7 may. 2016

LAS CONDICIONES DE LA DIPLOMACIA EN TIEMPOS DE LA ENTENTE ANGLO-FRANCESA DEL SIGLO XVIII

El principio de equilibrio, inaugurado en la Paz de Utrecht, había triunfado. Así lo reconocía un ministro de Luis XV en 1786:

"Hace setenta años que la corte de Londres trabaja incesantemente por levantar todas las potencias contra Francia, bajo el falso pretexto de que esta corona quería acabar con la libertad de Europa, destruir el equilibrio del poder y hacerse con la monarquía universal. con mucho mayor fundamento se pueden excitar actualmente la envidia y el temor de todas las naciones contra los ingleses. Fingiendo que quieren proteger el equilibrio en tierra, que nadie amenaza, ellos destruyen el equilibrio en los mares, que nadie defiende."

El periodo subsiguiente a los tratados de Utrecht se caracterizó por la laxitud y tregua en las rivalidades anglo-francesas. Es la "política del condominio" franco-británica, que dura hasta el año 1740.
La historia militar y diplomática se complica al desaparecer la estructuración de los poderes universales con base en la Edad Media; se combinan los poderes de forma nacionalista para arreglar los problemas internacionales suscitados por la desintegración; desaparecen las influencias religiosas, privando las causas de orden económico y político; los conflictos nacerán de las oposiciones dinásticas y económicas: guerras de sucesión y guerras coloniales.
Los recursos económicos y militares juegan un papel fundamental, y antes lanzarse a una guerra se atan y desatan ligas, alianzas, coaliciones. Los combate se dan en el último extremo y sin fatales consecuencias. Respecto a las relaciones internacionales, era ya tópico el dicho: "cada día se creía llegar al final; al siguiente, todo estaba por comenzar". La trama es completa, y las alianzas no siempre conducen a una leal cooperación.
El equilibrio se había estructurado a base de tres potencias: Inglaterra, Francia y Austria. Habrá que sumar la oriental Rusia y la surgente Prusia. Holanda se pesa, y España es aún temida, a causa de sus recursos coloniales. En esta época, dirá Jover, la diplomacia española se va a mostrar ágil, eficiente, con una sensibilidad despierta hacia los intereses comerciales y estratégicos del Imperio. España abandona las cuestiones de prestigio caduco, de provincialismos y de soberbios resentimientos. Negocia, discute, se afirma o transige sin retóricas, con espíritu de empresa. Son formas europeas de discusión que España adoptará para defender sus intereses frente a Austria, Inglaterra o la misma Francia.
A una primera fase de dirección de los problemas españoles por discutidos políticos extranjeros (Alberoni, Ripperdá), sigue un plantel de nombres españoles que anuncian la época de Carlos III (Patiño, Campillo, Ensenada, Carvajal). Son hombres que conocen la realidad, y su acción responde a la situación del potencial humano y económico del país. España, aceptando esta realidad (potencia naval inglesa, cultura francesa...), hará de tripas corazón. Era la salida que le quedaba, so pena de seguir el numantinismo retórico, senil y sin nervio de los últimos Austrias.
Se ha dicho que la política exterior de los primeros Borbones, sobre todo de Felipe , fue oportunista y contradictoria, sin ajustarse a la personalidad física, histórica y cultural del país. Se ha añadido que la política exterior de la primera mitad del siglo XVIII subordinó los intereses nacionales españoles a las ambiciones maternales de Isabel Farnesio, demostrando con ello apasionamiento, falta de lucidez y falta de conciencia de lo esencial.
Se ha dicho además, que la política exterior de España pierde durante el siglo XVIII su antigua grandeza imperial, subordinándose a la francesa mediante una desdichada y poco patriótica política de pactos de familia, exponenciando el desorden y el fracaso.
Ante estas valoraciones de antieuropeísmo, casticismo y pudor ante la desnudez española, con las fuentes en la mano, se sostiene la validez que para el siglo XVIII tiene el retorno a Europa, el retorno al Mediterráneo occidental y el retorno al Atlántico.
Éstas son unas finalidades constructivamente oportunistas, en línea con la historia y con los objetivos nacionales. En el siglo XVIII proseguirá esta doble o triple acción exterior.


Para saber más puedes leer HISTORIA MODERNA DE LAS ESPAÑAS IV siguiendo este ENLACE