5 ene. 2016

HALCONES Y PALOMAS EN EL VIETNAM DE FLANDES (IV)

No obstante, ante la necesidad de enviar a Flandes a su hermano, Felipe trató de sacar el mayor partido posible. Para animarle a aceptar la ingrata tarea de revivificar "un cuerpo ya casi difunto", "un cuerpo con el último suspiro en la boca", como defniría Juan de Austria el asunto de Flandes, ofreció Felipe a su hermano el mejor de los cebos: alentó sus sueños de llevar a cabo la aventura de Inglaterra. Al mismo tiempo, aconsejado por Antonio Pérez, puso a su lado, como secretario, a Juan de Escobedo, al par que entregaba a Juan de Austria una interminable lista de instrucciones de gobiero tan minuciosas que a don Juan, que ya las encontraba difíciles de leer, le parecían mucho más difíciles de ejecutar. Pero seducido por la perspectiva de emprender la aventura inglesa en cuanto hubiese pacificado los Países Bajos, aceptó el nombramiento y, disfrazado de criado morisco de Octavio Gonzaga, salió de Madrid, atravesó Francia y llegó a Luxemburgo el 4 de noviembre de 1576, en el momento más inoportuno para hablar de paz.
En efecto, el mes anterior las tropas reales, hartas de esperar sus pagas, se habían amotinado. Para resarcirse de la penuria económica en que se encontraban, organizaron -disciplinadamente, eso sí- el saque de la ciudad dde Amberes. Vencida la guarnición de la ciudad, ésta quedó a merced de los vencedores, que la sometieron implacablemente a lo que desde entonces se daría enlamar "la furia española". Más de 7.000 habitantes pacíficos perdieron en aquellas jornadas sus vidas y sus haciendas. En realidad, los amotinados no eran solamente españoles. Si se estudian las estadísticas militares, las tropas españolas siempre constituyeron una minoría entre las muchas que militaban a las órdenes de Felipe II. En 1575, mientras que los españoles eran 3280, lso alemanes eran 26.200 y los valones 7.840. También es cierto que semejantes atrocidades eran comunes a todos los ejércitos de la época. Mas en aquella ocasión, el saqueo de Amberes por el ejército de Felipe II vino a agraar -si es que todavía era posible- aquel interminable conflicto. Los Estados Generales, reunidos precipitadamente en Bruselas, se aliraron a los estados federados de Holanda y Zelanda, temerosos de que lo ocurrido en Amberes se epitiera en otras ciudades. El Consejo de Estado aprobó aquella alianza, conocida como Pacificación de Gante. Cuando Juan de Austria llegó a los Países Bajos, no tuvo más remedio que negociar y aceptar el convenio qeu se denominó EdictoPerpetuo (12 de febrero de 1577). Juan de Austria sería reconocido como gobernador por los Estados Generales de todas las provincias. Por primera vez habían llegado a un acuerdo los rivales; pero aquella solución, a pesar de qeu garantizaba, al menos teóricamente, la conservación de la fe católica, no satisfizo a los extremistas católicos, que no estaban dispuestos a transigir con que Guillermo de Orange fuera mantenido por Felipe II en el gobierno de las provincias del norte. Así pues, comenzaron a tratr con la rama alemana de los Habsburgo e hicieron venir a Flandes al archiduque Matías, hermano del emperador, para negociar con él la incorporación de los Países Bajos al Imperio alemán. Aquellos tratos no podían menos que inquietar tanto a Felipe II como a Guillermo deOrange y al mismo don Juan de Austria. Éste, además, tuvo que ver cómo se desvanecía su sueño de invadir Inglaterra. La pacificación del país era un hecho; pero no pudo llevar a cabo la segunda parte de su proyecto, ya que las tropas españolas acantonadas en Flandes recibieron la orden de marchar a Italia. Don Juan trató de enviarlas por mar, con la idea de cambiar inesperadamente el rumbo y hacerlas entrar en Inglaterra; pero los Estados Generales frustraron su plan, y no tuvo más remedio que resignarse a enviarles a Italia por el mismo camino por donde las había traído el duque de Alba.
Juan de Austria queda sumido en la desesperación en los Países Bajos, abandonado prácticamente por su hermano, demasiado ocupado a la sazón en preparar la sucesión al trono de Portugal. Mientras que todos los ambiciosos de Europa caían sobre los Países Bajos, dispuestos a arrancarles los mejores trozos, Juan de Austria, falto absolutamente de dineros y de tropas, escribía desesperadamenta cartas a su hermano solicitando ayuda. Pero Felipe no actuaba. Desconfiaba de su hermano, recelaba de él, le envidiaba y, al mismo tiempo, le temía. Desde la muerte del príncipe don Carlos, Felipe II no tenía sucesor. Los niños nacidos de su cuarto matrimonio no garantizaban aún la sucesión del Rey Prudente y, de hecho casi todos ellos se malograrían antes de llegar a la mayoría de edad. Juan de Austria aparecía como el posible sucesor de Felipe o, por lo menos, como el más llamado a ejercer la regencia en caso de que éste faltase. El mismo don Juan de Austria se había dejado ilusionar con estas perspectivas, que no cesaba de alimentar su secretario Escobedo. en estas circunstancias, entra en acción la siniestra figura del secretario Antonio Pérez, hombre en quien imprudentemente había volcado toda su confianza el Rey Prudente. Pérez convence a don Juan de Austria y a Escobedo de que en él tienen a un amigo que puede prestarle inestimables servicios ante el rey, para conseguir que los planes de don Juan lleguen a realizarse. Al mismo tiempo se guarda las espaldas dando a conocer sus maniobras al mismo monarca, el cual llega un omento en que se convence de que don Juan piensa traicionarle, de que planea efectivamente conquistar Inglaterra y seguidamente España, arrojándole a él del trono.
Todas las apariencias parecen demostrar a Felipe lo que Pérez le sugiere. Don Juan, desesperado de recibir ayuda de España, ordena a los tercios de Italia que vuelvan a Flandes. A primeros de 1578, Alejandro Farnesio llega a los Países Bajos con 20.000 hombres escogidos. Con ellos trata de imponer el orden en las desconcertadas provincias apoyándose en los católicos, quienes reaccionaban contra el triunfo que para los calvinistas había supuesto el Edicto Perpetuo. En pocos días, los calvinistas son acorralados y vencidos en Gembloux (31 de eero de 1578). Felipe, sin embargo, veí esa victoria como un paso más de Juan de Austria por el camino de la traición. Su secretario Escobdo había hecho fortificar, a la sazón, el castillo de Mogro en la bahía de Santander. Pérez convenció al rey de que con ello pretendía asegurarse una cabeza de puente el día que decidiesen invadir España desde Inglaterra.