17 abr. 2017

EL GOBIERNO DE JOSÉ BONAPARTE (y II)

Los antagonismos se recrudecen cuando los afrancesados intenten llevar a cabo una política de mediación con la Junta Central.  Napoleón es enemigo de las mediaciones, y vendrá a España, según él, para "coronar con la ayuda de Dios en Madrid al rey de España, y plantar mis águilas sobre las fortalezas de Lisboa".  Napoleón -era evidente- deseaba un sistema político común entre Francia y España, opinión no compartida por los afrancesados.  Napoleón, borracho de su propia gloria, no estaba dispuesto a volver a empezar la historia de Felipe V, según sus propias palabras.  Obraba con desprecio de su hermano y de su gobierno, hasta el punto de que el propio José pidió la renuncia a reinar sobre los españoles.  El emperador cedió en favor de su hermano la corona española, que decía pertenecerle por derecho de conquista.
El gobierno josefino tiene una cortapisa de vital importancia: los mariscales, auténticos virreyes, que consideran la Península como un país conquistado; no obedecen la autoridad real, la limitan y controlan las actividades del gobierno español.  Lo único que atienden son las instrucciones imperiales.  El rey José se quejará repetidamente de estos generales, arruinadores de un país que él debe gobernar.  Pero por más que el rey de España solicite de Napoleón un poder efectivo y eficaz, la situación española y la política imperial invalidan sus propósitos.
Ante estas circunstancias, unidas a la determinante crisis financiera, chocarán los intentos de reformas políticas y administrativas.
José I y su gobierno intentan un acercamiento hacia los sublevados españoles.  Reiteradamente se estrellará su deseo de mediar con la Junta Central, ante la firme resolución de los rebeldes.  Las negociaciones de los embajadores españoles en París, el empleo del ascendiente ante Napoleón de la reina Julia, la visita del propio rey José a la capital de Francia para hablar a su hermano de la real situación española, todo fracasa. Sus peticiones se pueden resumir en lo de siempre: dinero, soldados, integridad territorial, independencia nacional y poder efectivo del rey español.
En los últimos años contemplamos a un rey desmoralizado, vencido, intentando renunciar a un trono que su vanidad no le permite llevar a cabo.  Sus intentos de convocar unas Cortes nacionales nunca pasaron del proyecto.
La situación de rey José era cada día más crítica.  Carece de la fuerza necesaria para empuñar el cetro.  Los afrancesados volverán a su programa nacional; pero todos se verán anegados por la derrota.  Prácticamente, después de la derrota de Arapiles, el gobierno afrancesado desaparece y todo el interés se concentra en el ejército francés, en las maniobras militares y en las malas noticias llegadas de Rusia.
José Bonaparte es hecho a última hora general en jefe de los ejércitos imperiales, suplantando su cargo de rey de España.  No le queda otra solución que preparar unos pesados y ricos equipajes y tomar el camino de Francia. En Vitoria, derrotado, perdía parte de éstos.  El emperador le ordenaba retirarse a Montfontaine.

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