6 feb. 2014

AMÍLCAR BARCA

El nombre "Barca" significaba "rayo", y lo cierto es que los Barca hicieron siempre honor a su apellido. Amílcar era un militar brillante y un político habilísimo sostenido por el partido militarista de los comerciantes e industriales, frente a la oposición del artido agrario, capitaneado por Anón.
La derrota del 241 supuso la quiebra del partido de Amílcar, y éste, en consecuencia, se vio obligado a presentar su dimisión como general, al mismo tiempo que Cartago se rendía ante la superioridad bélica romana.
Las tropas ciudadanas dirigidas por Anón fueron derrotadas vergonzosamente en su primer encuentro con los mercenarios. La oligarquía agraria no tuvo entonces más remedio que suplicar a Amílcar que salvara la ciudad. Aunque éste se resistió, pues no le agradaba luchar contra los mismos hombres que había dirigido en sus campañas, no es difícil intuir que le interesaba ante todo elevar su prestigio y lograr un apoyo más decidido por parte de sus adversarios políticos. Al fin, cuando supo que los rebeldes habían enterrado vivos a 700 cartagineses y cortado las manos y machacado las piernas a su colega Giscon, se decidió a actuar sin contemplaciones.
Con sólo 10.000 hombres, reunidos a duras penas entre la población sitiada y adiestrados aceleradamente, Amílcar se enfrentó a los 50.000 hombres que le asediaban. El cerco se rompió; los mercenarios fueron atrapados por el astuto general en un desfiladero que taponó por ambos lados y se sentó a esperar que muriesen de hambre. Efectivamente, los desgraciados comenzaron comiéndose sus caballos, echando luego mano de sus esclavos y prisioneros. Finalmente, cuando estaban a punto de devorarse los unos a los otros, los jefes de los rebeldes estuvieron dispuestos a llegar a un acuerdo con Amílcar, pero éste apresó a los parlamentarios, los hizo crucificar y lanzó a sus tropas y sus elefantes contra los soldados que, privados de jefes, perecieron en la espantosa carnicería que le siguió. De este modo comenzó el desmoronamiento de los rebeldes: era el año 238 a. de C. Posidonio calificó aquélla como "la guerra más cruel y salvaje de cuantas en la Historia se habían conocido". Finalmente Cartago organizó un fastuoso desfile de la victoria en el que los jefes de los rebeldes que habían sobrevivido fueron torturados con el mayor sadismo, siendo finalmente ejecutados a latigazos hasta la muerte.
Cuando roma vio que Cartago volvía a levantar cabeza su actitud dio un giro de 180 grados. Los rebeldes de Cerdeña volvieron a pedir ayuda a Roma, convencidos de que Cartago, con las manos libres en África, no tardaría en caer sobre ellos. De inmediato, un ejército expedicionario romano desembarcó en la isla y Cartago protestó enérgicamente, a lo que el Senado de Roma respondió declarándole nuevamente la guerra a Cartago.
Es obvio que Cartago no estaba en condiciones de aceptar el reto, por lo que tuvo que renunciar a sus posesiones en Cerdeña e incluso pagarle a Roma un tributo suplementario de 1200 talentos sobre lo que ya debía de la primera guerra.
La pérfida conducta de Roma provocó que Cartago explotase de odio, olvidase todas sus rencillas internas y tomase relevancia un partido militarista que se convirtió, de la noche a la mañana, en el ideal pragmático de la nación entera. Y tras él estaba, cómo no, Amílcar Barca.

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