9 ene. 2016

FELIPE II Y LA LUCHA POR EL ATLÁNTICO (I)

En 1576 toma el gobierno de Flandes Alejandro Farnesio, al mismo tiempo que se hace cargo de la dirección militar. Con él comienza la época en que los Países Bajos quedarían escindidos en dos entidades políticas diferentes: las provincias del sur, englobadas en la nación belga, mientras que las del norte formarían el núcleo de la futura Holanda. Al sur, consiguen establecer su predominio las fuerzas aristocráticas y católicas, apiñadas en torno a la soberanía española. Al norte crece un país independiente, bajo el signo del calvinismo. A la larga, también las provincias del sur terminarían odiando la presencia extranjera en su suelo. En realidad, el problema de los Países Bajos no era solamente político y religioso. En lo más profundo de su rebelión se agitaban las hondas aspiraciones de aquellos pueblos a la independencia, que es la misma fuerza inspiradora de las nuevas nacionalidades que iban a tomar cuerpo en los años futuros.
Alejandro Farnesio conocía bien los Países Bajos y sus problemas. Allí había pasado largos años, primero al lado de su madre, la gobernadora Margarita de Parma, y luego luchando al lado de don Juan de Austria. Conocedor de los hombres, supo aprovechar las tendencias en que se orientaban, para afianzar el poderío español sobre la debilidad de sus divisiones. Los aristócratas católicos, alarmados ante la revolución calvinista de la burguesía, formaron un partido opuesto a la tiranía protestante, el de los "descontentos", aglutinados en torno a la Unión de Arrás (firmada el 5 de enero de 1579 con el carácter de liga defensiva). Los protestantes respondieron con una organización similar, la de la Unión de Utrecht (29 de enero del mismo año), que agrupó a las provincias de Holanda, Zelanda, Utrecht, Güeldes y Zutphen. Alejandro trató de inducirlos a la concordia, pero halló la más rotunda repulsa de unos y de otros hacia su espíritu tolerante, al que calificaban de "ateísmo". Entones optó por unirse a los "descontentos de Arrás", firmando con ellos un tratado por el que éstos se sometían a la autoridad de Felipe II y decidían no tolerar en las provincias valonas otro culto que no fuese el católico.
La contrapartida que el gobierno español ofrecía a sus aliados de la Unión de Arrás era el reconocimiento de su autonomía y la retirada de las fuerzas extrankjeras que operaban en las provincias adheridas a la unión. Farnesio retiró las tropas de estas provincias, donde, por otra parte, ya no eran necesarias. Así pudo disponer de todo su ejército para proseguir la lucha en aquellas otra que seguían resistiendo a España. Las del sudoeste pronto quedaron sometidas y pacificadas por la consumada diplomacia de Farnesio. Los nobles que se sometían, como Felipe de Egmont, hijo del mismo Egmont que había hecho ejecutar al duque de Alba, conservaron todas sus propiedades, e incluso vieron cómo se acrecentaban con las que se confiscaban a los enemigos de la Corona. En realidad, Farnesio trasplantó a los Países Bajos el mismo modelo de nobleza que se había logrado hacía tiempo en Castilla: una nobleza sin fuerza política, pero con un poder económico y social cada vez mayor. La nobleza, atrapada entre dos frentes, el poderío español y la revolución calvinista y burguesa, se puso del lado de la Corona, donde vio la más segura garantía para sus privilegios.