levantaba entre España y la Ilustración.  Pero ya hablaremos de estos aspectos más adelante.

8 sept. 2016

REGALISMO JANSENISTA EN ESPAÑA (II)

Este jansenismo especial era com´n a los dos reinos peninsulares.  Se manifiesta primero en Portugal por medo del clérigo Antonio Pereira, austero y canonista, quien publica obras exaltadamente episcopalistas y justifica las teorías del ministro portugués, marqués de Pombal, que había decretado la expulsión de los jesuitas en 1759 y había roto relaciones con la Santa Sede en 1760.
Sostenía Pereira que los obispos portugueses podían ejercer los poderess legales que la fuerza de la costumbre dejaba en manos de la Curia Romana y que la autoridad suprema de la Iglesia residía en los obispos.  De paso se creó la Real Mesa Censoria, después de quitar a la Inquisición la censura de libros.
España tampoco estaba exenta de espíritu regalista.  Esto no quiere decir que fueran heterodoxos o "jansenistas".   Eran, en su mayoría, excelentes católicos; pero querían separar el dominio del Papa del dominio de su soberano.  El pleito entablado entre el rey y el papado no había cesado con la victoria borbónica en el Concordato de 1753; seguían los intentos de revocarle mutuamente, lo que era síntoma de que las rivalidades se mantenían en pie.
Mejor que ahondar en los principios, expondremos algunos casos significativos, en los que se puede apreciar la virulencia de las posturas y de los que se pueden extraer conclusiones.
El "Catecismo" de Mesengui había sido condenado en Roma, que envía el edicto al inquisidor general de España, Quintano Bonifaz.  Éste publica la condena del libro, pere a que el rey había prohibido el 8 de agosto de 1761 publicar cosa alguna sin su consentimiento.   Dos días después, el inquisidor era desterrado.  Luego se somete al rey, quien le concede el perdón.  El propio nuncio se somete a la voluntad de Carlos III.  Éste va más lejos, y promulga el 18 de enero de 1762 la pragmática del "Exequatur", por la cual quedaba prohibido en lo sucesivo publicar bulas, breves o cartas papales que no hubieran sido sometidas al rey o aprobadas por el Consejo de Castilla.  De paso, obliga a que los índices y edictos inquisitoriales sean supervisados por el poder civil.  Pese a suspender posteriormente la aplicación del "Exequatur", el principio monárquico había ganado su primera victoria.
Isidoro Carvajal y Lancáster era un hombre piadoso, a quien forzó el propio Carlos III a aceptar el obispado de Cuenca.  Este prelado, ante las disposciones reformistas que disgustaban a numerosos eclesiásticos españoles, escribe unas cartas al confesor real, padre Eleta, en 1767, en las que decía, entre otras cosas:

"Que España corre a su ruina, que ya no corre, sino que vuela, y que ya está perdida sin remedio humano."

Y añade:

"Los que estamos como los israelitas, de la parte de afuera, vemos claramente que es la persecución de la Iglesia, saqueada en sus bienes, ultrajada en sus ministros y atropellada en su inmunidad."

El rey comprendió que debajo de esto había algo, y al instante se dio cuenta de la gravedad del paso dado por el venerable prelado.  Le pide explicaciones y encomienda el caso a los dos fiscales del Consejo de Castilla: Campomanes y Floridablanca.  Le refutan los exxcesos y errores de la carta, y ven que ha sido juguete de la facción antiesquilache y de los partidarios de los jesuitas.  El obispo es obligado a comparecer ante el Consejo de Castilla, quien, por boca de su presidente Aranta, le hace saber el descontento del monarca.  El obispo se excusa.
Esta sanción a un virtuoso prelado, aplicada, además, al poco tiempo de ser expulsados los jesuitas, significaba que el gobierno español no toleraba críticas injustificadas por parte de los príncipes de la Iglesia.

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4 sept. 2016

JANSENISMO REGALISTA EN ESPAÑA (I)

Debe su origen la palabra a Cornelio Jansen (Jansenio o Jansenius), teólogo flamenco, intérprete de las obras de San Agustín y sostenedor de la teoría de la predestinación, en contra del libre albedrío.  Esto ocurría hacia el año 1640.  Siguiendo las proposiciones de Jansenius y de Quesnel, una secta se concentra en Port-Royal, donde adoptan una estricta austeridad y un celo puritano por la antigua disciplina.  Son condenador, y el Papa y Luis XIV tratan de extirparlos; pero en el siglo XVIII siguentodavía vivos.
En este sentido no hubo janseanistas en España, ni rastro de las proposiciones sostenidas por Jansenio y condenadas por el Papa.  Lo que sí existían eran canonistas adversos a Roma, enemigos de la soberanía pontificia, críticos de los abusos de la Curia Romana, partidarios de las iglesias nacionales y aborrecedores de la Compañía de Jesús.
Los jansenistas habían atacado la doctrina del jesuita español Luis de Molina, apoyándose en las obras de San Agustín.  Los jesuitas contraatacan, y en su ardor extremista condenan a teólogos y defensores de las obras de San Agustín.  Uno de ellos es Enrico Neris, agustino, autor de un libro titulado "Historia Pelagiana", quien, de paso, atacaba las doctrinas de Molina.  Los jesuitas tratan de poner su obra en el Índice de Roma por jansenista.  No lo consiguen; pero sí lo logran en el Índice de Francia y de España.  Los jesuitas, claro está, dominan en la Inquisición.  Los agustinos españoles llevan sus quejas a Roma, y el Papa ordena al inquisidor español que excluya el nombre de Noris del Índice.  Mas la Inquisición desobedece, apoyándose en la protección del rey Fernando VI, hábilmente manejado por su confesor jesuita.
Es obvio que las órdenes religiosas españolas se sentían ofendidas por asuntos como éste y no estaban muy bien dispuestas hacia la Compañía de Jesús.
La cosa no para aquí.  Los jesuitas siguen atizando el fuego.  José Francisco de la Isla publica en 1758 una novela, "La historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas", sátira de las predicaciones religiosas de la época.  En veinticuatro horas se agotó la primera edición.  La Inquisición prohibió el libro; pero ello no impidió que las otras órdenes sintieran el escozor de la afrenta que les causaba la satira.
Los jesuitas siguen aumentando la tensión, atacando a Noris en las universidades y tachando de "jansenists" a los enemigos de la doctrina de Molina sobre la gracia y el libre albedrío.
La Compañía de Jesús era el brazo derecho del Papa y luchaba contra toda tendencia presente en el seno de la Iglesia de limitar la autoridad papal.  Surgen obras como la de Van Espen, "Febronius", y otras, atacando el aumento de la autoridad papal y haciendo prevalecer la autoridad de los obispos sobre la del Papa.  Estas obras, aunque condenadas por Roma, tienen aceptación entre los miembros de la Iglesia y entre los monarcas.

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31 ago. 2016

EL REGALISMO EN LAS ESPAÑAS

Fortalecer el poder real es la premisa indispensable para afrontar las reformas del país.  Esto es simultáneo a rodearse el monarca de unos consejeros fieles y competentes.  La tónica es limitar o eliminar cualquier obstáculo a las prerrogativas de la Corona.
Vamos a llamar "regalismo" a la postura del absolutismo borbónico en relación con la Iglesia, ya que las regalías son derechos que el Estado tiene o se arroga para intervenir en cuestiones eclesiásticas.
La tendencia centralizadora y uniformadora se había hecho realidad en las Españas del siglo XVIII.  En el orden político, ya veíamos la función de los secretarios de Estado, de los intendentes, etc.
La Iglesia católica era el único obstáculo que podía amenazar el absolutismo regio.  Para evitarlo, había que aminorar o impedir la influyente intervención de la Curia Romana en los asuntos de la Iglesia española.  Era obligado seguir una política parecida con la Inquisición, ya que el Santo Oficio vigilaba toda palabra pública y privada.  El otro aspecto preocupante para el Estado era el número, privilegios y riqueza del clero, ya que iban aumentando sus propiedades rurales e impedían que sus bienes raíces adquiridos fuesen en lo sucesivo enajenados.
Los Borbones tenían precedentes regalistas a imitar en los Reyes Católicos y en Felipe II, quienes, en sus dominios, lograron imponer su real voluntad en lo relativo a los asuntos temporales de la Iglesia y subordinar ésta a su señor temporal.  Los Borbones españoles también habían asimilado esta idea de Luis XIV, quien convirtió a la Iglesia en servidora de la monarquía absoluta francesa.  Las relaciones de Felipe V y Fernando VI habían sido tirantes con la Santa Sede.  En varias ocasiones expulsaron al nuncio, rompiendo las relaciones.
Por fin se llega al Concordato de 1753, el más ventajoso que había logrado España, por el cual el rey se reservaba el derecho de nombramientos, se quedaba con las rentas que recibía antes el Papa y podía exigir contribución de las tierras de la Iglesia.
Debemos tener en cuenta que no sólo Roma se opone a que el rey controle los aspectos temporales de la Iglesia.  El propio clero español tenía arraigada en su seno esta oposición, representada, sobre todo, por la Compañía de Jesús y la Inquisición.  En la práctica se manifestaban como una misma cosa, ya que el Santo Oficio, desde la época de Carlos III, estaba dominado por los jesuitas.
Ya habían dejado ver su oder a principios del siglo XVIII, cuando el Papa Clemente XI reconoció al archiduque Carlos, lo que obligó a Felipe V a reaccionar expulsando al nuncio y cortando las relaciones con Roma.
Los regalistas habían comenzado una campaña contra los abusos de la Curia romana.  Tal fue el caso del obispo de Córdoba, Francisco de Solís, y sobre todo de Melchor de Macanaz.  Éste era jurisconsulto, canonista y ex catedrático de Salamanca; en 1713 el ministro Macanaz presenta el "Memorial de los 55 puntos", rsumen de las quejas del gobierno español contra Roma y el nuncio, haciendo valer la posción del rey (regalista).  El memorial fue incluido en el Índice y Macanaz tachado de hereje y apóstata.  Obra maestra y significativa de su poder: la Inquisición y el confesor real, jesuita también, habían eliminado al ministro de Felipe V.
El fondo de estos problemas sigue pendiente cuando llega Carlos III al trono.
Algo importante: también en el seno de la Iglesia española se había formado un grupo dispuesto a mantener una política real firme.  Los jesuitas apodarán "janseanistas" a los sostenedores de esta postura.  La ambigüedad del término "janseanista", supone que echemos un paso atrás para poder calibrar la repercusión y el uso del janseansmo en las Españas.

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30 ago. 2016

EJÉRCITO Y MARINA DE CARLOS III

Las tropas se reclutaban por el sistema de voluntarios.  Cabe suponer que éste tenía poca efectividad, so pena de enganche popular, como el de 1792 contra Francia.  Otra forma de reclutamiento eran las "quintas", porque se tomaba un hombre de cada cinco.  Tampoco era un sistema eficaz, por las numerosas excepciones y porque algunas provincias no lo aceptaban o se quejaban, como Vascongadas, Navarra y Cataluña.  Las "levas" de vagabundos y ociosos producían malos soldados.  Se acudía, por fin, a reclutar soldados extranjeros: suizos, irlandeses y valones.
El ejército activo, aparte de los cuerpos de infantería, caballería e ingenieros, lo componían la guardia real, que aglutinaba alabarderos, guardias de corps, guardias españolas y valonas, carabineros y cuerpos de vigilancia.  Las milicias provinciales constituían las "reservas".
El ejército, en el mejor de los casos, alcanzaba la cifra de 100.000 soldados, bajo una jerarquía militar muy similar a la actual.
La organización del ejército, imitando el modelo del francés Louvois, va adquiriendo su fisonomía a base de regimientos, batallones, compañías y escuadronas.  De sucesivas reorganizaciones brotan los regimientos de línea, los batallones ligeros, compañías de fusileros, de gravaderos...
La fabricación de artillería era de buena calidad.  Son excelentes los cañones de bronce y hierro, fundidos en Sevilla, Barcelona, Liérganes y La Cavada (Cantabria).  Guipúzcoa abastece casi exclusivamente de municiones y armas de fugo.  A finales de siglo y evitando la proximida de la frontera francesa, se establecen fábricas de armas en Trubia y Oviedo.
Se contaba también con la Escuela de Ingenieros de Alcalá, la de Infantería de Puerto de Santa María, la de Caballería de Ocaña y la famosa Escuela de Artillería de Segovia, creada en 1764, y en la que destacaron directores y profesores como Lucuze, Gazola, Eximeno, Vicente de los Ríos y otros.
En esta somera alusión al ejército dieciochesco, debemos citar las disposiciones legales más importantes: Ordenanzas Generales de 1768 a 1800, las de Milicias de 1767 y la Real Cédula de 1773, referente al Consejo de Guerra.  Todavía hoy a los soldados se les habla de las famosas ordenanzas de Carlos III.
En 1700, y como pudo observarse por el desarrollo de la Guerra de Sucesión, España no tenía escuadra.  Posteriormente, la política irredentista italiana de la Farnesio y Alberoni conduce a crear respetables escuadras por medio de Patiño.
El marqués de la Ensenada aplica inteligentes medidas y logra montar una poderosa marina en los entonces creados arsenales de La Carraca (Cádiz), El Ferrol, Cartagena, Guarnizo (Santander) y La Habana.  Allí trabajan los famosos ingenieros Honorato Bouillon, Bryart, Muller, Ront y Gauthier.  La escasa marinería y las débiles dotaciones económicas eran, en exclusiva, la causa de que en estos momentos la marina española fuera inferior a la inglesa y a la francesa.
El navío de línea es el buque de guerra típico: dos, tres o cuatro puentes, protegidos por planchas de cobre armado con 60 a 120 cañones de bronce y hierro forjado, que lanzaban obuses o proyectivles de 4 a 36 libras  y a 3.000 metros de distancia.  Había también otros tipos: fragatas, corbetas, jabeques, urcas, paquebotes, bergantines, balandros, goletas, bombardas, galeras y brulotes.
Se crean durante el siglo XVIII los departamentos marítimos de Cádiz, El Ferrol y Cartagena.  Allí funcionarán las Compañías Reales y se formarán los "guardias marinas", para lo cual se necesitaba ser caballero hijodalgo notorio.  En estas escuelas brilla un interés cinetífico y práctico.  De aquí salen los célebres Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que forman parte de la comisión encargada de medir un grado de meridiano, y de aquí salen también los ilustres marinos de finales del siglo XVIII, quienes perecerán en Trafalgar junto con la escuadra.
En 1795, España contaba con una marina poderosa: 62 navíos, 48 fragatas y 125 naves menores.  En los astilleros había 14 navíos, 4 fragatas y 58 naves menores.  A pesar de los desastres bélicos de San Vicente, Trafalgar y la guerra de la Independencia, entre 1798 y 1820 no se construye más que una fragata y un bergantín.  La decadencia de la marina, en paralelo a la independencia de las colonias americanas, presagiaba la debilidad marinera de la época contemporánea.

27 ago. 2016

DIVISIÓN POLÍTICO-ADMINISTRATIVA

España se dividía en el Antiguo Régimen en estados diversamente organizados, con legislación particular y con distintas contribuciones a la hora de participar en los gastos nacionales.
Subsisten los típicos reinos de la Reconquista: Castilla, Aragón y Navarra. Castilla, muy centralizada, tiende a hacer proselitismo de su centralismo a base de invadir el país, extendiendo su dereccho.
La administración territorial, dividida con cierta base racional, la componen doce capitanías o reinos: Castilla, la Nueva, Castilla la Vieja, Galicia, Navarra, Aragón, Cataluña, alencia, Baleares, Granada, Andalucía (Sevilla), Extremadura y Canarias, con un capitán general haciendo funciones de gobierno.  Existen, por otra parte, 32 provincias, llamadas también intendencias, donde el intendente es el principal administrador.  Castilla está compuesta por 18 provincias, seis reinos y un principado.  Provincias: Ávila, Burgos, Cuenca, Extremadura, Guadalajara, León, Madrid, La Mancha, nuevas poblaciones de Sierra Morena, Palencia, Salamanca, Segovia, Soria, Toledo, Toro, Valladolid, Zamora e islas Canarias.  Reinos: Córdoba, Galicia, Granada, Jaén, Murcia y Sevilla o Andalucía.  Principados: Asturias.
Si los reinos revelan una personalidad geográfica e histórica y una uniformidad en la división jurídica, política y económica, las provincias exponencian una arbitrariedad total, con las consiguientes dificultades para su administración.  Algunos ejemplos de este caso: Asturias tiene 113 concejos; Ávila se divide en seis sexmos, cinco partidos y siete estados; Burgos se compone de partidos, merindades, cuadrillas y valles; León, de hermandades, pronvincias, concejos y jurisdicciones, etc.  Entre las provincias existe suma desproporción, ya que Extremadura es casi cuarenta veces más grande que Guipúzcoa.  Para completar el laberinto, unas provincias se incrustan en otras, dejando jirones, como la pronvicia de Toro, formada por tres distritos dispersos: Toro, Carrión y Reinosa.  Antequera, situada entre Sevilla, Córdoba y Granada, no pertenecía a ninguna de las tres; Baños de Palencia tenía tres feligresías pertenecientes a Orense y otra a Santiago, un lugar en la provincia de Salamanca, otro en la de Toro y una aldea en la de Cuenca.
Si a estas irregularidades sumamos las imbricaciones horizontales y verticales que deja el régimen señorial (triple jurisdicción en un mismo lugar), tendremos el típico caso del antiguo régimen.
En definitiva, el mapa general de la Península nos presenta cosas ridículas de unas provincias encajadas en otras, ángulos irregularísimos por todas partes, capitales situadas a las extremidades de sus partidos, intendencias extremísimas e intendencias muy pequeñas, obispados de cuatro leguas y obispados de setenta; tribunales cuya jurisdicción apenas se extiende fuera de los muros de una ciudad y otros que abrazan dos o tres reinos; en fin, todo aquello que debe traer consigo el desorden y la confusión.

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26 ago. 2016

MINISTROS Y CONSEJOS

Los organismos más importantes del poder central eran las secretarías o ministerios y los consejos.
Las secretarías del rey son anuladas en el siglo XVII por el poder de los validos.  El número de secretarios o ministros oscila en el siglo XVIII de dos a siete, aunque normalmente hubo cinco ministerios: Estado o Asuntos Exteriores, Gracia y Justicia, Hacienda, Guerra y Marina e Indias.  Se crean, además, tres direcciones: de Rentas, Real Hacienda y Comercio de Indias.  Los ministros absorben atribuciones de los consejos y se convierten en los principales responsables en la obra d gobierno, cobrando especial importancia en los reinados de Fernando VI y Carlos III.
Los consejos eran cuerpos consultivos y deliberantes y tribunales de apelación.  Existen consejos de Estado de Indias, Órdenes, Guerra, Hacienda, Inquisición, Cámara de Castilla y sobre todo el Consejo de Castilla, el más poderoso.
El Consejo de Castilla es un organismo jurídico y administrativo.  Cualquier nombramiento para un cargo público ha de pasar necesariamente por el consejo.  Carlos III introduce reformas importantes en 1766, nombrando un tercer fiscal y elevando a treinta el número de consejeros.  Su presidente (Aranda, a partir de 1766) era el primer personaje de Estado, después del rey.  Sus fiscales entendían en todas las cuestiones que consideraban de interés.  El consejo tenía dividida a España en siete circunscripciones, y eran los consejeros los que tenían bajo su mando toda la administración provincial.  En la práctica, ejercía el poder legislativo.  Sus sentencias y representaciones tenían fuerza de ley con la aprobación expresa o tácita del soberano.  Convocaba las Cortes por ser supremo tribunal administrativo, y como tribunal de justicia, entendía en casos de altra traición y lesa majestad.  El Consejo de Castilla supervisaba la enseñanza y las ediciones, los intereses económicos y la protección de las regalías.  En una palabra, la legislación, la Iglesia, la instrucción pública, la economía y la justicia están supeditadas al Consejo de Castilla, o, como dice Desdevises du Dezert, éste era simultáneamente un comité legislativo, un consejo político, el centro de la administración y un alto tribunal de justicia administrativa, civil y criminal.  En suma, si se paralizaban los engranajes del consejo, quedaba rota la vida polítco-administrativa del país.  Veremos lo que ocurre en 1808.
El Consejo de Estado, al desbordar sus funciones de política exterior, se constituye en supremo órgano gubernativo y abarca a todos los ministerios.  Destaquemos otra creación de la época de Carlos III: la Junta de Estado, ntegrada por los ministros o consejeros más íntimos del monarca.  Esta junta se parecía bastante al actual Gobierno o Consejo de Ministros.  También observaremos su comportamiento en 1808.
El gobierno regional, con excepción del virreinato navarro, correspondía a las audiencias, que tenían funciones de justicia y gobierno.  Eran presididas por los capitanes generales, con voto en asuntos de gobierno.  Capitanías generales y audiencias son la categoría inmediata a la Junta de Gobierno y al consejo en la jerarquía administrativa.  Durante el siglo XVIII se crean nuevas audiencias en Valencia, Zaragoza, Barcelona, Mallorca, Asturias y Extremadura, aunque pierden sus atribuciones económicas, que pasan a manos de los nuevos intendentes.
El intendente de provincia (representante del centralismo) es un funcionario creado en tiempos de FElipe V para ordenar la administración local, pero con atribuciones de defender la economía y fomentar la agricultura, industria y comercio.
Los corregidores seguían en importancia a las audiencias.  Tenían funciones poíticas y judiciales y fueron perdiendo su carácter judicial, que pasó a los alcaldes mayores.

22 ago. 2016

PROCESO CENTRALIZADOR

Felipe V (29 de junio de 1707) comenzó aboliendo los fueros de Aragón y Valencia, adelantando su propósito unificador y apuntando su "deseo de reducir todos mis reinos de España a la uniformidad de unas mismas leyes, usos, costumbres y tribunales, gobernándose igualmente todos por las leyes de Castilla, tan loables y plausibles en todo el universo".  Expresión clara de sus ideas políticas era su alegación de que "en el modo de gobernarse los reinos y pueblos no debe haber diferencia y estilo".  El derecho real alimentado por órdenes complementarias, contribuyó decisivamente a la desaparición del derecho foral en un proceso unificador que culmina en las Cortes de Cádiz.
Aragón, durante la Guerra de Sucesión, y debido a ella, pierde su condición de reino y se uniforma a las leyes y gobierno de Castilla; quedan suprimidos sus fueros (posteriormente se le devuelve sólo el uso del derecho foral privado); la chancillería es sustituida por la audiencia; cesa el justicia y su tribunal, las Cortes y su diputación, y el virrey es sustituido por el capitán general; el Consejo de Aragón es incorporado al de Castilla; su territorio, dividido en 13 corregimientos, y los 12 jurados son reemplazados por 24 regidores retribuidos; su nobleza pierde jurisdicción civil y criminal sobre sus vasallos.  El intendente se encargará de recaudar, pagar y fomentar la economía; antes las rentas reales no daban ni para pagar al virrey, al gobernador y a la guarnición de Jaca; ahora, las salinas, tabaco, alcabalas y cientos, y el cuartel de invierno producen varios millones de reales.  Posteriormente se les fijará una única contribución, cuyo producto alcanzará con oscilaciones los 800.000 escudos de a 10 reales, tendiendo siempre a que los ingresos fueran mayores y más equitativamente repartidos.
En 1714 y 1715 capitulaban Cataluña y Mallorca ante los ejércitos de Felipe V.  Patiño, presidente de la Junta de Gobierno asentada en Barcelona, comunicaba la abolición de sus antiguos fueros.  Completó estas medidas preliminares el decreto llamado de "Nueva Planta" (16 de enero de 1716), por el que se abolía "del todo la forma antigua... reformando estilos, costumbres y prácticas antiguas, pertenecientes al gobierno político, económico y empleos de jurisdicción suprema y ordinaria, estableciendo también un nuevo método en la formación de procesos y modo de juzgar las causas".  Subsistirán el derecho civil, mercantil y ciertas partes del derecho público.  Hasta el siglo XIX, Cataluña conserv particularidades del derecho penal y procesal, moneda, derecho tributario, exención de quintas...   Sin embargo, en 1716 se suprimieron los somatenes y el uso de la lengua catalana en los tribunales. Se les imponían la audiencia, capitanes generales, corregidores y regidores. Medida fustigada también por los historiadores catalanes fue eltraslado de la universidad de Barcelona a Cervera.
Parecidas medidas se tomaban en Mallorca.
Navarra y Vascongadas, por haber permanecido fieles a Felipe V durante toda la Guerra de Sucesión, mantenían sus fueros y privilegios, que el rey había jurado conservar.
Navarra conservó el título de reino, y su gobernador el de virrey.  Conservó también sus Cortes, diputación, consejo, Cámara de Comptos y su moneda.  De los numerosos cargos, sólo siete eran de nombramiento real, siendo el resto navarros.  Tenían leyes civiles propias y estaban exentos de quintas.  Pagaban al rey un subsicio.  Las aduanas españolas, establecidas en la frontera franco-española en 1712, volvieron al Ebro en 1722.  Hablan diversos autores de una Navarra próspera, bien administrada y distinguida por su lealtad y españolismo.
Las provincias Vascongadas conservaron sus fueros y sus organismos forales.  Durante el siglo XVIII, el poder central fue introduciendo representantes y delegados: capitán general, guarniciones, corregidor, alcalde mayor, aunque no supuso una merma sustancial a su independencia.  En 1804, Godoy intentó organizar militarmente a Vizcaya; pero los alborotos en la Zamalcoada obligaron al "Príncipe de la Paz" a desistir de sus intentos de política centralista.

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19 ago. 2016

EL RÉGIMEN BORBÓNICO Y CARLOS III

A partir de 1700, y ya durante la Guerra de Sucesión, se operaba en España una honda transformación institucional.  La multiivariedad político-administrativa de la España de los Austrias será sustituida por la regularización funcional borbónica.  No quiere decir que se logre una racionalización total, ya que subsisten muchos elementos antiguos.  Se consigue, eso sí, un conjunto abigarrado, aunque no con la nota características: borbónica, racionalista, ordenadora.  Ejemplo de ello son las capitanías generales y las intendencias, como reflejo de un centralismo gubernativo y administrativo.  Estos esquejes del absolutismo traen consigo la casi desaparición de autonomías municipales y de regímenes privativos de los antiguos reinos.  En resumen: maquinaria estatal bastante funcional y eficaz, pero con una complejidad suficiente para cortapisar el personalismo de un monarca por muy absolutista que fuera.

17 ago. 2016

EL MOTÍN DE ESQUILACHE (y VI)

La coyuntura revela la estructura, pero en mucho tiempo no crea nada históricamente importante, salvo en el caso de que una fración principesca, un clan nobiliario, una oposición regional, se aprovechen de la agitación espontánea para fines propios.  Un peligro de este tipo es el que han creído percibir -y han fingido descubrir- los que han atribuído el motín de 1766 a un complot de clérigos y cortesanos.
Pero después de 1750, tanto en España como en Francia, las cosas se hicieron menos simples.  Entre los campesinos pobres, periódicamente conducidos a la desesperación, y las capas dirigentes, fieles a las viejas normas -caridad prudente y policía dura-, han surgido los campesinos ricos, los arrendatarios de los derechos de almacenaje, los comerciantes, los funcionarios especuladores, una clase para la que el fin es el dinero, la libertad como medio, la conquista del poder social como proyecto.  Clase que se levantará dispuesta a formar, tanto en Zaragoza como en Vergadra, las "guardias nacionales" contra el cuarto estado y dispuesta a exigir, contra la antigua caridad y la "tasa del pan", los derechos para realizar incondicionalmente el valor del mercado.  En 1789, en Francia, esta clase registrará en las instituciones su visión del mundo, pero la alianza que se verá obligada a sellar con los campesino del "gran miedo" y los "sans-culotte" de las ciudades la llevará más lejos de lo que hubiera querido ir.
Mucho antes, Aranda, aristócrata audaz, Roda, fino político, Campomanes, abogado reflexivo y trabajador, habían emprendido, con una sorprendente clarividencia, la tarea de unir la suerte de la monarquía española a los intereses de las nuevas clases.  Evitaron la revolución, pero España no se transformó en sus raíces.  A cada crisis periódica se confirmó la alianza de la naciente burguesía y el despotismo ilustrado.  En 1789, los "rebomrois del pan" de Barcelona no fueron más que una "guerra de las harinas".  El 27 de mayo, día en que Sieyès proponía al clero francés que se uniera a las deliberaciones del Tercer Estado, un burgués de Barcelona anotaba en su diario este doloroso desenlace de otra crisis clásica: "Han ahorcado a cinco hombres y una mujer, mientras dos mujeres y un hombre, atados a la picota, miraban cómo colgaban a los desgraciados.  La primera en ser ejecutada fue la mujer, que murió con mucho valor y grandeza; los hombres fueron inmediatamente después, también con valor.  Son los del rebomboris del pan del 28 de febrero último; eran jefes del motín en que se quemaron las barracas que vendían pan en las plazas, y también quemaron el Pastim o panadería pública; y quién sabe lo que fue robado en ese Pastim y en otras muchas casas; porque todo esto era un gran bandidaje; las mujeres llevaban el fuego a los hombres; todo era una Babilonia; las corporaciones y colegios tuvieron que salir para mantener la seguridad que la Justicia no podía asegurar; la confusión duró tres días; después todo se calmó; no hubo más que estos pobres desgraciados que fueron llevados a la prisión del Rey y una noche los condujeron a la ciudadela y los pusieron en capilla; al tercer día se los llevaron por la fuerza, sin gran cortejo y casi sin espectadores, ya que no se veía a nadie en las calles, todas las casas tenían las puertas cerradas, en un duelo tal y en tal silencio que se hubiera dicho un jueves o un viernes santos; toda la tropa de la ciudad, de la ciudadela y de Montjuic estaba en armas, para el caso de que hubiera habido algún movimiento; y las corporaciones, los colegios y los alcaldes de barrio patrullaban por la ciudad.  Gracias a Dios no pasó nada.  Los colgaron.  Que Dios les perdone.  Amén."

16 ago. 2016

EL MOTIN DE ESQUILACHE (V)

Dediquémosle unos párrafos a comparar los hechos acaecidos durante el motín con los que luego sucedieron durante la revolución francesa de 1789.
En primer lugar hubo una acción de masas en todo el sentido de la palabra, con las calles ocupadas por la multitud y enfrentamientos con la guardia valona.  Hubo asimismo una marcha sobre el Palacio Real, sitiándole, humillando al rey y obligándole a firmar, una por una, las propuestas populares.  El monarca huye secretamente por los subterráneos del Palacio Real y se dirige a Aranjuez con su familia y Esquilache (políticamente el motín había ganado).
El programa de los sublevados fue presentado al rey por este orden: exilio de Esquilache y de los suyos; supresión de la comisión de subsistencias; bajada de los precios en cuatro cuartos; mantenimiento del traje tradicional; hispanización del ministerio; retirada de los guardias valones; vuelta del gobernador del Consejo, Rojas, a su obispado.
No se puede ni se debe pensar que el motín fuese organizado por los propios reformadores ni tampoco por los contrarrevolucionarios, entre otras cosas porque si el motín era de inspiración antirreformista y clerical, su victoria fue de la talla de Aranda, Roda, etc, expulsores de los jesuitas.  Esto dice mucho.  Por otra parte no se necesita buscar intrigadores políticos por el hecho de que estos movimientos tengan repercusiones políticas.
Estos motines de 1766 constituyen un episodio más de la revolución burguesa, con típicas características españolas y madrileñas, motines que a veces son aprovechados por los reformadores y a veces por los reaccionarios.  Debemos añadir que si la revolución burguesa, bajo la forma de despotismo ilustrado, fue verdaderamente atacada en marzo de 1760, se defendió bien, a base de sanciones y de toda una serie de precauciones.
Los motines de provincias -y se dan por docenas casi simultáneamente- tienen un carácter mucho más económico, y por tanto, mucho más social, lo cual, a su vez, explica que los amotinados sufrieran ejecuciones más anónimas pero más masivas.
Los amotinados -claro está- no atacan en las provincias a los ministros ni a los representantes políticos, sino a los responsables económicos: intendentes y grandes comerciantes, considerados como acaparadores de granos.
Cabe pensar que, como en Madrid, las libertades eclesiásticas, permitiendo las concentraciones de hambrientos y justificando sus quejas, crearon un buen terreno de agitación social.  Pero esto no significa complot.
En los motines de provincias, repetimos, se ataca a la autoridad económica, por considerarla cómplice y responsable de su miseria.  El castigo a los urureros es su objetivo, y queda documentado en numerosas frases como éstas:

"Quemar a los usureros, saquearlo todo, pues tenemos derecho los pobres."
"La usura es el robo del pueblo."

El hijo del intendente de Zaragoza se ofrece como víctima, pero los amotinados contestan:

"No queremos la vida, que es de Dios, queremos lo que es nuestro."

Podríamos calificar de extraña e ingenua la actitud de los amotinados para con el gobernador, mientras sguen quemando y destrozando los objetos de las casas del intendente y de los usureros, como en Zaragoza.  Aquí, el que dirige el motín es un estudiante, quien pide al representante del rey, en nombre del pueblo, castigo para los usureros, imposición de la tasa del pan, que éste se venda a horas fijas, etc.  La autoridad cede a estas reivindicaciones, aunque luego colgará a más de una docena de cabecillas. Los que ponen en movimiento las grandes máquinas de estas agitaciones son las débiles mujeres y los niños, que suelen tener un influjo electrizante.
Nada de complot por tanto.  Son motines de subsistencia, lo mismo en Zaragoza que en más de 50 ciudades y pueblos grandes de toda España.
Ésta es la imagen de la lucha de clases en la España de las Luces.  En la base, en las estructuras profundas, sigue existiendo la contradicción fundamental entre el campesino y el señor, el campesino y el diezmero, el campesino y el usurero.  A cada crisis de subsistencias -y no son escasas-, el campesino pobre se hace vagabundo, engrosa las masas urbanas, se convierte en fermento revolucionario.  Pero esto es tan frecuente, tan habitual, que los remedios no son menos clásicos que las causas: caridad del clero, reglamentación autoritaria de los precios y la "horca" para los "cabecillas" a modo ejemplarizante.

15 ago. 2016

EL MOTÍN DE ESQUILACHE (IV)

¿Fue víctima la plebe de la influencia de los poderosos?  Existe suma oscuridad para contestar a esta pregunta, pero cabe afirmar que no hubo una oposición concertada, pues de haberla habido, el motín se hubiera convertido en revolución.  Olvidemos la explicación tópica y de ninguna manera probatoria: las capas y los sombreros resultan anecdóticos y poco profundos como motivo de una rebelión.  Analicemos, por ejemplo, el odio del madrileño hacia los extranjeros.  Es un argumento también muy explotado, y que en ningún caso pudo representar otra cosa que una circunstancia propicia para el desarrollo de los acontecimientos.  Los hechos materiales, sin duda, tienen un claro sabor popular.   A primera vista, parecería existir una oposición capaz de arles una expresión política:

El Inglés impertinente,
El Portugués arrogante,
El Italiano puyante, 
Y el Argelino insolente; 
Los Holandeses muy ricos, 
Los Franceses con ozicos, 
El Marruecos en algo media, 
Y todo eso lo remedia
El sombrero de tres picos.
Que estén las Indias rendidas,
Los pueblos abandonados, 
Los lugares despoblados,
Las letras y armas perdidas,
Las plazas desguarnecidas,
Y otros con lo que hurtan ricos,
Todos son estorbos chicos, 
Lo que sólo importa es
Que anden con cabriolés
Y sombreros de tres picos.

Cabe pensar que en estos versos se comentan opiniones que sólo se sabían en los medios políticos bien informados.  Pero no son suficientes este y otros testimonios aducidos para probar un complot nobiliario o eclesiástico.  Máxime, si tenemos en cuenta la variedad ideológica del contenido de los panfletos, como éste, netamente anticlerical:

Clérigos que sobran sobran,
Aya menos ordenados
Y no le faltarán al Rey soldados.
Mucho fraile es mucho fraile;
siendo los conventos menos
Serán pocos y más buenos.
Un abate es un abate;
mas si en Palacio se mete
Es espía y alcahuete.

El informe llevado al rey por el presidiario Avendaño habla de múltiples descontentos; prueba las múltiples plumas de las que pudo salir.  Estos mismos descontentos masivos dan al motín complejidad y  fuerza: evasión del oro, tesoro vacío, Imperio perdido, quejas fiscales, reformas urbanas, despidos administrativos, incidentes mortales en fiestas oficiales (23 muertos en la boda real), decepciones militares y diplomáticas, crisis agrícola, hundimiento de la ganadería, asunto de los sombreros....

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11 ago. 2016

EL MOTÍN DE ESQUILACHE (III)

Ya nos referimos, al hablar de la comercialización de los productos agrícolas, a las tácticas del almacenamiento e graos, para vender más caro e los años difíciles y en los meses mayores.  Con la esperanza de la "igualación" de los precios y justificando la libre circulación de granos, decía un informe de 1760:

"Los labradores, o son pobres o son ricos; el pobre está obligado a vender rápidamente sus granos, pues no tiene los medos necesarios para tratar a la vez de guardarlos y sembrar de nuevo.  Pero, si el año es bueno, los precios son tan bajos que este labrador pobre no saca de su renta n siquiera los gastos del cultivo; si el año es malo, la falta de cosecha es la que le arruinará."

Podemos decir que los propietarios luchan por los intereses de la tierra; los comerciantes, por la lbertad de los productos de la tierra, ya que el valor del cambo triunfa y se instala en la sociedad.  Pues bien, los trabajadores y la masa de las ciudades y los campos lucharán por la subsistencia.  Responsabilizan a la autoridad, a la que admiran, si limita las consecuencias de la escasez; la odian, si la consideran cómplice de la huida de los productos y del acaparamiento de granos.
La articulación de una típica crisis de subsistencias y el primer intento de legislación liberal sistemática, inspirada en la ideología de los ministros ilustrados, provocan la conjunción de la cólera popular y mal talante antiinovador de las clases altas.  Las gentes de la corte y la primera capa social de la ciudad se unen en al populacho en gran conformidad de tendencias y opiniones.  En la época de los reglamentos (tasas), el pueblo acusa de sus desgracias a las estaciones; después (libertad de granos) acusa a la nueva administración.  Esto era lo que había ocurrido en las Españas de Carlos III, de Equilache y de Campomanes.  La defensa del libre comercio es una de las características distintivas del pensamiento económico español del siglo XVIII cuyo más alto representante, Campomanes, lo generaliza y justifica así:

"... para mantener la competencia de los granos y evitar que se oculten, hay que abolir enteramente la tasa y restituir la confianza pública en el labrador, productor, granjero, diezmero, para que cada uno pueda vender libremente sus granos al preco corriente, lo mismo que en el caso de todos los demás productos que se compran y se venden."

Hay que tener en cuenta que esta libertad de granos se afirma en España en época de abundancia, y extraño es que Campoanes insinúe que los malos años "son más un asunto de opinión que una realidad".
Cuando en marzo de 1766 el precio del trigo alcanza su máximo estacional de crisis, ¿cómo no atribuir esa carestía a la libertad de granos y al gobierno las consecuencias de la esterilidad de los últimos años?  Estos motines españoles de 1766 sólo pueden explicarse como típicos de una crisis de subsistencias.  La sequía, las malas cosechas, el hambre, deben ser más subrayados.  Los contrastes entre los años buenos y los malos y sus secuelas en los precios son algo elemental, significativo y tremendamente explicativo.
En los cautro años que precedieron al motín, el trigo costó en Castilla 1.328 maravedíes la fanega, frente a los 788 en el curso de los siete años precedentes.  En 1766 los precios ceden; pero los motines ya estaban gestados, y pudieron ser debidos a las medidas determinadas por los propios motines.  Los precios suben en todas las provincias entre 1762 y 1767.

8 ago. 2016

EL MOTÍN DE ESQUILACHE (II)

Los historiadores de la época explican el hecho dando una imagen política madrileña de las capas y sombreros redondos contra un ministro inoportunamente innovador.  Tienen tambén en cuenta las malas cosechas y la carestía de la vida.  Apuntan, pero sin dedicarse a tomar postura, un complot urdido en lo medios de la corte y de la Iglesia, como decidirán Aranda y Campomanes al achacárselo a la Compañía de Jesús.
En nuestros días se enfoca el problema desde el prisma  de una tentativa abortada de las clases dirigentes conservadoras para derribar la corriente reformadora surgida alrededor de Carlos III.  Tendríamos, por tanto, una contrarrevolución, enfrentada a la revolución que suponá para ciertos medios la postura inicial de Carlos III.  La inquietud y el desasosiego del pueblo fueron simplemente los elementos que utilizaron los inductores para provocar las revueltas y modificar así el rumbo reformista del gobierno.  Lo de las capas y los sombreros no fue sino el pretexto más a mano para manifestarse y combatir contra una obra de gobierno que era radical en las medidas económicas y afectaba, de modo principal, a la alta nobleza.  Y si se sublevan los de abajo, lo hacen manejados por algunos aristócratas, religiosos y sacerdotes.  Algunos religiosos influyeron en el pueblo, le animaron y justificaron sus excesos.
La escasez o la carestía de los alimentos fueron circunstancias propicias, así como la calidad extranjera de algunos ministros, para alimentar la algarada.  El motín de Esquilache, no obstante, no frenó las reformas, sino que obligó a tomar nuevos ministros, nuevas meidas, expulsiones de personajes, de jesuitas... pero las reformas ampliaron su impulso, aunque a partir de 1766 se hicieron con mayor cuidado.
De todos modos todavía podríamos darle una dimesión más amplia al motín de Esquilache, haciéndole cobrar un pleno sentido histórico.  Las emociones populares necen de las crisis económicas, en este caso de la del Antiguo Régimen: son de naturaleza agraria, de periodicidad corta, y se manifiestan por la escasez de productos alimenticios y por su carestía.  Los enfrentamientos entre las clases conservadoras y las ascendentes dependerán del grado de madurez de estas contradicciones estructurales.
A la luz de las estructuras, vemos cómo la Iglesia se había apropiado de un cuarto de la renta bruta agrícola del Reino de Castilla, de tres cuartas partes de la renta inmobiliaria y de otro tanto de los bienes sustraídos a la circulación de las riquezas, como lo eran los mayorazgos aristocráticos.
Los innovadores provenían de las clases medias, eran universitarios becados por el gobierno y atacaban los bienes de amortización, como el muchas veces citado Campomanes.  Resulta, pues, evidente que aristócratas y clero, ante una eventual oposición, se encuentren entre los miembros más activos.
Los ministros extranjeros, los burócratas "golillas" y el propio rey que les protege y da vía libre a sus innovaciones, no podían escapar a las críticas de grandes y prelados.  Cabe preguntarnos: ¿las fuerzas reaccionarias atacaron la autoridad absoluta del rey?  Pues sí.

6 ago. 2016

EL MOTÍN DE ESQUILACHE (I)

Previamente señalaremos los hechos de este grave suceso, para luego pasarles revista a la luz de la historiografía actual.  Veremos que la orientación política y la utilización de estas crisis como instrumentos de lucha en los conflictos de más alto nivel y a más largo plazo, que enfrentan a las clases conservadoras del antiguo régimen con las clases ascendentes, dependen del grado de madurez de estas contradicciones de estructura.
Los hechos se podrán resumir de la siguiente manera:
El marqués de Esquilache tenía bastante con su condición de extranjero para no ser popular.  Muchos súbditos espaoles estaban quejosos porque Carlos III concedía altos cargos del gobierno a extranjeros.  La Guerra de los Siete Años, en la que España había luchado al lado de Francia y en contra de Inglaterra, fue desastrosa para los españoles, ya que tuvieron que ceder la Florida a Inglaterra.  Quien había firmado el Pacto de Familia con Francia era Grimaldi, lo que influyó para ser nombrado prmer secretario de EStado, mientras que Esquilache era secretaro de Guerra y Hacienda.  Los resultados negativos de esta guerra se achacarán a los dos ministros italianos.
Por si aún eran poco populares, en los años siguientes llegó a España la plata americana, estancada durante la guerra, produciendo una inflación, agravada por cuatro años de sequía y malas cosechas.  Los precios se disparan con suma velocidad, sobre todo en Castilla.
Los más pobres sufrieron lo indecible, y atribuyeron sus miseras a las medidas sobre granos adoptadas por Esquilache.  Éste ya tenía fama de estrujador de los distintos grupos sociales para costear sus innovaciones ministeriales: carreteras, faroles para Madrid... Para colmo, se achaca a Esquilache fama de malversador, a su mujer se la consideraba fácil al soborno y a su hogar se le pone la nota de inmoralidad.
Hechos ya en cadena: el 10 de marzo de 1766, Esquilache resucita la orden que prohibía a los madrileños llevar sombreros chambergos y capas larga, el uso de armas cortas, blancas y de fuego, juegos de azar, etc.  Aunque esta medida tendía al orden y seguridad públicos, produjo enojo en la sociedad.
El dominog de Ramos, 23 de marzo de 1766, estalló en Madrid un motín formidable al grito de "Viva el rey! ¡Viva España! ¡Muera Esquilache!"   Los amotinados se entregaron a graves atropelos contra los soldados valones, asaltaron la casa de Esquilache y quemaron sus muebles, apedreando a Grimaldo y restruyendo los famosos faroles de la discordia.
Carlos III no quiso enfrentarse con el pueblo, y tuvo que aceptar las exigencias de un representante de la muchedumbre, consistentes en: 

-el destierro de Esquilache.
-bajar el precio de los comestibles.
-revocar la ley que obligaba a los madrileños a cambiar su modo de vestir.

La calma renació en Madrid.  Pero la chspa se propagó por varias ciudades y pueblos, principalmente del centro de España.  Pedían el abaratamiento del pan.
Aranda, que de resultas del motín había sido nombrado presidente del Consejo de Castilla, hábilmente apaciguó la situación y anuló la mayoría de las concesiones hechas por el rey.  Una buena cosecha ayudó a resolver los problemas.  No obstante la conmoción interna fue honda e hizo perder la calma, por primera vez a Carlos III.
Posteriormente corre la voz  de que el motín ha sido dirigido y de que en él han participado nobles y clérigos.  La expulsión de los jesuitas estaba trabada con el "affaire" de Esquilache.  ¿Fueron sus causantes o las víctimas propiciatorias?

4 ago. 2016

INICIO DE LAS REFORMAS DE CARLOS III (II)

En política exterior, entre 1761 y 1770 vive la época dorada el Pacto de Familia.  Carlos III no se dejará dominar por Frania, y, pese a reconocer la decadencia material de España, intentará resolverla a su manera: abriendo caminos, protegiendo a la industria y fomentándola para no facilitar materias primas a Francia.
En 1760 comenzarán las reformas enérgicas y eficaces en la Hacienda, que debe afrontar la tensión bélica internacional; se impone una revolución en el sistema militar de defensa tanto en España como en las indefensas Indias.  Para mantener la unidad de este Imperio hay que reemprender el armamento naval iniciado por Ensenada.  Forjar una escuadra poderosa suponía construir y mantener muchos navíos y todo esto costaba mucho dinero.  Los siete años de Esquilache son abundantes en cédulas, autos, decretos y resoluciones de carácter financiero.
Las reformas carloterceristas se buscarán la enemistad de los estamentos privilegiados.  En estos años se constituye la Junta del Catastro, condición indispensable para ir al impuesto único y universal.  En ella formaba parte Ensenada, con lo que se daba a entender que eguía su política reformista y se condenaba a sus reaccionarios adversarios.
Otro desasosiego para la nobleza lo constituye el que las numerosas vacantes del Consejo de Castilla sean cubiertas por "manteístas", amigos de la política reformista y enemistados con el espíritu clasista u nobiliario de los "colegiales".  Éstos pertenecían a un sector social más elevado, y constituían una liga "mucho más estrecha que los francmasones".  Este golpe fue mal encajado por la aristocracia española.  Y lo completará creando la orden de Carlos III, que abre las puertas de la nobleza a las clases mediasy refleja un rotundo cambio de la política.  La rancia aristocracia es sustituida por la virtud y el mérito: "Virtut et merito" es el distintivo de la orden de Carlos III, o, lo que es lo mismo, el triunfo de los nuevos sectores sociales.
Los nuevos nobles no son bien acogidos por los viejos, que les consideran intrusos, y si entre ellos titubean, a los nuevos les tratan de "excelentísimos señores".  Este malestar de la nobleza se deja traslucir rápidamente, e intrigará en las ocasiones que se le presenten.  Por ejemplo, se plega en torno al futuro Carlos IV y su mujer María Luisa.  Ésta era poco amiga de su suegro, y Carlos IV era un ente ignorante, grandullón y más voraz que todos los anteriores Borbones juntos, comilones acreditados todos ellos.
En resumen, el rey renía poca necesidad de los consejos de la aristocracia, y le iban mejor los burócratas de carrera, esto es, los efectivos "manteístas" y "golillas".
Tampoco los privilegios monopolistas, los Gremos Mayores de Madrid, están muy de acuerdo con la política económica del nuevo monarca, y esto tanto por su carácter cerrado como porque no les gustan las medidas hacendísticas de Esquilache.  El rey, aunque no les atacó a fondo, siempre estuvo receloso hacia ellos.
La postura que adopte el gobierno en los problemas eclesiásticos también provocará el descontento del alto clero.  Las reformas tienden a limar los ingresos en la Iglesia y gravar al clero con algunas contribuciones; se prohibía la nueva amortización de bienes a la Iglesia; se restringía su inmunidad  y la autoridad de los jueces eclesiásticos; se mandaba que los sacerdotes desocupados se reintegraran a sus iglesias; los bienes que pagaban a una iglesia o comunidad eclesiástica quedaban sujetos a los impuestos regios, etc.
Estas medidas hay que verlas en el ámbito general de la política gubernamental y en el marchamo europeo.  Toda la sociedad estamental comienza a ser urgada; las clases medias exigen, reforman.  Se ha abiertola puerta a las críticas del antiguo régimen, que terminarán hundiéndolo.