13 abr. 2017

LOS AFRANCESADOS Y EL REINADO DE JOSÉ BONAPARTE (II)

Está muy claro que mientras los afrancesados están enmarcados en una monarquía ilustrada, lo liberales son partidarios de un régimen constitucional basado en al soberanía nacional.  Quienes equiparan liberales y afrancesados pasan por alto una diferencia esencial.  Los liberales fueron demócratas, mientras que los afrancesados creyeron en una reforma desde arriba. El liberalismo implicaba la soberanía de la nación , y no simplemente una España dividida en provincias "racionales", libres de frailes y de la Inquisición.
Al hablar del siglo XVIII, ahondábamos en la crisis del Antiguo Régimen y en la sustitución de la sociedad estamental por la sociedad clasista.  Los ilustrados son partidarios del progreso económico y social, sin tocar el político, aspecto que será insostenible.  Pues bien, mientras los "absolutistas" están anclados en la sociedad estamental del antiguo régimen, los "afrancesados" seguirán aferrados a la Ilustración y sus reformas, sin importarles quién sea el rey.  Más allá se encuentran los "liberales", quienes no confían en las disposiciones evolutivas de los monarcas (como era el caso de Carlos IV y será el de Fernando VII).  Los liberales quieren reformas; pero para ello necesitan conquistar el poder político, y todo ello les lleva a la lucha revolucionaria.  Se diría que los afrancesados y liberales piensan igual en cuanto al montaje de una sociedad, pero discrepan básicamente en la organización política.
Lo que ocurre es que cuando el liberalismo se divide en "moderados" y "progresistas", los afrancesados, lo mismo que otros grupos, se adherirán a los moderados.  Exagerando las notas, un carlista afiliado a los "moderados" nunca habrá sido un liberal, demócrata y revolucionario.  Éste es el fenómeno del afrancesado.
Las abdicaciones de Bayona había que aceptarlas o no.  Los afrancesados las aceptan como un simple cambio de dinastía.  Las renuncias hacían formalmente válido el advenimiento de los Bonaparte.  El cambio de dinastía había sido formalmente aceptado por Fernando VII, Carlos IV, la familia real española, el Consejo de Castilla y otras autoridades.
Los afrancesados contaban con buenas razones para este cambio de dinastía, entre ellas el deseo de implantar pacíficamente reformas políticas y sociales.  Para la burguesía ilustrada del Despotismo Ilustrado, un cambio de dinastía no era un cambio sustancial.  Para ellos, lo importante era la integridad y buen funcionamiento del Estado.  Además, no hacía mucho que los Austrias habían sido sustituidos por los Borbones.  ¿Qué había de malo en que los Borbones fueran ahora sustituidos por los Bonaparte?  Por si fuera poco, los Bonaparte habían dictado una constitución escrita en 1808 -Constitución de Bayona- que ofrecía garantías reformistas a fondo, al tiempo que el despotismo ministerial quedaba constitucionalmente eliminado.  Para los afrancesados, estas razones suponían una evolución sobre el recordado reinado de Carlos III.
Había asimismo razones de conveniencia nacional: evitar la irremediable postración interna que había de producir una guerra con Francia.  A la altura de 1808, el prestigio de Napoleón era enorme.  El emperador era el milagro del siglo.  Los burgueses veían en él al firme consolidador de los logros revolucionarios, y para el clero y la nobleza representaba la restauración del orden y la paz de los espíritus.

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