21 feb. 2017

GUERRA Y ALIANZA FRANCO-ESPAÑOLA EN TIEMPOS DE GODOY

Al morir Luis XVI en la guillotina quedaba expedito el camino de la guerra.  Subrayemos el carácter patriótico y de cruzada contrarrevolucionaria de esta guerra, que responde a un mismo concepto ideológico pero contrapuesto, que el del ejército revolucionario francés.  Donativos, soldados, voluntarios y arengas religiosas llueven en todas las ciudades y nutren a esta guerra, en la que se lucha por la religión, la monarquía y los principios y estructuras tradicionales.  Las exhortaciones del obispo de Santander y los sermones y escritos de fray Diego de Cádiz causan sus efectos, llegándose a matar a los franceses residentes en España por el solo hecho de ser franceses y se abuchea a aquellas personas que visten o peinan a la francesa.
La campaña de 1793 fue favorable para los generales españoles Ricardos y Caro, que repasaron con éxito la frontera oriental y occidental de los Pirineos.  Pero en la campaña de 1794 las cosas se trocaron y fueron cayendo en manos francesas Figueras, Puigcerdá, Irún. San Sebastián, Bilbao, Vitoria, llegando a cruzar el puente de Miranda de Ebro.  Decididamente en el ejército español había más entusiasmo que organización para resistir al francés, mejor organizado y con más alta moral, según vaticinara Aranda.
Como puede presumirse, no todos los españoles comulgaban con las ideas del clero ni apoyaban la cruzada antifrancesa; por el contrario, son muchos los que desean en España los frutos que la Revolución había introducido en Francia; en este sentido hay que explicar la tibieza de los oficiales del ejército para continuar la guerra y las defecciones desconcertantes de Figueras y San Sebastián.  Se forman juntas clandestinas para convocar Cortes y constituir un Consejo de Estado independiente y eficaz; circulan octavillas desacreditando a Godoy, quien se mantiene gracias a los sermones, a los intereses personales y a una fuerte reacción que da en la cárcel con docenas de personas y con diputados del Consejo de Castilla en el destierro.  Que el pueblo había cambiado de postura nos lo dice el hecho de que Godoy se instalara en el palacio real por temor a ser objeto, en su casa, de la furia de la plebe.
Godoy se esfuerza por llegar a un armisticio, que viene con la "Paz de Basilea" (22 de junio de 1795).  España recobraba todo el territorio metropolitano y se desprendía de la isla de Santo Domingo.  Godoy era nombrado "Príncipe de la Paz", título que no sorprendió a nadie, ya que incluso en círculos adversarios a Godoy se elogiaba su sagacidad en la firma de este tratado.
Inglaterra, que en esta guerra había sido aliada de España, seguía hostil hacia la navegación y posesiones coloniales españolas.  Es harto significativo que el embajador inglés en Madrid escribiera, ya en 1795, que España caminaba hacia la paz con Francia, que a la paz seguiría la alianza y a la alianza la acción antibritánica.
Por otra parte, la situación de Francia, desde el golpe de Termidor, estaba cambiando y la convulsión revolucionaria entraba en remanso; era, pues, lógico pensar en reanudar la política antibritánica y volver a la amistad francesa.  Si a esto sumamos una razón de orden externo -preocupación dinástica por Parma ante las campañas napoleónicas- y otra de orden interno -la conspiración de Malaspina con el propósito de hacer salir del gobierno a Godoy-, nos explicaremos el tratado franco-español de San Ildefonso (18 de agosto de 1796), que era una especie de copia de los pactos de familia, aunque ahora Godoy trataba con la República Francesa y no con los Borbones franceses.
Podemos afirmar que San Ildefonso es el nudo del que parten, en un lógico desarrollo, los acontecimientos posteriores y, por otra parte, rompe con cuanto significara, en la opinión del país, la gallarda postura adoptada por Godoy en 1793.
A partir de este momento la alianza se irá transformando en una dependencia.  Godoy se preocupará de no perder el mando y tejerá una red a base de sus miedos y ambiciones hasta conducir a España a la catástrofe.

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