9 dic. 2016

LA ECONOMÍA POLÍTICA

¿Qué quería decir el mercantilismo?  Que la riqueza de una nación se mide por la cantidad de metales preciosos que posee.  Epaña, en los siglos XVI y XVII, recibía riadas de oro y plata de las Indias.  Su objetivo era que estos ríos no salieran de sus fronteras.  Por supuesto, no se consiguió.  Eran demasiadas las compras a realizar en el extranjero.  Lo lógico, ante todo, era fomentar la agricultura, la industria, el comercio, para no depender de Europa.  Así lo querían algunos teóricos de la economía del siglo XVII, como Sancho de Moncada, Martínez de la Mata, etc.  Pero no fueron o no puedieron ser escuchados.
Quien lleva el mercantilismo hasta sus últimos extremos es Colbert, cuyos propósitos eran la economía próspera, autoabasteciéndose de todo; no se podrían exportar materias primas, pues esto sería en beneficio de las fábricas extranjeras; todo debía ser elaborado por la nación, apoyada por el gobierno.  De esta forma quedarían, incluso, remanentes para exportar.  Así también, un país, Francia, en el caso, se haría con todos los metales preciosos del mundo, por medio de esta típica guerra de un Estado contra los demás.
Jerónimo Uztáriz, Bernardo de Ulloa y José del Campillo calaron y divulgaron estas doctrinas, señalando la absoluta necesidad de aumentar la población, agricultura, industria y comercio.  Se abandona la creencia ciega en el oro y plata de las Indias, como sintetiza el diario "El Censor": "La nación que tiene más oro no es la más rica, sino la más pobre, como ha demostrado España".  Sucesivamente, y cada uno a su modo, exponen esto mismo Antonio de la Gándara, Antonio Muñoz, Nicolás de Arriquíbar, Bernardo Ward, Floridablanca, Campomanes...  Y afirman que todas las clases sociales se podrán ocuapr de la agricultura e industria y que hay que fomentar la artesanía.  Los holgazanes no se deben sino a la constitución política y hay quejas del mal reparto de la tierra y del nulo caso que hacen los nobles a la industria.  Se clama para que se difundan las artes, oficios y todos los progresos; que se creen centros divulgadores de la nueva tecnología; que a los trabajadores se les considere como a gente honorable y puedan ocupar cargos públicos.  De paso se traducen las obras de mercantilistas famosos: Melon, Filangieri, Genovesi, etc.
Pero ya en Europa surgían nuevas teorías, intentando arrinconar el mercantilismo: las de los fisiócratas q, quienes mantenían a la economía política subordinada al derecho natural; los gobiernos no debían desbaratar el orden natural de la sociedad; había que dejar a las leyes naturales funcionar libremente; los hombres, afirmaban, pueden disponer del producto de sus tierras sin ponerles obstáculos.  Así, para ellos, la tierra y las minas eran, por exelencia, fuente de riqueza.
Más estables y contribuidores a cimentar la necesidad de la libertad económica eran, sobre todo, Adam Smith, David Hume, Phillip Cantillon, Condillac y otros.  Aportaban fuertes ingredientes de trabajo y capital, vitales para el desarrollo de la riqueza, encuadrada en la incipiente revolución industrial.  Los españoles comienzan a asimilarles, y se lee en "El Censor" que la absoluta libertad es la madre de la abundancia.  De la mano de Cantillon y Smith atacan a fisiócratas y mercantilistas, recomendando el famoso "laissez-faire", "laissez-passer" respecto a la artesanía, comercio de granos, libre comercio con América, libertad de producción, y consideran a la riqueza producto del trabajo.  Es cierto que los economistas españoles Danvila y Villarrasa, Vicente Alcalá Galiano, Isidro Morales, Martín Fernández Navarrete y Valentín de Foronda son unos eclécticos y carecen de ideas propias, pero tienen un gran interés por la economía política, considerándola piedra filosofal que puede hacer felices a las naciones.  Jovellanos se encuentra entre los entusiastas.

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