15 may. 2017

LA QUIEBRA DE LA MONARQUÍA ABSOLUTA (II)

La interpretación y aplicación de estas disposiciones crea confusión, ya que los señores han perdido las jurisdicciones en manos de una unidad deseada por políticos y juristas.  No obstante, siguen cobrando rentas y prestaciones contra las que los pueblos se rebelan persistentemente.  En 1820 se planteará de nuevo la cuestión abolicionista. La dirección política de España será llevada a cabo desde 1814 por un gobierno legitimista, que pretende ser la manifestación de la voluntad divina, ante la que únicamente se siente responsable.  La acción política responderá a un gobierno personal.  Los ministros son directamente responsables ante el monarca.  Fernando VII consume docenas de ministros, a los que destituye o hace caer en desgracia.  En esta inestabilidad se dan casos curiosos, como el tener dos ministros de Asuntos Exteriores simultáneamente; o este otro: los ministros de Marina Hacienda y Estado no se enteraron de la compra de una flota podrida a Rusia, que, aparte de resultar inservible, costó a España 217.600.000 reales; el ministro de Asuntos Exteriores, Ceballos, tardó cuatro meses en enterarse de que España había entrado en la Santa Alianza.  Durante este sexenio, los ministros duraban en sus cargos un promedio de seis meses -en estas crisis permanentes los ministros pasan del ministerio a la cárcel o al destierro-; a uno se le exonera del cargo por cortedad de vista.
Si los ministros están ignorantes, ¿quién toma las decisiones?  Esto nos lleva a la influencia y existencia de unos consejeros privados que dialogan y deciden con el monarca.  Hay un párrafo probatorio del coetáneo Lardizábal, que transcribimos a continuación:

"A poco de llegado S.M. a Madrid le hicieron desconfiar de sus ministros y no hacer caso de los tribunales, ni de ningún hombre de fundamento de los que pueden y deben aconsejarle.  Da audiencia ordinariamente y en ella le habla quien quiere, sin excepción de personas.  Esto es público; pero lo peor es que por la noche, en secreto, da entrada y escucha a las gentes de peor nota y más malignas, que desacreditan y ponen más negros que la pez, en concepto de S.M., a los que le han sido y le son leales ya los que mejor le han servido, y de aquí resulta que dando crédito a tales sujetos, S.M., sin más consejo, pone de su propio puño decretos y pone providencias, no sólo sin contar con sus ministros, sino contra lo que ellos el informan.  Esto me sucedió a mí muchas veces y a los demás ministros de mi tiempo, y así ha habido tantas mutaciones de ministros, lo cual no se hace sin perjuicio de los negocios y del buen gobierno.  Ministro ha habido de veinte días o poco más, y dos hubo de cuarenta y ocho horas; ¡pero qué ministros!".

Estamos ante la famosa "camarilla", de decisiva interferencia en la vida política oficial.  Algunos de estos miembros eran Escoiquiz, el nuncio Gravina, el duque de Alagón, el aguador Chamorro, cuyas gracias burdas hacían reír al rey, el canónigo Ostolaza, el embajador ruso Tasticheff, el esportillero Ugarte, y otros de este jaez.
Si a esto sumamos la restauración de viejos individuos de la administración, el nombramiento de obispos, acérrimos absolutistas, y la postergación de los generales de la guerra por militares del antiguo régimen, que no tomaron parte en la independencia española, habremos expuesto los rasgos más característicos de la política a que se vio sometida España tras el regreso del Deseado.

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