28 feb. 2016

EL SIGLO DE ORO (I)

Con los sobrenombres que aplicaron a Felipe IV los cortesanos aduladores podría hacerse una larga lista. Le llamaron Felipe el Cazador, Felipe el Poeta, el Galante, el Rey Planeta, Felipe el Grande. Parafraseando esta última denominación, escribiría el conocido Quevedo:

Grande sois, Felipe, a manera de hoyo;
ved esto que os digo en razón de apoyo;
quien más quita al hoyo, más grande le hace;
mirad quién lo ordena, veréis a quien place

Tal era, en realidad, la grandeza de aquel rey a cuya colección de sobrenombres bien podíamos añadir también el de Felipe el Abúlico, por las razones que en su momento tuvimos ocasión de exponer. En torno a Felipe se desplegó una corte esplendorosa, constantemente enfrascada e los espectáculos y diversiones que se oranizaban para el rey. Felipe IV fue, a no dudarlo, el monarca que más se divirtió en toda la Historia de España y el que más contribuyó -con su ejemplo al menos- a hacer de las clases dirigentes del país y de cuantos estuvieron en condiciones de imitarla la más cumplida cristalización de una sociedad alegre y confiada, que dilapidaba su dinero, su tiempo, sus fuerzas y su vida eterna, incluso, en una continua fiesta de la que en las obras del doctor José Deleito y Piñuela podemor encontrar los más variados detalles ("El Rey se divierte" y "También se dicierte el pueblo").
El mecenazgo real, imitado y potenciado por el que ejercieron los aristócratas y la Iglesia misma, permite en la España del siglo XVII un florecimiento artístico y literario que ha hecho de este siglo el más brillante de nuestra historia, nuestro Siglo de Oro. Especial desarrollo se observa en el arte dramático, a cuyo esplendor contribuía tanto el gusto por lo espectacular como la religiosidad, más o menos profunda, de aquella sociedad. Destacan los nombres de Lope de Vega, Tirso de Molina (fray Gabriel Téllez), Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza, Pedro Calderón de la Barca, Rojaz Zorrilla y otros muchos autores. Dentro de este género merecen especial mención el entremés, creación de Cervantes y de Quiñones de Benavente, y el llamado teatro del colegio, género cultivado en los colegios de jesuitas, entre cuyos mejores cultivadores figuraron Juan de Mal-lara y Francisco Sánchez de las Brozas.
Entre los novelistas, además de los ya citados, figuran el anónimo autor de "Vidas y hechos de Estebanillo Gonález", Francisco López de Úbeda, Castillo Solórzano, Salas Barbadillo, doña María de Zayas y Sotomayor, Cristóbal Lozano, Juan de Zabala y Antonio Liñán y Verdugo.
Dentro de la línea culta de la poesía, desde mediados del siglo XVI se observan en España dos caudalosas corrientes, una castellana (la escuela salmantina) y otra andaluza (la escuela sevillana). A la primera pertenece un grupo de poetas sobrios en la forma y profundos en su pensamiento, que biscaron su inspiración en los escritores clásicos fundamentalmente. Entre ellos están fray Luis de León, Francisco de Aldama, Francisco de la Torre y Francisco de Figueroa. Los andaluces, generalmente inclinados a buscar sus temas en los libros sagrados, aunque no exclusivamente, crearon un original lenguaje poético distinto de la prosa. Dentro de esta corriente están Fernando de Herrera, Cristóbal Mosquera de Figueroa, Diego Girón, Francisco de Medina, Baltasar de Alcázar y Luis Carrillo de Sotomayor, autor este último con el que se encadena la escuela sevillana clásica al culteranismo de Luis de Góngora y Argote y de sus seguidores, don Juan de Tassis, conde de Villamediana, Juan de Jáuregui, Pedro Soto de Rojas, Trillo Figueroa, Gabriel Bocángel, Salvador Jacinto Polo de Medina y la monja mexicana sor Juana Inés de la Cruz.

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