15 feb. 2016

LA QUIEBRA DEL IMPERIALISMO DE LOS AUSTRIAS (V)

Los años 1633 y 1634 son de febril actividad. España prepara un fuerte ejército, al frente del cual pone a un hermano del rey, el cardenal-infante don Fernando, hombre más inclinado a la espada que al báculo. Una vez preparado, las tropas de don Fernando salieron de Milán, atravesaron los Alpes, se unieron a las tropas imperiales, acaudilladas por el general Gallas, y presentaron batalla a los suecos en Nordlingen. La victoria del cardenal-infante fue espectacular (1634). Los protestantes se sintieron perdidos. Muchos de ellos se aliaron con el emperador para ayudarle a expulsar totalmente de Alemania a los suecos.
Acto seguido, el cardenal-infante se trasladó con sus tropas a los Países Bajos, de los que fue designado gobernador. Pero la victoria de Nordlingen, lejos de ser el final de una guerra que ya duraba dieciséis años, fue el comienzo de una de las más penosas de sus fases, la más fatal de todas para las armas españolas. Francia, alarmada por el triunfo conseguido por los Habsburgo en Nordlingen, se decide a intervenir abiertamente en la Guerra de los Treinta Años. Richelieu cerró alianzas con los protestantes alemanes, estrechó sus relaciones con Holanda, confirmó antiguos tratados con los grisones, los dueños de La Valentina y también con los duques de Saboya, Mantua y Parma. Con el primer ministro sueco, Oxentiern, acordó también una alianza ofensiva contra el emperador. No obstante, Alemania ya no era el objetivo disputado en aquella guerra. Lo que estaba en juego era el predominio de España o el de Francia.
Después de sufrir algunas pérdidas iniciales, el cardenal-infante lanzó sus tropas sobre la provincia francesa de la Picardía. Al mismo tiempo, el almirante de Castilla, partiendo de Guipúzcoa, llegó hasta Labord. En la frontera italiana, los franceses fueron vencidos en Tesino (1636). Otro ejército español, a las ódenes del duque de Cardona, penetró por el Languedoc. La situación se hizo tan peligrosa, que Richelieu ordenó poner a París en estado de defensa.
Año tras año prosiguen las campañas, principalmente en las fronteras del Imperio español, con suerte muy desigual. La maquinaria bélica española aún funcionaba con eficacia; pero no podía menos de estar muy desgastada, después de los años que llevaba funcionando. Por su parte, los franceses disponían de tropas frescas. España contaba con el entusiasmo arrebatado de Olivares y su política imperial, y Francia, con el tesón frío y calculador de Richelieu. Olivares y Richelieu, hombres iguales y contrarios, tenían una rivalidad personal que agudizaba las de sus respectivos países en el ansia de predominio europeo. Cada uno era la pesadilla del otro.
Pero se diferenciaron en dos cosas esenciales: en su personalidad y en el ambiente nacional que les rodeó. Olivares era gordo de pasiones superficiales y aparatosas, y, en lo hondo, un infeliz. Richelieu era un asténico, agudo y afilado como un cuchillo, frío, solapado y de dureza y crueldad refinadas. El ministro español trataba de sostener con sus espaldas de cíclope una monarquía que, por ley natural, se derrumbaba. El francés puso su genio político al servicio de una potencia que recorría la parte ascendente de su órbita. Estos dos órdenes de diferencias explican el fallo opuesto con que ambos personajes aparecen ante la Historia.
El cardenal trunfó, y al que vence se le perdonan siempre los más graves defectos. El conde-duque fue vencido, y al que fracasa se le niegan hasta las virtudes más notorias.
Así ocurrió, en efecto. La suerte de las armas no tardó en inclinarse decisivamente del lado francés. Sus primeros éxitos fueron los de desarticular el sistema de comunicaciones español de tránsito por La Valtelina; en aquel mismo año, los holandeses recuperan Breda; Breisach, plaza que constituía la llave de la ruta del Rin, tuvo que capitular, mientras que los franceses se asentaban firmemente en Alsacia; en 1639, la escuadra holandesa destrozó una poderosa flota española en aguas del Canal de la Mancha. Al año siguiente, Arrás pasaba a manos francesas. Desde el mar del Norte hasta el Milaneado se desmoronan los frentes defendidos por España.

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