8 ene. 2016

HALCONES Y PALOMAS EN EL VIETNAM DE FLANDES (y VII)

El peso del gobierno, desde la desgracia de Antonio Pérez, descansa ahora sobre un clérigo llamado Mateo Vázquez, por medio del cual Felipe II atendía a todos sus problemas. El endiablado ritmo de trabajo a que Felipe II se sometía a sí mismo, a su secretario y a los íntimos colaboradores de éste no bastaban, sin embargo, para dar agilidad a los negocios del Estado. Los secretarios, aprisionados entre el rey y los consejos, trataban de salvar la piel sirviendo al rey, por una parte, con la lenta meticulosidad que éste les inspiraba y buscando resarcirse del desprecio de que les hacían objeto los aristócratas que componían los consejos mediante la igualdad con éstos, si no en títulos, sí en riqueza, con lo que el cohecho y la corrupción, como medios de enriquecimiento, se hacían cada vez más frecuentes. Una vez más el lúcido Granvela haría el diagnóstico de la situación:

"Yo no sé qué es lo que va a pasar, pero no me gusta tomar parte en la ruina final que se persigue a ojos cerrados. Se dejan en suspenso todos los asuntos; la administración está dominada por funcionarios corrompidos o deshonestos, en los que no se puede fiar, cosa que también sucede con la justicia, la hacienda, el ejército y la flota".

La secretaría unipersonal de Vázquez pronto se convirtió en un comité presidido por el propio Vázquez e integrado por Cristóbal de Moura, a quien competían los asuntos de Portugal, y por el conde de Chinchón, encargado de los negocios aragoneses e italianos. Este comité constituía un grupo intermedio entre los consejos y el rey. Vázquez presentaba a Felipe todo lo concluido en el comité y colaboraba con el rey como secretario confidencial suyo. En 1585, este comité se amplió para formar lo que se dio en llamar "la Junta de Noche", incluyendo en ella, junto a los anteriores, al conde de Barajas y a Juan Idiáquez, íntimo de Granvela. Todos pertenecían al grupo de ultranacionalistas, protegidos o amigos del clan de los Álvarez de Toledo (duques de Alba). De todos modos, Felipe se esforzó en compaginar las aportaciones de cada uno de los partidos, aprovechando las ideas de los federalistas para la organización de sus reinos y las de los ultranacionalistas para sostener su política imperialista. En realidad, este sincretismo político no podía resolver nada. ¿Cómo podía compatibilizar el monarca sus obligaciones respecto a alguna pordión de su Corona con las que le ligaban a todas las demás? ¿Cómo respetar, pongamos por caso, la autonomía de sus reinos de Italia a la hora de embarcarlos en una guerra general contra las potencias atlánticas? En realidad, el problema de la constitución y organización de la monarquía católica no estaba resuelto, ni llegaría a resolverse mientras reinaran en España los monarcas de la casa de Austria.