10 nov. 2015

FELIPE EL PRUDENTE (y VII)

Debajo de su aparente frialdad, sin embargo, latía un corazón sensible y un espíritu capaz de captar la belleza y la bondad en las más triviales circunstancias. Es difícil imaginar a Felipe II bromeando con los bufones, charloteando con su jardinero Luis Tristán, echando de menos el canto de los ruiseñores que oye desde su cama del alcázar de Madrid, escribiendo a sus hijas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela deliciosas cartas en las que se transluce en cada línea la ternura y el cariño que el rey sentía por ellas, ensayando las ceremonias del bautizo de uno de sus hijos, acunando entre sus brazos un gran muñeco de trapo. Pero también este Felipe es el verdadero Felipe del que estamos hablando. De la misma forma, tras su aparente rigidez de gobernante absoluto, latían en el monarca sinceras convicciones democráticas sobre el poder mismo que en él se concentraba. Difícil sería creerlo, de no ser él mismo quien así lo confiese en un documento destinado a instruir a su hijo, del que entresacamos algunos significativos párrafos:

"El carácter de los reyes y corona la establecieron, la dieron y la dan los hombres..." "por esto (por los abusos de los príncipes) se han quitado ignominiosamente algunos reyes de sus tronos sujetándolos a un encieroo...". "Aún más fuerte la institución que hizo y puso en su república aquel tan celebrado Solón athenienense, pues formó una ley muy excelente y provechosa, en la cual se ordenaba y proveía que al rey bebedor se le quitase luego la vida, pues era más justo y más conveniente que antes pereciese un hombre en la república que no por su mal ejemplo se ensuciase y corrompiese toda, perdiendo para muchos siglos una buena fama y reputación...". "Si tú, cuando seas rey, te apartares (Dios no lo permita) de los consejos de tus ministros buenos, despreciándolos y guiándote sólo por tus deliberanzas, sin preguntar para saber y sin saber por otros más que por ti mismo, más que Rey querrás parecer un cierto Dios entre los hombres o, al menos, serás tenido por un rey muy temerario y nada digno de la corona, como en cierto modo enemigo declarado del bien público de tus vasallos, pues si las cosas más grandes que se consultan y tratan entre muchos y muy prudentes sabios varones y con desprecio y mucha madurez, se yerran y se equivocan ¿qué podría esperarse de un rey, que al fin es un hombre, sujeto a pasiones, a yerros y a equivocaciones, que para nada tome consejo, para nada pregunte y para todo desprecie acertados y maduros pareceres y sólo quiera prevalezca y se siga en todo y por todo el suyo, sea tuerto o derecho?".
"El ser rey, si se ha de ser como se debe, no es otra cosa que una esclavitud que le trae consigo la corona. Ordenarás a los del tu Consejo y Presidentes formen carta en tu nombre a todas las ciudades, plazas, villas y lugares de tus reinos, advirtiendo a todos tus vasallos se quejen libre y ciertamente y reciban de sus respectivos jueces, para tomar contra ellos la providencia tan rígida que pidan sus excesos...". "Todos han de saber muy bien que te precias mucho de recto y justiciero, y que aun los mismos consejeros no estarán tan libres de tu descontentamiento si algo dicen y determinan injustamente".
A la vista de estos párrafos, justo es reconocer cuanto de positivo floreció en su complicada personalidad. "Lo bueno de Felipe II -escribió Gregorio Marañón- fue la profundidad de su conciencia y de su responsabillidad de rey y de representante de la lucha contra la Reforma, su sincera piedad, su espíritu democrático, su amor a la justicia sin reparar en clases sociales, su entusiasmo por la ciencia y las artes, su ternura de padre y esposo, su buen gusto y elegancia y la elevación de espíritu con que supo hacerse superior, como pocos hombres en su ápoca, a las supersticiones".
El paso de los años va haciendo de Felipe II un hombre distinto. La muerte ha ido arrebatándole uno tras otro los seres más queridos. El rey es un solitario que vive intensamente en su corazón los mejores ideales que han animado su existencia. La gota atenaza los miembros. La hidropesía hincha su cuerpo. Su piel se abre en pústulas por las que mana pus. U nuevo absceso se le forma en una pierna. Los médicos lo sajan. Las sábanas se pegan en sus llagas, y el moribundo, siempre tan amante de la limpieza, tiene que sufrir una forzada inmovilidad sobre un lecho que no se muda para no agravar sus dolores. Parece que sólo vive su alma, pues tan poca cosa es lo que le queda de cuerpo. A mediados de agosto da las últimas disposiciones sobre cómo desea ser sepultado, y hace que le lleven a la antesala de su cámara los dos ataúdes en que quiere ser enterrado: el de plomo, símbolo del peso y de su fuerza, y el de madera, símbolo de sus errores y debilidades humanas. El de madera, por cierto, se había construído con trozos del galeón portugués CINCO CHAGAS, que, embarrancado en el litoral de Lisboa después de haber luchado contra los turcos, había servido de refugio a los mendigos de la ciudad. En l quilla de aquel buque quiso Felipe II llevar a cabo su último viaje.
El 11 de septiembre de 1598 se despidió de sus hijos. El domingo 13, de madrugada, pidió que pusiesen en sus manos el Cristo que había tenido en las manos su padre en las mismas circunstancias, y un cirio encendido, que habían traído de Montserrat. Apenas apuntaba el alba cuando el rey exhaló su último suspiro. Lope de Vega, en un epitafio dedicado al Rey Prudente, captaría certeramente la fuerza de aquel espíritu que abandonaba la tierra en los últimos años del siglo XVI:

Aquí en breve tierra yace
-si es tierra quien alma fue-
un rey en quien no se ve
lo que la tierra deshace.
Fue tan alto su vivir,
que sola el alma vivía,
pues aun cuerpo no tenía
cuando acabó de morir.
El gran escritor había captado en estos sencillos versos la tragedia que paralelamente vivían los reinos de aquel Felipe. El Imperio español, vuelto totalmente a las cuestiones del espíritu, moría con su rey, y como él, también se había quedado sin cuerpo cuando acabó de morir. Pasemos a continuación a conocer la historia de las Españas en aquellos años en que la dirigió el pulso del Rey Prudente.

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