24 feb. 2017

LA GUERRA DE LAS NARANJAS

Estamos en el año 1800.  El general Bonaparte se había hecho con el poder afianzándose en el Consulado vitalicio.  Napoleón convence a los reyes españoles para que eleven de nuevo a Godoy.  Don Manuel entra en escena, convertido en un auténtico dictador, pero echado en los brazos de Napoleón, brazos que aprietan fuerte, como tendremos ocasión de ver.
Para comenzar, Bonaparte aconseja (ordena) a Godoy firmar tres tratados.  Por el primero se concedía al Infante de Parma, don Luis, casado con María Luisa, hija de Carlos IV, el nuevo reino de Etruria, con Florencia por capital, y siendo considerado este estado como propiedad de España.  Por los otros dos tratados, y dado que se habían renovado las hostilidades entre Francia e Inglaterra, España volvería a contribuir con su flota y declararía la guerra a Portugal, para obligarle a renunciar a la alianza inglesa.
La habilidad de Godoy refleja ese "juego en pequeño", ese juego político de mediano alcance.  El punto de vista de Napoleón es aplastar de una vez a Portugal, amigo constante de Inglaterra.  Carlos IV, porel contrario, está unido por lazos familiares a la corte lusitana; sabe que, pronto o tarde, entrará en guerra con Portugal y precisamente por eso quiere hacerla pronto y que sea rápida, simulando un gran entusiasmo antiportugués y atacando antes de que vengan los ejércitos franceses a mezclarse en el asunto peninsular.  Así ocurre; el generalísimo Godoy  ataca sin el apoyo de las tropas auxiliares francesas; Portugal pide la paz y se le concede, previa entrega de la plaza de Olivença y el cierre de los puertos portugueses a los barcos ingleses; además se hace cómplice de toda esta maniobra el embajador francés Luciano Bonaparte.  Napoleón, que contaba con planes totales, quedó burlado.  Pero el poderoso burlado aprendió la lección y el burlador tuvo que ganarse al burlado a costa de "la dignidad de España", como llegó a decir el marqués de Lema.
Francia e Inglaterra llegaron a un acuerdo provisional en la Paz de Amiens (21 de marzo de 1802).  Ambas potencias aspiraban a la hegemonía política y económica, pero ni los brillantes ejércitos napoleónicos pueden nada contra Inglaterra ni la escuadra inglesa puede nada contra la "Grande Armada" de Napoleón.  Está claro que usan armas distintas y, por ello, buscan complementarse con las ajenas.  Inglaterra busca aliados continentales y Francia compromete la flota española.
España, contra su voluntad, se ve envuelta en este juego sangriento, acuciada por la hostilidad británica y por el deseo napoleónico de sacrificar la escuadra española a su política.  Godoy se resiste y quiere formar una alianza neutral y defensiva junto a Portugal y a las potencias del Norte.  Pero la presión napoleónica asfixia y no cabe sino plegarse a las exigencias del corso.
Napoleón era proclamado emperador de los franceses en 1804, con lo que, al decir de Pabón, monarquía y revolución se sintetizan en un régimen de nuevo cuño; planeaba la invasión de Inglaterra, mientras William Pitt, ministro inglés, trataba de formar la tercera coalición antinapoleónica.

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