8 ene. 2017

LA CRISIS FINANCIERA DE FINALES DEL SIGLO XVIII

La crisis financiera es fundamental para explicarse la quiebra de la sociedad estamental.  En Francia, las repercusiones fueron tan hondas que desembocaron en la Revolución.  En España, los intentos de resolver estas crisis fiscales crearon una fuerte oposición a los ministros y gobierno de Carlos IV, tanto por parte de los círculos conservadores como por otros grupos sociales, cuyo sufrimiento e inseguridad presagiaban las futuras tensiones revolucionarias.
La gestación de estos problema hay que buscarla en la multiplicación de funciones que experimenta el Estado nacional.  Tanto España como otros países europeos han aumentado enormemente sus gastos al tener el Estado que acudir a mantener los altos presupuestos del ejército, marina, industria paraestatal, cuantiosas inversiones en la construcción de caminos, canales, puertos, etc...  Son, por tanto, enormes y complejos los gastos que tiene que aguantar este Estado moderno.  En contrapartida, el sistema de rentas del Antiguo Régimen proporciona unos ingresos muy limitados, por lo que se imponía simultanear los gastos modificando o creando un nuevo sistema de ingresos.  Esta desproporción contribuye poderosamente a la quiebra del despotismo ilustrado, y en Francia prologa la Revolución.
Hacia mediados del siglo XVIII el marqués de la Ensenada había gastado 40 millones de reales en hacer una reforma tributaria total, pero el plan se vino abajo porque a los privilegiados no les convenía esta innovación, que, a la postre, iría en contra de sus intereses.
La solución, de momento, es recurrir a la creación de nuevos impuestos y acudir al crédito público, por medio de empréstitos, para cubrir el déficit que existe entre esa política de inversiones de ámbito nacional y el sistema estamental de percepción de rentas, que, además de complejo y limitado en sus ingresos, encuentra oposición en los privilegiados y hunde cada vez más en la miseria a los grupos económicamente débiles.
Este déficit crónico de la Hacienda tratarán de salvarlo dos monarcas Borbones a base de préstamos y de la creación de vales reales (deuda pública).
Crlos III conseguía préstamos de sus subsidios, en 1780, por valor de 18 millones de reales, y la Iglesia prestaba, sin interés, otros 13 millones de reales.  Carlos IV pidió préstamos a sus súbditos en 1795, 1797, 1798 y 1805 por valor de 240, 100, 400 y 100 millones, respectivamente, a los que hay que sumar otros casi 1.000 millones que pidió prestados a países extranjeros.
Más importancia tuvo la emisión de vales reales, por la capacidad estatal de reembolsar a sus acreedores, lo que trajo serias consecuencias económicas y políticas.
Carlos III sentó el precedente emitiendo docenas de miles de vales por un importe de 548.905.500 reales, que, debido a varias reducciones hecha durante su reinado, equivalían a su muerte a 503.487.000 reales.  El vale -renta pública- rentaba un 4%.  Ya hemos visto en otro momento que la fundación el Banco de San Carlos no fue ajena a todo esto.
Si durante el reinado de Carlos III la cotización de estos vales refleja la solidez y confianza del país en la gestión gubernamental, no ocurre lo mismo durante el de Carlos IV, en que los vales sufren pérdidas enormes, creando grades problemas económicos.
Además, con Carlos IV se llega a emitir papel moneda por importe de 1.759.639.500 reales, y a partir de 1798 no se pagan ya intereses, y estos vales, para colmo, se usaban para pagar deudas del Estado y sueldos de empleados.  Se intenta paliar esto, pero lo que resulta es un aumento de la desvalorización del papel al emitir cédulas sin la correspondiente contrapartida en metálico.  No obstante, la creación de la Caja de Amortización y otras Cajas de extinción y descuento amortizaron casi 400 millones de reales.

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