6 feb. 2017

ESPAÑA ANTE LA REVOLUCIÓN FRANCESA (VII)

En el folleto de Marchena se aboga también por la libertad religiosa:

"¿No es ya tiempo de que la nación sacuda el intolerable yugo de la opresión del pensamiento? ¿No es tiempo de que el gobierno suprima un tribunal de tinieblas que deshonra hasta el despotismo?  Igualdad, humanidad, fraternidad, tolerancia.  Españoles, éste es en cuatro palabras el sistema de los filósofos que algunos perversos os hacen mirar como unos monstruos... Un solo medio os queda, españoles, para destruir al despotismo religioso; éste es la convocación de vuestras Cortes.  No perdáis un momento; sea Cortes, Cortes el clamor universal...  Los franceses han hecho su Constitución con el fin de ser felices, y no con el de hacer felices a los demás hombres: No pueden ser felices, ni ellos, ni los demás sin adquirir la libertad... Por consiguiente, no quieren conquistar a nadie..., pero lo que quieren es destruir a los tiranos...  Paz y guerra llevarán consigo los franceses: Paz a los hombres y guerra a los tiranos reyes..."

De este llamamiento se imprimieron 1.000 ejemplares y se procedió a distribuirlos; a los pocos días circulaban hasta por la Almunia de Doña Godina, a 200 kilómetros de la frontera francesa.  La misma suerte corría otro folleto de 23 páginas, escrito por Condorcet, animando a deshacerse de los Borbones españoles.  Se crean dos "comités españoles" en Bayona y Perpiñán con objeto de mantener correspondencia con las provincias vecinas españolas y pasar publicaciones de la Revolución Francesa.  Están dirigidos por el ministro de Asuntos Exteriores, Le Brun, y agrupan a exiliados españoles de la fama de Marchena, Carles, Santiváñez, José Hevia, etc...  Pero estos "comités españoles" fracasan pronto, al decidir la Convención no inmiscuirse en el gobierno de otras naciones, por sugerencia de Danton y Roberpierre, con lo que el partido girondino, partidario del proselitismo revolucionario militante, es destruido.
Además la Convención aprobó ajusticiar a Luis XVI el 21 de enero de 1793, y el 7 de marzo del mismo año se declaraba la guerra a España con lo que, por una parte, entraban avalanchas propagandísticas en castellano y catalán, pero, por otra parte, la ejecución del rey francés, primo de Carlos IV, ponía en pie de guerra a España con la Revolución, y en estos momentos no debía ser muy patriótico leer los folletos franceses.
Existen otros medios de información acerca de lo que ocurre en Francia a base de los refugiados que cruzan la frontera dispuestos a contar los horrores de la Revolución. Son algunos miles los que llegan, aunque la mordaza de Floridablanca les obligó a vivir en sitios apartados, jurar fidelidad y, por supuesto, no contar nada.  Sólo se les deja soñar y planear un ejército contrarrevolucionario.  Estos emigrados dieron motivo a que entre ellos se colaran espías que jugarán su papel.  También vienen muchos eclesiásticos (en 1793 más de 6.000), siempre bien acogidos por monasterios y obispos, aunque tampoco se les permite predicar y enseñar.

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