16 dic. 2016

LOS EXTRANJEROS ENTRAN CON LAS LUCES

La batalla entre la Inquisición, de la que se hablará más adelante, y el progreso, tenía que perderla el Santo Oficio.  Es cierto quea las puertas de Madrid, y de todos los puertos de España, dice Voltaire, estaba colocada:

"la aduana de los pensamientos, donde éstos son decomisados como las mercancías de Inglaterra".

Pero, como ocurría en el campo económico, donde había severas aduanas, los contingentes de contrabando por mar y tierra eran enormes.  Los agentes diplomáticos extranjeros prestaban muy buenos servicios introduciendo maletas de libros; existen libreros temerarios hasta el punto de desafiar a la Inquisición; son mil las argucias de traficantes para poder introducir libros, folletos, propaganda en relojes, en sombreros, con títulos cambiados, etc.  Así se forman bibliotecas de títulos extranjeros en España.  Además, estos libros no yacen cubiertos con seis dedos de polvo, como los sermonarios y los libros escolásticos, sino que pasan de mano en mano, circulan, sirven de alimento a los coloquios, se leen, se extractan...  De esto, sólo en los "Diarios" de Jovellanos hay docenas de testimonios.  Todas las ciudades importantes tienen colonias extranjeras que renuevan con mucha frecuencia sus efectivos humanos.  Eran muchos miles los que, teniendo amistades dentro y fuera de España y gozando del favor real, metían libros y se los prestaban a sus conocidos, sin respetar los edictos inquisitoriales.
Muchos por timoratos y otros por ignorantes no podían leer a los filósofos, pero no faltaban manuales de donde se podía sacar una idea bastante completa de lo que eran los autores, obras e ideas de la Ilustración.  Circulaban las obras enciclopédicas y manualistas de Luzán, del duque de Almodóvar o del jesuita Juan Andrés.  Por medio de estos resúmenes, todo español podía saber quiénes eran los monstruos admirados del país vecino.
Tenemos que precisar un aspecto de interés: los españoles, en general, gustaban más de los autores que no se metían con la religión, y estos lectores eran católicos, aunque de espíritu liberal.  Estaban de acuerdo con las reformas, pero no con el materialismo, deísmos y excesivas tolerancias religiosas.  Querían ideas nuevas en el campo científico, económico y social, pero eran muy pocos los que ponían en duda la fe católica.
En la acción de los extranjeros tenemos que distinguir a los viajeros que pisan España en esta époa.  Traen poco o nada de interés, incluso los más brillantes; vienen con la cabeza llena de prejuicios a ver un país atrasado, del que se burlan; son testigos arbitrarios, que nada más pasar la frontera y sin saber español, generalizan y emiten juicios poco escrupulosos, se plagian unos a otros e incurren, con su soberbia, en la ira de los españoles.
Al lado de éstos tenemos a los extranjeros establecidos en España: Ricardo Wall, O'Reilly, Grimaldi, Esquilache, etc...  Son hombres que se dedican por entero al soberano y defienden las regalías; contribuyen directamente a crear el despotismo ilustrado y tienen gran afán de progreso. Sería muy larga la lista de todos los extranjeros que dejaron su huella en la España del dieciocho.  Hay dos centros en los que prefieren asentarse los extranjeros: Cádiz, internacional, llena de agentes comerciales y donde se desarrolla el gusto por la ópera italiana y el teatro francés; Madrid es corte e imán de las industrias de lujo; aquí se establecen modistas como las célebres hermanas de Beaumarchais, carruajeros como Simón Garrou, fondistas, relojeros, peluqueros, sederos, artesanos...  En otras regiones también se encuentran en cantidad, y tanto serios industriales como simples aventureros.  A ellos se les deben perfeccionamientos de industrias y de prácticas comerciales.  Pero no se contentan con esto; echan al vuelo sus ideas y gustos y con mucha frecuencia tuvieron que vérselas con la Inquisición, como el famoso Tournon, quien intentó ganarse adeptos para la masonería.
Al lado de los libros y de las propias personas, no es menos importante el intercambio epistolar.  Los extranjeros escriben cartas a los españoles sobre botánica, abonos, aceros, modas, etc.  Un aspecto distinto presentan las cartas de Voltaire a Aranda, Olavide y al marqués de Miranda, las cuales entusiasman a los españoles, quienes las leían y comentaban en grupos.  También es famoso el carteo de Rousseau con el hijo del conde de Peñaflorida y con el duque de Alba; el duque de Villahermosa se carteaba nada menos que con D'Alembert, Beaumarchais, Galiani y otros.  Son también numerosas las cartas de Jovellanos con el cónsul inglés Jardine, etc.