14 nov. 2015

INTERVENCIÓN ESPAÑOLA EN LA POLÍTICA FRANCESA (II)

La noticia de la batalla de San Quintín llegó a Roma junto con la orden de Enrique II, que obligaba al duque de Guisa a volver a Francia con sus tropas. Caraffa no tuvo más remedio que negociar con el duque de Alba. Felipe II accedió a sus peticiones con sorprendente generosidad, contentándose con que dejase la alianza con Francia y devolviese las plazas que habían ocupado en Nápoles. El 9 de septiembre de 1557, el duque de Alba entró con su ejército en Roma. Postrado ante Su Santidad, el general besó el pie del Pontífice y le pidió humildemente que otorgase el perdón a su rey por la ofensa que se le había hecho al invadir sus dominios. El Papa levantó la excomunión que había lanzado contra Felipe y aceptó las condiciones de paz.
No puede menos de sorprender la actitud que Felipe II adopta, en la persona del duque de Alba, ante el Pontífice. El rey vencedor se humilla ante el vencido y le pide humildemente perdón. No sólo hay que ver en este gesto el deseo de borrar definitivamente el ominoso recuerdo de los días en que los ejércitos imperiales saquearon la ciudad. De hecho, en esta ocasión no se registró el menor atropello por parte de las tropas españolas. En realidad, lo que Felipe pretendía era demostrar de algún modo que en ninguna otra persona fuera de él encontraría el Pontífice un colaborador más decidido para llevar a cabo los ideales de reforma que acariciaba el Papa.
A partir de esta fecha, el Papa se centró precisamente en la cuestión de la reforma. Su interés en impedir el avance del protestantismo, que empezaba a hacer su aparición en la misma Italia, se convirtió en obsesión. Personalmente presidió con frecuencia las sesiones de la Inquisición; vigilba minuciosamente la provisión de sedes vacantes; organizaba redadas de monjes vagabundos; imponía en el gobierno de la Iglesia un rígido estilo de austeridad. Los asuntos políticos, entretanto, eran manejados por sus indignos nepotes, en colaboración con una camarilla de cardenales que escandalizaban a la cristiandad con su entrega a una vida de placeres y lujos. Cuando el Papa descubrió el engaño en que le tenían enredado sus colaboradores, reaccionó, dolorido en lo más profundo de su alma, privando a los culpables de todos los honores y cargos que disfrutaban, y luego volvió a entregarse a su obsesión. Pero su reforma, como toda obra puramente personal, era por completo inconsistente, y así se evidenció cuando el Papa dejó este mundo en el verano de 1559.

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