24 oct. 2015

LA REVOLUCIÓN DE LOS PRECIOS DURANTE EL REINADO DE CARLOS V (VI)

Ajustes cada vez mayores se realizaron varias veces a lo largo del siglo. El oro había llegado de América en cantidades cada vez mayores, mientras que la plata, hasta el año 1530, apenas afluyó a la Península. Después de la conquista de México, se pusieron en explotación las minas de Zacatecas y Guanajuato, y más adelante, una vez conquistado el Perú, la explotación de las minas de Potosí permitió un nuevo incremento del torrente argentífero, con la consiguiente devaluación de la plata y revalorización del cobre. Entonces fue la moneda de cobre la que comenzó a salir del país en grandes cantidades o a ser desmonetizada. Para atender a estos problemas, tanto Carlos V como, en especial, Felipe II fueron tomando a lo largo del siglo aquellas medidas que les dictaban sus consejeros en materia económica. El mercantilismo tendía, en efecto, a retener en España el metal que llegaba de las Indias. Las peticiones que, en orden a evitar la exportación de numerario, hacen las Cortes a lo largo de los siglos XVI y SVII, son continuas. No obstante las drásticas medidas que se tomaron, el drenaje continuó cada vez en mayores proporciones. De nada sirvió siquiera que se penase con la muerte a los exportadores clandestinos de moneda. El tráfico se mantuvo, como no se podía menos que esperar, por los motivos que indicaremos a continuación.
Los elevados precios que alcanzaron los productos del campo y de la industria peninsular llevaron a los mercaderes a buscar en el extranjero aquellos mismos productos a precios inferiores y, en general, con calidades que solían superar a los de la industria patria. Para pagar aquellas importaciones, los negociantes solicitaban licencia de la autoridad, que la concedía con dificultad y con grandes limitaciones. Entonces recurrían a la saca clandestina de moneda con que atender a sus compromisos en el extranjero. Aparte del dinero que salía por estos conceptos, otras grandes cantidades tomaban el camino del exterior de manos del Estado mismo. Las importaciones de trigo, necesarias en los años de carestía; los gastos producidos por las guerras exteriores; la necesidad de fletar naves extranjeras por insuficiencia de la propia flota para atender el transporte de mercancías destinadas a las Indias... eran otros tantos agujeros por donde se vertían hacia el exterior los raudales que entraban en el saco de la economía peninsular. En términos modernos, podríamos decir que el balance de pagos de la economía española mostraba un saldo negativo. Las cantidades que debían pagarse al extranjero a cambio de los productos que de allá se importaban y demás conceptos, era infinitamente superior a lo que los países extranjeros debían pagar a España por los artículos que nosotros exportábamos. La solución podría haber sido la de fomentar la industria nacional, aumentar la producción, abaratar costos mediante una investigación que terminase en la renovación de las técnicas de producción y la maquinaria industrial. Todo ello habría permitido el aumento de las exportaciones, habría reducido el volumen de las importaciones y habría equilibrado, en último término, la balanza de pagos. La perseverancia en semejante política habría permitido, incluso, lograr un saldo favorable para la economía española. Sin embargo, la medida que se tomó fue precisamente la opuesta. Del mismo modo que los mercantilistas consideraban funesta la salida de los metales preciosos y trataron inútilmente de restringirla, también creían que era necesario evitar la salida de productos manufacturados. Mas con ello lo único que consiguieron fue dar luz verde a la venta de manufacturas extranjeras en el mercado americano. Cuando se trató de dar marcha atrás diez años después de aquella desgraciada medida, fue imposible evitar la catástrofe. Los extranjeros no habían perdido el tiempo: los productos de la Península no encontraban compradores, no sólo por sus mayores precios, sino porque los intermediarios extranjeros acaparaban todo el mercado.
También se trató de evitar la exportación de materias primas, gravando con fuertes impuestos y tasas a las que se enviaban al extranjero. Esta medida, sin embargo, nada tenía que ver con un inento de proteger a la industria nacional; con ella sólo se deseaba aumentar los ingresos del Estado mediante los impuestos recaudados. Así pues, España vendía al extranjero hierro, lana, seda y otras materias primas. En el extranjero las manufacturaban, para vendérnoslas luego a un precio superior al del total de las materias primas exportadas. La diferencia, evidentemente, había que abonarla en divisas, es decir, en metales preciosos. La fuga de numerario era, pues, inevitable.
En realidad, España se convirtió en el puente por donde circularon los metales preciosos desde América hasta los demás países de Europa y por donde discurrían las manufacturas elaboradas en éstos antes de pasar a las Indias. ¿Quién se benefició, entonces, de las riquezas venidas de América? En último término los demás países de Europa, donde el flujo de riquezas americanas determinó el despuntar del capitalismo moderno. Los comerciantes e industriales europeos pudieron obtener con poco gasto altos beneficios. Los capitales acumulados a lo largo de los siglos XVI y siguientes hicieron posible, en gran parte, el desarrollo de sus respectivas economías, mientras que España se empobrecía cada vez más.

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