30 dic. 2015

LA REBELIÓN DE LOS PAÍSES BAJOS (IV)

La nobleza católica del país estaba desconcertada, viendo que no era posible un acuerdo con Felipe II y repugnándole, por otra parte, rebelarse claramente contra él sub verse obligado a rehuir la alianza con los herejes. Los intentos para apaciguar a Felipe y hacerle cambiar de táctica se venían realizando desde hacía algún tiempo. Guillermo de Orange, aun siendo católico, no comprendía cómo se podía coartar la libertad de conciencia en nombre de la autoridad. Lamoral de Egmont hizo un viaje a España para conversar directamente con el monarca. Éste lo recibió amistosamente, pero no cedió un punto en su inflexibilidad. Egmont, sintiéndose engañado, recurrió a una solución desesperada: la de ponerse en contacto cn el hijo y heredero de Felipe, el príncipe Carlos, para cerrar con él una alianza en contra de su propio padre.
El príncipe Carlos, como se recordará, había nacido del primer matrimonio de Felipe con su prima Maria Manuela de Portugal. Con la ayuda del esquema genealógico que hemos ido descifranco, al lector le será fácil hacerse a la idea de la consanguineidad de que don Carlos, como su primo, Sebastián de Portugal, era víctima.
Carlos había nacido en 1545. Su padre se había preocupado de darle la educación que convenía a quien había de heredar un gran patrimonio. El niño, sin embargo, no parecía reunir un mínimo de cualidades susceptibles de desarrollar según los deseos de su padre y el destino que sobre él pesaba. Su cuerpo era endeble, incapaz casi de sostener su voluminosa cabeza. Tenía una pierna más larga que la otra, y en la espalda, a la altura del estómago, una joroba. Padecia de constantes ataques de fiebre, tal vez palúdicas; tartamudeaba al hablar; no conseguía pronunciar bien las "eles" ni las "erres". Tampoco su carácter presentaba rasgos normales. Son muchos los testimonios que nos dejaron los que le rodearoon en su infancia sobre su tendencia a hacer daño, que aumentó alarmantemente en su juventud. Al parecer, su cerebro había resultado dañado como consecuencia de las manipulaciones que exigió el difícil parto que lo trajo a este mundo y se llevó a su madre al otro. Sus extravagancias comienzan cuando todavía era muy pequeño: mordía a sus nodrizas en los pechos; para hacerle comer, había que colgar primero a uno de sus pajes, que finalmente fue sustituido por un muñco; un día cortó la cabeza, de un mordisco, a una tortuga que tenía para jugar; a un mercader que le mostró una gran perla le obligó a tragársela y a esperar a que le saliese por la vía natural (el valor de la perla justificaba aquella vigilante espera).
Las hazañas de su abuelo Carlos le llenaban de entusiasmo, hasta tal punto de que a él llamaba padre, y a Felipe, su hermano. Esto no fue óbice para que, habiéndose entrevistado con el emperador cuando éste viajaba camino del monasterio de Yuste, el príncipe le importunase con las más inoportunas preguntas. Entre otras cosas, Carlos pidió a su abuelo que le explicase por qué razón había huído de Innsbruck cuando le traicionó Mauricio de Sajonia. El emperador se lo explicó pacientemente; pero por más razones que le dio, su nieto no hacía más que repetir obsesivamente: "Yo no hubiera huido". Luego se empeñó en que su abuelo le diese un braserillo que le habían hecho para que pudiera calentarse durante el viaje. No había manera de convencerle. El emperador, condescendiente con su nieto, le prometió dejárselo en testamento, y aun así, Carlos sólo accedió a regañadientes. El emperador, acostumbrado a calar psicologías mucho más complejas que las de su nieto, no tardó en comprender que se encontraba ante una persona con trastornos psíquicos.
Felipe hacía todo lo posible por mejorar al extraño muchacho. Apenas tuvo la edad, le puso casa en Alcalá de Henares, donde convivió con su tío Juan de Austria y con su primo Alejandro Farnesio, nieto también del emperador en cuanto hijo de su bastarda Margarita de Parma. Mientras que sus dos parientes brillaban, cada uno según sus cualidades, Carlos siempre ocupaba el último lugar como estudiante y como persona. Su conducta se hacía cada vez más complicada y sus perversidades más manifiestas.
Se cuenta que, indignado porque no le estaban bien unas botas nuevas, obligó al zapatero a comérselas guisadas en trozos, como si fueran callos. Gustaba de ir por las calles, de noche, llevando consigo, de grado o por la fuerza, a otros amigos, hijos de familias nobles. Cuando topaba con alguna mujer, aunque fuese una dama distinguida, se lanzaba sobre ella besándola, abrazándola y llenándola de los más soeces insultos. Un día, mientras iba por la calle, echaron un bacín de agua desde una ventana (costumbre al uso de la época) y le cayó encima. Indignado, ordenó que quemasen la casa con todos sus vecinos dentro, lance que pudieron evitar los encargados de realizarlo alegando que, cuando iban a prender fuego, entró el Santísimo para un enfermo que había en la casa y se tuvieron que ir. Otra vez reventó de cansancio a un caballo de nombre Favorito, que el rey no permitía montar a nadie. En otra ocasión se encerró durante varias horas en las caballerizas del palacio y acuchilló a placer a los caballos, matando a veinte de ellos. Su sadismo no perdonaba a las personas: a un paje que tardó en acudir a sus campanillazos lo quiso tirar por la ventana; mandó apalear a unas niñas, a cuyo padre tuvo que pagar una idemnizción Felipe II para callarle la boca. Ultrajes de esta clase o parecidos eran tan numerosos como las monedas que le costó a las cuentas de palacio pagar a los damnificados. De las bofetadas y violencias del príncipe no se libraban ni los más altos personajes. Incluso trató de apuñalar en una ocasión a don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el duque de Alba.
A su padre lo odiaba cordialmete, por más que en su testamento, redactado par distraer los ocios de una convalecencia con la ayuda de uno de sus preceptores, le dirija frases de respeto y cariño. Para burlarse de él, escribió una historia de los viajes de Felipe II (cortos y escasos, si se comparan con los del emperador Carlos V): "Los grandes y admirables viajes del rey don Felipe". Le odiaba porque pasaba el tiempo y su padre no cumplía la promesa de casarle. Carlos, en realidad, poco habría podido hacer en el matrimonio. Consta que le faltaba desarrollo y potencia varonil. En una ocasión, varios médicos y un barbero le dieron cierta pócima para ver si podía experimentar con una joven; pero la prueba resultó inútil y hubo que pagarle 12.000 ducados a la doncella que se había prestado a hacer de banco de pruebas. Las mismas que podían ser candidatas a su mano no debieron mostrar mucho entusiasmo ante un príncipe al que los embajadores describían así:

"Es demasiado pálido, tiene un hombro más alto que el otro, y cojea, pues tiene la pierna derecha más corta que la izquierda. En algunas ocasiones da muestras de cierto conocimiento, en otras sabe más que él un niño de siete años; quiere saberlo todo y hace a tontas y a locas multitud de preguntas pueriles" (El barón de Dietrichstein al rey de Bohemia)

"El Príncipe es de poca talla, feo y desagradable; de complexión melancólica...; ha estado casi tres años continuos con fiebres cuartanas, con alienación mental a intervalos, accidente tanto más grave cuanto que parece heredado de su abuelo y de su bisabuela Juana" (Paulo Tiépolo)

En realidad, Felipe, conociendo mejor que nadie cómo era su hijo, no estaba dispuesto a casarlo sin essperar antes cualquier mejoría tanto de su salud corporal como de la mental. Y así se lo cuenta a su primo, el emperador Maximiliano:

"Diréis al emperador... que otras veces que en este negocio se ha platicado, yo he hablado siempre con aquel amor, sinceridad y llaneza que conviene usar siempre entre nosotros y con la mesma le hablaré ahora, sin perdonar a mi hijo, por llevar siempre este camino. Que otras veces le he hecho saber la mala disposición que en mi hijo había para poderle dar mujer, que ha sido la causa de no poderse llevar este negocio al cabo, y que, no sin gran dolor mío, de nuevo le digo ahora que la misma causa milita al presente".

Carlos, a pesar de todas las precauciones, había dado en escapar de noche de su residencia en Alcalá y, por una escalera secreta, salir al encuentro de una muchacha con la que se veía asiduamente. En una de estas aventuras nocturnas, cayó rodando por la oscura escalera y se descalabró. A sus gritos acudieron sus servidores, quienes lo hallaron maltrecho y bañado en sangre que le manaba de la herida que se había hecho en la cabeza. La herida, examinada por el prestigioso médico de Felipe II, Andrés Vesalio, no ccerraba bien. El enfermo agravaba. Las consultas de los doctores se repetían incesantemente. Se probaron todos los medios, incluyendo una trepanación para ver si había resultado dañado el cráneo. Se hizo venir a un curandero morisco, llamado "El Pinterete", que tenía fama por sus ungüentos; las rogativas y procesiones de disciplinantes se multiplicaron por todas las ciudades del reio; a la habitación donde yacía el moribundo Carlos, con las heridas infectadas y el rostro horrorosamente inflamado, se trajo el cadáver de un santo varón, fray Diego de Alcalá, lego franciscano que había muerto en olor de santidad un siglo antes.
Cuando ya se daba por segura la muerte del príncipe y los cortesanos tenían preparados los lutos para los previsibles funerales, Carlos se curó. Era el año 1562.
A partir de entonces, Felipe comienza a introducirlo en las tareas del gibierno, nombrándole presidente del Consejo de Estado. Pero Carlos no daba pruebas de haber recuperado su cordura con la salud. Los debates de los consejeros eran interrumpidos por los furiosos puñetazos de Caros sobre la mesa de reuniones y sus desconsideradas injurias contra los ministros.