2 nov. 2015

FELIPE EL PRUDENTE (III)

Felipe, viudo a los dieciocho años, atraviesa una profunda crisis, que le convertirá en el hombre introvertido y adusto que la historiografía posterior se ha complacido en presentar. En estos difíciles años que siguieron a la muerte de su primera esposa, la desquiciada afectividad de Felipe buscó equivocadas compensaciones en aventuras amorosas de las que pronto hablaremos.
En 1554, Carlos pone en marcha un plan de alianza con Inglaterra, destinado a contrarrestar la creciente presión que Francia, en connivencia con los príncipes protestantes, ejerce sobre los Países Bajos. En su mente se dibuja el proyecto de apresar a Francia entre dos barreras paralelas: al norte, la formada por el eje Inglaterra-Flandes; al sur, el que integran España y sus posesiones italianas. Felipe sería la clave de esta combinación.
Inglaterra venía atravesando desde algún tiempo atrás por extrañas circunstancias. Su rey Enrique VIII, que en su juventud se había comportado como un fervoroso católico, llegando incluso a publicar con su nombre un tratado en defensa de los sacramentos contra las doctrinas luteranas, había tomado un derrotero imprevisible tanto en su conducta personal como en sus concepciones políticas y religiosas. Casado con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, había tenido de ella una hija en 1516, María Tudor. Otros cuatro frutos de aquel matrimonio se habían malogrado, y Enrique, preocupado por su sucesión, no halló mejor manera de asegurarla que divorciándose de Catalina. El divorcio fue denegado por el Papa y rechazado enérgica y justamente por Catalina; pero Enrique no cedió. Rompió con la Iglesia, erigiendo en Inglaterra una Iglesia nacional cismática y persiguiendo sañudamente a los católicos, con el apoyo de cuantos se vieron beneficiados por el cambio, en especial aquellos que pudieron apoderarse de los bienes que poseía la Iglesia en Inglaterra. El apasionado rey abandonó a Catalina para contraer matrimonio y abandonar o ejecutar a las demás esposas que fue tomando. Ana Bolena, de quien nació la futura reina Isabel de Inglaterra, moriría ejecutada, acusada de infidelidad al rey (1536); Juana Seymour murió al año siguiente de su matrimonio; Ana de Cleves, con la que casó en 1540, fue relegada al olvido poco después; Catalina Howard, su quinta esposa, fue decapitada en 1542; Catalina Parr la sustituyó en 1543. Cuando Enrique VIII murió en 1547, le sucedió su hijo Eduardo VI, nacido de Juana Seymour, que sólo tenía nueve años. Los regentes que gobernaron el país en los seis años que duró su reinado consolidaron la escisión de la Iglesia anglicana y la orientaron por los derroteros que les inspiraron los luteranos y calvinistas del continente. Eduardo VI murió en 1553. Circunstancias que no podemos detenernos a analizar en este lugar provocaron una reacción por parte de los católicos, que sentaron en el trono de Inglaterra a María Tudor, la legítima heredera, mujer que, a la saz´pon, contaba treinta y ocho años de edad y que había experimentado las amarguras de la persecución y el desprecio durante todos aquellos largos años. Su reinado comenzó con bastante tranquilidad, amenazada, sin embargo, por la oposición de los nobles, que temían perder las posesiones adquiridas en los días de la persecución a la Iglesia católica. María, actuando con moderación, pretendía volver al estado en que e encontraban las cosas al morir Enrique VIII. En esta tarea se affanaban la reina y sus súbditos católicos cuandos se publicó la decisión de la soberana de contraer matrimonio con Felipe, el hijo del emperador. En efecto, este matrimoio vendría a sellar la alianza anglo-hispano-flamenca que estaba montando Carlos V por aquellos días. Las conveniencias políticas traían a Felipe una esposa que, además de ser su tía y de tener cerca de cuarenta años, cuando el príncipe sólo tenía veintisiete, carecía incluso de los encantos con que el gentil pincel de Antonio Moro la había embellecido en el retrato que se le había enviado a Felipe para que la conociese antes de iniciar su viaje a Inglaterra.
El matrimonio se celebró por poderes en enero de 1554. El conde de Egmont, que representó a Felipe en aquella ceremonia, tuvo que cumplir el pintoresco requisito que exigía en tales circunstancias el protocolo inglés: aquella noche durmió con la reina María vestido con una fría y pesada armadura medieval. No menos incómoda fue la vida de Felipe junto a María. Ruy Gómez de Silva, que le acompañó a Inglaterra, lo previó claramente, como se trasluce de una carta que escribió en aquella ocasión:

"La reina es mucho más vieja de lo que nos habían dicho. Si al menos llevara vestidos y tocados españoles, no se harían tan ostensibles su edad y su delgadez. Declaro paladinamente que será menester una especial ayuda de Dios para apurar ese amargo cáliz".

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