19 oct. 2016

HISPANOAMÉRICA EN EL SIGLO XVIII (III)

La falta de datos no permite hablar de cifras exactas para las diversas actividades, en orden a una distribución social de la población.   La población militar, pese a las tensiones bélicas del siglo XVIII, no permite habar de más de 160.000 hombres entre españoles y los milicianos americanos, mucho más numerosos.  Las excepciones de abogados, médicos, maestros, funcionarios, otros oficios, hijos de viudas y gentes que rehuían el servicio militar obliga a mantener esta cifra.
Se suele admitir la exisencia de dos sacerdotes por cada 1.000 almas, lo que nos da unos 30.000 miembros del clero.  Gran importancia huberon de tener en la empresa americana.
En el suelo trabajaban indios y negros en casi su totalidad, lo que arrojaría una cifra de cuatro millones de personas.  Contando a hombres y mujeres dedicados a la confección de objetos artísticos y otras ramas del artesanado, es lógico suponer que no eran menos de 700.000.
El comercio adquiere su auge en el siglo XVIII, y contando los establecidos en los puertos, los que acuden a las ferias y a los centros de consumo interior alcanzaría una cifra de unos 30.000 comerciantes.
La minería, aspecto siempre vital en América, absorbía gran cantidad de brazos, y pese a la ligera decadencia en el trabajo minero durante el siglo XVIII, todavía ocupaba a unos 180.000.
Los obreros que trabajaban en obrajes azucareros y telas subía a cas 20.000.
Los funcionarios eran, con exactitud, unos 20.000.
El resto de población, el 65,75%, aparece sin actividad concreta.  Se calcula que los viejos, los niños, familiares varios, mujeres eran unos 7.500.000 y que se dedicaban sobre todo a las tareas del campo y al artesanado.
Las tremendas consecuencias de la conquista determinaron que el indio se convirtiera en abastecedor primordial de la mano de obra.  Vmos a encontrar, pues, a los indios polarizados en la encomienda y en la "mita".  Debido a la encomienda, el indio tiene obligación de tributar, con lo que su trabajo se convierte en un medio de recaudación para los particulares y para la Corona.  había encomenderos que tenían cientos de encomendados.  Cuando la encomienda empieza a desaparecer durante el siglo XVIII, surge con más fuerza el servicio personal forzoso, que toma el nombre de "mita" en el Perú y el de "cuatequil" en México.  Según esto, el indio era explotado periódica y sistemáticamente en las minas, agricultura, obrajes, pesquerías de perlas, transporte, plantaciones, obras públicas y particulares y servicios domésticos.  Esta explotación no se diferenciaba de la encomienda sino en que ahora el indio era transplantado de un clima a otro y de la sierra al llano, con lo que la mortalidad y la "agresión climática" arrojaban resultados catastróficos.  La legislación se preocupaba de paliar la exploración, pero la realidad era que los hacendados y mineros sólo se preocupaban de sus intereses, despreciaban a los indios y, tratándoles como a burros de carga, no respetaban las más elementales reglas de humanidad.  La única persona encargada de defender a los indios era el corregidor, cargo totalmente adulterado y únicamente preocupado de obtener los máximos beneficios de los indígenas al precio que fuera.  
La legislación tendía al orden y a cierta equidad, pero a través de las mallas legislativas españolas fluía la vida sin ley de la población blanca en América.  Tanto los de la metrópoli como los criollos tienden a la opresión y explotación más cruel que imaginarse pueda.  Se amparan en su función oficial para hacer negocios sin escrúpulos y todos los particulares tienden a enriquecerse sin pensar en nada más.  No es de extrañar que el intento revolucionario de Túpac Amaru, para vengar los agravios de su raza, ordenase el exterminio de estas personas con cargos oficiales.
La situación del negro era aún más lamentable.  Al fracasar en el trabajo de las minas, se les afinca en las plantaciones costeras, donde su vigor da buenos resultados económicos a las autoridades y los particulares.