9 feb. 2017

ESPAÑA ANTE LA REVOLUCIÓN FRANCESA (y VIII)

La censura seguía en pie y a base de los medios oficiales y de la prensa, un español podía haberse imaginado que Luis XVI y María Antonieta estaban aún bailando en Versalles el día que perdieron el trono.  A través de estas páginas podemos observar que si la postura de Floridablanca era de inconsecuencia, la de la Asamblea era de auténtica tibieza, y el "gran oriente" de la masonería española también iba a ser rebasado  por los acontecimientos políticos del vecino país.  Su postura no era fácil, ya que si era leal a la monarquía española, su lealtad no era menor hacia sus amigos franceses, a los que estaba vinculado por estrechas relaciones públicas y secretas.  Los acontecimientos le arrastraban al dilema de paz o guerra; su conducta ante la proclamación de de la República en Francia y la prisión de Luis XVI había de ser vacilante.  Seguía siendo fiel al rey, pero había demasiados puntos de contacto entre su propio ideario y el de la Revolución.  Aranda era demasiado complaciente con los revolucionario franceses, y si a esto sumamos que era amigo de los filósofos e introductor de la masonería, los ojos de Carlos IV tenían que abrirse antes o después.
La auténtica razón de la crisis no fue otra que el conde de Aranda tenía poderosos enemigos en la corte y en el pueblo; considerándole aquélla tibio en sus ideas monárquicas, lo cual era una injusticia, y las masas populares más frío aún que su fe religiosa, por la parte que había tomado en la expulsión de los jesuitas y los alardes que en su carácter vehemente hacía con frecuencia de su amistad con los filósofos franceses, proclamados desde el púlpito y en los círculos españoles por los mayores enemigos del catolicismo.  Y como ante ese doble culto al altar y del trono, si en algunos hipócrita, ferviente y sincero en casi la totalidad de sus compatriotas, se hacía sospechosa la política de conciliación que Aranda se propuso observar desde los primeros días de su ministerio, es evidente que el fracaso de esa conducta iría, en el que la observaba, acompañado de su caída de las esferas del gobierno.
La Revolución Francesa había eliminado al equipo de gobernantes de la época de Carlos III.  Desacreditados Floridablanca y Aranda, queda una "tercera solución", representada por un mozo gentil y agradable, predilecto de la reina María Luisa.  Pero hay razones más serias: se necesita algo distinto, porque ante circunstancias políticas completamente nuevas, el monarca precisaba de ministros totalmente inéditos.  Godoy iba a gobernar a la manera de los antiguos "validos" españoles o, mejor dicho, como el primer dictador de la Era Moderna, y como tal dictador conduce a España, de manera fatal, a la catástrofe.