28 mar. 2016

EL PROBLEMA CATALÁN Y LA GUERRA CIVIL

En el transcurso de la Guerra de Sucesión (1701-1715), Felipe y el archiduque se hallan en tablas en lo relativo al apoyo y hostilidad que encuentran respectivamente en Castilla y en los reinos de la Corona de Aragón. Es la pasión concentrada e intransigente de las guerras civiles españolas, que, finalmente, había despertado también al pueblo castellano, que lo lanza a impedir el triunfo de un rey que no sea el que él quiere dar a las Españas y el triunfo de un pueblo hispánico que no sea él mismo. Por ello, los catalanes no se someterían sino tras una durísima campaña y, abandonados a su suerte por las potencias europeas, realizarán un esfuerzo fantástico por defender sus privilegios forales. Los representantes de la "Junta de Brazos", Manuel Ferrer y Ciges, Carlos Fivaller, José Pinós y Rocaberti, José Sala, José Ferrer, etc... tuvieron que ceder ante un Felipe V que entendía el problema como de vida o muerte. Es conocida la frase que dijo el Borbón: "Antes arriesgaré mi corona que otorgar a los catalanes sus privilegios, cualesquiera que sean".
El heroísmo catalán es comparado por escritores de la época a los más famosos de la antigüedad:

"Un sitio tan extraordinario, sostenido por simples burgueses y paisanos, sin apoyo de potencia alguna y sin esparanza del menor socorro, sorprenderá un día a la posteridad, recordándole los de Numancia y Sagunto. Se hace difícil de comprender cómo burgueses, estudiantes y campesinos pudieron demostrar tanto valor, batirse con tal valentía durante un tiempo tan largo".

Así se disolvía la Corona de Aragón como conjunto de provincias que tenían su origen en la Edad Media. Esta fase de disolución de gobierno, administración y justicia se consumará con la unificación constitucional de las Cortes de Cádiz. O, como decía Menéndez Pelayo: "Así perdió España los últimos restos de sus sagradas libertades provinciales y municipales, sepultados bajo los escombros humeantes de la heroica Barcelona". Lo cierto es que quedaban aún los vasco-navarros...
Pese a lo candente del tema, hay que reconocer que Felipe V no obró por venganza ni se dejó llevar por rencorosas represalias. El rey se dejó arrastrar por la lógica de los acontecimientos, que le daban una superioridad, tras la batalla de Almansa del 25 de mayo de 1707.
Además, ¿no era injusto que los pueblos más fieles fuesen los más castigados? Esta idea la traía ya el Borbón de Versalles, y poner a Aragón, Cataluña y Valencia en el mismo pie que Castilla era algo mandado por Francia. La finalidd de reorganización económica y política de la monarquía española era una idea madura en los fríos consejeros de Felipe V, Amelot y Orry.
Si cabe, este espíritu era revolucionario y beneficioso para los mismos catalanes. En esto, Felipe V superaba al archiduque, ya que éste desseaba continuar en España la tradición política de los Habsburgo, en un momento en que la vida entera española anhelaba unas nuevas directrices y contemplaba admirada y envidiosa el triunfo que éstas alcanzaban en la Francia del Rey Sol.
Felipe V representaba la innovación, la salida del marasmo del siglo XVII. Este marasmo, para muchos contemporáneos se debía a la nula vertebración de la monarquía española, dada la dosociación radical de Castilla y los núcleos morales. Este aspecto ha sido inteligentemente analizado por algunos historiadores que han concluído que el reino de Castilla malogró su vitalidad económica y agotó todas sus energías al tener que aguantar las inmensas cargas militares, económicas, tributarias y de toda índole del Imperio, que recaían exclusivamente sobre los castellanos. Ésta fue la causa de su fracaso económico y de su derrota política. Por otra parte, los países forales no participaron de las tareas comunes políticas, económicas y espirituales del Imperio; esta inhibición determinó, en función además de su tradicionalismo medieval, su estancamiento, paralización vital colectiva y un retraso interno que los mantuvo inoperantes en orden a las corrientes, las actividades y los problemas de la época.
Los castellanos, es cierto, deseaban con toda su alma repartir entre todos los Estados las cargas que pesaban únicamente sobre ellos. Estaban ya extenuados, después de dos siglos. En este tiempo el reino de Castilla estaba encargado casi exclusivamente de sosener con sus recursos y defender con sus ejércitos a todos los restantes países, que se limitaban a mirar cómo lo hacía. Ni de tan extraordinaria capacidad y voluntad de sacrificio como la de aquel pueblo, a un tiempo, paradójicamente, director y víctima, que se avino abnegadamente a desangrarse, literalmente hablando, en servicio delos demás países de la monarquía, sin reacción ni pretexto frente al régimen privativo de los Estados periféricos, que les mantenían en tal situación de privilegio.
Las desigualdades tributarias y fiscales determinarn el desplazamiento del centro por la periferia, ya que en esta zona la producción encuentra más ventajas y exenciones y, por otra parte, les resulta más beeficioso importar del extanjero que del centro de la Península; los productos del interior salen más encarecidos, debido a las dificultades geográficas del tráfico y al gravamen de todo tipo a que están sometidos sus artículos.
Castilla quiere vivir. Pero si pasamos por alto el sentimentalismo de los catalanes, vencidos, y la arrogancia suspicaz de los castellanos, vencedores, la posibilidaad económica de vivir que representa Felipe para los castellanos no fue nunca a costa de los catalanes.
Quizá el decreto de Nuevas Plantas, del que hablaremos más adelante, no fue para la economía y sociedad de los catalanes la medicina de salvación que precisaban, a la luz de la marcha de los acontecimientos, que resultó beneficiosa para Cataluña.
Otra cosa sería la falta de tacto que supuso la supeditación, adaptación y asimilación gradual de Aragón, Valencia, Mallorca y Cataluña a los usos legales de Castilla.
Los procedimientos de disolución y adaptación del antiguo reino de Aragón a veces fueron brutales. Docenas de datos, entre los que destaca el arrasamiento de Játiva, demuestran que esta Guerra de Sucesión fue una dura guerra civil. Así nos dicen las "Lástimas de los Aragoneses":

Unos fueron a presidios
otros fuimos desterrados,
millares encarcelados,
con oprobios ofendidos;
viéndonos tan afligidos,
¡Qué mejor trato tendría
un cristiano en Berbería!

Pues sí...

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