23 oct. 2015

LA REVOLUCIÓN DE LOS PRECIOS DURANTE EL REINADO DE CARLOS V (V)

La industria textil, por su parte, se apuntó a lo largo de todo el siglo muy importantes éxitos, más también dio pruebas de la existencia de putos débiles que en último término, acabaron por arruinarla. Los grandes ganaderos de la Mesta habían mostrado desde hacía tiempo su preferencia por enviar lana cruda al extranjero, antes de dejarla a los industriales españoles para que la elaborasen. La guerra de las Comunidades, entre tantas contradicciones como evidenció,, mostró claramente la oposición existente entre las ciudades que presperaban ppor a exportación monpolizada de lanas las que vivían de la industria lanera. La demanda americana hizo que se aumentase la cantidad de lana que se destinaba normalente a la industria nacional; pero tampoco en este sector se puso gran cuidado por lograr un aumento de la producción mediante la mejora de las técnicas y de la maquinaria. Los precios de los productos textiles, como todos los demás, subieron sin freno, con las desastrosas consecuencias para la economía general que pronto tendremos ocasión de contemplar. Al lado de los tejidos de lana, los de seda ocupaban también un lugar importante entre los productos del país, especialmente en Valencia, Murcia, Granada y Jaén. Los artículos de seda manufacturados se habían abierto un buen mercado en el exterior; sin embargo, pronto se pasó a preferir la exportación de seda en bruto con el consiguiente perjuicio para la producción.
El resultado de la desgraciada política industrial propugnada por los economistas de la época desembocó en un alza tal de los precios, que pronto alarmó a las autoridades. Las teorías que por entonces regulaban el proceso económico eran las conocidas ocn el nombre de "mercantilismo". Sus orígenes deben buscarse en la economía medieval, época en que la circulación monteria era tan escasa, que se creía firmemente que la única manera de intensificar los negocios consistía en aumentar las existencias de dinero. Durante los siglos XVI y XVII, los economistas españoles, al ver cómo afluía a España el oro y la plata de América, se aferraron a estas doctrinas, pensando que la abundancia de metales preciosos amonedables sería la mejor garantía para la prosperidad de todos los negocios. Sólo había que preocuparse de un detalle: impedir que este dinero saliese del país. Para conseguirlo, se tomaron algunas medidas acertacas, como la de acuñar el ducado o excelente de Granada sólo con 22 quilates de oro, en vez de los 24 que tenía desde que lo habían introducido los Reyes Católicos en el año 1497. La escasez de oro que se dejó sentir en Europa después de quedar interrumpidos los suministros del mismo que llegaban desde el Sudán, hizo que los reyes de Europa devaluasen sus monedas de oro a 22 quilates y que comenzasen a acuñar grandes cantidades de monedas de plata y de cobre. Los Fugger habían hecho su fortuna precisamente en esta coyuntura, ya que poseian algunas de las minas de plata de Alemania. Por este motivo, los flamencos que acompañaron a Carlos en su venida a España se habían mostrado tan interesados en acaparar los ducados españoles, porque su ley era mejor que la de las demás monedas europeas. Para evitar la huida de moneda al extranjero, Carlos V dispuso que se rebajase la ley del ducado, comos e ha dicho, hasta equipararla a las monedas similares que circulaban en el resto de Europa. Paralelamente, el valor nominal del ducado se redujo de 375 maravedís a 350 en 1537. La nueva moneda se denominó también escudo.

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