31 oct. 2015

FELIPE EL PRUDENTE (I)

El 21 de mayo de 1527, la emperatriz Isabel sintió que le llegaba la hora de dar a luz a su hijo primogénito. En aquellos mismos días, por los caminos que conducían hasta Valladolid, ciudad donde se encontraba el emperador, corrían los mensajeros que llevaban la noticia del saqueo de Roma. Pero la onda explosiva de lo ocurrido en Italia aún no había llegado a la corte. De momento, toda la atención la reclamaba el parto de la reina, un parto que se presentaba difícil. La emperatriz sufría, tratando de contener los gemisdos que le hacían subir a la garganta los dolores del alumbramiento. La comadrona la animaba a desahogarse gritando; mas ella, con toa la dignidad, ordenó que apagasen la luz de la estancia para que nadie viese sus gestos de dolor, y dijo a quien la atendía:"No me digáis tal, comadre mía, que yo moriré, pero no gritaré".
El príncipe fue bautizado el 5 de junio cono el nombre de Felipe, como su abuelo paterno. La noticia de la catástrofe romaa llegó por fin a Valladolid. Las fiestas con que se celebraba el fausto acontecimiento del bautismo del heredero fueron interrumpidas, en señal de duelo. En la primavera del año siguiente fue jurado sucesor y heredero de los reinos en las Cortes de Madrigal.
Carlos, que ya tenía una esposa a quien dejar en España como regente y a un hijo que asegurase la sucesión en caso de que él faltase, encontró libre el camino de vuelta a sus dominios del resto de Europa. En los días en que el emperador era coronado en Bolonia por el Papa y se hacía presente en Alemania, Felipe crecía bajo la custodia de su madre yuna pequeña corte de damas. Por las cartas que escribía al emperador el primer ayo que tuvo el niño, don Pedro González de Mendoza, conocemos algunos detalles sobre aquel niño dócil, serio, reflexivo y observador que fue Felipe II en su infancia. No faltan, sin embargo, detalles sobre sus infantiles travesuras y enredos, y de sus juegos con su hermana, la infanta María. He aquí algunas referencias, tomadas de varias fuentes distintas:

"Pasan el tiempo el Príncipe y la Infanta en invidias sobre quién tiene más vestidos, aunque la Emperatriz no se los quiere dar de tela de oro, siquiera para vestir los domingos. El Príncipe está muy contento con su sayo y un capote de monte que tiene; pide cada día a la Emperatriz que vaya a Aranjuez, y con este vestido y con una ballesta que tiene amenaza tanto a los venados, que me parece que cuando V.M. con bien se venga, no hallará ya qué matar"
"El Príncipe está tal, que de un día a otro se halla gran mudanza en él; no se puede excusar de contar algunas cosas, de las que dice y hace, porque son dignas de memoria... Este día pasado le suplicaba una dama que recibiese un paje y nunca quiso; y decía que tenía muchos, que no lo podía tomar; que lo diesen a su hermana, que no tenía ninguno. Dijéronle que ella no tenía pajes tan presto. Y dijo enojado: "Pues buscad otro príncipe, que por esas calles lo hallaréis"...".
"Sus pasatiempos son ordenar justas a los niños, y las lanzas son velas encendidas y paran los encuentros en el doctor Villalobos, donde vienen a morir...". "Con el doctor suele su alteza enojarse algunas veces, porque no le quiere dar de comer todo lo que quiere...". "Es tan travieseo, que algunas veces Su Majestad la Emperatriz se enoja de veras, y ha habido azotes de su mano, y no faltan mujeres que lloran de ver tanta crueldad...". "La Infanta (
María, que tenía por aquel entonces once años) pónese en hacer un sarao, como si tuviera veinte años, y el Príncipe la entretiene, como un gentil galante... No se han visto tales dos criaturas jamás".
Muchas otras anécdotas podrían espigarse en torno a los primeros años de aquel niño alegre, juguetón, normal, en una palabra, que, andando el tiempo, habría de converirse en el controvertido Felipe II, "el Rey Prudente" de sus admiradores y "el Demonio del Mediodía" para sus enemigos y detractores.

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