31 dic. 2015

LA REBELIÓN DE LOS PAÍSES BAJOS (V)

Llegamos así al año 1565, fecha en que, como dijimos, Egmont estuvo en Madrid y mantuvo contactos con el príncipe Carlos. Éste andaba planeando un descabellado viaje. Se había obsesionado con la idea de huir de España y presentarse en Flandes. Carlos, ingenuamente, contó sus proyectos a Ruy gómez de Silva, príncipe de Éboli y uno de los más grandes amigos y colaboradores de Felipe II, que no tardó en poner en conocimiento del rey lo que su hijo andaba tramando. Felipe se limitó a darse por enterado, y no tuvo la más mínima reacción.
Los nobles flamencos volvieron nuevamente a la carga. Esta vez enviaron como representante suyo a Floris de Montmorency, barón de Montigny y hermano del conde de Horn; Montigny negoció con Felipe sin resultados y reanudó los contactos con el príncipe Carlos. Estamos en el verano de 1566. Poco después (1567), Carlos concibe un nuevo plan para huir a los Países Bajos. Para llevarlo a cabo, pude prestados al príncipe de Éboli 200.000 ducados; escribe cartas a los grandes de España pidiéndoles ayuda para "una gran empresa"; trata de captar para su causa a don Juan de Austria, que acaba de ser nombrado general de los mares, prometiéndole el reino de Nápoles y el ducado de Milán si lo trasladaba a Italia y le ayudaba a realizar su propósito. Ni que decir tiene que, uno tras otro, todos los solicitados acudieron a Felipe poniendo en su conocimiento los proyectos subversivos de su heredero. Felipe, dolorido, se mantuvo todavía inmóvil (Felipe "El Prudente"), pero no tuvo más remedio que tomar una resolución; la de impedir que aquel muchacho pudiera ceñis algun día la corona de España. Para ello no había más que dos soluciones: la prisión o la muerte.
Al mismo tiempo, nombra gobernador en Flandes al duque de Alba. Inmediatamente, el de Alba reunió en Italia a un pequeño ejército con 9000 españoles y algo más de 1000 italianos; desde Milán emprendió un increíble viaje hasta los Países Bajos, atravesando los Alpes, Borgoña, Lorena y Luxemburgo, vigilado constantemente por ejércitos franceses y suizos, dispuestos a caer sobre él de un momento a otro. En agosto de 1567 ya estaba en Bruselas. Las instrucciones que llevaba eran claras y tajantes: "hacer de todos los estados un reino y de Bruselas su capital". Presentó poderes a Margarita de Parma; tanto la regente como los consejeros quedaron consternados: los poderes del duque de Alba eran ilimitados, de forma que, frente a él, todo otro poder quedó arrinconado, desde la regente hasta los Estados Generales y todas las instituciones autónomas del país. El duque de Alba, por otra parte, poseía un recio carácter, aptísimo para secundar a las mil maravillas la autoridad que se le había concedido. Su autoritarismo era inusual incluso para le época.
Un mes después de su llegada, el duque llamó a su presencia a los principales cabecillas de la oposición antiespañola, entre ellos los condes de Egmont y Horn. Después de una entrevista dedicada a examinar los planos de unas fortificaciones que pensaban construir los españoles, se despidieron del duque, pero no llegaron a pisar la calle. En le patio del palacio fueron detenidos por las tropas españolas y encarcelados. Guillermo de Orange, astutamente, había huido del país apenas llegó el de Alba. Pero sus compañeros en la conspiración no fueron tan avezados. Todos cayeron en manos del duque, quien pudo escribir satisfecho a su rey: "Gracias a Dios, el país entero está tranquilo". Confiando en su fuerza, creó el famoso y terrible Tribunal de la Sangre, destinado a juzgar a los responsables de las revueltas que se habían producido en el país en el pasado inmediato. Este nombre, con el que le denominó el pueblo, se debó al extremado rigor que empleó el que en realidad se llamaba Consejo de los Tumultos. No hay que advertir que la legalidad de su constitución era más que discutible.
El Consejo de los Tumultos trabajó febrilmente, a razón de siete horas diarias. Las penas de muerte y confiscación fueron innumerables. La regente María de Parma presentó su dimisión al rey, que la aceptó gustosamente.
Entre los condenados a muerte estaban los condes de Egmont y Horn. También Montigny, que por entonces se encontraba todavía en España. Terminada su legación ante Felipe, Montigny había solicitado de las autoridades pasaporte para regresar a Flandes, que no se le conccedió. Felipe ordenó que se le encarcelase. Al conocerse el veredicto que contra él había pronunciado el Tribunal de la Sangre, Felipe resolvió ejecutar a Montigny, en cuanto que era reo de lesa majestad. Sin embargo, tenía escrúpulos de conciencia por los que se refería a las circunstancias en que debería llevarse a cabo la ejecución. Montigny, al fin y al cabo, se encontraba en España en cumplimiento de una misión diplomática y, en consecuencia, merecía que su persona fuese considerada inviolable. Felipe sometió el asunto a sus consejeros, los cuales estuvieron de acuerdo en sugerir que la ejecución no fuese pública, sino en que se le diese muerte mediante un "bocado", es decir, envenenándole. Pero el rey pensaba que de esta forma la justicia no quedaba plenamente satisfecha. Así pues, se acordó ejecutarlo en secreto, de modo que todo el mundo en Flandes creyese que había muerto de muerte natural. Montigny fue estrangulado en octubre de 1570 en la fortaleza de Simancas, en presencia slamente del alcaide del castillo, de un notario y de un fraile que le atendió en sus últimos momentos.
La prisión de Montigny en septiembre de 1567 tuvo lugar poco antes de que Felipe tomase una decisión definitiva sobre la suerte de su heredero. En enero de 1568, Felipe II, acompañado de sus consejeros, entró en la habitación en que dormía el principe Carlos y lo despertó. El príncipe, al ver a su padre tan intempestivamente, le preguntó si venía a matarlo. El rey ordenó que recogiesen sus armas y sus papeles y le anuncio que desde aquel momento quedaba preso. Pocos días depsués dio a conocer la versión oficial de lo ocurrido por medio de cartas a sus embajadores y funcionarios. Mas adelante, cuando sus enemigos comenzaron a especular sobre las posibles intenciones de Felipe, se vio obligado a justificar su decisión con más detalles por medio de cartas confidenciales a aquellas personas que él consideró oportuno informar debidamente. La literatura polémica posterior ha especulado ampliamente sobre los motivos que tuvo Felipe para tomar aquella decisión y sobre el modo que eligió para llevarla a cabo. Se dijo que Felipe, celoso por los supuestos amores de Carlso con su tercera esposa, la reina Isabel de Valois, no perdonó la ocasión de vengarse de su hijo. También se ha hablado de la participación de Carlos en un vasto complot internacional, inspirado por los protestantes, para librarse del Rey Prudente. Acerca de su muerte se propalron las más infundadas noticias, que hablaban de su envenenamiento, su decapitación. En realidad, pocas prubas hay en favor de estas y otras muchas hipótesis. La explicación que Felipe dio a los demás príncipes de la cristiandad sí qeu trasluce el verdadero motivo de aquella drástica medida: la incapacidad manifiesta de su hijo para hcerse cargo del trono de España. Leamos las palabras que el propio Felipe II le dedicó al Papa Pío V a este propósito:


"... causa (la detención de Don Carlos) no había sido la pasión ni la falta del príncipe, ni intento mío de castigarle o corregirle, pues si ésta hubiera sido la motivación, hubiera tomado otras medidas, sin llegar a este extremo... Pero como que por mis pecados ha sido voluntad de Dios que el príncipe tuviera grandes y numerosos defectos, unos mentales, otros de condición física, privado absolutamente de las condiciones necesarias para gobernar, vi los grandes riesgos que se seguirían si se le diera la sucesion y los claros peligros que se multiplicarían. Por tanto, luego de una prolongada y cuidadosa consideración y de haber probado todos los otros remedios en vano, era claro que había poca o ninguna esperanza de mejoría en su situación, para evitar los males que razonablemente se pueden prever. En resumen, mi decisión era necesaria".

La tragedia de Carlos fue también la de Felipe II. 1568 fue el peor año de su reinado. Efectivamente, el monarca hizo loq ue, en un caso similar, habría hecho cualquier otro padre de familia con un hijo de las características de don Carlos: enviarlo a un correccional o a un sanatorio. Puesto que tal medida en aquellas circunstancias no hubiera sido viable, Felipe convirtió en manicomio las habitaciones del príncipe, pero no por ello desatendió a su hijo. Se conservan minuciosas instrucciones que Felipe dio al príncipe de Éboli, a quien encargó custodiar a su hijo. Le encomendó que:

"tuviese gran cuenta con el tratamiento y cuidado del Príncipe, proveyendo muy cumplidamente su comida, vestido y aseo de su cámara... tratándole y asistiéndole en su presencia de él y los caballeros señalados para servirle y guardarle, con el acatamiento y respeto que se debía a su persona".

Al parecer (no ha quedado del tema documento que lo confirme), Felipe pensó en llevar a cabo un proceso, posiblemente con la intención de incapacitar al príncipe. Mas aun en el caso de que se hubiese realizado con el mayor secreto, la muerte del vástago lo hizo inútil. Carlos, al verse detenido, lloró inconsolablemente, se mordió rabiosamente los dedos y trató de arrojarse a la chimenea que ardía en su aposento. Trasladado a un lugar más seguro, en el mismo alcázar de Madrid, se pusieron rejas a la chimenea para que no volviera a repetirse su intento de suicidio. Él entonces se declaró en huelga de hambre. A las cincuenta horas cambió de táctica, animado por las palabras que su padre le dirigió. Entonces comió tan desconsideradamente que se le estragó el estómago. Luego, creyendo que los diamantes eran un veneno mortal, se tragó un anillo con pedrería que solía llevar, sin resultado ninguno. Después tuvo una temporada en que e mostró bastante lúcido y tomó la comunión pascual tras haber pedido perdón a su padre. Entretanto, llegaron los calores del verano, y volvió Carlos a su idea de quitarse la vida comiendo en exceso. Se hizo traer hielo, con el que cubría el suelo de su habitación y con el cual hizo llenar un aparato de los llamados calientacamas para que le refrigerara las sábanas, y hasta ponía trozos del mismo sobre su lecho. Un día, después de haber comido opíparamente, le trajeron una empanada de cuatro perdices. Carlos se la comió entera, con pan y todo. Como estaba condimentada con muchas especias, sintió sed y bebió agua helada en tal cantidad que aquella noche tuvo un cólico mortal. Los médicos le ofrecieron medicinas, pero él se negó rotundamente a tomarlas. A los pocos días de este cólico le vino la muerte, después de haber tenido una racha de lucidez que le movió a hacer una confesión ejemplar y un razonable testamento. Felipe, a quien el confesor del príncipe desaconsejó que estuviese presente en los últimos instantes, hubo de presenciar el desenlace mezclado y escondido entre la gente que rodeaba el lecho de su desgraciado hijo. Era el día de Santiago, 25 de julio de 1568.
Sin duda fue el año más aciago para Felipe el Prudente. Pocos días después moría su tercera esposa, Isabel de Valois. Aquel mismo año daba comienzo la rebelión de las Alpujarras, y también en aquellas mismas fechas estallaba la guerra de los Países Bajos.