2 oct. 2016

LA GUERRA DE INDEPENDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS (I)

La paz de 1763 era un duro castigo, una lección que Carlos III no olvidó.  Sin embargo, las provincias quedaban intactas, y no se experimentaron signos de abatimiento.  Todo lo contrario: una junta interministerial estudia la seguridad de los territorios ultramarinos, y la política naval cobra nuevos bríos.  En el arsenal de El Ferrol trabajaban 15.000 obreros.  La carrera de armamentos era un hecho, y crecía la alarma en Inglaterra ante la posibilidad de alcance por parte de la flota española.  La tensión era una realidad, preferida por los ministros de España a un neutralismo que dejara a los españoles desnudos ante cualquier agresión. Se mantiene el ritmo de rearme naval y se moderniza el ejército.  La administración y economía de las Indias preocupan a los políticos.  El tráfico, como consecuencia de la libertad de comercio, se multiplica.  La guerra con Inglaterra estallará y terminará en victoria.  España vive un periodo de euforia en casi todos los campos.  En 1774, los colonos ingleses de América del Norte se sublevan contra su metrópoli.  En 1776 declaraban su independencia. Tenían enormes deseos de librarse de la presión fiscal inglesa.  A esta emancipación económica debemos sumar el ambiente preliberal del momento, la Declaración de los Derechos Humanos y la Constitución de la Unión.  Es, a la postre, esta primera guerra anticolonial el primer estallido político violento de las nuevas ideas contra el antiguo régimen.
Todo esto produjo gran entusiasmo en Francia y España, naciones humilladas por Inglaterra en la Paz de París de 1763.
Es cierto que los Estados Unidos poseían enormes recursos, mas nadie creía que fueran capaces estos rebeldes de aguantar a Inglaterra. También así lo comprendían los insurgentes americanos, y por ello se dedicarán a conseguir ayuda exterior.  Necesitan ayuda económica, aarmamento y que Francia y España declaren la guerra a Inglaterra, aprovechando esta fácil coyuntura.  Éstos eran los objetivos de los Franklin, John Jay, Lee y Silas Desne, delegados americanos que llegan a París y Madrid.  Francia les acogió con entusiasmo, mientras revoloteaba la idea de la revancha.  España se limitó a una ayuda económica y a la venta de armas a los rebeldes.  Floridablanca veía que unos Estados Unidos fuertes cerca de las colonas eran un gran peligro y un ejemplo a imitar por las colonias hispanoamericanas.  Debido a ello, su lema era prepararse para la guerra como si fuese inevitable, pero hacer todo lo posible por evitarla.
La victoria de los colonos rebeldes en Long-Island caldeó aún más la situación.  El 4 de julio de 1766, proclamaban en Filadelfia la Declaración de Independencia.  Aranda, embajador en París, ponía a disposición de los insurrectos un millón de libras tornesas, y lo mismo hacía Francia.  Otros auxilios financieros los recibían de la casa vasca Gardoqui.  Aranda es partidario decidido de la guerra, mientras Floridablanca es más cauto y espera la vuelta de los pescadores de bacalao y de la flota de Indias.  Con todo, los auxilios prestados a los sublevados en 1777 fueron muy considerables.
Pero los rebeldes marcan la política a seguir al obtener una victoria decisiva sobre los ingleses en Saratoga, a finales de 1777.  La coyuntura era óptima.  Francia reconocía la independencia de los Estados Unidos el 6 de febrero de 1778, lo que equivalía a una declaración de guerra a la Gran Bretaña.
La inhibición de España podía acarrearle perjuicios.  Renuevan el Pacto de Familia, exponen las ganancias que deseaba obtener cada uno y se meten en la aventura.
La idea española consistía en un desembarco hispano-francés en Inglaterra.  Aunque este plan no se llevó a cabo, bastó para retener a la flota británica en Europa, con lo que se facilitaron las victorias de españoles y de norteamericanos en el nuevo continente.  España se veía también favorecida en esta guerra por las buenas relaciones con Portugal, privando así a los de la Gran Bretaña de una excelente base de operaciones.

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