4 ene. 2016

HALCONES Y PALOMAS EN EL VIETNAM DE FLANDES (III)

Pues bien, cuando Felipe II opta por dar una nueva orientación a su política sobre los Países Bajos, a estos tales acude, eligiendo como nuevo gobernador de Flandes a don Luis de Requesens (pariente del marqués de los Vélez), que hasta entonces había sido gobernador de Milán y que al partir hacia el norte llevó consigo a Furió i Ceriol. Los remedios que este último proponía para terminar con la guerra de los Países Bajos eran los necesarios para pacificar y reconciliar el país. Pensaban suprimir el Tribunal de la Sangre, acabar con el impuesto de la alcabala, garantizar en el nombre del rey el respeto a las leyes y fueros tradicionales de los Países Bajos, designar a los naturales de aquellas tierras para ocupar puestos de gobierno en las demás posesiones del rey Felipe, incluídas las Indias, Italia y Sicilia.
Pero una cosa eran los ideales y otra muy distinta las órdenes concretas que el nuevo gobernador había recibido de su soberano. En principio, Requesens estaba autorizado para entablar negociaciones con los rebeldes. El príncipe de Orange presentó tres exigencias, a las cuales Requessens no estaba autorizado a dar satisfacción. Pedían los rebeldes que declarasen libres a todos los cultos y confesiones religiosas para predicar el Evangelio según la Palabra de Dios. Su segunda petición exigía la restauración de los antiguos estatutos, privilegios y libertades del país y, finalmente, la retirada de los españoles y demás extranjeros de todos los empleos del Estado, tanto civiles como militares. Esta última petición era perfectamente similar a la que tan insistentemente habían dirigido los españoles a Carlos V en los ya lejanos días en que éste llegó a España repartiendo cargos y beneficios a los personajes de su séquito germano-flamenco. Requesens, aunque personalmente hubiera sido partidario de reconocer la justicia de estas peticiones, no pudo ceer. En realidad, los métodos de Felipe habían cambado, pero su onjetivo último no había variado un ápice: la restauración de sus derechos soberanos imprescriptibles. En tales condiciones, las negociaciones fracasaron. Felipe le autorizó para publicar una amnistía general y tomar otras medidas conciliatorias. Así lo hizo Requesens a mediados de 1574; pero estas medidas llegaban demasiado tarde. Hubo que recurrir de nuevo a las armas.
Mas la balanza de la fuerza solamente podía inclinarse bajo el peso del oro, y el hecho es que en aquellos días las finanzas del monarca estaban nuevamente al borde del abismo. Las tropas de Requesens lograron algunos éxitos iniciales. Los heroísmos de las tropas de Mondragón, de Sancho Dávila y otros famosos generales españoles volvieron a repetirse con tanto o más esplendor que en los tiempos del duque de Alba. En 1575, Felipe II declara nuevamente una suspensión de pagos. La segunda bancarrota de su reinado ya era un hecho. Las tropas que luchaban en Flandes dejaron de percibir sus soldadas, por lo cual comenzaron a dar señales de rebeldía. Requesens se sentía impotente para dominarlas, cuando su imprevista muerte, en marzo de 1576, añadió nueva gravedad a la ya desesperada situación. Las provincias de Holanda y Zelanda eligieron como soberano a Guillermo de Orange, facultándose para ofrecer el protectorado de la nueva nación a un príncipe extranjero cuando la seguridad de su país así lo aconsejase. En el resto de los Países Bajos, donde se reconocía la soberanía de Felipe II, se hizo cargo del poder el Consejo de Estado. Éste pidió al rey que enviase por gobernador a una persona de la familia real. El rey nombró a su hermanastro don Juan de Austria.
El famoso héroe de las Alpujarras y de Lepanto se daba cuenta de que su hermana acababa de ponerlo, con aquel nombramiento, al borde del abismo. Toda su gloria militar podía quedar en entredicho al tener que hacerse cargo de una situación insoluble, para la que no dispondría jamás de los medios necesarios. Consternado por aquel nombramiento, se decidió a pasar primero por España, antes de entrar en Flandes.
Despues del fracaso de la política del duque de Alba y de Requesens, es decir, de la violencia del uno y de la intransigencia cauta del otro, los consejeros del partido de Antonio Pérez apoyaron a don Juan de Austria para que fuese enviado a Flandes. De hecho, el monarca estaba decidido a emplear los medios francamente conciliadores, cediendo en todo, siempre que no padeciese la defensa del catolicismo. Era la única cuestión innegociable para Felipe.
Pero ni Felipe II ni Juan de Austria se sintieron felices el uno de dar el nombramiento y el otro de recibirlo. El rey español comprendía que en Flandes era necesario un buen diplomático, pero Juan era un guerrero; Felipe, en otras ocasiones, había tenido ocasión de frenar la impulsividad de su hermano mediante personas de su confianza, a quienes colocaba indefectiblemente junto a él. Ahora no sería posible hacer otro tanto. Por fin, a Felipe le preocpaba pensar que la presencia de Juan en Flandes significaba acercarle a uno de los sueños más acariciados por su hermano: el de pasar a Inglaterra, liberar a la cautiva reina María Estuardo, casarse con ella, vencer a los protestantes y acanzar gloriosamente una corona que él mismo sólo había poseído efímeramente (y no por aventuras románticas, sino por un prosaico matrimonio con una parienta envejecida: su tía).

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