28 feb. 2014

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (V): LA BATALLA DEL RÍO TREBIA

Los galos, a quienes Aníbal había imaginado esperándole con los brazos abiertos, no acababan de decidirse a marchar contra Roma del lado de los cartagineses. Esto fue lo que decidió a Aníbal a ocupar por la fuerza la capital de los taurinos (Turín); el espanto producido entre los galos por el trato que dio a la ciudad provocó la adhesión inmediata de los indecisos y así, con las tropas y caballos que recibió, el general cartaginés pudo avanzar hacia el sur.
Publio Cornelio Escipión salió a su encuentro. Junto al Ticino, afluente del Po, se trabó un combate en el que los romanos llevaron las de perder (recordemos que jamás se habían visto elefantes en aquella zona y la impresión debió ser muy desmoralizante para los ya poco aleccionados defensores de Roma). El mismo Escipión, gravemente herido, se salvó gracias a la ayuda que le prestó un hijo suyo de 17 años, del que no tardaremos en ocuparnos extensamente.
Los romanos, a duras penas, pudieron reagruparse en Trebia, un lugar escarpado junto al río del mismo nombre, donde podrían esperar refuerzos que, mandados por el cónsul Tiberio Sempronio, ya se acercaban a marchas forzadas. Cuando al fin apareció Sempronio, la moral de los romanos se elevó. Escipión era partidario de evitar el choque abierto con Aníbal. En su opinión era preferible dar largas, ganar tiempo hasta que llegara el invierno, y con él, la paralización de la guerra. Sólo así sería posible adiestrar debidamente a sus tropas y poner a prueba la moral de los mercenarios de Aníbal así como la fidelidad de los galos que luchaban en su bando que, dada su inconstancia y versatilidad, le abandonarían en cuanto viesen que la guerra se prolongaba demasiado.
Sempronio, por el contrario, prefería atacar de inmediato, sin dar reposo al enemigo. Como además, él era el único jefe mientras Escipión permaneciera imposibilitado por sus heridas, su criterio fue el que se impuso.
La batalla se dio sobre el río Trebia. En un gélido amanecer, Aníbal, astutamente, provocó al imprudente Sempronio. Los romanos, medio dormidos y hambrientos, salieron a toda prisa hacia el río en persecución de los destacamentos que Aníbal había enviado para atraer al enemigo. Seguros del éxito, los soldados fueron pasando las heladas aguas del río, que les llegaban a medio cuerpo. Empapados y ateridos, no pudieron defenderse cuando Aníbal descargó sobre ellos toda la potencia de sus guerreros.
El año 217 también fue desastroso para Roma. En menos de tres horas, Aníbal destrozó otro ejército romano después de bloquearlo en las orillas del lago Trasimeno. El cónsul Flaminio pereció en la batalla y su colega Servilio fue vencido poco después en otro encuentro en el que la mitad de sus soldados fueron exterminados y la otra mitad hechos prisioneros.

En la siguiente entrada referiremos, a través de la pluma de Tito Livio, hasta qué punto Roma se desmoralizó ante tanta derrota y cómo cundió el terror entre la población.

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