20 oct. 2015

LA REVOLUCIÓN DE LOS PRECIOS DURANTE EL REINADO DE CARLOS V (II)

Los judíos, oficialmente erradicados del país después de la expulsión que decretaron los Reyes Católicos, sobrevivían en el grupo de los "conversos", muchos de los cuales persistían en sus antiguas creencias, como es lógico. Aunque no lo hiciesen, los conversos siempre fueron objeto de las suspicacias de los "cristianos viejos", que culminaron en las leyes relativas a la "limpieza de sangre", por las que el país se escindió claramente en dos bloques, el de los "cristianos viejos" y el de los "cristianos nuevos" o cristianos descendientes de los judíos. La sociedad cristianovieja cerró a los conversos, cada vez con mayor rigor, el acceso a los puestos eclesiásticos y de la burocracia. Por más que los conversos se esforzaron en vivir su cristianismo con total sinceridad, por más que defendieron su igualdad a los demás cristianos en razón de su bautismo, no lograron ser admitidos en la escena social. Esta situación les hizo evolucionar hacia un cristianismo cada vez más interior, más personal, que derivaría, a su vez, hacia formas de espiritualidad que tendremos ocasión de estudiar más adelante. En total, parecen haber sido uos 300.000 individuos los que integraban el conjunto de los conversos. De entre ellos, sólo una selectísima minoría logró hacer olvidar sus antecedentes y, en consecuencia, tuvieron acceso a cargos de importancia en la administración política y eclesiástica. Los restantes siguieron dedicados al comercio o a la artesanía. En contrapartida, los cristianos viejos, temerosos de ser tenidos por conversos si se dedicaban a estas actividades, se esforzaron por evitarlas. Esta actitud purista llevará a amplios sectores de las clases medias a esforzarse por conseguir la nobleza, aun en su ínfimo escalón, la "hidalguía", como veremos pronto.
Los esclavos, que llegaron a ser unos 100.000 en algunos años del siglo XVI, también estaban presentes en la sociedad española. En general procedían de América. Abundaban también los negros, procedentes de las costas occidentales de África. Los mercaderes italianos, en especial los venecianos, surtían el mercado con esclavos procedentes de Rusia, Serbia y otros países eslavos. Su precio oscilaba alrededor de los 100 ducados. Constituían un artículo de lujo que sólo se podían permitir los grandes señores, quienes se valían de ellos no para el traajo, sino para hacer pública su ostentación de las riquezas que les permitían adquirirlos. En la Península, solamente las Vascongadas se vieron libres de esta lacra social.
En la sociedad hispánica del silglo XVI, constituida en régimen señorial, un elemento, el noble, destaca en los niveles superiores que la integran. Un rígido esquema social divide las distintas clases y confiere a cada una de ellas un puesto de cuyos límites difícilmente puede salir. Aquél sería el estatismo social que con mano maestra describió fray Antonio de Guevara con las siguientes palabras:

"El oficio del labrador es cavar; el del monje, contemplar; el del ciego, rezar; el del oficial, trabajar; el del mercader, trampear; el del usurero, guardar; el del pobre, pedir, y el del caballero, dar, porque el día que el caballero comienza a atesorar hacienda, aquel día pone en pregones su fama".

Como en tantas otras ocasiones hemos repetido, la nobleza peninsular sólo perdió, tras las reformas introducidas por los Reyes Católicos, su preponderancia política; pero conservó y acrecentó su poderío económico. Carlos V había reorganizado los cuadros de la nobleza al llegar al país. De entre el maremagnum de títulos que había en sus reinos, hizo una clara distinción entre la alta y baja noblezas. Al primero de estos grupos pertenecerían los llamados "grandes del reino" y los "títulos". En 1525, a los cinco años de esta reorganización, había en Castilla 20 nobles con categoría de "grandes" y unos 40 títulos: entre ellos había en esta misma fecha 10 duques, 11 marqueses y 42 barones. Con el tiempo esta categoría fue aumentando su número, hasta que en 1581, ya en tiempos de Felipe II, llegaban al centenar. En realidad, el criterio de clasificación era el poder económico de cada familia nobiliaria. Los nobles que no llegaban a un determinado nivel, quedaban en segundo plano. Muchos de ellso sólo podían ostentar sus títulos y basones, cuando en realidad vivían a veces en la miseria. Uno de los grandes alicientes de la nobleza lo constituía el hecho de que estuviesen dispensados de pagar impuestos al Estado, por loq ue no estaban obligados a contribuir a los gastos cuantiosos de la monarquía como lo estaban los "pecheros", o sea, la población que carecía de un título nobilliario por modesto que fuese. el origen de tal exención debe buscarse en los servicios que la nobleza, como clase militar, debía estar dispuesta a prestar al soberano. Su ocupación, oficialmente al menos, debía ser la guerra. toda otra tarea, bien fuese el comercio, la industria o el trabajo manual en todas sus formas, era considerado incompatible con el estatuto nobiliario. A excepción de algunos nobles andaluces que, por su contacto con nobles extranjeros, quienes no menospreciaban sus activiades mercantiles, aceptaron participar en algunas empresas no militares, el resto de la nobleza vivía de las enormes rentas que les producían sus propiedades agrarias. En la coyuntura del siglo XVI, varios fueron los factores que contribuyeron a hacer crecer estas rentas a alturas astronómicas. En primer lugar, las leyes sobre el mayorazgo, de que ya hicimos mención, impidieron que los grandes patrimonios nobiliarios se fragmentasen al repartirse entre los herederos. Carlos V y Felipe II tomaron algunas medidas, de dudosa eficacia, para evitar el desmesurado crecimiento del poder económico de la nobleza, a raíz del establecimiento de los mayorazgos.
Mas lo que alentó especialmente en incremento de las rentas fue el aumento de la demanda de productos agrícolas a lo largo de este período. La población aumentaba, especialmente en Castilla. Para alimentar a las nueva bocas, era necesario incrementar la producción agraria. Los campesinos se lanzaron a la ardua tarea de poner en cultivo grandes extensiones de terreno que hasta entonces permanecían incultas. Se roturaron montes, se araron terrenos baldíos, se procuró irrigar amplias zonas de terreno para hacerlas más productivas. Con objeto de lograr tal empresa, eran necesarios capitales que a financiasen. Los nobles, en general, permanecieron a la expectativa. Quienes financiaron la puesta en cultivo de nuevas plantaciones fueron, en gran parte, los habitantes de las ciudades (comerciantes, artesanos, mercaderes), que entregaban a los campesinos sus capitales para amortizarlos en años sucesivos.
Estos contratos, conocidos con el nombre de "censos", permitieron llevar a cabo una renovación de la agricultura; pero sus efectos no fueron muy duraderos. Las nuevas tierras daban un par de buenas cosechas, y en seguida, quedaban esquilmadas. Los factores meteorológicos desencadenaban con desesperante frecuencia años de escasez, que no permitían a los campesinos recoger lo que hubiesen necesitado para pagar a sus prestamistas. Cuando la cosecha era demasiado buena, la abundancia de trigo hacía que descendiesen los precios, con lo cual los campesinos no podían enjugar sus deudas. Los préstamos se hicieron entonces con la garantía del mismocampo en que invertían, que quedaba hipotecado. Muchos pequeños propietarios, al no poder pagar los intereses estipulados, tenían que entregar sus tierras a los acreedores y se veían obligados a marcharse en busca de porvenir a las ciudades. Los nobles incrementaben así sus latifundios, y la pequeña propiedad se reducía cada vez más.

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