27 feb. 2016

LA DESINTEGRACIÓN DE LA MONARQUÍA HISPÁNICA (y V): LA PAZ DE LOS PIRINEOS

En la lánguida guerra de Portugal destacaron dos acciones de armas. Una de ellas fue la ocupación de Olivenza por las tropas españolas. Los vecinos de la ciudad, no obstante, la evacuaron antes que vivir sometidos a España (junio de 1657). La segunda a que nos referimos fue la ofensiva portuguesa contra Badajoz, ciudad que atacaron con un considerable ejército (17.000 hombres), mientras que en ella no había más que 4.000 españoles. El peligro que corría la ciudad hizo reaccionar a la corte, que movilizó un ejército de cerca de 20.000 soldados, al frente de los cuales se puso el mismísimo don Luis de Haro. El ejército portugués, entretanto, diezmado por las enfermedades, se había retirado al otro lado de la frontera. Haro entró en Portugal y puso sitio a Elvas; pero allí fue sorprendido por los portugueses, que pusieron en vergonzosísima fuga al ejército español. Don Luis de Haro se pudo salvar huyendo en medio de la confusión hacia Badajoz, donde se le unió su maltrecho y acobardado ejército. Todavía en los años que siguieron a la Paz de los Pirineos se organizaron campañas contra Portugal, igualmente ineficaces y descalabradas. En la fecha indicada últimamente, el marqués de Caracena, generalísimo español, fue derrotado en la batalla de Montes Claros. Después de aquel intento no hubo más campañas. Felipe IV murió aquel mismo año. Portugal quedó separado de España definitivamente.
En los Países Bajos, después de algunos reveses sufridos por las tropas españolas frente a los ejércitos franceses, fue nombrado gobernador y generalísimo don Juan José de Austria, que obtuvo un apreciable triunfo en Valenciennes (1656). Pero la entrada de Inglaterra en la guerra cambió de signo aquel esperanzador triunfo. La campaña de 1657 supuso para España la pérdida de importantes plazas, como Bourbourg, Saint-Venant y Mardyck. En la del año siguiente, capitularon ante los aliados anglo-franceses Dunkerque, Lick, Bergues, Dixmunde, Furnes, Oudernarde y Gravelinas. Don Juan José de Austria regresó a España para ponerse al frente de las operaciones contra Portugal. Cuando se preparaba la campaña de 1659, se firmó la paz.
Las negociaciones las levaron a cabo, de parte española, don Luis de Haro, que ya ostentaba los títulos de marqués de Carpio y conde-duque de Olivares, heredado de su difunto tío, el ex valido. Del lado francés las dirigió Mazarino. Se celebraron en la llamada isla de los Faisanes, situada en medio de la corriente del Bidasoa, fronterizo entre Francia y España. En el tratado que de allí salió, el conocido como Paz de los Pirineos, se acordó el matrimonio de Luis XIV con la princesa María Teresa, hija de Felipe IV, con la condición de que la infanta renunciase a sus derechos sobre la Corona de España, a cambio de una dote de 500.000 escudos, dote que, a fin de cuentas, no pagó España. En esta circunstancia se apoyarían los franceses, andando el tiempo, para reivindicar sus derechos al trono de España, una vez que murió sin sucesión el último rey de la dinastía, Carlos II. España entregó a Francia el Rosellón y el Conflent, además de otros valiosos territorios, como el Artois, y una larga lista de plazas estratégicas en Flandes, Luxemburgo y Henaut. Francia prometió (y no lo cumplió) dejar de ayudar a los rebeldes portugueses. Inglaterra, si bien no se sentó a la mesa de negociaciones, también sacó ventaja de la guerra que había mantenido contra España. Jamaica, de la que se habían apoderado los ingleses, quedó en su poder y sirvió, en adelante, de base al contrabando británico en América, principalmente en México y Perú.

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