22 oct. 2015

LA REVOLUCIÓN DE LOS PRECIOS DURANTE EL REINADO DE CARLOS V (IV)

Entre el empingorotado olimpo de la nobleza y el farragoso bajo mundo de los desheredados, la clase media española, la burguesía mercantil e industrial de las ciudades, experimenta durante este siglo una profunda transformación. Destacan en ella los grandes mercaderes enriquecidos por el comercio de la lana, en especial los mercaderes de Burgos y de Medina del Campo. Entre los burgaleses descollaron Alonso de Astudillo Mazuelos, Ventura de Medina Arriaga, Cristóbal de Ayala, Fernando Rodríguez de Brizuela, García López del Peso; pero sobre todos ellos se alzó la figura de Simón Ruiz, hombre de negocios que llegó a acumular una gran fortuna y que estuvo relacionado con los principales mercaderes de Portugal, Francia, Flandes e Italia. Su capital creció desde que en 1550 se dedicó al negocio de importar telas de Bretaña. Sus intereses se fueron extendiendo a otros muchos cmpos, y pronto estuvo en condiciones de especular con los cambios monetarios y de prestar dinero a Felipe II para atneder a los gastos del ejército de Flandes. Su generosidad para con los pobres iba al par de su éxito en los negocios. Mas hay que aceptar que la figura del rico mercader-banquero no es más que una excepción en España. Muchos factores contribuyeron a impedir el desarrollo de emejante tipo en nuestro país. En primer lugar, faltaba una tradición económica suficiente como para hacer proliferar a los hombres de negocios. La insuficiente urbanización del país también lo obstaculizaba. La mentalidad dominante en el ambiente era hostil, además, a semejantes actividades. Por regla general, en cuanto un padre reunía un cierto capital, su principal preocupación era adquirir un título nobiliario e invertir sus dineros en la compra de tierras, pra vivir de sus rentas. Como se decía entonces, "el no vivir de rentas, no es trato de nobles". El alza experimentada por los precios agrarios hacía especialmente apetecible invertir capitales en la compra de terrenos. La Corona, por su parte, no tenía inconveniente en repartir títulos a manos llenas, pues con tan simple procedimiento se permitía acopiar ingentes recursos. Los que más sufrían con esta continua ampliación del sector nobiliario eran los percheros, que veían crecer sus impuestos conforme aumentaba el número de los que lograban eximirse de ellos gracias a sus títulos. La quejas de las Cortes se sucedían tan frecuente como inútilmente.
Mas el incentivo que ofrecía el estatuto nobiliario era tal, que no podía menos que seducir a cuantos podían permitirse su ingreso en él. El ejemplo que la nobleza ofrecía a los demás españoles era, sin duda, funesto. ¿Quién no habría luchardo por realizar un ideal cojnsistente en no tener que trabajar, en poder vivir de las rentas, en ostentar hermosos blasones en la puerta de sus casa y e ser, además, objeto de admiración, imitación o envidia de todos los demás? En realidad, lo extraño es constatar cómo todavía había en el país gente dispuesta a trabajar; los que así obraban, difícilmente lo hacían por gusto. Por una parte, sus menguados caudales no les permitían acceder a lanoblea. Por otra, el hambre les impedía abandonar el trabajo, por miserables que fuesen sus ingresos. Los trabajadores del campo, los pequeños propietarios rurales, pronto vieron menguar sus caudales por el proceso que anteriormente hemos descrito. Pero ¿y los trabajadores de la industria?
El descubrimiento de América trajo consigo una creciente demanda de los productos industriales que se elaboraban en el país. Las posibilidades de la industria española, de momento, eran insuficientes para atender los pedidos que continuamente se le hacían. En vez de ampliar las instalaciones industriales, en lugar de mejorar las técnicas de producción para conseguir productos abundantes y a bajo costo, los industriales españoles y los mercaderes que controlaban la distribución de sus productos, prefirieron aumentar los precios desconsideradamente. Tal decisión incidía pavorosamente en el proceso de elevació del coste de la vida, sobre todo si se tiene en cuenta que los salarios no crecían al mismo ritmo. De todas formas, gracias a esta súbita ampliación de la demanda, la industria española experimentó en los primeros cincuenta años del siglo XVI un notable desarrollo. Los magníficos cueros que llegaban de América permitieron el desarrollo de la industria peletera, que dispuso entonces de una excelente materia prima. Los adornos de cuero para las chaquetas se pusierond e moda. Los guantes de Ocaña y Ciudad Real, delicadamente perfumados con ámbar o almizcle, hicieron furia no sólo en España, sino también en los principales mercados de Europa. En Vizcaya, la industria metalúrgica experimentó un auge sin precedentes. El hierro de Somorrostro proveía de materia prima de excelente calidad a las numerosas forjas del país, las llamadas "masuqueras". Los antiguos métodos de trabajo del hierro fueron sustituídos por otro nuevos: la fuerza hidráulica fue aplicada a los fuelles que alimentaban de aire las fraguas y puso en movimiento pesados martillos pilones. El mineral, sin embargo, era tanto, que las forjas del país no se bastaban por sí mismas para trabajarlo; pero en vez de ampliar las instalaciones, se prefirió exportar el excedene de mineral, principalmente a Francia. Los astilleros vascongados experimentaron también un franco desarrollo, gracias a los pedidos que hacían los navieros interesados en el transporte y comunicaciones con América. Los tipos de barcos que allí se botaban, no obstanate, carecían de originalidad. En realidad eran los mismos tipos que se habían empleado en el comercio mediterráneo, aunque construidos con dimensiones mucho mayores. La razón de que se contruyesen sobre todo buques de gran tonelaje no hay que buscarla en las necesidades económicas de los navieros, sino en los criterios militares de la Corona. Para un naviero, era mucho más rentable un par de pequeños mercantes constantemente ocupados que un mastodóntico galeón. Pero en aquellos tiempos no había una marina de guerra propiedad del Estado. Cuando era necesario reunir una escuadra con fines militares, el Estado embargaba, alquilaba o requisaba los buques que componían la flota mercante. Por esto exigía que las dimensiones y condiciones de los buques mercantes fuesen las más apropiadas para las acciones bélicas. Esta circunstancia paralizaba a los grandes buques en los puertos durante largas temporadas, hasta que se reunía carga suficiente para llenar sus bodegas; los navieros se retraían de hacer inversiones; los buques que había fuera de las aguas peninsulares en los momentos de peligro se abstenían de acudir, para no ser embargados por los oficiales reales y destinados a hacer la guerra.


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