13 feb. 2016

LA QUIEBRA DEL IMPERIALISMO DE LOS AUSTRIAS (III)

Reaccionan los católicos, que reúnen nuevas tropas para detener a los suecos. El mando de los ejércitos se confía otra vez a Wallenstein. Un nuevo encuentro tiene lugar en utzen (1632). Los suecos vencen en la batalla, pero su rey muere en la lucha.
La desaparición de Gustavo Adolfo significó la confusión para los protestantes. Era el momento de asestarles un golpe decisivo; mas en aquellas circunstancias, Wallenstein se hace sospechoso de aspirar al trono de Bohemia. La Liga Católica lo destituye y lo hace asesinar.
¿Qué había hecho España entretanto desde los días de la toma de Breda? La victoria de Spínola había llenado de alegría a los españoles y, desde luego, al conde-duque. El discurso que Felipe IV dirigió al Consejo de Castilla así lo manifestaba abiertamente:

"Nuestro prestigio ha crecido inmensamente. Hemos tenido a toda Euriopa en contra nuestra, pero no hemos sido derrotados, ni hemos perdido a nuestros aliados, mientras que nuestros enemigos me han pedido la paz. El pasado año de 1625 hemos tenido a nuestro cargo casi 300.000 hombres de a pie y de a caballo y en armas a unos 500.000 hombres de las milicias, mientras las fortalezas de España se ponían en estado de defensa. La flota, que al subir yo al trono sólo tenía siete barcos, se ha elevado a 108 barcos de guerra marítima, sin contar los navíos de Flandes, y las tripulaciones están formadas por los marinos más diestros que este reino haya tenido nunca..."

En estos términos discurría el rey, haciendo un hábil empleo de los datos estadísticos, tras los que tantaa cosas se pueden camuflar en ocasiones. En realidad, los años siguientes a la toma de Breda fueron fatales para las finanzas españolas. A partir de 1621, los ingresos de la Corona percibidos sobre los metales envidos desde América descienden casi un 50% y más todavía en los años siguientes. La reducción de los metales preciosos indianos influyó en la pausa que detuvo el esfuerzo bélico español.
Entre 1621 y 1626 se multiplicaron las acuñaciones de moneda de vellón, hasta el extremo de que en 1627 no tuvo Felipe IV otro remedio que declararse en bancarrota. Al año siguiente, se procedió a la primera medida deflacionista de importancia adoptada en España desde los días de los Reyes Católicos. El valor del vellón se redujo en un 50%. De esta forma se trató de hacer frente a la extraordinaria carestía que había en el país, debida no sólo a la incesante inflación de los años anteriores, sino también a la escasez de trigo y de ganado que se sentía. La gran deflación de 1628 causó graves pérdidas a los particulares, pero concedió un momentáneo respiro al tesoro real. Ésta habría sido la mejor ocasión para emprender la tarea de consolidar y reformar verdaderamente la monarquía española; mas aquella oportunidad también se perdió.
En aquel mismo año de 1628, la flota que transportaba la plata desde las Indias a España cayó íntegramente en poder de Piet Heyn, almirante de la escuadra holandesa. Era el mayor desastre sufrido por España desde la conquista de América. Sumando el valor de la plata al de los galeones y el de la artillería, aquella captura supuso para España una pérdida de unos seis millones de ducados. Pero la pérdida material era insignificante si la comparamos con la pérdida de prestigio que suponía internacionalmente. Así lo creyó el mismo Felipe IV, que escribía sobre el particular lo siguiente:

"Cuando hablo del desastre, la sangre corre fríamente por mis venas, no por la pérdida del tesoro, sino porque con esa infame derrota perdemos nuestra reputación, al estar causada como lo fue por el miedo y la cobardía".