5 dic. 2015

LA COMPAÑÍA DE JESÚS (II)

La Compañía de Jesús, en realidad, nada tenía que ver con el alumbramiento de que primero se acusó a su fundador y, posteriormente, a la misma institución, como hizo el belicoso Melchor Cano a partir de 1548. Entre los fines y características principales de la compañía estaban los siguientes: mediante un voto especial, sus miembros se ponían a disposición del Papa, a fin de que los enviase a trabajar pastoralente entre los infieles, protestantes y cismáticos o los mismos fieles. De esta forma, la compañía, cuyo nombre ya aludía al que se daba a cierta unidad militar, constituía un núcleo de tropas ligeras, dependientes directamente del Papa a través de su "general", dotadas de extraordinaria movilidad y eficacia en el trabajo apostólico. Ignacio de Loyola creó, de esta forma, un tipo de orden religiosa completamente distinto a las existentes: se daba una extraordinaria importancia a la formación de los futuros "jesuitas"; se establecieron entre ellos diferentes grados, según el nivel de su compromiso con la compañía; se les inculcó un férreo sentido de la obediencia, no sólo al Romano Pontífice, sino también a los propuos superiores. Carecían de hábito propio, no estaban obligados a rezar en común el oficio divino (en coro) y excluían a sus miembros de las dignidades eclesiástica, a no ser que el Papa tuviese a bien conferírselas excepcionalmente. La fuerte proyección que Ignacio daba a la vida activa no excluía el cultivo de la contemplación. En este sentido, Ignacio puede considerarse el puente entre los antiguos autores de espiritualidad y los que vendrían después. En efecto, su libro sobre los "Ejercicios Espirituales" (ejercicios espirituales para vencer el hombre a sí mismo y ordenar su vida), dentro de su brevedad, se convirtió pronto en un método universal para llegar a la oración más elevada. En él pueden encontrare reminiscencias de métodos anteriores, como el propugnado por los recogidos. Pero Ignacio dio a sus ejercicios una oración mucho más amplia, hasta el punto de que todas las órdenes religiosas y multitud de fieles pudieron encontrarn en los ejercicios un valiosísimo método para iniciarse en la oración (meditación) y para orientar sus vidas de acuerdo con la voluntad de Dios, captada través de este método.
En el terreno de los hechos, pronto se echó de ver la eficiencia de la compañía. Apenas fundada, los jesuitas comenzaron a marchar a las tierras recientemente descubiertas por naciones ibéricas, extendiendo el Evangelio por todo el orbe. Francisco Jassu y Azpilicueta (Francisco Javier, 1506-1552) embarcó en 1541 rumbo al Extremo Oriente, donde misionó en las Molucas, las Filipinas, la India y el Japón. En 1547, otros misioneros partieron hacia el Congo; en BRasil aparecen desde 1549; en 1555, en Etiopía; en 1566, en la Florida, donde llegan acompañando al adelantado Menéndez de Avilés. En Nueva España (México) se encuentran desde 1572; en Perú, desde 1568...
En el campo de la ciencia, pronto pudo ofrecer la Compañía de Jesús excelentes teólogos a la Iglesia. Baste citar los nombres de Diego Laínez y Alfonso Salmerón, compañeros de Ignacio que destacaron como excelentes teólogos en el Concilio de Trento. Los jesuítas se acreditaron por la importancia que desde el principio dieron al cultivo de los estudios. Fundaron colegios, universidades y toda clase de centros de cultura, de las que fue modelo el Colegio Romano que la Compañía de Jesús tenía en la Ciudad Eterna, fundado en 1553.
Aunque Ignacio no había pretendido hacer de la compañía un instrumento exclusivo de la lucha contra la herejía, el hecho es que los jesuitas fueron los más comprometidos en la difusión de la Contrarreforma por los países afectados por las corrientes protestantes.
La década de los años setenta, en el siglo XVI, significaba un nuevo hito tanto en la historia de la Inquisición como en la de la espiritualidad española. En 1573, el cardenal Quiroga fue nombrado inquisidor general, y en 1577 sustituyó a Carranza en la sede de Toledo. Su gestión dio un carácter más moderado a la Inquisición española. Fray Luis de León, que había sido encarcelado por la Inquisición, fue puesto en libertad. Otros muchos hombres de ciencia, que habían sufrido dificultades a causa de sus esfuerzos por introducir los métodos de la ciencia moderna en la vida intelectual española, fueron protegidos por Quiroga: así Arias Montano, Francisco Sánchez de las Brozas y Francisco de Salinas, entre otros. Las teorías de Copérnico fueron introducidas en España en esta época. La actividad espiritual de místicos tan ilustres como Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, entre otros muchos, pudo florecer sin obstáculos que lo impidiesen. Se impulsaron también las instituciones benéficas, creándose para ello algunas órdenes religiosas, como la de los Hermanos de la Caridad fundada por Juan Ciudad (Juan de Dios) y reconocida como tal congregación en 1572 por el Papa Pío V. Todos estos y otros muchos movimientos de oración y caridad no eran sino una consecuencia de la orientación que, desde hacía algunos años, había tomado la Iglesia católica a partir del Concilio de Trento.

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