14 sept. 2015

LA CONQUISTA DE MÉXICO (III)

Determiado Cortés a llevar a cabo la conquista de Mexico, cuidó en primer lugar de dar carácter legal a su empresa. Así, lo primero que hizo fue fundar una ciudad, a la que, por ser Viernes Santo el día de su fundación, dio el nombre de Veracruz (Villa Rica de Veracruz). Con toda intención procuró que la nueva ciudad (de la que no había más señal visible que la puerta y la horca, símbolos de la autoridad) quedase emplazada fuera de los territorios que estaban bajo la jurisdicción de Velázquez, gobernador de Cuba. Veracruz estaba directamente bajo el señorío del rey. Cortés, en consecuencia, hizo que se nombrasen alcaldes de la ciudad, y entonces la corporación de la ciudad nombró a Cortés justicia mayor y capitán general de la nueva provincia de San Juan de Ulúa. Cortés se libraba así de la tutela de Velázquez y tenía las manos libres para actuar en México.
Desde aquel momento se entabla una sorda lucha entre Montecuzoma y Cortés. Éste, empeñado en avanzar hasta Tenochtitlán. Aquél, dispuesto a impedir que llegase a su presencia. Montecuzoma había consultado a sus adivinos sobre el carácter de los recién llegados y el futuro que les aguardaba. Los magos le habían respondido que las gentes de Cortés no eran sino los guerreros que enviaba el antiguo dios Quetzacoátl, aquel dios civilizador y pacífico que habían adorado los antiguos toltecas y que había salido del país por culpa del belicoso Tzcalipoca. Al parecer, por boca de los adivinos hablaban aquellos sectores de la población azteca que propugnaban una política antibelicista y de amistad con los conquistadores extranjeros. Montecuzoma, asustado ante las siniestras predicciones de sus adivinos, los hizo matar y se preparó para impedir la llegada de aquellos supuestos emisarios de Quetzacoátl. En Cholula, los españoles y los indios que se les iban agregando fueron bien recibidos, pero en secreto se había preparado una matanza general, ordenada por Montecuzoma. Gracias a una india llamada Malinche, se descubrió la traición y se evitó. Los españoles se adelantaron a los aztecas y llevaron a cabo una espantosa carnicería. Malinche, a quien los españoles conocieron con el nombre de "doña Marina", había sido entregada a los españoles por los indios de Tabasco. Era azteca; pero, apresada por los tabasqueños, había aprendido la lengua maya. Más tarde aprendió también el español. En ella encontró Cortés un auxiliar valiosísimo como intérprete, informador y consejero. Con ella tuvo un hijo, al que llamó Martín.
Siguiendo hacia el interior, Cortés cerró una alianza con Xicotencatl el Joven, jefe de los tlaxcaltecas, cuya ciudad Tlaxcala, le proporcionó un gran número de guerreros y de porteadores. Montecuzoma, impotente para detener a Cortés, ordenó, incluso, que se pusieran ridículos obstáculos en los caminos, como si de esta forma pudiera obligarle a retroceder. Conforme avanzaban los españoles, su admiración y sorpresa crecían ante las obras de ingeniería que iban encontrando. Una magnífica calzada, bordeada de agua por los dos lados y cortada de trecho en trecho por puentes levadizos, les llevaba hasta la capital de Tenochtitlán.
Pronto salieron a recibirles numerosos dignatarios aztecas. Finalmente acudió el mismísismo Montecuzoma con un gran cortejo. Entre él y Cortés se cruzaron ceremoniosos cumplidos y espléndidos regalos. Todo eran apariencias. Cada uno de ellos abrigaba intenciones muy diversas de lo que manifestaba. Así, el 8 de noviembre de 1519 los españoles y sus auxiliares indios entraron en Tenochtitlán y fueron alojados en un suntuoso palacio que pertenecía a Axacaytl, padre de Montecuzoma. Los españoles, desafiando a los aztecas, pusieron centinelas en las terrazas, dejaron ensillados los caballos e instalaron cañones en las puertas. En realidad estaban corriendo un gravísimo peligro, cercados por sus enemigos, rodeados de agua por todas partes y sin provisiones suficientes para resistir un asedio. En los días siguientes, los españoles pudieron recorrer la ciudad. Los relatos que nos dejaron de cuanto vieron precen más historias fantásticas que descripciones verídicas. Pero la realidad era la que sigue:
La ciudad era un verdadero emporio de riquezas. Su movimiento comercial era cuatro veces mayor que el que podría esperarse de los 60.000 habitantes que tenía. Toda ella estaba formada por un conjunto de islotes, situados en el centro de una laguna, comunicados entre sí por puentes de madera, con calles de tierra paralelas a los canales por los que discurríian las canoas de los indios. En el amplísimo mercado de la ciudad se vendían los más variados productos, venidos de todos los rincones del país. Como moneda usaban almendras de cacao, si bien para las transacciones importantes también utilizaban oro pulverizado metido en plumas de ánsar. Los palacios y los templos eran muchos y muy suntuosos. En el Huitzilopochtli pudieron contemplar los españoles, horrorizados, los restos de los sacrificios humanos que en él se celebraban.
Temiendo un ataque de los indios, Cortés tomó una decisión suprema: apoderarse de Montecuzoma. El pretexto se lo dio la matanza que había llevado a cabo un jefe indio contra los españoles, por orden, claro está, del propio rey. El monarca azteca quedó, pues, en poder de Cortés, quien además confiscó el tesoro imperial y, llevado de un prudente celo religioso, subió al templo mayor de la ciudad y rompió las caras de los ídolos con una barra de hierro. Los aztecas creyeron que su mismo señor les había traicionado. Entonces Montecuzoma les advirtió que debían salir de la ciudad, pues los dioses habína dado órdenes a los sacerdotes aztecas de atacar a lo españoles. Precisamente en el momento en que comenzaban a levantarse los aztecas amenazadoraente contra los españoles, llegaron noticias de Veracruz, no menos desfavorables para Cortés.

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