15 abr. 2017

EL GOBIERNO DE JOSÉ BONAPARTE (I)

La gestión gubernamental de José I y sus colaboradores en los cinco años pasados en España no podía ser muy brillante, si tenemos en cuenta una injerencia extranjera y un pueblo en armas.  La monarquía josefina, excesivamente subordinada a París y a Napoleón, nunca pudo resolver sus problemas acuciantes.  El problema financiero era insostenible; no había dinero, y Napoleón tampoco lo mandaba; ante esta carencia monetaria, cualquier actividad estaba hundida de antemano.  Los otros problemas eran el de la integración territorial y el de la independencia política.  Ninguno de ellos fue resuelto, ya que Napoleón anexionó a Francia la parte norte del Ebro y los generales napoleónicos se comportaron en España como auténticos virreyes , obedeciendo sólo al emperador y no permitiendo injerencias ni de José I ni de los afrancesados.
España fue una espina en la carrera napoleónica.  El emperador jamás quiso comprender sus problemas; intentó olvidar una realidad que terminó hundiéndole.  Para comenzar, la acogida dispensada al rey José fue decepcionante.  José Bonaparte escribirá a su hermano el emperador, comunicándole que el pueblo español no le era adicto, llegando a predecirle: "Vuestra gloria se hundirá en España".  Esta carta está fechada el 24 de julio de 1808.  Hacía sólo cuatro días que José había llegado a Madrid.
Los primeros meses de su reinado se caracterizarán por los intentos de captar, atraerse y apaciguar a los españoles.  Es una política conciliatoria a través de la cual intenta convencer a la masa de la población de las ventajas del cambio de dinastía.  Los ministros del rey -Urquijo, Pedro Ceballos, Cabarrús, Azanza, Mazarredo, O'Farril, Piñuela- promueven una campaña propagandística por medio de periódicos, folletos y enviados especiales a las provincias.  Posteriormente, y afrancesados los métodos conciliatorios, se pasará a exigir un juramento de fidelidad, lo que arrojó una cifra de unos dos millones de "juramentados", carentes de motivación política.  Los propios ministros afrancesados intentan persuadir a sus amigos intelectuales en favor de la convivencia e integridad nacional, reformas, etc.  Seleccionemos a modo de ejemplo estas breves palabras de Urquijo:

"Antes de la mitad de octubre se encontrarán en España 300.000 hombres que la arrasarán y someterán a la fuerza.  Hoy se trata de escoger entre la guerra y la paz (motivo de conveniencia nacional), entre la conquista y la constitución (motivo político), entre las Indias y España (motivo histórico), pues hay que suponer que las perderemos, y, por fin,entre un rey justo y bueno y la anarquía."

Podemos suponer el esquilmamiento de un país en guerra permanente durante seis años y aguantando el peso de 500.000 soldados.  La situación económica y financiera  era caótica.  Madrid moría de hambre.  Es sintomático que cuando Wellington entra en la capital de España, el patriotismo madrileño gritará: "Viva el pan de a peseta".
La administración josefina acudirá a impuestos, empréstitos y confiscaciones, de los que debían responder los obispos, cabildos, monasterios y las personas más acomodadas de cada provincia.  Cuando fracase este sistema, solicitará dinero de su hermano; mas Napoleón, carente de los efectos que pudiera acarrear una ayuda económica, se negará rotundamente, diciendo que "la guerra debe alimentar a la guerra".
Las numerosas cartas que José escribe al emperador tienen un solo denominador común; hombres y dinero.  Necesitamos dinero.  Hacen falta medios enormes.  Sin dinero no puedo hacer frente a los múltiples obstáculos.  Las provincias son pobres.  La penuria es total.  No entra nada en las Cajas reales...
Mientras, los generales napoleónicos se dedican a saquear España.
El antagonismo es evidente: para Napoleón el gobierno español son sus ejércitos; para los afrancesados, todo el poder debe residir en el rey José I y sus ministros.  Rechazar la decisiva intervención de lo francés en la administración nacional y, al tiempo, pedir dinero y soldados a Napoleón: he ahí la esencial contradicción de la política afrancesada.

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