10 abr. 2016

LA CRISIS DEL SIGLO XVII

El auge del siglo XVII termina, en el sector industrial, con un aumento de salarios y con una disminución de beneficios al no aumentar la productividad. Quedó frenada, por tanto, la posibilidad de ahorro e inversión.
En la agricultura se registrará también una disminución de la productividad y unos rendimientos decrecientes que repercutirán directamente en el número de subsistencias de los campesinos. Va acompañado de un alza de las rentas de la tierra, de los diemos, de las cargas y derechos fiscales, que disminuirán este mínimo de subsistencias. Resultará de todo ello un descenso de la población, un estancamiento... una crisis. Podemos repetir, con varios historiadores, que si la coyuntura en Europa fue depresiva, en España fue catastrófica.
Tenemos una decadencia patente a principios del siglo XVIII. Hay que relacionarla con un abandono de las actividades productivas, el dinero colocado en censos, mayorazgos, venta de montes y pastos comunales, venta de baldíos, exigencias señoriales, desigualdad de la tributación, celibato, expulsión de los moriscos, etc... Todo habría que estudiarlo con detalle, al margen de ser constatado por arbitristas y escritores de la época, como Sancho de Moncada, Lope de Deza, Cristóbal Pérez de Herrera, Martín González de Cellorigo, Gaspar de Criales y Arce, Francisco Martínez de Mata, Miguel Caxa de Leruela, Mateo Lisón y Biezna, Guillén Barbón y Castañeda, etc...
Algunos resultados fueron:

-Disminución de mano de obra y producción.
-Disminución, a su vez, del número de ganados.
-Aumento de despoblados.
-Aumento de impuestos.
-Pérdida del valor de las tierras.
-Concentración de la propiedad.

El estancamiento afectó a todos los sectores productivos, aunque a unos antes que a otros.
Si estudiamos en profundidad los resbaladizos "diezmos", podemos concluir que la producción agrícola española experimentó un aumento durante el siglo XVIII. Es forzoso que lo hubiera, pues de otra forma no se podría explicar el aumento de la población. Este incremento de la producción agrícola hay que explicarlo por la intensificación de los cultivos, por la extensión de las tierras o por la acción conjunta de ambos factores.

El aumento de la población provocó una fuerte presión de la demanda y un alza de los precios de los productos agrarios. Lógicamente, esto tenía que haber repercutido en una intensificación de los cultivos. En Inglaterra y otros países se dio una mejora en la técnica, selección de semillas, cultivos, etc... Este mimar la agricultura se tradujo en mejores y más altos rendimientos. La agricultura en el siglo XVIII estaba de moda y a ello contribuyeron las doctrinas y sentimientos de los fisiócratas, para quienes la agricultura era la fuente de la verdadera riqueza. Las tertulias de las Sociedades de Amigos del País importaron este sentir predilecto por los temas agrarios y divulgaron las técnicas agrícolas europeas en libros y periódicos. El Estado emprendió una política agraria, basada en la mejora de cultivos y en inversiones en obras hidráulicas: Canal de Castilla, Canal Imperial de Aragón, CAnal de Tauste, Tajo-Manzanares, Guadalquivir, Acequia Real del Júcar, pantano de Lorca, Canales de Alcira, Amposta, Urgel, Albolote, Ujízar, etc... Se registran numerosas ordenanzas sobre regadíos. Y no ajena a la intensificación de los cultivos es la actuación del Estado en pro de la libertad del comercio de cereales, restando privilegios a la Mesta, proyectando una reforma agraria y adquiriendo nuevas medidas.
Pero los grandes propietarios, al revés que en Inglaterra, no cambiaron su actitud y nunca quisieron explotar directamente sus tierras, ya que disponían de medios más fáciles para aumentar sus ingresos. Los pequeños propietarios necesitaban una seguridad en la posesión de la tirra, cosa de la que carecían. Por su parte, los arrendadores necesitaban unos contratos enfitéuticos, bien hechos y a largo plazo. Era obligada, pues, la abolición del diezmo y de la caterva de impuestos señoriales.
¿Podía intensificar los cultivos un pequeño propietario, un aparcero o un arrrendador cuando, si conseguía alguna ventaja en los cultivos, él era el último en aprovecharse de ella? Canga Argüelles se preguntaba: "¿Pero cómo es posible que haya un interés eficaz en emplear el trabajo, mientras los productos de éste no redunden en ben del que lo pone en acción?". Y tenía razón. Los propietarios eran poco numerosos y no trabajaban directamente sus tierras, los grandes arrendatarios no les superaban en número; algunos trabajaban sus tierras, pero la mayoría subarrendaban sus terrenos; los pequeños arrendatarios eran muy numerosos y ellos sí que trabajaban personalmente las tierras; pero los braceros y jornaleros, los que más trabajaban, apenas arrendaban dos fanegas de tierra.
Hay múltiples informes que hablan en este sentido: Que desaparezcan, primero, los inconvenientes y que luego el colono beba los principios y tecnologías que le ofrece el gobierno y las Sociedades Económicas de Amigos del País.
La cosa era compleja. Se trataba de un tránsito entre el Antiguo Régimen y la Ilustración, al fin y al cabo...

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