22 ago. 2015

MARTÍN LUTERO (I)

Lutero había nacido en Eisleben (Sajonia) en 1483, en una familia de agricultores. Su padre había empezado a trabajar en las minas de cobre un par de años antes de que naciese su hijo Martín. Apenas contaba dos años cuando se trasladaron a Mansfeld, gracias a que su padre había prosperado económicamente. Sus recuerdos de la infancia eran, sin embargo, un poco tristes. "Mis padres -contaría después- me hicieron pusilánime". No obstante le dieron muchos medios para adquirir una buena educación, iniciándole en el conocimiento del latín y enviándole a completar estudios a Magdeburgo (1497-98), a Eisenach (1498-1501) y a Erfurt (1501-1508), pues su padre, como administrador de una fundición y maestro de pozos, no dejaba de prosperar. Allí se inició en la teología nominalista y trabó contacto con los humanistas del círculo de Erfurt. En 1505, Lutero ya era maestro en artes, y como tal comenzó a enseñar en la universidad de Erfurt al mismo tiempo que estudiaba derecho. En el verano de aquel año, impresioado por una tormenta que le sorprendió en pleno campo, hizo voto de hacerse monje. Su padre, a quien los frailes no le caían simpáticos, se puso furioso. Pero él insistió y lo logró, entrando como novicio en el convento agustino de Erfurt.
Mucho se ha escrito sobre esta repentina decisión de Lutero. No le faltaba, desde luego, recta intención; creía firmemente que con su nuevo género de vida podría prestar un servicio a Dios. Tampoco le faltaban buenas aptitudes. Los agustinos se alegraron mucho de su entrada en religión. No deben descartarse, sin embargo, las influencias que ejercieron sobre su decisión el ambiente en que se había educado, su profunda religiosidad e incluso el incidente mismo de la tormenta. En los dos años siguientes Martín enseña filosofía en el convento, al mismo tiempo que estudia privadamente la teología y se ordena sacerdote. Al año siguiente pasa a Wittenberg, donde obtuvo el bachillerato en teología en 1509. Algunos historiadores insisten en la precipitación con que realizó sus estudios teológicos como causa de algunas de las lagunas de su formación teológica. Como en Erfurt necesitaban un profesor de teología, allá fue enviado Lutero y allí se destacó como un hombre celoso de una verdadera reforma monástica. Por aquellos días, el vicario de los agustinos, Staupitz, trataba de unir a los monasterios reformados con los no reformados. En Erfurt eran reformados, y temían que si se llevaba a cabo la unión, decayese el espíritu en que vivían. Por eso acordaron enviar a dos frailes a Roma para que trataran de impedir aquel proyecto de unión. Uno de los comisionados fue Lutero, que aceptó gustosamente el encargo, no sólo por cuanto esperaba hacer un servicio a la reforma, sino porque también deseaba hacer en Roma una confesión general de sus pecados y ganar la indulgencia plenaria. Ya hacía tiempo que andaba preocupado por tranquilizar su conciencia y librarse de los temores que le inspiraba el no tener pruebas evidentes de su estado de gracia.
Una vez en Roma, Lutero se esforzó por sacar adelante la misión que le habían encomendado; pero en todas partes le dieron con la puerta en las narices. El Papa Julio II andaba por aquellos días recorriendo los Estados Pontificios y asaltando fortalezas personalmente. Martí ganó, según él mismo cuenta, millones de indulgencias; pero no pudo hacer confesión general, porque en todas partes halló sacerdotes ignorantísimos. A pesar de todas las corruptelas que presenció, no parece que sintiera por entonces deseos de rebelarse. Sin embargo, apenas se encontró en Erfurt, se apreció en él un notable cambio. De repente comienza a oponerse a sus compañeros de convento, tachándolos de "justiciarios" porque se creían justos por el hecho de que cumplían con exactitud todas las reglas y preceptos, porque ponían la verdader justicia en el cumplimiento de obras (acciones) externas y formalistas. Los observantes no lo soportaron. En 1511 Lutero tuvo que marcharse a Wittenberg, donde Staupitz lo puso al frente de la cátedra de Sagrada Escritura. Al año siguiente obtuvo el título de doctor en teología.
Pronto se convirtió Lutero en el ídolo de la universidad de Wittenberg, cuyo prestigio crecía gracias al brillante profesor. Esto no podía menos de agradar al fundador de la universidad, el príncipe elector Federico de Sajonia, que siempre sería uno de sus más incondicionales protectores. Federico era un hombre muy piadoso, al estilo tradicional. en 1493 había peregrinado a Tierra Santa. En los días de Lutero, todavía se enorgullecia de los millares de reliquias que había logrado coleccionar con meticulosidad de filatélico.
Durante aquellos años en Wittenberg, Lutero llevó una vida muy observante y mortificada. En el cargo de vicario territorial que se le encomendó, se comportó como un segundo San Bernardo. Tenía tentaciones, y no faltaban pequeños fallos que él exageraba con su temperamento de hombre melancólico y escrupuloso. Pero de ahí a afirmar, como algunos han hecho, que era un mail fraile y que no guardaba la castidad, va un verdadero abismo. De todas formas, Lutero se sentía inquieto y angustiado sobre una importante cuestión: ¿Dios le era propicio o no? En 1515 escribió un comentario a la epístola de San Pablo a los Romanos, en el que ya comienzan a notarse las líneas de su posterior evolución religiosa. Al parecer, en aquellos días en que comentaba a San Pablo, Lutero vislumbró súbitamente una nueva concepción del cristianismo. Tal parece haber sido la "experiencia de la torre" (Turmerlebnis) a la que haría referencia cuando relatase a sus amigos las circunstancias en que tuvo lugar aquella iluminación. ¿En qué consistía?
Para Lutero, sentirse inclinado al mal (sentir la concupiscencia) significaba ser malo. Él había luchado animosamente contra las malas inclinaciones que, como cualquier otro hombre, sentía. Es de creer que generalmente conseguiría obrar con rectitud; pero, como suele ocurrir, no por eso se extirpaba en él la inclinación a obrar mal. al experimentar cómo perduraba la inclinación, trató de dar una explicación a este fenómeno. Su solución fue ésta: si sentimos inclinación al mal es porque somos malos, fundamentalmente malos y pecadores. Nada ni nadie podrá librarnos de esta realidad. El hombre no tiene más remedio que ser malo y obrar siempre mal; es malo por su propia naturaleza.

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