14 feb. 2016

LA QUIEBRA DEL IMPERIALISMO DE LOS AUSTRIAS (IV)

Se pensaba que los aliados alemanes de España harían algo por sacar a Felipe IV de su atolladero, del mismo modo que él había contrbuido a sacrlos del suyo en los primeros años de la década de los veinte. Mas los católicos alemanes, enzarzadosa la sazón contra los daneses, no estaban en condiciones de ayudar. Olivares pensó entonces en cn recuperar el prestigio perdido en los campos de batalla y en distraer a la opinión pública española con una arriesgada operación que pasamos a describir. En 1627 había muerto sin sucesión el duque de Mantua. El pretendiente con más títulos para ocupar el ducado era el francés duque de Nevers; entonces Olivares, temiendo que la entrada de los franceses en Italia pusiera en peligro las posesiones españolas en Milán y su comunicaciones con Flandes y Alemania, dio la orden al gobernador de Milán de que ocupase el Monferrato, piedra de antiguas discordias, como recordará el lector. Era aquélla una guerra innecesaria y, desde luego, contraria a todo derecho; Olivares pensaba que su golpe de fuerza no acarrearía a España sino prestigio y riqueza; no pensó, o al menos no pudo evitar, lo que ocurrió a continuación. Después de algunas victorias iniciales, las tropas españolas debieron enfrentarse a un ejército francés. Ambrosio Spínola, llamado desde Flandes para dirigir las operaciones, murió en 1630; su sucesor, el marqués de Santa Cruz, buen marino pero inexperto guerrero, aunque disponía de fuerzas superiores a las francesas, llegó a un acuerdo con el general francés -que posteriormente desembocó en la Paz de Querasco (mayo de 1631)- por el que España perdió más aún su ya mermadísimo prestigio. Y no digamos nada de las pérdidas en dinero y hombres que acarreó aquel tremendo error de cálculo de Olivares. Al mismo tiempo, mientras duraron las hostilidades en el norte de Italia, fue necesario detener el esfuerzo bélico en los Países Bajos, donde España no tenía más que estas dos opciones: o renovar la tregua con los holandeses o enviar tropas y dineros suficientes para llevar a cabo una ofensiva que convirtiese a los Países Bajos en un Estado vasallo de la Corona de España. Pero ¿tenía España medios para permitirse el lujo de esta segunda solución?
Tampoco las Indias podían servir de ayuda en esta coyuntura. Una vez más, todos los esfuerzos debían recaer sobre los contribuyentes castellanos. Una vez más se hacía evidente la deficiente organización administrativa y política de los reinos de la Corona de España. Olivares pensó en imponer en todos ellos los mismos sistemas fiscales que regían en Castilla, con la esperanza de allegar recursos para la guerra en los Países Bajos Pero aquélla era una medida que no se podía imponer de la noche a la mañana. Así lo había afirmado el mismo conde-duque en una instrucción secreta, dirigida al rey en 1625:

"Tenga V.M. por el negocio más importante de la monarquía, el hacerse Rey de España; quiero decir, Señor, que no se contente V.M. con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona; sino que trabaje y piense con consejo mudado y secreto por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia... Con todo, éste no es negocio que se pueda conseguir en limitado tiempo, ni intento que se haya de descubrir a nadie".

No era éste, desde luego, el momento más oportuno para tratar de hacer tabla rasa de las diferencias existentes entre los numerosos reinos. Olivares, sin embargo, se atrevió a hacerlo. Pronto tendremos ocasión de hablar de las consecuencias que tales medidas tuvieron en el proceso desmembrativo de la unidad hispánica. Pero todavía se atrevió a algo mucho más arriesgado: a firmar un tratado con los Habsburgo por el que Viena y Madrid se comprometían a colaborar en una acción conjunta en los campos de batalla. España ayudaría a Austria, acorralada a la sazón por los suecos, y Austria, juntamente con las fuerzas católicas de Alemania, ayudaría a España en su guerra total contra los Países Bajos.