31 oct. 2016

LA ECONOMÍA AMERICANA DEL XVIII (I)

Las tendencias económicas en la América hispana del siglo XVIII se centran en torno a la explotación del suelo, el comercio, la industria y la hacienda.  Las realizaciones económicas a que haya lugar deben ser conjugadas entre sí y relacionadas con los diversos grupos sociales que van desde el aristócrata y el eclesiástico hasta el negro y el indio, pasando por el criollo, el burgués y el funcionario.
La producción agrícola en el siglo que nos ocupa se equipara con la producción minera.  El paralelismo de "Indias" con "flujo de plata" es algo por todos bien sabido.  Sin embargo, la apertura de una mina significa el acceso de unos colonos que tienen que dar respuesta a ese lógico consumo de los mineros; aún más, si la mina se agota, los mineros huyen y los colonos siguen pegados a su tierra.  En este seguir a los mineros, los colonos mestizos e indios realizan una obra portentosa de colonización agrícola.
Pero el capital agrícola fue una resultante del sistema social y son los terratenientes los que atraen a mineros, mercaderes y artesanos para que inviertan en las propiedades agrarias.  También la Iglesia y la Corona se interesan por el capital agrario, aunque no sin limitaciones.  Por otra parte, el régimen patriarcalista de los grandes propietarios se complica con la importación de mano de obra negra, ocasionando una convivencia con una mentalidad esclava, dispuesta a volcar el odio que traía consigo o que estaba gestando.  Negros e indios se relacionarán por su calidad de explotadores de la tierra y por su situación de nulo o restringido acceso a la propiedad.
En el siglo XVIII se fusionan la herencia de cultivos indígenas y españoles.
Los productos agrícolas base de la alimentación eran el plátano, la mandioca, el maíz, la patata, oca, batata, ñame, cocomite, trigo, centeno, avena, arroz, hortalizas y frutales.  Destacaremos el papel que jugó el maíz dada la extensión e intensidad de su cultivo.  Una mala cosecha de este cereal provocaba inmediatamente miseria y hambre.  Los granos de siembra arrojaban una producción de 130 a 1.  El trigo constituyó un refuerzo alimenticio que además fomentaba la irrigación, con lo que su cultivo fomentó la creación de redes de canales y acequias.
En lo que respecta al olivo, morera, cáñamo, lino y vid eran muy poco cultivados para evitar los recelos de la metrópoli y el renglón importante que suponía para la economía de la España peninsular su exportación.  Su cultivo, podríamos decir, era más nostálgico que efectivo.
En cuanto a los artículos propiamente coloniales, la caña de azúcar, el algodón, el café, el cacao, la vainilla, el tabaco y el añil alcanzan fuertes porcentajes de producción, siendo objeto de comercio exterior y una sobresaliente fuente de riqueza.  Solamente por el puerto de Veracruz se exportaban 500.000 arrobas de azúcar, reportando un beneficio de 1.500.000 pesos.  
El consumo algodonero de Europa provenía de América, por lo que su cultivo se intensifica sin cesar.  Sólo de Cuba salían 500.000 kilogramos.  El café cubano y de Venezuela se exportaba en enormes cantidades.  El tabaco, monopolizado por el Estado desde 1764, decae en su cultivo, ya que exige permisos de plantación y se obliga a los plantadores a vender la producción al Estado siempre según los precios fijados por el mismo.
La ganadería pasará muy pronto a ser un concepto económico muy importante, reñido con la agricultura, así como una nada desdeñable fuente de riqueza.  En Argentina y México encuentran el medio apto para su expansión.  Sólo en la región del Plata dejaba unos beneficios anuales de cuatro millones de pesos fuertes.  Surgen los tipos del gaucho y el vaquero como figuras importantes en la avanzada hacia espacios vacíos.  Los derivados ganaderos: carne, sebo, cueros y lana, eran un capítulo importante para el consumo interior y para la exportación.
Potosí (Perú) y Zacatecas (México) son los ejes que en la producción minera regulan la estructura del transporte terrestre y marítimo, controlan los centros de población y una fuerte demanda, determinando a su vez el florecimiento de la agricultura, industria y comercio en sus respectivos "hinterlands".  En el siglo XVIII los filones argentíferos se van empobreciendo, aunque siguen siendo vitales, y la baja de producción presumible es compensada por medio de métodos, instrumental, técnicas y preparación del mineral de una forma más eficaz.  Las minas suponen, cada vez más, un enorme capital, un complicado mecanismo capitalista y una repercusión mundial cada vez mayor.  Podemos evaluar la producción minera en 40 millones de pesos fuertes al año de media.

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