6 dic. 2015

EL CONCILIO DE TRENTO Y LA CONTRARREFORMA (I)

No siempre los nombres sirven para identificar plenamente el carácter de las cosas que con ellos se quieren designar. Un caso típico lo constituye la confusión terminológica existente cuando se trata de denominar cada una de las reformas que tuvieron lugar entre los siglos XV y XVI, sobre todo en este último. Generalmente sse entiende como Reforma la que llevaron a cabo los protestantes, y como Contrarreforma la que realizó la Iglesia Católica, como reacción frente a la reforma protestante. Esta terminología, sin embargo, no es del todo grata a los historiadores de la propia Iglesia católica, los cuales, asistidos por razones dignas de atención, prefieren denominar a la reforma protestante "Pseudorreforma" mientras que reservan para la católica el título de Reforma. Como los intentos de mejorar la vida de la Iglesia son, desde luego, anteriores a la aparición del protestantismo, para designar los esfuerzos de aquellos pioneros emplean la palabra "Prerreforma". Pero no hace al caso complicar al lector con estas puntualizaciones. Optaremos por utilizar el primero de los sistemas apuntados, por cuanto que, a pesar de no reflejar totalmetne los puntos de vista de la Iglesia romana, es el más difundido.
Tomemos el hilo de nuestra historia volviendo a las tristes jornadas de Carlos V en Innsbruck, en los momentos en que Mauricio de Sajonia le obligó a huir de la ciudad para ponerse a salvo de los protestantes. Los obispos, reunidos en Trento, al tener noticias de que Mauricio se acercaba peligrosamente por las montañas del Tirol, decidieron suspender el concilio (1552). En aquellas dos primeras etapas pasadas, el emperador Carlos había sido uno de los principales impulsores y, junto a él, los obispos y los teólogos españoles habían llevado a cabo una magnífica tarea. Además de los ya citados teólogos jesuitas Laínez y Salmerón, se habían destacado los dominicos Melchos Cano y Domingo de Soto y los franciscanos Alfonso de Castro y Andrés Vega. Entre los obispos, se distinguió en las discusiones conciliares el obispo de Jaén, don Pedro Pacheco, elevado al cardenalato.
En sus dos primeras etapas, el Concilio de Trento había tenido sus ojos clavados en Alemania, principal foco del protestantismo. El concilio había sidola pieza fundamental de un amplio plan político-eclesiástico encaminado a restaurar la unidad de la Iglesia, plan trazado conjuntamente por el Papa y el emperador, quienes, desgraciadamente, habían discrepado a la hora de ejecutarlo.
Desde el año 1552, en que se había suspendido por últia vez, la situación había cambiado notablemente en la cristiandad. El Papa Paulo IV, volviendo las espaldas a la solución conciliar, había preferido reformar la Iglesia por su propia mano, con el fracaso que en su ugar apuntábamos. Entretanto, el calvinismo, había hecho enormes progresos en Europa occidental, especialmente en Francia y los Países Bajos. Incluso Inglaterra también habia dado sus primeros pasos hacia el cisma. Cuando murió Paulo IV en 1559, Felipe II dio instrucciones a su embajador en Roma para que consiguiera la elección de un Papa "que tuviera el afán de la necesaria reforma y que conservase la Cristiandad, y especialmente a Italia unida y en paz". El cónclave duró cuatro meses y durante el mismo, el embajador español Vargas no dudó en saltar de vez en cuando las tapias que incomunicaban a los cardenales para repartir entre ellos algunas bolsas de oro. Finalmente fue elegido Pío IV, hombre apocado, que contaba, sin embargo, con un valiosísimo auxiliar, su sobrino Carlos Borromeo, a quien el Papa debió el mayor acierto de su pontificado: la reapertura del Concilio de Trento. En efecto, no tardó en comunicar sus planes a los príncipes de la cristiandad.
El rey de Francia prefería celebrar un concilio nacional, con participación de los teólogos calvinistas. Felipe II, teminedo que aquel concilio se convirtiese en la cuna de una nueva Iglesia cismática, se opuso rotundamente a su celebración. Otros pedían que, en vez de reanudar el Concilio de Trento, se convocase uno nuevo en una ciudad distinta. Tampoco pareció bien esta propusta al rey español, que prefería que el nuevo concilio no fuese sino la continuació del de Trento. Después de interminables cabildeos, por fin aceptó Felipe que se convocase el concilio con lo cual evitó también que se celebrase la asamblea que preparaban los franceses en los términos en que se había proyectado. A pesar de esto, tuvo que amenazar a Catalina de Médicis con intervenir militarmente en el país para conseguir que permitiese viajar a Trento a los prelados franceses. Así pues, el 18 de enero de 1562 se reanudó el concilio. Los príncipes protestantes alemanes se habían negado rotundamente a su celebración. En Inglaterra prohibieron la entrada al portador de la invitación oficial que el Papa dirigía a la reina Isabel. Los obispos católicos alemanes tampoco acudieron alegando su temor a perturbar la paz religiosa acordada en Augsburgo en 1555.
En los dos años escasos que duró esta última etapa de Trento (1562-1563), la Iglesia consiguió echar los cimientos de una verdadera reforma y estableció de un modo comprensivo y sistemático la doctrina católica El concilio había sido la respuesta, por parte del supremo magisterio eclesiástico, a la reforma protestante y a la realización posible, ya que no perfecta, del deseo hacía tanto tiempo sentido de renovación interior de la Iglesia. Dio claras normas a la teología y a la predicación, pronunció definiciones doctrinales, pero sn dividir loq ue no se había dividido de por sí. Contrapuso a la reforma protestante la reforma católica, mas sin resucitar sencillamente la Edad Media, sino modernizando la legislación y la cura de las almas.
Pero la obra de Trento se habría convertido en letra muerta si el papado no hubiera aplicado toda su autoridad a poner en ejecución y a completar sus decretos, infundiéndoles verdaera vida. Tanto el concilio como la amplia tarea de reforma que se llevó a cabo a partir de él, sobre todo bajo los pontificados de Pío V, Gregorio XIII, Sixto V y Clemente VIII, dieron al catolicismo una nueva presencia, un nuevo estilo. Sus decretos, prontamente aplicados en España, proporcionaron a la religiosidad peninsular su peculiar carácter. España, a base de luchar en toda Europa por detener la expansión del protestantismo y a base de encastillarse en si misma, aislándose de todo peligro exterior, pasaría a la Historia como la más cumplida plasmación del espíritu de la Contrarreforma. Mientras que el clero italiano y el francés, más en contacto con otras corrientes espirituales, fueron adquiriendo una mentalidad que bien podríamos calificar de tolerante, por lo menos en sus relaciones y en su actitud ante el mundo moderno; el español, en cambio, conservó su prístina idiosincrasia, su franca y altiva intransigencia.

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