4 dic. 2015

LA COMPAÑÍA DE JESÚS (I)

El endurecimiento de los criterios inquisitoriales en la década que sigue a la aparición de los citados focos protestantes produjo, sin duda alguna, un epentino parón en la vida intelectual y espiritual española. Al prohibirse muchos de los libros de espiritualidad que antes se leían comúnmente, muchos fueron los devotos que temieron por la continuidad de la traidición espiritual española. La Inquisición, guiada por su propio miedo a la herejía, se acercó llena de suspicacia a cuantos parecían excesivamente inclinados a las cosas del espíritu. Creyendo que era alumbrado, la Inquisición incoó tres procesos en Alcalá y uno en Salamanca contra un extraño estudiante, llamado Íñigo López de Recalde. Era ya un hombre maduro cuando había ido a estudiar filosofía en Alcalá, después de asistir a las escuelas donde se iniciaba a los niños en el latín. Había nacido en Azpeitia (Guipúzcoa) en torno a 1491 y se había dedicado a la milicia. En los días en que Francisco I invadió Navarra, apenas apagada la revolución comunera (1521), Íñigo fue herido por una bala de cañón, mientras defendía el castillo de Pamplona. Durante la convalecencia, su hermana le proporcionó vidas de santos con que pudiese entretener su ocios. A partir de aquel momento, Íñigo se propuso dedicarse por entero a la vida religiosa. Después de unos años de titubeos hasta que encontró su verdadero camino, Ignacio de Loyola, como se le conocería más adelante, sometió al papa Paulo III la idea de fundar una congregación a la que dio el nombre de Compañía de Jesús (1540). Todos los miembros fundadores, a excepción de uno, eran españoles. En España contaron pronto con la protección de altos personajes. Otro tanto ocurrió en Portugal. No faltaron predicadores que los fustigaron, aconsejando a sus oyentes que se guardasen "de algunos que se cuelan por las casas, cargando a las mujeres de escrúpulos".
Uno de los primeros y más decididos protectores de la Compañía fue el duque de Gandía, don Francisco de Borja y Aragón. Al morir la emperatriz Isabel, Carlos V encargó a este personaje que trasladara el cadáver de su esposa hasta Granada, donde debía recibir sepultura. Al término de su viaje, cuando se abrió el ataúd para hacer los últimos reconocimientos oficiales, Francisco de Borja, impresionado por la podredumbre a que había quedado reducido el cuerpo de la bellísima emperatriz, tomó la decisión de abandonar el mundo y hacerse religioso (1539). No obstante, esperó a la muerte de su esposa, y sólo después de su desaparición ingresó en la Compañía de Jesús. Temiendo tropezar con la Inquisición, que comenzó a sospechar de él por la amistad que le había unido a Carranza, Borja marchó de España en 1560.

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