27 mar. 2016

GUERRA CIVIL E INTEGRIDAD DEL TERRITORIO NACIONAL (II)

Guerra, Corona y Honor de la Patria. La guerra tendrá también un carácter religioso y Castilla sacará sus inolvidados y siempre gratos "registros de cruada" y "guerra de religión". En el enemigo verán la horda del rofanador y del impío.
Y llega el pueblo y se burla de los enemigos, como de Marlborough, al que castellanizaron "Mambrú", con la coplilla:

Mambrú se fue a la guerra
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Mambrú se fue a la guerra
no sé cuando vendrá...

El propio rey se compenetra con las gentes castellanas y dice que perderá la vida o abatirá "el orgullo de los luteranos". El matiz de cruzada viene avalado por numerosas citas del clero de la época sobre ataques a los enemigos en los que sólo ve sectas.
Discursos, auditorios y sermones se interrumpen con "vivas" a Felipe V y a su mujer, la Saboyana. Hubo predicaciones disparatadas. Así fey Eusebio del Santísimo Sacramento comparó al Padre Eterno al señor Luis XIV; al Hijo al duque de Anjou, y a la señora María Luisa, al Amor Sacratísimo. Las provincias defienden por todos los medios a Felipe V y los reyes se lo agradecen explícitamente.
Los "Comentarios de la Guerra" hechos por el marqués de San Felipe hablan de que hasta las prostitutas castellanas contribuyen a luchar contra el ejército enemigo. ¿Cómo? A su manera:

"... de propósito, las mujeres públicas tomaron el empeño de entretener y acabar, si pudiesen, con este ejército; y así, iban en cuadrillas por la noche hasta las tiendas, e introducían un desorden que llamó al último peligro a infinitos; porque en los hospitales había más de seis mil enfermos, la mayor parte de los cuales murieron. De este pésimo e inicuo ardid usaba la lealtad y amor al Rey, aun en las públicas rameras, y se aderezaban con olores y aceites las más enfermas, para contaminar a los que aborrecían, vistiendo traje de amor el odio: no se leerá tan impía lealtad en Historia alguna..."

Pues no.

Felipe V responde a la confianza de su pueblo; no huye a Francia, como le proponen, al fracasar el sitio de Barcelona en 1705, sino que, por el Pirineo francés, entra en Pamplona; no desfallece, no cede a las exigencias de los aliados ni ante su abuelo siquiera.
Las cartas que Felipe escribe a Luis XIV tienen una sola idea: "No abandonar España sino con la vida", "Además, no había nada tan peligroso en esta coyuntura que demostrar desconfianza hacia los castellanos, cuando sólo me han hecho ver de su parte fidelidad y elo, y yo no les puedo demostrar mejor mis buenas intenciones que arrojándome en sus brazos con entera confianza, en un tiempo tan espinoso como éste".
La postura de Felipe V está respaldada por todas las clases castellanas. Hay, sin embargo, un bando del archiduque al que se afilian una falange de nobles resentidos (muchos de ellos castellanos), ávidos de poder, deseosos de reconstruir una hacienda disipada; nobles, muchos de ellos conocidos por sus vicios, por su genio intrigante, por una conducta familiar irregular. Merced a ellos, viene a adquirir el pronunciamiento en favor del archiduque numerosos atisbos de revuelta contra el Alcázar de Madrid.
También una lenta recuperación económica contribuye al apogeo de Felipe V. En 1705 no había armas, ni artillería, ni sueldos, ni vestidos, y a duras penas se lograron poner en pie de guerra seis batallones. En 1709 Felipe V disponía de 73 batallones y 135 escuadrones vestids, armados y pagados. Y las finanzas estaban relativamente saneadas.
España se desligaba de Francia. Nada más ilusorio pensar que España sería un virreinato o una dependencia gala. Incluso los más recelosos no tuvieron motivos al respecto. Sí es cierto que hasta el año 1709 las líneas de la política española se trazaban en Versalles, pero no lo es menos que estallaban violentas críticas contra la actitud de transigencia de Luis XIV por sacrificar intereses españoles en aras de la paz que ansiaba desde los comienzos del conflicto. Es válido decir que si no hubiera sido por los castellanos, los reyes y la princesa de los Ursinos, Luis XIV hubiera perpetrado una paz desastrosa para España y para él mismo.
Y es que España luchaba por mantener la integridad de su territorio y por un rey que quería. Era imposible un triunfo del archiduque, y se puede decir que su llamamiento al trono imperial austriaco no dejó demostrarlo. La unidad se mantuvo, pero a costa todavía de una resistencia casi invencible que demostraron los... ¡catalanes!