25 mar. 2017

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA: GUERRA DE GUERRILLAS (II)

Generalmente los guerrilleros han sido soldados, y la mayoría de ellos surgen cuando los ejércitos han sido destruidos por los franceses.  Tal es el caso de Espoz y Mina, su sobrino Javier Mina, el brigadier Villacampa, el coronel Gayán, el Empecinado, el cura Merino, Julián Sánchez, Mina el Mozo, fray Lucas Rafael, Porlier el Marquesito, Longa, Jáuregui el Pastor... Incluso los somatenes catalanes -fórmula del levantamiento general- serán sustituidos o se convertirán en guerrilleros.  Tal es el´caso de Miláns del Bosch, Manso y Solá, Franch y Estalella...
Ya hemos dicho que la propia Junta Central reglamentará y alentará a este nuevo tipo de combatientes y de guerra revolucionaria.  La Junta Central hará responsables a los franceses del incumplimiento de las leyes de la guerra y de saqueos de ciudades ocupadas, por lo que dejará vía libre a los guerrilleros.  Ellos introdujeron en la Historia el concepto de "guerra total", resultando lícito todo aquello que de algún modo cause daño al enemigo: cavar zanjas en un camino, envenenar a los caballos, huir de un poblado sin dejar una miga de pan a los invasores... Todo ello entraba en el objeto de la "instrucción" del Reglamento de partidas y cuadrillas:

"Evitar la llegada de subsistencias, hacerles difícil vivir en el país, destruir o apoderarse de su ganado, interrumpir sus correos, observar el movimiento de sus ejércitos, destruir sus depósitos, fatigarles con alarmas continuas, sugerir toda clase de rumores contrario, en fin, hacerles todo el mal posible."

Esta doctrina, seguida de su actuación, servirá de prólogo fundamental a un tipo de guerra que, en nuestros días, se conocerá como "guerra revolucionaria".  La guerra de guerrilleros surge sobre el hecho inicial de una inferioridad militar, que no permite mantener posiciones frente al enemigo.  Tal es el caso español frente a los 300.000 franceses de la "Grande Armée" de Napoleón y es el caso repetido de las ulteriores campañas revolucionarias e independentistas que llegaremos a conocer incluso en el siglo XX.
Una segunda condición para la guerra de guerrillas requiere que la mayoría del país se defina como beligerante frente al enemigo.  El guerrillero, para sostener su actividad combativa, necesita el apoyo popular.  Alcanzando una guerra carácter nacional, el pueblo colabora plenamente con el guerrillero y evita que el enemigo lo aniquile.  El pueblo le abastece, le oculta, le informa y se hace cargo de sus enfermos.  La guerra de guerrillas debe crearse esta "beligerancia universal", sobre todo teniendo en cuenta que la Guerra de la Independencia y toda guerra revolucionaria tienen varios años de duración.
Toda política pacificadora implica una acción policíaca represiva y desemboca  con gran facilidad en una serie de violencias, que sirven para incrementar la hostilidad entre el ejército enemigo y la población, hasta convertirse en un odio implacable entre ambos grupos, con lo que se destruye la pretendida labor de pacificación.  Hasta el 2 de mayo, el ejército francés había sido bien acogido y estaban dispuestos a acoger a Napoleón con arcos de triunfo. Pero a partir de esta fecha, la beligerancia se extendió a todas las capas de la población.  Todo esto lo confirman los propios contemporáneos franceses al hablar de los pirómanos soldados franceses, de sus brutalidades, asesinatos, saqueos de pueblos...  Pero estas medidas, en vez de acallar al pueblo español, le enfurecieron más, y cuando un soldado francés se quedaba dormido o rezagado los pueblos, ávidos de venganza, lo solían degollar.
El que quiera comprender esto mejor, contemple los fusilamientos de la Montaña del Príncipe Pío pintados por Goya como símbolo de una política represiva, mientras "Los desastres de la Guerra", del mismo autor, muestran la reacción y la conciencia beligerante.
Éste y no otro era el clima.  Aprovecharlo por medio de una adecuada propaganda costaba muy poco.  Es ésta sin duda, la más importante actividad que el clero español prestó en los años de la guerra.  Sus desaforados sermones y escritos, habitualmente mal interpretados, en que llegaron a afirmar que los franceses no eran seres humanos y, por tanto, asesinarlos no constituía delito ni pecado, resultan por lo remoto un sorprendente ejemplo de la utilización de la propaganda al servicio de la causa política.


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