26 sept. 2015

LA CONQUISTA DEL PERÚ (II)

En 1526, Pizarro y Almagro partieron con dos navios y 160 hombres hacia el Perú. A medida que avanzaban, los informes de los indios de la costa les confirmaban en la existencia de aquel Imperio que andaban buscando. Al llegar a la desembocadura del río de las Esmeraldas, acordaron que Almagro regresara a Panamá en busca de refuerzos. Con los que componían la expedición no creían posible acometer la empresa proyectada. Pizarro, entretanto, quedó con un puñado de hombres en la isla del Gallo.
Pero cuando Almagro llegó a Panamá, Pedrarias había cesado ya en su cargo y le sustituía Pedro de los Ríos, que no era partidario de continuar aquella empresa, por lo cual, en vez de permitir que enviasen a Pizarro los refuerzos que necesitaba, envió unos barcos con la orden de recoger a todos los españoles que permanecían a la espera en la antedicha isla del Gallo. Los que habían quedado con Pizarro habían padecido indecibles calamidades, debidas a la escasez de alimentos, las lluvias tropicales y los mosquitos. Al llegar los barcos enviados por Pedro de los Ríos, aquellos náufragos voluntarios creyeron llegado el momento de su salvación; mas entonces Pizarro, desenvainando su puñal, trazó con él una raya en la arena, de este a oeste, y exclamó:

"Camaradas y amigos, por aquí se va a recoger el fruto de nuestros trabajos; por allá a Panamá, a vivir en pobreza y olvido. Testigos sois de que, en la necesidad, fui el más falto de todo; en la lucha, el primero en el ataque y el último en la retirada".

Era evidente que Pizarro no pensaba perder aquella gran oportunidad que se había presentado en su vida de soldado. Apenas dijo las citadas palabras, cruzó la raya que él mismo había trazado. Trece de sus hombres le siguieron, los que más adelante serían conocidos como "los trece de la fama". Los demás volvieron a Panamá con los barcos de Pedro de los Ríos.
Pizarro y sus fieles resistieron todavía algún tiempo en la isla del Gallo y luego pasaron a otra cercana, la llamada Gorgona; pero todavía debieron esperar siete meses hasta que llegó Almagro con su barco, víveres y municiones, aunque sin soldados. Reunidos por fin, continuaron juntos el viaje hacia el sur, costearon e golfo de Guayaquil y llegaron a la ciudad de Túmbez. Los indígenas les recibieron amablemente. Guiados por ellos, los españoles tuvieron ocasión de conocer por sus propios ojos cómo eran aquellas regiones, eprtenecientes ya al famoso y misterioso Imperio. Todavía avanzaron rumbo al sur, hasta el perto de Santa. Por todas partes encontraban campos magníficamente cultivados, donde los maizales eran irrigados por un perfecto sistema de distribución de aguas. No necesitaban ver más los exploradores. Lo que habían contemplado confirmaba las noticias que tenían sobre la grandeza y poderío de aquel Imperio. Regresaron a Panamá en 1527 y acordaron los socios que Pizarro viajara hasta España para solicitar del emperador la autorización necesaria para llevar a cabo la conquista del país.
¿Cómo era aquel Imperio que se abría ante los ojos de aquellos ambiciosos hombres? De todas las civilizaciones que habían florecido en América antes de la llegada de los españoles, ninguna era equiparable al grado de organización alcanzado por las gentes del Tahuantinsuyu, nombre que los indígenas daban al país y que significaba "las cuatro regiones". Sus límites abarcaban los territorios de las actuales repúblicas de Ecuador, Perú y Bolivia, las regiones del norte y centro de Chile, el noroeste de la Argentina y la comarca de Pastos en Colombia. Tres regiones naturales se podían distinguir claramente en el país:la costa, formada por una estrecha franja desértica donde la lluvia era casi totalmente desconocida, pero donde era posible una floreciente agricultura en los valles de los ríos que, cortando el desierto, iban a desembocar en el Pacífico. Los indígenas habían aprendido a aprovechar sus aguas con buenas canalizaciones, que permitían el cultivo del maíz y otras plantas también comestibles igualmente desconocidas para los españoles. A poca distancia de la costa, el terreno se elevaba en rápidas pendientes. Era aquella la región de la sierra, que se alzaba a alturas increíbles, limitada por la cordillera andina occidental, de un lado, y por la oriental, del otro. Era una región de picos nevados, precipicios insondables, lagunas perdidas, páramos helados. Grandes valles, fríos algunos, templados otros, cortaban la región en diversas direcciones. En ellos los indios habían aclimatado el maíz hasta alturas inverosímiles, y en ellos había florecientes ciudades. Así, de norte a sur estaban los valles de Cajamarca, Urubamba, Callejón de Huaylas y las cuencas del Mantaro, del Cuzco y del Titicaca, nombre con que conocemos todavía al mayor lago de la cordillera de los Andes. La tercera región, conocida como la Montaña, comprendía desde la llamada Ceja de la Montaña, es decir, la vertiente oriental de los Antes, hasta el corazón de la cuenca del Amazonas. El Imperio Tahuantinsuyu sólo llegaba a las regiones más occidentales. Al este se extendía la Floresta Real (la selva amazónica), donde habitaban indios salvajes y donde la imaginación de los españoles situó todos los fabulosos reinos que hasta entonces no habían logrado localizar: Eldorado, el de Rupa-Rupa, el del Gran Paitití y el de Ambaya.

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