6 abr. 2016

POBLACIÓN RURAL Y POBLACIÓN URBANA EN LA ESPAÑA DEL XVIII

Los hombres dieciochescos siguen siendo campesinos y prefieren el hábitat rural. Pese a ello, Jovellanos ataca el lujo y la corrupción de los propietarios que viven en grandes ciudades, con lo que los pueblos pequeños quedaban desiertos. Piensa en una España más uniforme y razonablemente poblada, y no sepultada por los cementerios de las capitales.
En este aspecto estábamos a nivel europeo. En Francia, que contaba en torno al año 1800 con 24 millones de habitantes, sólo dos millones vivían en poblaciones urbanas demás de 10.000 habitantes. Sólo París y Lyon superaban los 100.000 habitantes. Este caso es similar en toda Europa, si exceptuamos los potentes núcleos industriales ingleses.
En España hay sólo cuarenta ciudades con más de 10.000 habitantes, y 17 de éstas están en Andalucía. A la mayoría de estos núcleos, productos del latifundismo, más que ciudades propiamente dichas tendríamos que llamarles pueblos grandes.
El fuerte predominio rural queda reflejado en estos datos de fines del siglo XVIII. Existen 148 ciudades; 4.716 villas; 1.821 aldeas; 2.251 granjas, y 837 cotos redondos. No llega al 10% el número de españoles que viven en núcleos de más de 5.000 habitantes, y este porcentaje en Castilla no alcanza ni el 5%. Veamos el número de habitantes de las principales ciudades interiores:

MADRID: 167.000
MURCIA: 40.000
GRANADA: 40.000
ZARAGOZA: 40.000
TOLEDO: 21.000
VALLADOLID: 21.000
BURGOS: 9.000

Y a continuación contrastemos los datos con la principales ciudades periféricas:

BARCELONA: 115.000
SEVILLA: 96.000
VALENCIA: 80.000
CÁDIZ: 70.000
MÁLAGA: 50.000
CARTAGENA: 50.000

Los seis núcleos periféricos pasan de los 50.000 habitantes, y algunos han experimentado un cercimiento espectacular, como Cádiz, Cartagena o Barcelona que de 37.000 habitantes a principios de siglo pasa a 115.000 a finales del mismo. En esta línea localizamos el surgimiento de focos nuevos, ubicados en la periferia, como el citado de Cartagena, San Fernando, San Roque, San Carlos de la Rápita, Algeciras, Águilas y muchos más.
Los núcleos del Cantábrico, Vigo, La Coruña, Oviedo, Gijón, Santander, Bilbao, San Sebastián, son mucho más débiles que los del Mediterráneo, aunque se les nota vitalidad y han empezado con ímpetu su despegue demográfico y económico. Ninguno de éstos sobrepasa los 15.000 habitantes.
Las ciudades castellanas son sombra de lo que fueron. Ahí yacen los esqueletos de Burgos, Medina del Campo, Soria, Segovia, Ávila, Cuenca y un largo etcétera.
Hay que destacar el efecto "pulpo" de Madrid, que crece, mientras se empobrecía el Estado y se deprimía laeconomía del interior. Madrid, en el XVIII, registra un fuerte impulso urbanístico, convirtiéndose en una verdadera ciudad europea, pasando de los 13.000 habitantes que tenía en 1513 a los 281.000 que alcanza en 1857.
En relación con la tensión pueblo-ciudad hay que apuntar ya el absentismo de los nobles de sus fincas y su refugio en los núcleos urbanos o en la corte. A su vez, hay que registrar con objetiva crudeza el flujo de una masa asalariada a las ciudades. No cuentan con nada seguro; están desclasados y alejados de sus medios habituales. Este fenómeno, que arranca ahora con fuerza, habrá que tenerlo muy en cuenta a partir de 1808.

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