19 abr. 2017

LAS JUNTAS PROVINCIALES (I)

La explosión popular del levantamiento es un hecho espontáneo, sin precedentes, y obra exclusiva del bajo pueblo.  Los hombres de 1808: propietarios locales, clérigos, oficiales y funcionarios se unirán posteriormente a la causa patriótica y serán los que den una dirección adecuada al levantamiento.  Por ello, en las dieciocho juntas provinciales, el elemento popular estará escasamente representado.
El pueblo es consciente de su debilidad para dar al movimiento una dirección determinada.  No es extraño que autoridades derrocadas, demagogos e incluso reaccionarios se pongan al frente de las juntas; sin embargo, la nueva política y la gestión de estos gobernantes en nada se parecerá a la de los antiguos, y adoptarán un sentido radicalmente opuesto; lo avala un escrito de 1808:

"Todo lo has hecho tú, Pueblo magnánimo y sublime, aunque oscurecido, aunque despreciado, aunque abrumado por tantos años de horrible opresión.  Todo lo has hecho tú.  Las letras enmudecían, las armas se estaban quietas; tus jefes, o vendidos labraban infamemente tu ruina y eran los primeros a perderte, o acobardados tardaban en decidirse; pocos ministros del altar, animados de un valor evangélico, osaron alzar el grito.  Todos los medios, en fin, de donde podías esperar tu salud se te habían negado o se habían convertido en obstáculos...  Semejante tú a un torrente inmenso, vencedor de los diques que te atajaban, te has derramado arrastrando contigo a otras clases, a los jefes y a los mismos esotrbos y haciéndoles ir a donde quisiste, has caminado por ti solo y por la fuerzqa de tu carácter a la alta empresa de la salvación del Estado."

Las juntas provinciales tendrán un carácter revolucionario y asumirán poderes revolucionarios.  Para ejecutar su soberanía se basaron en su origen, pues ha sido la voluntad popular la que las ha creado.  Su actuación revestirá un enfrentamiento radical con todo aquello que represente al antiguo régimen.  La mayoría de las juntas repiten hasta la saciedad que el pueblo reasumió el poder y que, por ende, la única autoridad reside en las juntas.  Las audiencias y demás cargos provinciales se plegarán a la voluntad de los nuevos organismos.  Si hubo algunas resistencias terminaron sometiéndose cuando el Consejo de Castilla, último representante de la antigua legalidad, fue derrotado.
Se creaban, en conclusión, unas juntas capaces de gobernar con plenitud de poderes.  El Consejo de Castilla estaba totalmente desacreditado por su supuesta sumisión a Murat, y las juntas provinciales trataban sus órdenes con desprecio.  "Un pueblo libre no quiere perecer": este grito democrático había achicado a los viejos abogados del Consejo de Castilla, quienes, con sus no menos viejos alegatos, intentaban demostrar ser la única autoridad legalmente constituida.
El Consejo de Castilla intentaba ganarse a las juntas enviándoles un escrito para que se animaran a conferenciar y a arreglar las cosas unánimemente.  Pero las juntas, o no contestaron, o calificaron su conducta de infame y de antipatriótica condescendencia.
El consejo, no contento con esta humillación, intenta ganarse la opinión pública.  Ésta era, sin duda, un arma de doble filo, pues lo único que hacía el consejo al adoptar esta medida era demostrar que la única fuerza capaz de dirimir legítimamente la cuestión residía en la voluntad popular y nacional.
El consejo tuvo que aguantar las duras oposiciones populares, que lo tachaban de traidor, diciendo: "Vuestra voz no debe ser oída de la nación".
Irritado por el estado de postergación en que se hallaba, el consejo plegará velas o lanzará explosiones de orgullo, tachando a los miembros de las juntas de "espíritus superficiales, ignorantes, malévolos y revolucionarios"; niega la legitimidad de las juntas, ridiculiza su actuación y, en contrapartida, expone su programa de formar un gobierno central, un ejército y convocar Cortes.

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